Calidad educativa y educación digital

Los aspectos más polémicos y discutibles del anteproyecto de la Ley orgánica para la mejora de la calidad educativa (LOMCE) han oscurecido el debate en torno al necesario rediseño de los entornos de aprendizaje y el uso de las tecnologías digitales, a la necesaria atención a la diversidad y las inteligencias múltiples y al papel que las tecnologías digitales pueden y deben jugar en el seguimiento individualizado del proceso de maduración de cada alumno, a la incuestionable realidad de que el aprendizaje no concluye en el aula ni coincide con edad alguna, sino que puede producirse en cualquier momento y lugar a lo largo de toda la vida. Y la digitalización de la enseñanza tiene mucho que ver con todo eso.

Son pocos o ninguno los comentarios y observaciones que se realizaron en el curso de la redacción del anteproyecto referentes a la transición del modelo educativo tradicional o un modelo que, inevitablemente, estará fundamentado en lo digital. Y eso es así, se quiera o no, porque el aula ya no volverá a ser nunca un espacio cerrado sobre sí mismo, sino móvil y presente en cualquier lugar; porque el currículum no podrá ser tampoco una estructura clausurada, sino que tendrá que abrirse a los estímulos, recorridos y recursos externos; y el profesor no será tampoco más aquel emisor unilateral revestido de una autoridad incuestionable, sino, más bien, un cualificado integrador y conductor.

El punto undécimo del anteproyecto lo menciona con claridad:

La tecnología ha conformado históricamente y conforma en la actualidad la educación. El aprendizaje personalizado y su universalización como grandes retos de la transformación educativa, así como la satisfacción de los aprendizajes en competencias no cognitivas, la adquisición de actitudes y el aprender haciendo, demandan el uso intensivo de las tecnologías. Conectar con los hábitos y experiencias de las nuevas generaciones exige una revisión en profundidad de la noción de aula y del espacio educativo, solo posible desde una lectura amplia de la función educativa de las nuevas tecnologías. La incorporación generalizada de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) al sistema educativo permitirá personalizar la educación y adaptarla a las necesidades y al ritmo de cada alumno.

Las TIC, por tanto, pueden jugar un papel decisivo en la mejora de la calidad educativa siempre y cuando se integren en una nueva pedagogía que abogue por una forma de aprendizaje activo, basado en la indagación y la investigación, en la localización y evaluación de los recursos informativos disponibles, en la cooperación y el trabajo en equipo, en la comunicación multimedial de los resultados. La mera agregación o instalación del hardware (algo que en épocas anteriores se realizó con profusión y poco tino), de nada sirvió, porque el fundamento pedagógico seguía estando basado en las evidencias tradicionales (el aprendizaje memorístico y repetitivo, la clase magistral, el control mediante pruebas supuestamente objetivas).

Ahora es el momento de cambiarlo:

La incorporación generalizada de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) al sistema educativo permitirá personalizar la educación y adaptarla a las necesidades y al ritmo de cada alumno. Por una parte, servirá de refuerzo y apoyo en los casos de bajo rendimiento y, por otra, permitirá expandir los conocimientos transmitidos en el aula sin limitaciones. Los alumnos con motivación podrán así acceder de acuerdo con su capacidad a los recursos educativos que ofrecen ya muchas instituciones a nivel tanto nacional como internacional. Las TIC serán una pieza fundamental para producir el cambio metodológico que lleve a conseguir el objetivo de mejora de la calidad educativa. Asimismo, el uso responsable y ordenado de estas nuevas tecnologías por parte de los alumnos debe estar presente en todo el sistema educativo. Las TIC serán también una herramienta clave en la formación del profesorado y en el aprendizaje a lo largo de la vida, al permitir a los ciudadanos compatibilizar la formación con las obligaciones personales o laborales, así como para la gestión de los procesos.

Y en esta transición obligatoria de modelos educativos no deberíamos olvidar que Internet ofrece a todos los agentes implicados (editoriales, pero también profesores y alumnos, sobre todo), la posibilidad de crear, agregar, mejorar y compartir el conocimiento generado en las aulas. La promoción, por tanto, de plataformas capaces de integrar, por una parte, contenidos más formalizados, atentos a las pautas curriculares, en forma libros de texto digitales y/o servicios educativos multimediales y, por otra parte, contenidos libres generados por los usuarios, puede dar lugar a un nuevo entorno de aprendizaje sumamente rico. El juego no puede ser de suma cero. No se trata de saber quién gana o pierde más o menos, sino de generar un entorno educativo digital rico en el que todos los agentes ganen por igual.

El texto dice, a este respecto:

El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ofrecerá plataformas digitales y tecnológicas de acceso a toda la comunidad educativa, que podrán incorporar recursos didácticos aportados por las Administraciones educativas y otros agentes para su uso compartido. Los recursos deberán ser seleccionados de acuerdo con parámetros de calidad metodológica, adopción de estándares abiertos y disponibilidad de fuentes que faciliten su difusión, adaptación, reutilización y redistribución y serán reconocidos como tales.

Considero el texto como un punto de partida al que deberían agregársele, al menos, tres cuestiones fundamentales, indisociables:

  1. una reflexión global sobre la estructura del currículum en el siglo XXI, porque no cabe separar las apelaciones a un diseño del entorno educativo diferente fundamentado sobre la tecnología sin una meditación bien cimentada sobre el tipo de competencias que deben adquirirse en el siglo XXI, tal como apunta el trabajo del Framework for 21st Century Learning o tal como propone Henry Jenkins en el documento Confronting the Challenges of Participatory Culture: Media Education for the 21st Century;
  2. una propuesta razonada y bien escalonada, por cada uno de los cursos académicos, desde la educación infantil al bachillerato, del tipo de competencias digitales que un alumno debe adquirir, tal como propone el ISTE (International Society for Technology Education) a través de sus NETS (National Educational Technology Standards);
  3. una apuesta clara por el diseño de entornos educativos innovadores apoyados desde la administración pública, tal como ocurre con la escuela norteamericana Quest to learn fomentada desde el New York City Department of Education.

Queda más de un año por delante para complementar, afinar y mejorar el texto del anteproyecto. No dejemos pasar esta oportunidad.

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