La tengo pequeña (la editorial)
Cuando leo lo que Antón Castro ha escrito para la primera revista publicada por la FLIC (Feria del Libro independiente de Cantabria), no puedo sino reconocerme: “A mí me emocionan los libros. Me interesan los autores y sus vidas, y el rico anecdotario que hay detrás de una obra. Y me fascinan los editores: esa gente que ama su oficio, el poder de la palabra, el objeto tan polisémico y tan primordial que es el libro, quizá uno de los productos más hermosos y sugerentes y totalizadores que ha concebido la humanidad. Me fascina esa gente que arriesga su vida, su dinero, su hipoteca y hasta sus amores para cumplir sueños. El libro electrónico ya está aquí, e imagino que se impondrá, pero el papel seguirá por ahí, cerca de nuestra mesilla, como otro arrebato sensual de una noche proclive al delirio y al placer”.

La edición independiente siempre se ha caracterizado por una paradoja insostenible: su fortaleza radica, precisamente, en su marginalidad, en la posibilidad de concitar el interés de un pequeño grupo de personas cuyas afinidades electivas justifiquen y sostengan (financieramente, sobre todo) su existencia. La edición independiente ha sido aquella cuya producción estaba volcada hacia el futuro, hacia el retorno diferido y hacia el long-seller; cuyo ciclo de producción y posible rédito estaba basado en ciclos de larga duración; cuya capacidad de resiliencia estaba basada en aceptar y comprender el riesgo inherente a las inversiones culturales; cuya defensa y promoción de la vanguardia artística, el experimentalismo y las nuevas tendencias era numantina, rasgo que las diferencia clara y naturalmente de los catálogos comerciales de las editoriales basadas en el ciclo corto, el dinero rápido y la satisfacción de los gustos ya realizados; cuya vocación pedagógica y política las hacía propositivas más que subalternas de una moda o una tendencia; cuya esencia era, por decirlo en dos palabras, la edición de vanguardia.
Y, aunque todo eso siga siendo esencialmente cierto, y aunque ferias como la organizada estos días atrás en Santander (FLIC) quieran reclamar su presencia y su relevancia en una realidad cultural y editorial depauperada (ignorada, además, por las asociaciones gremiales), existen hoy más interrogantes si cabe que antaño:
- las editoriales independientes no son ya la única puerta hacia la cultura experimental y alternativa, hacia la vanguardia;
- la red genera manifestaciones independientes que carecen del soporte editorial tradicional;
- aunque la red prometía (todavía lo hace) la posibilidad de alcanzar a un grupo pequeño pero suficiente de posibles lectores asociándolos en una comunidad dispuesta a sostener un proyecto editorial independiente, eso dista mucho de haberse convertido en realidad. Lo cierto es que seguimos esperando a que la teoría de la larga cola se cumpla;
- al contrario, la proliferación de plataformas e iniciativas de comercialización digital independiente, parecen haber fracasado, incapaces de alcanzar una masa crítica suficiente de lectores, interesados y compradores;
- se va haciendo progresivamente cierta la necesidad de trabajar colectivamente en la construcción de plataformas globales capaces de atraer la atención de un público lector suficiente;
- los lectores regulares (esos que leen en el metro en el trayecto de casa al trabajo y viceversa), hace ya tiempo que han decidido que el soporte primordial de lectura será el electrónico. La transición es acuciante;
- el problema, aunque me ponga terco con este asunto, no es tanto económico, de disponibilidad de recursos para la adquisición de libros: el problema crónico sigue siendo que no somos capaces de formar lectores, que nuestro país sigue siendo un país de no lectores contumaces, y que mientras no dispongamos de un verdadero plan nacional estratégico de promoción de la lectura (que incluya a la formación infantil, primaria, secundaria, bachillerato y universidad), no llegaremos a nada;
- que la fortaleza de los pequeños -como la de los grandes, por otra parte-, pasa en buena medida por coaligarse y asociarse para procurarse mejores y más baratos servicios, que pueden compartir y explotar conjuntamente;
- que sostener financieramente hoy una aventura editorial es prácticamente imposible y comporta sacrificios económicos insostenibles para la mayoría: las ventas decrecen, las devoluciones aumentan, los canales están colapsados, la comercialización en Internet no despega y la gente no lee (aturdida, además, ante una proliferación inconmensurable de la oferta);
- que tenerla pequeña (la editorial), hoy no es ya sinónimo inmediato de calidad o de distinción: muchos medianos y grandes sellos editoriales ofrecen catálogos extraordinarios, de una riqueza inimitable.
Ser editor independiente es hoy, si cabe, más difícil y arriesgado que nunca; quizás, también, más necesario e imprescindible.
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[...] profundizar en la cuestión de la edición independiente, antes del ir a la charla, dejo este artículo de Joaquín Rodríguez con título algo sugerente: “La tengo pequeña (la editorial)”. [...]