Cómo entrar en las librerías

Manuel Gil se pregunta en “Encontrar la salida“, después de haber cavilado sobre la conveniencia de reducir los precios, de recortar los márgenes, de ponderar adecuadamente las tiradas:

hay un problema previo, si la gente no entra en las librerías no se venderá ni el libro de 12 ni el de 20. Es por ello que veo necesario el avanzar la idea de un «pacto por el libro» que comprometa a instituciones, nacionales y autonómicas, medios impresos, televisiones, radios, bibliotecas, etcétera, con un compromiso serio de impulsar el libro en este país de una vez por todas. Que esto es una ilusión, muy probablemente…

Y, efectivamente, el problema no es tanto el precio de los libros como la percepción que se tenga de su adecuación al producto que se comercializa y, sobre todo, de lo que los sociólogos denominan “el horizonte de realización cultural”, es decir, de que los libros forman parte de las cosas que a uno le interesan y de que, por tanto, vale la pena invertir parte de nuestro mermado salario en adquirirlos. La encuesta de “presupuestos familiares del INE” nos muestra que el gasto medio en ocio y cultura de las familias españolas (en el año 2005, última fecha que proporcionan), era de 526,76 €. Lo que se descubre cuando se tiene la paciencia de desgranar los datos, es que esa cantidad se distribuye de manera muy distinta de acuerdo al nivel de estudios de los encuestados: los que poseen estudios superiores invierten un 8.07% de su presupuesto en la adquisición de productos culturales; los que alcanzaron estudios de secundaria, invierten un 5.82%. No es tanto la disponibilidad neta como la predisposición a gastar en productos que se perciben como apropiados a no a los intereses de cada cual.

Por eso todo empieza por otra parte: para entrar en las librerías hay que gustar de los libros y pensar que encierran algo que no puede encontrarse en otro lugar; para cultivar esa percepción cierta, es necesario reforzar el entorno familiar con estrategias de fomento de la lectura, sobre todo en entornos en riesgo de exclusion; para conseguir que los jóvenes se acerquen a las librerías al menos en la misma medida que a las tiendas de videojuegos (si es que eso fuera posible), es necesario que la escuela, desde la educación infantil hasta el último día de la universidad, proclame el provecho y beneficio incomparable de los libros y obre estratégicamente en consecuencia; para entrar en las librerías quizás haya que hacer como los ingleses que, ante la inminente necesidad de tomarse en serio la lectura, crearon el All Party Parliamentary Literacy Group, la unión de todos los partidos representados en el Parlamento para hacer de la lectura una estrategia de Estado; para conseguir que traspasemos el umbral de las librerías, quizás haya que hacer como los alemanes, cuyo presidente de la República, Joachim Gauck, patrocina personalmente las iniciativas de la Stiftung Lesen; quizás haya que levantar la vista y mirar más lejos, intentar comprender por qué Finlandia alcanza sistemáticamente el primer puesto en los estándares de lectura internacionales, fomentando un tipo de sistema educativo donde los alumnos aprenden a asumir la responsabilidad sobre el proceso de su aprendizaje, convirtiendo a los libros en la pieza central de ese proceso.

Y quizás sea demasiado pedir que editores, libreros y autores, todos los que forman parte de esa cadena -deteriorada- del libro, intervengan activamente en ese debate.

Quizás, como decía Manuel Gil, esto no sea más que una ilusión… pero no se me ocurre otra manera, duradera, de abatir las barreras de acceso a las librerías.

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Comentarios

La cuestión es que se trata de un problema de base cuyos resultados, si es que pudieran verse, se verían en años. Hay que dar prestigio al libro no como un producto aburrido y tedioso, sino como un bien de cultural imprescindible. Y todo empieza por la escuela y las familias. Por ejemplo, no se pueden encasquetar lecturas tan amenas como La regenta o Don quitote a chavales de 14-15 años. Hay que seleccionar los libros, descubrirles autores accesibles y confiar luego en que les guste la lectura y puedan ir descubriendo infinidad de autores interesantes. Además, hay que saber vender clásicos imprescindibles a los que la mayoría de la gente no se acerca ni aunque les paguen, y con razón porque pueden dar verdadero pánico. Hay que conseguir que la gente lea, y que no lean solo bodrios. Hay que vender Guerra y paz como si fuera Canción de hielo y fuego.

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