Lecciones nórdicas

Decía Jens Thorhauge, el director de la Danish agency for libraries and media, que la cuestión fundamental que subyace en todo el debate en torno al futuro de las bibliotecas públicas no es otro que el de encontrar su sitio en la construcción de la sociedad civil y democrática del siglo XXI, que la pregunta que cada bibliotecario tiene que hacer es de qué manera puede contribuir al desarrollo personal, cívico y político de los ciudadanos que la utilizan. Más aún: de qué forma puede y debe promocionar y orientar sus servicios para que alcancen a todos los usuarios potenciales salvando la brecha digital, las desigualdades de capital social y cultural que disuaden, más que ningunas otras, del uso de los recursos que las bibliotecas pueden ofrecer. Es posible que la nueva Alejandría sea nórdica: el rasgo más definitorio de la mítico biblioteca alejandrina quizás no fuera la acumulación de manuscritos y papiros, no tanto la cantidad como la intención, el deseo de conocer y reconocer al otro, de entender la alteridad que tenía el puerto de Alejandría como puerta de entrada, de abrirse al conocimiento de los demás y, con eso, de plantar las semillas de una sociedad más democrática.

Las bibliotecas ya no pueden ser por más tiempo esos espacios ensimismados en los que un profesional intentaba con tesón ordenar el mundo dotándole de alguna clase de sentido. Si bien es necesario preservar ese rasgo y generar espacios donde la lectura recogida y reflexiva pueda tener lugar, la nueva biblioteca tiene que abrirse al resto de las mediaciones al conocimiento y, con eso, redefinir y rediseñar sus espacios hasta convertirlos en lugares de encuentro, de conexión, de diversidad, de tránsito y, también, de aprendizaje y maduración democrática. Así es como se define así misma -y como nos contó Marie Ostergard- esa extraordinaria biblioteca de Aarhus que quizás sea una de las encarnaciones más acabadas de lo que hoy comprendemos por un espacio multiforme, polivalente y flexible, habilitado para el encuentro y el aprendizaje. Y la transformación no acaba ahí: la biblioteca sale al encuentro de quien la necesita, transciende sus paredes (aunque sean de cristal), y llega a los barrios periféricos y desafavorecidos; promueve programas de fomento de la lectura a domicilio; concibe bibliotecas itinerantes para camioneros; llega a los estadios deportivos; se hace presente en el puesto de trabajo o allí donde pudieran ser requeridos sus servicios.

Claro que en esta transición los profesionales deben reaprender su oficio, quizás reinventarlo, redefinirlo, todo en beneficio -y ahí es donde radica la grandeza de la vocación- de la fundamentación de una sociedad más abierta, libre, democrática e ilustrada en el siglo XXI. Integrar la biblioteca en la vida cotidiana; inventar y desarrollar nuevos y mejores servicios; ofrecer soluciones adecuadas y relevantes a toda la población.

Esa es la lección nórdica que yo puede aprender ayer en Barcelona.

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Comentarios

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Fantástico. Lástima que tantos, tantos bibliotecarios españoles -quizá más de uno acudió al evento- sigan pensando en los usuarios como un estorbo.

Es que estoy un poco desilusionado últimamente…

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