A vueltas con la propiedad intelectual

La idea básica sobre la que se basa la defensa de la propiedad intelectual, además de porque se trate de un derecho fundamental inalienable cuyo ejercicio y usufructo depende de la voluntad de su propietario, es que constituye el fundamento sobre el que se construye y desarrolla la innovación y la creatividad, tal como establece el punto D del controvertido borrador aprobado ayer por la Unión Europea redactado por la diputada gala Marielle Gallo. El popularmente conocido como informe Gallo es, sin duda, restrictivo en su interpretación del alcance del copyright y de las patentes, y tiene mucho que ver con la negociación multilateral que en los dos últimos años, a puerta cerrada, han mantenido algunos de los principales países del mundo (Estados Unidos, Japón, Unión Europea, etc.). El texto de ACTA (Anti-Counterfeiting Trade Agreement) insiste en el control de algunos asuntos controvertidos de la web: la prohibición estricta del intercambio de ficheros; el control de las redes de acceso; la punición por las prácticas sospechosas de violar esos principios.

Tal como sostiene una plataforma de creadores por la defensa de sus legítimos derechos a la propiedad intelectual de sus creaciones (sin web todavía pero con correo electrónico para firmar adhesiones plataforma.copirrait@copirrait.es), “La propiedad intelectual es un derecho reconocido internacionalmente y amparado por la legislación española. Merece por lo tanto al menos la misma protección jurídica que la propiedad de bienes y la propiedad industrial. El cuestionamiento a que está siendo sometida por algunos sectores en la situación actual no se funda en razonamientos ni en argumentaciones, sino en la simple constatación de la existencia de una tecnología que permite su quebrantamiento continuo e impune”. Los creadores españoles, a diferencia de los legisladores europeos, no son sin embargo ciegos a la evidencia de que en el ejercicio legítimo de la propiedad también está comprendido su cesión o donación, porque cabe pensar, más que razonablemente, que en buena medida la innovación, la creatividad y el progreso puedan provenir del intercambio y la posibilidad de compartir haciendo uso de las licencias creadas a tal efecto y que son, tan sólo, una derivación o un corolario lógico de lo que la Ley de Propiedad Intelectual ya contiene: “Apoyamos”, dice el texto que seguramente se publique en breve, “el desarrollo y la potenciación del copyleft y de las licencias de Creative Commons, que ya están contempladas en la legislación española y pueden ser empleadas por los creadores sin ninguna traba. Dichas licencias, sin embargo, deben ser siempre voluntarias y estar sancionadas por el autor o por las personas y empresas que le representen. Esas modalidades permiten a quien lo desea divulgar su obra libremente a través de Internet. Nadie que quiera acogerse a la licencia de copyright, sin embargo, puede ser obligado a emplearlas por la fuerza de los hechos o por la desprotección efectiva de sus derechos”.

Más controvertido es el asunto de las patentes que, en casos tan flagrantes como el de los medicamentos, no sólo no promueven la innovación, sino que en muchos casos suponen un obstáculo insalvable, una rémora infranqueable que atenta directamente contra el bienestar de los seres humanos, algo obvio en el caso de los esfuerzos por patentar secuencias del genoma humano o el patrimonio natural o las sustancias de origen vegetal de algunas comunidades indígenas. Lo que se discute en estas rondas, claro, no es tanto lo que un puñado de creadores literarios haga o deje de hacer, gane o deje de ganar, sino cuestiones vinculadas a la gran industria audiovisual o a corporaciones con presencia multinacional.

En el punto seis del texto que uno de mis amigos escritores, promotores del texto, me envía, dice: “El derecho al acceso a la cultura, que con frecuencia se invoca, no debe ser confundido nunca con el derecho a acceder gratis a cualquier producto cultural y de entretenimiento. Los creadores nos declaramos dispuestos a colaborar en la búsqueda de fórmulas que permitan el disfrute de los productos culturales a estudiantes y a personas sin recursos, pero no aceptamos que en una sociedad completamente mercantilizada nuestras obras sean el único bien de acceso universal no retribuido”.

Para pensárselo.

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Sobre la propiedad intelectual
Mucha gente confunde interesadamente lo obvio, que toda creación intelectual o cultural pertenece en un sentido fuerte a su propietario, y que se le debe reconocimiento por ello, con lo que no es ni lejanamente tan evidente, a saber, que deba existir un mecanismo rígido de retribución económica al autor cada vez que alguien usa de cualquier manera su obra. Toda la literatura sobre que se trate de un derecho fundamental e inalienable, es irrebatible, si se refiere al primer aspecto, pero sumamente equívoca si se refiere al segundo.
El hecho decisivo es que desde que el mundo es mundo, todo derecho de propiedad ha estado ligado a la posesión de objetos, o al pago de una tarifa por la utilización pública y comercial de textos o partituras, que es lo que han conseguido controlar las sociedades de autores. La aparición del universo digital ha hecho que cualquier clase de documentos pierda su carácter objetivo, en el sentido material, de modo que el sistema tradicional de pago al autor por la adquisición de una copia material pierda cualquier posibilidad de control en el entorno digital, además de que afecte fuertemente al sistema de cobro establecido por las sociedades de autores.
Tenemos, pues, un problema, y no tenemos todavía una solución clara a la necesidad de retribuir a los autores de textos que puedan, y lo serán, ser indefinidamente reproducidos sin coste apreciable y sin posibilidad de control. Ahora bien, debiera ser evidente que la prohibición estricta del intercambio de ficheros, el control, policial o judicial, de las redes de acceso, y cualquier clase de política punitiva de prácticas que supuestamente violen esos principios, no tiene buen fundamento jurídico y puede ocasionar daños más graves que los que pretenda practicar, además de que será tecnológicamente inviable.
No se trata solamente de que exista una tecnología que permita el quebrantamiento de una norma legal, sino de que existe una tecnología que ha destruido la base material en la que se fundaba la existencia de ese tal derecho. Como he escrito en otras ocasiones, la situación no es completamente nueva. Por ejemplo, ningún pintor ha pretendido nunca que se le pagare por cada persona que contemplare su obra, o por cada copia, del tipo que fuere, que se hiciere de ella. Hay que dejar de confundir el derecho con la forma de retribución por la autoría, y la existencia de una forma de retribución que fijará el mercado con el derecho a cobrar conforme a una modalidad a punto de ser enteramente obsoleta.
Sería mejor no plantear estos asuntos en términos abstractos, como lo son los jurídicos, sino en términos económicos. Se trata de regular los mercados culturales de manera inteligente, no de respetar una especie de derecho platónico al cobro indefinido, que, por cierto, se ha constituido sobre la base de la existencia de un procedimiento bastante efectivo de controlar la producción de copias, que ahora ya no existe o es imposible.
Estoy convencido de que lo que ahora parece una aporía dejara de serlo más pronto que tarde, aunque, desde luego, se llevará por delante a toda una nube de intermediarios, de abogados, de representantes, de agentes, que van a perder, si no lo han perdido ya, el sentido de sus funciones en el universo digital, aunque los más despabilados encontraran otras, mientras algunos más lelos seguirán trinando a la Luna. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

Muy interesante el debate, sobre todo en lo que a los cambios que se avecinan se refiere. La propiedad intelectual cambiará, o está destinada a diluirse en una era de telecomunicaciones en la que todo fluye?

[...] mientras tanto, aspectos esenciales siguen sin resolverse “Los creadores nos declaramos dispuestos a colaborar en la búsqueda de fórmulas que permitan el disfrute de los productos culturales a estudiantes y a [...]

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