¿Dónde estás, Einaudi?

Giulio Einaudi, uno de los grandes editores de la postguerra en Italia y uno de los grandes, simplemente, de la historia de la edición, tenía un criterio muy simple para distinguir entre lo que era edición cultural -artística, política y socialmente comprometida- y lo que no lo era. El lo llamaba, simplemente, la “edición sí” y la “edición no”, la edición propositiva que intenta adelantarse a su tiempo aportando a sus posibles lectores contenidos, autores y tendencias que marcarán el paso del futuro, o la edición que se repliega sobre sus más cercanas evidencias comerciales para intentar satisfacer el gusto del momento, despreocupada de su dimensión intelectual. Una no puede existir sin la otra, porque nada cobra existencia si no es definiéndose y connotándose contra lo que puede ser su contrario. Einaudi era muy estricto, al menos así se manifiesta en sus famosas Conversaciones con Severino Cesari (afortunadamente rescatadas por Trama), a la hora de juzgar la pertinencia de la edición comercial, dimensión del libro que menospreciaba. “El esfuerzo del escritor, y de la edición cultural, es adelantarse a los tiempos”, decía, presentir “cuáles serán las tendencias subterráneas que estallarán mañana”, tejer una complicidad estructural sólida con los movimientos de vanguardia del tiempo que le toca vivir.

Einaudi, el sello editorial, forma hoy parte del primer conglomerado editorial del mundo, Mondadori (que es, a su vez, parte de Random House que es, a su vez, parte del Grupo Bertelsmann). Los avatares contemporáneos de los antiguos sellos editoriales culturales -que tantas veces han contado Jason Epstein y André Schiffrin-, llevaron el sello de Einaudi a formar parte de la escuadra de marcas del gran grupo de comunicación. Riccardo Cavallero, Director General de Libros del Grupo Mondadori, decía este fin de semana en una entrevista titulada “El poder pasa del editor al lector“: “Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería” y, también, “el digital supone un gran impacto porque el poder pasa del editor al lector [...] Los editores tenía el poder de decidir lo que se leía en un país. Esto conllevaba que los editores malentendieran su actividad, que la hayan confundido con la de impresor y distribuidor, olvidándose de la de editor”.

Es posible que si Einaudi viviera reconociera en esas afirmaciones meras corroboraciones de lo que la edición comercial pretende: seguir mercenariamente el gusto del momento para darle lo que quiere, algo perfectamente legítimo que ocupa su lugar bien ubicado dentro del espacio editorial: edición volcada sobre la dimensión más mercantil del libro, más supeditada a los gustos y tendencias imperantes. No es que Einaudi despreciara la dimensión comercial del libro -se pasa páginas enteras discutiendo con Cesari sobre canales, librerías, subscripciones, venta puerta a puerta- ni la interlocución con sus lectores o la conversación reposada con sus mentores y consejeros. Muy al contrario: pero una cosa es preocuparse por encontrar el canal más adecuado para llegar a quien demanda un contenido, poniéndolo al alcance de sus manos en los formatos y a los precios que demande; generar comunidades de afinidades electivas basadas en la charla y la reflexión,  y otra muy distinta cifrar en esa dimensión mercantil la esencia y naturaleza de la edición sometiéndose a lo que Karl Kraus llamaba despectivamente el “gusto del día”.

Al final de su entrevista con Cesari Einaudi decía, en una premonición que resuena en el presente (y cito con generosidad): “la última tarea de la edición cultural para los próximos veinte años me parece que es la recuperación de la felicidad [...] ¿Dónde se ha refugiado la felicidad de hacer las cosas? ¿En las editoriales pequeñas, entonces, donde se matan a trabajar? Quizás las editoriales de cierta dimensión corren el riesgo de burocratizar el trabajo. Añado que la tendencia de una empresa que produce cultura a volverse burocrática, a hacer demasiada “literatura empresarial”, derrochando tiempo y papel, se conjuga con el riesgo de destruir el bien más precioso, el sentido y la práctica del trabajo colectivo. Y si esta tendencia predominara al cabo, llevaría a cualquier empresa a convertirse en una empresa sin una de sus cualidades, sin una característica específica y única”, tal como hace tiempo que viene sucediendo con algunos grandes sellos editoriales y como, según todo apunta, seguirá sucediendo.

Claro que en el nuevo ecosistema de la información los editores no serán los únicos intermediarios cualificados, en algunas ocasiones ni siquiera los más acreditados, pero la distinción entre edición cultural y comercial sigue siendo tan vigente como hace ahora exactamente veinte años, más aún incluso cuando la sobreabundancia de la información disponible dispara la necesidad de mediaciones cualificadora. “Geistige Zuckerbäcker liefern kandierte Lesefrüchte”, escribió Karl Kraus a propósito de los buenos editores de textos selectos, que viene a ser, a falta de mejor traducción “Los confiteros espirituales proporcionan lecturas confitadas”.

¿Dónde estás, Einaudi?

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Comentarios

[...] argumento que esgrime Antonio Rinaudo (que rimaría con Einaudi, pero que no lo honra), es [...]

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