Las bibliotecas que necesitamos
En la IV Jornada profesional de la red de Biblioteacas del Instituto Cervantes (RBIC), tuvimos la oportunidad de discutir, gracias al buen hacer de Yolanda de la Iglesia (entre otras muchas personas que colaboraron en la organización), sobre el futuro de las bibliotecas que necesitamos, no el futuro imperfecto o hipotético, sino su futuro vinculado al mapa de las competencias del siglo XXI, a las necesidades surgidas en el seno de una sociedad que, para ser del conocimiento, requiere de otros espacios, de nuevas herramientas y recursos, de un conjunto de competencias diferentes del personal que trabaja en ellas. Destacaré en esta entrada tres intervenciones sin desdoro del resto (que recomiendo vivamente visualizar en el sitio creado al efecto). Su hilo conductor no es ni siqueira el del orden de las intervenciones, sino el fundamento lógico que las une.
David Nicholas, famoso internacionalmente por ser el padre de uno de los estudios más desacralizadores sobre los nativos digitales, Google generation, reafirmó en su intervención muchas de las cosas que ya sabíamos, y su hija parecía encarnar todas sus propiedades, según nos contó: visualizar varios canales de televisión casi simultáneamente valiéndose del mando a distancia mientras hojeaba una revista y discutía con su padre sobre su capacidad para ver, leer y debatir simultáneamente. Jóvenes multitarea capaces de atender fragmentariamente y restituir cierto sentido a esa realidad dividida. Con eso deberemos contar a la hora de construir esos antiguos espacios de orden, silencio y atención concentrada sobre un único soporte de lectura.
Mi intervención no fue contraria a los postulado de Nicholas. Pero tampoco convendría enteramente con ella. La cuestión que me interesaba destacar en una reunión con bibliotecarios es hasta qué punto las bibliotecas y los espacios educativos tradicionales de las aulas que conocimos, reproducen espacialmente ciertas convicciones pedagógicas, y cómo, correlativamente, en el siglo XXI, necesitamos nuevos espacios para nuevos tipos de competencias. No cabe deshechar la lectura tradicional, en absoluto. Pero tampoco cabe ignorar que el aprendizaje se produce mediante la búsqueda activa, mediante la indagación y la investigación, mediante la recopilación y la síntesis, mediante el debate y la discusión, mediante la exposición y la comunicación, y la biblioteca debe tender a convertirse en un espacio que dé cabida a todo eso. Al menos esa es mi convicción.
Alfonso Muñoz vino, creo yo, a refrendar esa tendencia desde el punto de vista arquitectónico: hizo un repaso histórico de su evolución morfológica y de sus connotaciones políticas como artefactos al servicio de princiipos e ideas históricamente radicados. Hoy, argumentó, las bibliotecas se están convirtiendo en espacios híbridos, flexibles, adaptables, capaces de albergar espacios de recogimiento y reflexión, de lectura y estudio, pero también de diálogo y encuentro, de socialización e intercambio, de trabajo colaborativo.
Así serán, creo yo, las bibliotecas que necesitamos.
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