Libros para el 23

Quien tenga dos pantalones -decía George Christoph Lichtenberg en sus Aforismos, E78-, que venda uno y compre este libro. Me atreveré a adaptar aquel dardo a la festividad del día 23: quien ya tenga dos pantalones en su armario ropero, que venda uno de ellos y gaste el importe en comprar al menos uno de los libros que figuran a continuación. Son todos los que están pero no están, claro, todos los que son. Citaré sólo unos cuantos, imprescindibles, de los muchos que he tenido la suerte y oportunidad de leer en los últimos meses:

Alone together. Why we expect more from technology and less from each other, un libro de Sherry Turkle que tiene, en contra de lo que muchos piensan y han comentado, el valor de reflexionar retrospectiva y críticamente sobre lo que Internet prometía y no termina de cumplicar.

La información. Historia y realidad, un monumental repaso histórico a la historia de la conversió nde la información analógica en 0 y 1, al progresivo proceso de desmaterialización y digitalización y, sobre todo -al menos tal como yo lo he leído-, a la reiterada sensación de desbordamiento que los seres humanos han experimentado ante cualquier incremento histórico de la información a su disposición. Gleick, a mi juicio, se arruga al final y cuando debe hacer un pronóstico de lo que nos sucederá, resulta más titubeante y ambiguo en sus juicios que en los irreprochables argumentos que utiliza para analizar la historia de la infromación.

La sociedad de la ignorancia, título que quizás induzca a equívoco porque encierra todo lo contrario a lo que parece aludir y resulta ser las antípodas teóricas del libro de Turkle: Internet nos ofrece recursos inusitados en forma de herramientas, tecnologías y conocimientos que alteran radicalmente la relación entre los supuestos expertos y los hipotéticos legos. Internet encierra una promesa que está en nuestra mano cumplir: la de construir colectivamente una verdadera sociedad del conocimiento.

Antonio Lafuente y Andoni Alonso lo dicen con meridiana claridad en Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano: “aunque sea muy pronto para descorchar el champán y organizar grandes celebraciones por su éxito, hay abundantes signos de que lo más abierto, lo cooperativo, lo creativo, lo igualitario,las formas responsables de mezclar conocimientos y práctica, harán contribuciones importantes a la vida del siglo XXI”. Así será, sin duda, y contar para eso con el equivalente a la imprenta del siglo XV al alcance de todos, fundamenta esa esperanza.

Claro que los científicos profesionales, al menos algunos de ellos, perciben con espeluzno la posibilidad de que los legos, deslenguados y poliescritores, pretendan cuestionar los dictámenes científicos, al menos las consecuencias que su aplicación (o falta de ella) tiene sobre sus vidas, sobre su salud, sobre su bienestar. Construir el campo científico llevó unos cuantos siglos y, entre otras cosas, consistió en desarrollar los mecanismos para decidir qué era o no era ciencia, qué podía recibir o no el marchamo de verosimilitud científica que la comunidad le daba a un descubrimiento. Hoy, los legos, aupados a las herramientas digitales, cuestionan cosas como la continuidad de las centranes nucleares y los modelos energéticos basados en el carbón; la integridad de las instituciones financieras y la gestión de la crisis internacional; los peligros de las reiteradas crisis alimentarias globales o de la manipulación de los medicamentos, etc., etc., y todo eso molesta e incomoda al que alguna vez detentó el monopolio de la verdad. Michael Nielsen aporta ejemplos claros, en su Reinventing discovery. The new era of networked science, de la necesidad de reinventar la lógica del descubrimiento científico abriéndose a la colaboración y a la cogestión, es decir, a nuevas formas de participación ciudadana basadas en los mecanismos de la red.

El paréntesis de Gutenberg. La religión digital en la era de las pantallas ubicuas. Hay que leer a Piscitelli, para estar en acuerdo o en desacuerdo con él, eso da lo mismo, pero para dejarse llevar por sus invectivas, sus reflexiones, sus cavilaciones sobre un nuevo mundo digital que deja atrás el paradigma del códice y del papel y se adentra, titubeante todavía, en las bifurcaciones del texto digital y en las conversaciones de las redes sociales.

