Ideas para una Feria

Soy de los que siempre ha pensado -quizás de forma errónea y excesivamente elitista-, que la Feria del Libro de Madrid era una feria para los que no leían habitualmente, una fiesta popular que tomaba los libros como excusa para transitar un parque en primavera, una celebración laíca y bulliciosa de las letras. Quienes estamos poseídos por el furor de la compra, apenas encontramos nada que no hayamos buscado ya a lo largo del año. Los reclamos y los engatusamientos comerciales son, más bien, para quienes deciden acercarse a los libros al menos una vez al año, quienes quieren poner cara a los autores de los premios literarios que han adquirido, seducidos por su aparente fama y resplandor.

A la Feria del libro de Madrid, por tanto, no cabe pedirle mucho más de lo que da. Su misma estructura -donde prolifera la repetición de librerías generalistas y distribuidores de los mismos libros que venden las librerías- revela que no está proyectada para profesionales o para lectores asiduos y regulares, que pueden buscar la especialización o la novedad, y en su virtud lleva su pecado: su oferta cultural en torno al libro y la literatura no consigue atraer la atención del público visitante, precisamente, quizás, porque no es el público al que esa oferta pueda interesar; los libros más vendidos no son los del fondo de armario de las editoriales, sino las más rabiosas novedades respaldadas por la comparecencia del autor; las casetas más visitadas no son las de los editores independientes de títulos difíciles y periféricos, sino los sellos de divulgación y mercado masivo.

Quizás, por eso, haya que hacer de necesidad virtud. Pensar en un nuevo tipo de Feria, como sostenía Wiston Manrique, quizás sea necesario. La progresiva deserción de patrocinadores; la dificultad de financiar el evento ante los recortes de las subvenciones públicas; las barreras de entrada a veces insalvables para los pequeños editores independientes; el miedo a dar cabida y visiblidad a lo inexcusable, los soportes electrónicos y la oferta digital; el desinterés popular respecto a la oferta cultural específica; la presencia de grandes librerías virtuales en red que se llevan, de momento, el negocio del libro digital, no el del físico; el decrecimiento progresivo de las ventas en tiempos de crisis, cifra que no crecería, en todo caso, de celebrarse la Feria en recintos restringidos; la incomodidad alternativa de calores saharianos y aguaceros amazónicos, son todos hechos incontrovertibles de los que habrá que sacar el mejor de los partidos.

Siendo eso así, y sin voluntad de originalidad, quizás quepa pensar en medidas como las que siguen:

  1. Preservar el carácter popular de la Feria. El contacto con los libros es tonificante y necesario;
  2. Conservar el lugar en el que se celebra: buscar un acomodo cerrado más propicio, fuera del centro de Madrid, acabaría con su carácter multitudinario. Las incomodidades físicas y climatológicas son el precio que es necesario pagar por encontrarse con un público masivo e indiferenciado;
  3. Restringir el número de expositores dando preponderancia a las editoriales y librerías especializadas que pueden aportar algo diferencial a un público con el que no pueden encontrarse habitualmente. Abrirlo, sin embargo, a otras experiencias relacionadas con la creación y las letras: agencias, cursos de creación literaria, vendedores de soportes digitales, etc.
  4. Extender la Feria a todos los rincones de la ciudad: la Feria del Libro de Leipzig, una de las más veteranas del mundo, convierte a la ciudad, durante algunos días, en un espacio de lectura extendida, distribuida, popular, donde los eventos pueden encontrarse en todos sus rincones. Leipzig liest, Leipzig lee, podría convertirse, fácilmente, en Madrid lee.
  5. Colaborar a lo largo de todo el año con bibliotecas públicas y escolares, con colegios y con institutos, con universidades, para que todas las actividades de preparación converjan en los días de la Feria, para que se convierta en el lugar de encuentro por excelencia de los futuros lectores. Concebir la Feria, sobre todo, como un lugar de promoción de la lectura que no se circunscribe al evento comercial puntual, sino que extiende su alcance y sus actividades, a lo largo de todo el año, a los colegios, institutos y universidades de la Comunidad.
  6. Convocar un premio nacional de creación literaria para jóvenes que se fallaría y adjudicadría en la misma feria después de haberse trabajado a lo largo de todo el año. Promover, también, premios en otras modalidades de creación transmedia y digital. Hacer coincidir, adicionalmente, la entrega de un Premio literario de alcance nacional con la celebración de la Feria.
  7. Generar debate, no solamente en torno al libro y a la literatura, sino alrededor de los múltiples asuntos de los que los libros tratan: economía, política, sociedad, con la presencia de políticos y protagonistas de primera fila.
  8. Recabar el dinero público que tal acción de la promoción de la lectura necesita y merece, y convencer a los patrocinadores privados de que la inversión en cultura y educación es la única estríctamente rentable en tiempos de crisis (y de bonanza).
  9. Trabajar con los medios de comunicación, mano a mano, para que perciban la Feria como el gran acontecimiento cívico y cultural que pretende ser.
  10. Vale, no me olvido: acondicionar las casetas…. (y ya que nos ponemos a arreglar, hacer una web de la Feria del Libro en serio, no esa versión obsoleta de Web 1.0.).

Son, solamente, ideas para una feria….

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Comentarios

[...] Winston Manrique escribió sobre la necesidad de “reinventar” la Feria del Libro de Madrid. A ello se agarra Joaquín Rodríguez para lanzar propuestas concretas. [...]

A mí me encanta pasear por el Parque del Retiro en la época de la Feria del Libro. Lo único malo que le veo es que las calles que eligen dentro del parque son muy abiertas (como es lógico) y por tanto tienen menos sombra. Con el calor que hace en esta época a veces se hace una tortura. Amar los libros pero al mismo tiempo sentir que te desmayas del calor es una combinación explosiva!

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