Dieta digital

En uno de los últimos números del semanario alemán Der Spiegel, podía leerse en su portada: “¡Estate de una vez callado! Instrucciones para una dieta digital”, mientras un pobre IPhone sufría los primeros efectos de la privación, del régimen de apps. En el dossier que acompañaba y justificaba esta petición se hablaba de los efectos indeseables de la revolución digital, de la ansiedad que genera el exceso de información, de nuestra incapacidad general para arbitrar los filtros necesarios para gestionarla racionalmente, de la sútil manera en que la herramienta acaba dominándonos y diluyendo nuestra voluntad hasta fomentar una adicción incontrolable, de las alteraciones cognitivas que están en trance de sucedernos, de la necesidad, en fin, de que retomemos las riendas de un fenómeno que a veces nos supera.

No hay posibilidad alguna de entender qué es internet si practicamos una suerte de tecnoutopismo acrítico o, al contrario, una forma renovada de tecnoludismo fustigador. Encarar ese fenómeno con la distancia crítica suficiente sabiendo que es nuestro ecosistema natural de comunicación, será la única forma de afrontarlo.

Cuando abro el programa instalado en mi navegador, Collusion (un rastreador capaz de reconocer las cookies que van dejando las páginas que visitamos y la manera, en consecuencia, en que estamos permanentemente expuestos a una forma de vigilancia inadvertida  y, sin embargo, total), pienso en la necesidad de reclamar cierta forma de anonimato como prinicipio fundamental de la convivencia democrática, evitando la sobreexposición y los abusos inconscientes a los que estamos sometidos.

Sea como fuere, después de un año intenso de bulimia digital, de innumerables entradas en este blog, de centenares de textos léidos, de decenas de conferencias y seminarios en los que he comparecido sobre los asuntos de los que aquí se trata, de sucesivos reveses profesionales y de algún que otro éxito sobrevenido, pienso ponerme a dieta digital estricta hasta el próximo mes de septiembre.

El libro que menos páginas tiene (en papel) de los que van en mi mochila tiene 700 páginas…

Hasta la vista.

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[...] empieza a ser hora de que admitamos que no hay “bulimia digital“, sino que vivimos ahí dentro, en la [...]

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