El Elogio del texto digital, de José Manuel Lucía es, por el contrario, un mesurado y equilibrado ejercicio de análisis de las modalidades históricas y contemporáneas del texto y sus avatares. Lo que nos traemos hoy entre manos, nos convence Lucía, no es tanto la variabilidad y obsolesencia de los soportes digitales como el surgimiento de una nueva textualidad, la digital, qe pone en evidencia, por una parte, la arbitrariedad de los límites de las textulidades tradicionales ligadas al libro en papel y, por otra, las infinitas posibilidades que se abren para correlacionar e interconectar los múltiples fragmentos de conocimiento que la humanidad ha ido generando a lo largo de la historia. Estamos en condiciones, entiendo en el texto de Lucía, de comenzar a pensar en plataformas de conocimiento que excedan los límites tradicionales de los volúmenes en papel promoviendo la interconexión transmedial de esa constelación de contenidos de la que disponemos. Ni la creación, ni la lectura, ni el estudio ni la crítica serán como fueron, pero eso no incomoda al autor, al contrario: le hace concebir un futuro próspero y esperanzados a imagen y semejanza del que anticipó Vannevar Bush. “El texto digital”, dice Lucía, “con sus capas de información, permitirá que avancemos en la construcción de nuevos modelos textuales. No cabe la menor duda. Pero el camino del futuro no es sólo tecnológico, sino que también incluye ser capaces de crear nuevos modelos de difusión y de relación de la información en los medios digitales, aprovechando sus ventajas antes que imitando los modelos analógicos”.

La respuesta, o al menos parte de ella, puede quizás encontrarse en un libro singular: Darse a la lectura, de Angel Gabilondo, una fenomenología de la práctica lectora con todas las virtudes y defectos de ese método filosófico: defectos, por que en toda descripción fenomenológica tienden a esencializarse rasgos de la práctica lectora que no son universalizables sino que suelen corresponder a las propiedades y características de un grupo específico de lectores que proyecta sus caulidades y propiedades sobre esa práctica; grandes virtudes porque pone al descubierto alguna de las profundas invariantes de la naturaleza de la lectura: que “aprender a leer y ejercitar ese saber es una forma extraordinaria de liberación”, la forma más aquilatada que conocemos para articular y vertebrar nuestras palabras y, por tanto, nuestra personalidad; la manera más aguda y penetrante que conocemos para acceder a otra modalidad de existencia, para recrearnos, para separnos de nuestras evidencias más cercanas y mundanas y darnos la oportunidad de ser otros.

Nadie que lea el imprescidible La cara oculta de la edición, de Martine Prosper (secretaria general del principal sindicato de la edición francesa, el CFDT Livre-Édition), que tenga algunos años de experiencia en el sector y que la costumbre, la inercia o el cinismo no le hayan adormecido por completo, podrá dejar de reconocerse en lo que enuncia y evidencia: la precariedad estructural del sector; la desprotección y la desconsideración progresivas de quienes trabajan en su creación, producción, venta y distribución; la inseguridad acrecentada de las condiciones salariales y laborales de buena parte de los profesionales que se ven obligados a aceptar una situación de puros menestrales; la inexistente conciencia y voluntad gremial, menos aún intergremial, en momentos donde es más necesaria que nunca; la contradicción que esa situación representa respecto a la supuesta naturaleza de un oficio que defiende los valores universales del humanismo.

Lichtenberg tambió dejó escrito: “Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?”. El mejor remedio contra las oquedades cerebrales es, sin duda, vender un pantalón y comprar un libro el próximo día 23.

Pd. Perdón, faltan dos joyas bibliográficas que no deben faltar en ninguna estantería: El paradigma digital y sostenible del libro y El Potlatch digital. Wikipedia y el triunfo del procomún y el conocimiento compartido.

 

 

Etiquetas: ,

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

(requerido)

(requerido)


*