El futuro de las bibliotecas escolares

Una biblioteca escolar era (es, lo sigue siendo, pero hablaré en pasado, para intentar que la profecía se autoverifique e impulse el cambio) el lugar donde se encarnaba una pedagogía y una lógica de la lectura apegada a la compartimentación, la linealidad y el aislamiento, y era natural que eso fuera así porque el conocimiento, al menos desde que Kant discurriera sobre el conflicto de las facultades, se tenía por fragmentado y bien separado, como una manera de ordenar el mundo y el conocimiento que de él pudiéramos tener; el conocimiento se apilaba en libros de papel que son artefactos, tecnologías, que imponen una manera de relatar y contar lineal, sucesiva, acumulativa; y, por fin, ese conocimiento inscrito en los libros debía adquirirse, primordialmente, de manera individual, en el silencio recogido de la reflexión y el estudio. Los espacios, las arquitecturas, claro, no hacen otra cosa que encarnar, poner en evidencia, nuestros supuestos más invisibles, más intangibles.

Claro que, si nos fijamos en la obvia transición de lo textual a lo hipermedial, de lo lineal a lo transmediático, de lo escrito a lo que se ha dado en llamar (algo engañosamente) segunda oralidad, tendremos que concluir que algo debería suceder en las bibliotecas en general y en las escolares en particular, que la metamorfosis de los medios, la mediamorfosis, obliga a repensar la configuración de ese espacio, de sus medios y de sus objetivos. Claro que esa constatación no entraña, en absoluto, el olvido o preterición de la lectura. Dice Henry Jenkins, en un documento de consulta obligada, Confronting the challenges of participatory culture, media education for the 21st Century: “much writing about twenty-first century literacies seems to assume that communicating trhough visual, digital or audiovisual media will displace reading and writing. We fundamentally desagree”. Claro, no puede haber alfabetización digital, media literacy, sin el conocimiento y dominio de la lectura y la escritura tradicionales.

Surgen, entre tanto, múltiples competencias asociadas a la expansión transmediática actual: la capacidad misma de navegar entre conntenidos de naturaleza muy diversa y recomponer el puzzle de su sentido; aguzar el sentido crítico cuando la legitimidad de las fuentes no se apoya ya sobre los medios tradicionales; colaborar con una comunidad de pares que comparten afinidades e intereses y construyen juntos el sentido de las cosas, difuminando un poco las claras y delimitadas barreras de la individualidad tradicional; practicar como hábito cotidiano el trabajo en red, en la red, como una dimensión que amplifica y estimula nuestras competencias y capacidades; espolear el sentido de lo lúdico, del juego como solaz fundamento del aprendizaje; ser capaz de dar y de apropiarse generosamente del contenido propio y del que los demás generan, para construir riqueza y conocimiento sobre un fundamento compartido. La International society for technology education ya publicó hace tiempo en sus páginas los estándares de la nueva alfabetización, y no hay razón alguna para que no puedan integrarse en un currículum.

Muchos son los que creen que ese conjunto de nuevas competencias les son dadas de manera natural y sin intercesión alguna a los nativos digitales. Nada más lejos de la realidad. Jenkins se encarga de nuevo de despertar del sueño dogmático a quienes así piensan. Son tres, al menos, globalmente enunciados, los problemas o amenazas que se ciernen sobre la alfabetización en los nuevos medios: la brecha de participación (con connataciones socioeconómicas  y culturales claras); el problema de la transparencia, o el creer que los jóvenes son naturalmente conscientes de la manera en que los medios moldean su percepción de las cosas y, finalmente, el reto ético, o la presuposición de que los jóvenes se percatan de las consecuencias y derivaciones éticas, jurídicas y morales de su manera de obrar en la red.

Las bibliotecas escolares tienen por delante una gigantesca tarea que acometer, tan grande, al menos, como la de la transformación social que la propulsa: enseñar las nuevas competencias digitales y transmediales; ayudar a reconstruir el sentido de un discurso esencialmente fragmentado; rediseñar sus espacios para que todo eso quepa y la experiencia sea colaborativa y fructífera; mantener la fé en la importancia de la lectura y la escritura tradicionales; generar su propio ecosistema digital especializado, concibiéndose como un punto en una inmensa red de bibliotecas que comparten sus contenidos y sus experiencias; insertarse transversalmente, de una vez por todas, en el currículum escolar, como el espacio de aprendizaje y experimentación compartido por antonomasia.

De todo esto y mucho más hablaremos el próximo viernes 11 de noviembre, en el Congreso Bibliotecas Escolares en Tránsito, en Santiago de Compostela, junto a Luis González (FSGR) y Daniel Cassany (UPF).

