Observaciones históricas (para alumbrar el futuro)

Parace que fue el Cardenal  Juan de Torquemada, quien propulsó con más decisión y ahinco el uso y difusión de la imprenta. En el periodo de los incunables, en la segunda mitad del siglo XV, aquella tecnología híbrida, cruce del trabajo de los orfebres y de los prensadores de uva, podía tomarse como una amenaza al orden establecido -porque, entre otras cosas, daba acceso a las escrituras, en su  propia lengua, al vulgo- o como una herramienta al servicio de la propagación del mensaje revelado. Parece que Torquemada era de esta segunda opinión: de hecho parece que fue en Subiaco, ciudad de la provincia de Roma, donde se instaló la primera de las imprentas fuera de Alemania, a instancias del abad del monasterio allí asentado, que no era otro que Torquemada. Los maestros impresores Sweynheym y Pannartz, dieron al papel De oratione (de Cicerón), datado en 1465; De divinis institutionibus, de Lactancio, y De civitate Dei, de San Agustín, ambas fechadas dos años después.

Cuando Konrad Swynheym y Arnold Pannartz abandonaron el monasterio y pretendieron instalarse en Roma, encontraron la animadversión y el rechazo del bien asentado gremio de copistas. En Italia, como en España (baste recordar al gremio de los copistas asentados alrededor de la Universidad de Salamanca), los talleres de copistas profesionales abastecían de réplicas a las bibliotecas eclesiásticas, a la de universidades y colegios mayores y, en menor medida, a la de nobles particulares. Los libreros que decidieron, en aquella pugna de gremios y soportes, perserverar en la venta de manuscritos, comprobaron cómo las ventas decrecían a lo largo de los años y cómo -tal como le sucediera a Vespasiano da Bisticci en el año 1478, el librero por entonces más prestigioso de Florencia- el negocio tradicional resultaba, simplemente, insostenible.

En España el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Salamanca pasa por ser la primera editorial profesionalizada. No en vano, las imprentas salmantinas del momento fueron muy activas en la promoción y difusión del libro impreso. Quizás me lo imagine yo solo y no se haya corroborado empíricamente, pero los impresos de la época tardomedieval  omiten siempre el nombre de sus impresores, quizás porque la hostilidad y oposición de los copistas y sus gremios no compensaba el reconocimiento nominal. Dos fueron, sobre todo, las imprentas salmantinas responsables de una difusión inusitada de conocimiento y contenidos: aquellas en las que se imprimieron las Introductiones Latinae (en 1481), y la Gramática castellana (1492).

Bajo el título de “Jornadas del libro“, el pasado 13 y 14 de noviembre se celebró en Madrid el (casi) primer encuentro oficial intersectorial, dos días dedicados al análisis del sector editorial, de la profunda crisis que atraviesa, y de las posibles medidas y soluciones que sería necesario arbitrar. Gran parte del debate -lo digo desde el más profundo respeto y comprensión-, se centró en los métodos y procedimientos de lucha y oposición que sería necesario adoptar de cara a la desintermediación que las redes digitales propician. Si, como en el caso obvio de los libros de texto, internet favorece nuevas modalidades de creación, difusión y uso (y de reuso y reventa), la discusión no encaró esa transformación insoslayable, sino que prefirió refugiarse en evidencias y argumentos medievales (dicho, de nuevo, desde la más profunda afinidad y simpatía). Podremos exigir que los mercados de segunda mano inducidos por Internet abonen los mismos impuestos que los libreros tradicionales; podremos arañar márgenes a los distribuidores; podremos pensar que las transformaciones digitales son episódicas y no alteran en profundidad los métodos de enseñanza y aprendizaje (por seguir con el ejemplo mencionado); podremos, en fin, intentar aferrarnos a las evidencias del milenio pasado, pero Juan de Torquemada lo vio bien claro: cuando se transforman los medios y los modos de producción, más vale cabalgar la nueva ola valiéndose de ella que intentar resistirse.

Para quienes no podemos imaginar la vida sin librerías, es urgente pensar el cambio fundamentadamente, sin resistencias medievales, buscando el lugar que les corresponde en una nueva e  inevitable cadena de valor. Observaciones históricas, en fin, para intentar alumbrar y vislumbrar el futuro.

Etiquetas:

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

(requerido)

(requerido)


*