La edición es un ocupación de caballeros

En noviembre del año 1921, después de varios descalabros editoriales y de unas ventas raquíticas, Kurt Wolff, editor de Frank Kafka, se dirige a él así en una misiva en la que trata de evitar la equiparación entre calidad literaria y éxito comercial:

Ninguno de los autores con los que tenemos relación nos acomete tan raramente con deseos y preguntas como usted, y con ningún otro tenemos la sensación de que el destino de sus libros publicados le resulte tan indiferente como a usted [...] Le puedo asegurar de corazón que tan sólo en el caso de dos o tres escritores a los que represento y publico, mantengo una relación tan intensa y sincera con sus logros como la que mantengo con usted. No debe usted valorar la calidad de su trabajo por el éxito externo de sus libros. Usted y nosotros sabemos, que las cosas mejores y más valiosas no son las que alcanzan un eco inmediato, sino las que lo encuentran posteriormente. Y nosotros mantenemos la convicción de que existirá un número creciente de lectores alemanes que tendrán la receptividad suficiente que sus libros merecen.

Cualquier autor hubiera querido para sí un editor semejante, que antepusiera la calidad del texto escrito, de la ambición de la obra literaria, al éxito comercial o al número de ejemplares vendidos. Claro que cualquier editor hubiera querido para sí, también, a un autor imperecedero como Kafka. En todo caso, publicar sin criterio mercantil, al menos sin que su preponderancia determinase el juicio crítico sobre el valor intrínseco de la obra, parece una reliquia intelectual propia de quienes podían permitirse valorar y sopesar las cosas con tiempo y distancia, algo que muchas veces proporciona el dinero (que no es otra cosa que el instrumento que sirve para poner coto a la necesidad).

Nombres como los de Virginia y Leonardo Wolff en The Hoghart Press; Gaston Gallimard; Max Perkins, director literario de Scribner; Bennett Cerf, fundador de Random House; Allen Lane, fundador de Penguin; Siegfried Unseld, dueño y fundador de Suhrkamp; Carlo Ferltrinelli o, en España, Carlos Barral y José Martínez, son el ejemplo de una pléayade de editores del siglo XX que comprendieron el oficio como una ocupación de caballeros en la que el editor preservaba la carrera de su autor anteponiendo el valor literario al crédito mercantil; en la que los libros buscaban hacerse su público porque partían de convicciones y presupuestos intelectuales compartidos por un grupo de lectores cualificados; en la que los libros ocupan un lugar todavía preponderante en el ecosistema de la información y el conocimiento.

Todo esto y muchas otras cosas nos contó el miércoles pasado Sergio Vila-San Juan en una deliciosa conferencia en el ciclo del Trincentenario de la Biblioteca Nacional.

Frederic Warburg, editor de George Orwell, lo dejó escrito en una suerte de memorias con inusual claridad: la edición es una ocupación de caballeros. Ahora sólo nos falta saber si todavía necesitaremos editores y caballeros en el siglo XXI, qué quedará de ellos en el ecosistema de la información del siglo XXI, qué papel les será reservado en un ambiente en el que ya no podrán ejercer en exclusividad esa intermediación ilustrada. ¿De qué manera y forma convivirán con la democratización de la creatividad, de su difusión y de su publicación? ¿De qué manera, en fin, cohabitarán con la democratización y mundanización de la edición?

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Comentarios

Cohabitarán, como ya cohabitan la ópera representada en un gran teatro con la ópera escuchada en el metro a través de unos cascos. Me quedo con la representada, como también me quedo con esos caballeros de la edición. Pero eso es otra historia que en nada afecta a su convivencia democrática.

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