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Comentarios

Interesante planteamiento pero irreal, al menos en la Comunidad de Madrid en donde el recorte de profesores y el aumento de la carga lectiva está dejando inutilizables las bibliotecas por falta de profesorado para atender y orientar los préstamos. Eso sí, todos los institutos tenemos nuestro plan lector. ¿Saben en qué se traduce? En tener ocupados a los alumnos mientras hacen frente a eso que llaman MAE, un sustituto alternativo pero sin contenido neto a la enaeñanza de la religión católica.
Una pena. Se lo dice un profesor que ha conseguido varios premios en convocatorias nacionales de Fomento de la Lectura y que es un convencido de la necesidad de emparejar la mejora de la competencia digital con la competencia lectora.

La cuestión no es tanto si los recortes permiten hacer algo adicional;la cuestión es cómo cambiamos el paradigma de la educación e integramos esas enseñanzas y maneras de operar en nuestros currícula y en nuestro entorno. Y enhorabuena por los premios, que deben de ser siempre más un aliciente para continuar que un laurel sobre el que quedarse dormido.

La biblioteca de mi instituto suele estar concurrida durante los recreos, con una afluencia que depende de la meteorología, los exámenes o la proximidad de las evaluaciones. El resto del tiempo, salvo el profesor que tiene su hora semanal de atención a biblioteca, o algún alumno despistado, desolación total. El préstamo de fondos se reduce a los libros de lectura obligatoria que algunos alumnos no pueden o no quieren comprar. Los profesores se documentan mediante recursos digitales, publicaciones o la omnipresente Wikipedia en los ordenadores de la sala, y hasta los más refractarios digitales no recuerdan cuándo acudieron por última vez a la biblioteca para consultar una enciclopedia o una monografía. La última vez que llevé allí a mis alumnos para unas tareas elementales de búsqueda y consulta se desesperaron entre índices y estanterías cuando –protestaban–, con Google se busca más facilidad y se obtienen resultados satisfactorios.

Tendremos que reinventar las bibliotecas si no queremos verlas convertidas en esas odiosas salas de usos múltiples, vano remedo de salón de actos o laica reconversión de la antigua capilla.

Excelente artículo. Por cierto, llegué hasta él gracias a un «retuit», y no estaba en mi hora semanal de desánimo bibliotecario.

[...] Fuente: El futuro de las bibliotecas escolares. [...]

[...] El mercado del libro: hacia un ajuste severo »    El futuro de las bibliotecas escolares by Vázquez, 11.10.11, tweetmeme_style = 'compact';tweetmeme_url='http://valordecambio.com/2011/11/10/el-futuro-de-las-bibliotecas-escolares/';El futuro de las bibliotecas escolares. Tags: Bibliotecas, Joaquín Rodriguez | Category: Artículos, Bibliotecas | % Leave a comment [...]

El cambio de rol de la biblioteca escolar, en mi opinion, deberia ir de la mano del cambio de rol de la biblioteca publica. Aprovechar las sinergias de ambos, educación y cultura, facilitaria tambien el cambio del modelo educativo, en el que las habilidades en competencias como la busqueda y el tratamiento de la información favorecen el aprendizaje, enseñar a aprender es la nueva tendencia y no aprender por aprender. Creo que queda camino por recorrer en este sentido.

Considero que las buenas intenciones de un grupo de profesores en llevar una biblioteca escolar no son suficientes. En primer lugar porque una biblioteca no se gestiona con tan sólo 1 o 3 horitas a la semana. Reconozcan que el docente primará su trabajo con sus alumnos a lo que se tenga que hacer en la biblioteca. En segundo lugar porque las tareas que se desarrollan en cualquier biblioteca són: catalogación y clasificación de recursos, estudios de usuarios, organización de actividades que promuevan el ALFIN, análisis de recursos para alumnos, PROFESORES y PADRES. Sí, los profesores también tienen necesidades informativas, y no digamos de las de los padres que estén preocupados por la educación de sus hijos. Qué menos encontrar en el centro un espacio en el que poder obtener respuestas a estas necesidades a través de libros, revistas, webs! Definan si realmente necesitan una biblioteca en su centro educativo o no. Si realmente creen que sí, pongan un titulado en Documentación en su vida! Por el contrario, no llamen biblioteca a la sala de castigo, sala de exposiciones, merendero o sala de lectura. Desde un punto de vista documental, ofende.

[...] http://www.madrimasd.org/blogs/futurosdellibro/2011/11/09/133951 Share this:TwitterFacebookLike this:LikeBe the first to like this post. Posted in Sin categoría [...]

[...] de profesionales a este respecto. Joaquín Rodriguez hace un estupendo ejercicio de reflexión en http://www.madrimasd.org/blogs/futurosdellibro/2011/11/09/133951 sobre las bibliotecas escolares, su futuro y su presente; y la cubana Raquel Marrero hace lo propio [...]

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