Decir que no
Cuando uno se convierte en editor el monosílabo que más repite es “no”. De hecho, si hubiera alguna modalidad de entrenamiento intensivo de aspirantes a editores una de las pruebas a las que habría que someterlos es a la de la repetición denodada del adverbio negativo. Decir que no es tanto, paradójicamente, una forma de denegación sino de afirmación, porque lo que se está poniendo en juego es el criterio del editor ante una propuesta solicitada o no. En la discriminación certera de lo que no puede formar parte de un catálogo se adivina mejor la calidad del discernimiento del editor, de ahí que convengan formarlo y fortalecerlo.

Se presentan circunstancias, a menudo, en que se pone a prueba esa capacidad de rechazo, de repudio, porque los editores son seres lábiles, como todos nosotros, y necesitan financiar a todos los hijos desvalidos que forman parte de su catálogo, además de abonar los gastos corrientes y un par de cajetillas de lo que fumen. Así, cuando a uno le cayera en las manos algo como Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, lo más canónico, seguramente, hubiera sido disolverlo en café con leche, pero en contra de cualquier criterio literario, vendió y triunfó; cuando uno formara parte de un jurado que tuviera que otorgar un premio que fuera a ser publicado por un buen sello literario, al leer Todo está perdonado, un proyecto de novela malogrado con buen arranque y zurcido después con fragmentos de un patchwork incoherente, no debería haberle concedido un galardón de esa envergadura, pero ahí está, premiada y bien vendida; o cuando uno tuviera que decidir sobre la trayectoria de un escritor joven y prometedor laureado por revistas de reconocido prestigio, quizás hubiera tenido que rechazar Agosto, octubre, texto que imposta una profundidad de la que carece por completo… Si yo hubiera sido jurado del Granta…
Seguramente, como Iñigo García Ureta nos revela en Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial, todos mis juicios literarios no sean sino ejemplos de las innumerables equivocaciones que pueblan el adoquinado de la historia editorial. Me consuelo, eso sí, sabiendo que puedo pertenecer a la estirpe de Carlos Barral o André Gidé, por no mencionar la de todos aquellos que antes rechazaron al repelente adolescente de gafas y varita mágica que se comió durante años las mesas de novedades y que ahora amenaza con regresar. Éxito es, en realidad, un compendio de noes y de sus expresiones más formales y elaboradas, las cartas de rechazo que deberían formar parte de la impedimenta de todo aspirante a editor. “Es difícil imaginar a un editor actual dictando el tipo de respuesta que Alfred Knopf envió a un eminente historiador de la Universidad de Columbia en los años cincuenta del siglo pasado”, escribe David Oshinsky y recoge García Ureta en su texto: “en esta ocasión”, decía Knopf, taxativamente, “no procede ser amable. Su manuscrito jamás formará parte de nuestro catálogo. En su momento dudaba yo de que el tema valiera un pimiento, pero hoy ya no me cabe la menor duda. Déjenos en paz, MacDuff”.
Aprender a decir que no, vaya…
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