La primavera académica

En realidad, la primavera académica comenzó alrededor de 1980, cuando Tim Berners Lee propuso su modelo de comunicación hipertextual entre la comunidad de físicos de altas energías. Los frutos de aquel descubrimiento han tardado incluso más de lo previsto, porque desde aquella fecha los científicos recuperaban el control pleno sobre los medios y los modos de producción, circulación, comunicación y certificación de los contenidos que ellos mismos creaban. Lo demás es cuento y ganas de perder el tiempo: pronto se vio que la la edición científica era la locomotora digital de la revolución en curso, que las revisas y cabeceras que iban ganando independencia respecto a las sujeciones editoriales era cada vez mayor. Hoy en día, la relación de revistas del DOAJ alcanza casi las 7500 revistas, y el incremento de las cabeceras que publican en abierto bajo algún regimen de licencia Creative Commons o similares, ha crecido exponencialmente, tal como puede leerse en The Development of Open Access Journal Publishing from 1993 to 2009:

El último episodio de hartazgo, sin embargo, puede que represente lo que se había venido demorando demasiado tiempo: Timothy Gowers, un matemático galardonado de la Universidad de Cambridge, ha concitado el malestar de los científicos en torno a esta realidad abusiva en un manifiesto titulado The cost of knowledge, llamando con ello al boicot de las publicaciones del sello Elsevier, uno de los más poderosos y acaudalados del mundo, pero hubiera valido para cualquier otro: las editoriales cobran precios excesivos por las revistas cuyos contenidos son provistos por los científicos; las editoriales obligan a las bibliotecas y a los departamentos a adquirir paquetes de revisas cuyo precio resulta desorbitado; y, lo que resulta de todo punto inaceptable, parece que Elsevier es una de las promotoras de la Research Works Act, una medida que promovería la prohibición del libre acceso al conocimiento producido con los impuestos de los contribuyentes, en fin, una interdicción de hecho de su libre circulación.

Si uno pretendiera ser premio Nobel de algo y tuviera Internet a mano y pudiera prescindir, en consecuencia, de la intermediación de los editores para hacer circular las ideas y los descubrimientos científicos cumpliendo, con ello, el mandato implícito propio del campo científico, no habría lugar a dudas sobre el procedimiento a seguir. Al fin y al cabo, Internet devuelve el mango de la sartén –como nos recuerda la carta abierta de la Public Library of Science– a los que la habían dejado de tener porque las complicaciones de la puesta en página y, sobre todo, de la difusión, requerían de profesionales especializados que se hicieran cargo de ello. Cuando las herramientas de edición y las propiedades del soporte permiten que uno controle tanto la generación de los contenidos como su difusión, no parece que la edición, tal como la entendíamos hasta ahora mismo, tenga un futuro muy alentador por delante. Tanto es así que las editoriales tradicionales que vivían (aún lo intentan) de la edición científica, a falta de mejores ideas y ante la evidencia de que la alianza de la libido scientifica y la edición electrónica es imparable, se dedican a la aplicación indiscriminada de políticas abusivas y restrictivas –cómpreme usted toda una base de datos y cuidado que le controlo el número de accesos y las veces que intenta copiar un artículo y enviárselo a alguien interesado–, a ver si cuela. Ampararse, como hacen los editores tradicionales, en que añaden valor mediante la agregación de metadatos, el establecimiento de filtros de evaluación y el alojamiento y preservación de los contenidos es, hoy en día, perfectamente reemplazable.

Sólo queda que los científicos comprenda que su primavera pasa por que se hagan cargo de ella sustituyendo los modos tradicionales, caducos y hoy abusivos de creación y comunicación de contenidos científicos por las nuevas posibilidades, mecanismos y libertades que les da la web.

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Comentarios

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Soy optimista. Creo que las nuevas tecnologías nos acercan cada vez más a la democratización del conocimiento.

¿Pero no dicen las bucolicas historias a cerca de los origenes de internet que el invento nació como un proyecto militar que luego fue cedido a las universidades para proveer agil y eficaz comunicacion a la comunidad cientifica?

Original proposal for a global hypertext project at CERN (1989). Tim Berners-Lee http://www.w3.org/History/1989/proposal.html

[...] contrario, que mermaba su circulación, su impacto y sus posibilidades de acceso al conocimiento. La primavera académica, sin embargo, estalló ya en el [...]

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