Shakespeare y el calamar

Hace ahora cuatro años que se publicó en inglés un libro esencial: Proust and the squid. The Story and Science of the Reading Brain, que fue traducido al castellano, enigmáticamente, por  Cómo aprendemos a leer : historia y ciencia del cerebro y la lectura. El libro pasó entre nosotros complemente desapercibido, hasta el punto de que hoy resulta inencontrable. En todo caso, me viene a la memoria el trabajo de Maryanne Wolf porque su título evocaba el efecto que la lectura profunda de un texto de Proust podía causar sobre el cerebro. Neurolingüista, demostraba por medio de las resonancias magnéticas, de qué manera se estimulaba el cerebro en el ejercicio de la lectura silenciosa, concentrada, atenta y sucesiva que exigía un texto tan exuberante y exigente como el de Proust. Wolf llamaba la atención sobre el milagro que se producía en un niño cada vez que aprendía a leer, porque se embarcaba en un proceso genéticamente indeterminado por medio del que acababa desarrollando algunas de las capacidades intelectuales de alto nivel más esenciales del ser humano. No es que negara, en ningún caso, la suma importancia del desarrollo de nuevas competencias digitales en un ecosistemas informativo que las exige, sino que nos recordaba que no convenía olvidar que buena parte de nuestras competencias y capacidades provienen del ejercicio sostenido de ese tipo de práctica lectora. Ella lo denominaba cerebros bitextuales, cerebros capaces de leer en profundidad un texto largo y complejo, siguiendo y comprendiendo su argumentación lógica, y cerebros capaces de construir el sentido de un mensaje por medio de la consulta y la adición de múltiples fuentes dispersas en la web.

 

De hecho, no hay nadie que reflexione seriamente sobre el futuro de la educación que no comprenda que la lectura tiene que seguir ocupando un lugar central (Core subjects) en el diseño curricular junto a un nuevo conjunto de competencias que tienen que ver con la comunicación, la colaboración, el uso de los dispositivos digitales y la capacidad de valorar la pertinencia y calidad de las fuentes que se utilizan.

Hace unos pocos días se hizo público el resultado de un estudio llevado a cabo por la Escuela de Inglés de la Universidad de Liverpool en el que se ponía de manifiesto el grado de activiación superlativo que sufre el cerebro cuando lee a Shakespeare, cuando se enfrenta a los retos de una gramática compleja. La nota de prensa dice, literalmente:

Shakespeare usa una técnica lingüística conocida como cambio funcional, por ejemplo, el uso de un nombre que hace las funciones de un verbo. Los investigadores han encontrado que esta técnica permite al cerebro entender lo que significa una palabra antes de que se comprenda la función de una palabra en una frase. Este proceso origina una pico repentino en la actividad cerebral y fuerza al cerebro a trabajar retrospectivamente para intentar comprender completamente lo que Shakespeare está tratando de decir.

Y, de acuerdo con la entrevista que The Telegraph realiza a uno de los miembros del equipo de investigación, Philip Davis, experto en resonancias magnéticas y poco versado en quincalla metafísica :

La literatura seria actua como un amplificador del cerebro. Las investigaciones muestran el poder de la literatura para alterar los procesos mentales, para crear nuevas ideas, formas y conexiones tanto en los jóvenes como en los mayores.

Shakespeare y el calamar, la potencia amplificadora de la lectura recogida y serena sobre el cerebro humano.

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