Movilizaciones y redes sociales

En La corrosión del carácter Richard Sennett hablaba del progresivo desgaste y deterioro del temperamento y la personalidad de aquellos que se veían privados del trabajo, de aquellos cuya razón de ser social desaparecía, de aquellos cuyo fundamento existencial se desvanecía por efecto de los ajustes económicos y financieros, un tema, claro, de suma actualidad. Hasta tal punto puede llegar esa carcoma interior que las clases medias, siempre en peligro de perder de un plumazo lo poco que han atesorado al precio de un enorme esfuerzo, estructuralmente inestables, están dispuestas a apoyar políticamente cualquier opción aparentemente radical y populista que les prometa mano dura y retorno a las evidencias preliminares. Esta extraordinaria paradoja política -la del apoyo de determinadas clases sociales a medidas que, objetivamente, les perjudican- la explicó en muchas ocasiones Pierre Bourdieu.

En su último trabajo, Together: the ritual, pleasures and politics of cooperation, Sennett aborda uno de los clásicos problemas de la sociología y la económica: ¿cuáles son las condiciones necesarias para que la cooperación, la simpatía estructural entre los desafortunados, crezca y se desarrolle? ¿Cómo puede gestionarse correctamente la acción colectiva en pro del bien común? ¿Es siquiera imaginable la cooperación en una situación de crisis donde las condiciones estructurales de buena parte de la población se ven mermadas y disminuidas?

Si doy rienda suelta a mis intereses sociológicos en este espacio, es porque están también directamente ligados a la discusión sobre el poder aglutinador -o no- de las redes sociales, a su capacidad -o no- de concitar la voluntad de determinados colectivos para emprender acciones conjuntas. El artículo de Malcolm Gladwell en The New Yorker, The revolution won’t be tweeted, abrió hace algún tiempo la discusión en torno a la labilidad e inconsistencia de los lazos que las redes sociales generan, insuficientes para coaligar a personas en horas bajas en pro de una revolución. Otros, sin embargo, piensan lo contrario: Manuel Castells aseguraba, en Anatomía de una revolución, que “En Facebook y en Twitter se encontraron veteranos de la lucha contra la represión y miles de jóvenes indignados por la injusticia e inspirados por Túnez. Los jóvenes se comunicaron por sus medios habituales, internet y móviles”.

Yo, que suelo transitar las calles del centro más que las del extrarradio, veo un camino entremedias: las redes sociales son insuficientes, por sí mismas, para concitar la voluntad de colectivos desagregados, desarticulados, dispersados precisamente por efecto de las condiciones en las que viven, pero ofrecen, también, la posibilidad de que se establezca un diálogo que, de otra manera, sería difícil de mantener. No estamos más que en los albores del uso de las redes sociales como instrumentos de comunicación y a penas sabemos si persistirán o desaparecerán. Puede que el problema no sea tanto, como apuntaba David Nicholas en The Google generation, que los jóvenes y los adolescentes muestren un profundo desconocimiento del significado y alcance de las redes. Puede que el problema trascendental sea, precisamente, el de proporcionales -proporcionarnos- una nueva alfabetización que comprenda el uso de los recursos digitales para favorecer las movilizaciones y la contestación ciudadana.

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