El llamamiento de los 451

Hubo un tiempo -quizás tras la Guerra Mundial, en los años 50 del siglo XX, cuando fue necesario reconstruir moral, intelectual y éticamente la sociedad- en que los editores jugaron un papel fundamental. La lectura de las conversaciones de Giulio Einaudi con Severino Cesari son por eso, siempre, un reencuentro con la lucidez de un intelectual que creía en la labor pedagógica y formativa de los textos que editaba, en su función propiamente cívica y política. Einaudi podía permitirse una definición de la edición ajustada a sus tiempos, donde la “Edición sí” era la edición propositiva, intelectualmente arriesgada y políticamente comprometida, y la “Edición no” aquella otra cuyos únicos visos eran comerciales. Eran los tiempos en los que la prensa, la televisión y, en menor medida, la edición, asumieron la condición de formadores del espíritu de una época. Intermediarios cualificados, mediadores competentes, gozaban del crédito que la sociedad de la comunicación de masas les proporcionaba.

No hace falta saber mucho de la red para darse cuenta de que ese lugar central que los editores y el resto de los agentes de la comunicación de masas ocuparon, no es ya el mismo. La proliferación de herramientas de creación, producción, comunicación, distribución, venta, comercialización y compartición que encontramos en la red han provocado su desplazamiento hacia la periferia del ecosistema de la comunicación. Y esa conciencia, más o menos implícita, más o menos explícita, es lo que ha provocado ese sentimiento de crísis -justificada y generalizada- del sector.

Es en este contexto en el que yo entiendo “El llamamiento de los 451“, ese llamamiento que evoca a Bradbury, recogido tanto en el periódico Diagonal como en la irremplazable revista Texturas, en el que se aboga “Por la constitución de un grupo de acción y de reflexión en torno a los oficios del libro”.

Nos hemos empezado a reunir desde hace un tiempo para debatir colectivamente sobre la situación actual y futura del libro y de sus oficios. Atrapados como estamos en una organización social que separa las actividades, partiendo de una sensación común –basada en diversas experiencias– de que se está produciendo una degradación acelerada de las formas de leer, producir, compartir y vender libros, consideramos que, a día de hoy, la cuestión no se limita exclusivamente al sector, por lo que buscamos soluciones colectivas a una situación social que nos negamos a aceptar.

La principal virtud de ese texto de partida y del que le sigue, “Querella de los modernos… Respuesta a las críticas y desarollo del argumentario del Llamamiento a los 451” (traducido, también, por Gabriela Torregosa para el último número de Texturas), es la conciencia de la necesidad de una acción colectiva, de la gestión colectiva de un espacio de reflexión compartido. Salir de esta crisis, si es que existe alguna salida o si es que se trata siquiera de salir, no vendrá de la mano de esfuerzos individuales, sino de empeños colaborativos. En el texto que podemos leer en ese alegato se arremete contra el orbe total: contra la proliferación de los títulos deleznables que invaden las mesas de novedades; contra el imperio de los grandes grupos editoriales que desestabilizan el ecosistema editorial; contra la desaparición de los oficios del libro; contra la degradación de las profesiones asociadas tradicionalmente a la producción editorial; contra Internet y el mito de la liberación digital; contra -sobre todo, y aquí radica uno de sus puntos principales- la pérdida de la representatividad política y social de los agentes vinculados a los oficios del libro:

Si consideramos que trabajar con libros tiene una dimensión política, entonces tenemos que poder hacernos preguntas como: ¿qué papel social juega el libro?

Discutimos sobre la irrelevancia de nuestras ventas; sobre la desaparición de las librerías y otros puntos de venta; sobre la insignificancia de los oficios asociados al libro y el éxodo de los lectores, pero, ¿no será todo ello consecuencia de su instrascendencia política, de su trivialidad social, de su arrumbamiento a los márgenes del universo de la comunicación?

No tengo respuestas. Sólo sugerencias bibliográficas, cartográficas: Einuadi, como queda dicho; Pierre Bourdieu, que discutió durante mucho tiempo sobre la progresiva banalización y conservadurismo de la edición francesa (I) y de la edición en general (II); Thierry Discepolo y su “Traición de los editores“, que llegará dentro de poco, afortunadamente, a nuestras (despobladas) librerías.

¿Seremos capaces de hacer nuestro propio llamamiento, de reclamar un lugar bajo el fulgurante sol digital?

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Comentarios

Joaquín, cuando termino de leer tus post y las referencias bibliográficas que en ellos señalas, no puedo evitar pensar en la famosa carta que Newton envió a Robert Hooke (1675) y de la que suelen destacarse estos dos fragmentos:

-”Cada día hay en el Universo una estela dejada por la acción de otros seres humanos que al igual que nosotros buscaban la excelencia. Hoy esa estela o “semilla del día” fue sembrada por…”

-“Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes”.

Por cierto, me alegro mucho que se traduzca el libro “La trahison des éditeurs”, personalmente se lo sugerí a tres editores del ámbito del pensamiento crítico, pero creo ninguno hizo caso. Espero que a los valientes que lo publiquen les vaya muy bien. Creo que proporciona mucha información sobre el “sector del libro” en Francia y que desvela y desmonta muchos mitos. Tanto sobre los supuestos “editores independientes” como de la actitud de algunos autores radicales, que, ¿”comprensiblemente”?, terminan abandonando las pequeñas editoriales con las que comparten proyectos políticos, para terminar publicando en los grandes grupos multi-mediales, con la “legítima intención” de llegar con su discurso a más gente.

La editorial “Agone”, al igual que otras en la península ibérica, demuestra con números que otra edición, distribución y comercialización es posible y necesaria para la subsistencia del pensamiento crítico.

Como único elemento negativo del libro, debo señalar que alguna de sus tesis se hacen un poco reiterativas a lo largo del texto, pero sigo pensado que es de lectura obligatoria para todas la personas que estén interesada en el libro, sea cual fuere el formato, como herramienta de cambio social

[...] Gonzalo Canedo, o de qué iba eso de ser editor »    El llamamiento de los 451. Joaquín Rodriguez by Vázquez, 01.26.13, El llamamiento de los 451. [...]

El potlatch de la edición 21

Lo digital no es un «sol», y perdona que le de un puntapié en el trasero a tu metáfora: lo digital es una Red: un sistema distribuido (sin sol); tu sabes. Y en la redes no hay «bajo» ni «sobre», sino «entre». No es «un lugar» lo que se ha perdido sino «un flujo» del que no se participa (la cantida de contenidos en español en los nuevos entornos digitales es de risa). Claman su lugar los quietos, los inmóviles, los sólidos, los pesados; los que no tienen una manera de ser… líquida. ¿Es que tenemos que pedir permiso o perdón a alguien?

«Socorro, me estoy ahogando… por culpa del mar». Como aquellos fanáticos de la copia a mano, recogidos en el Sinodal de Agullafuente, que consieraban diabólico los asuntos impresos. ¿Sugerencias bibliográficas, cartográficas? Todas las que hagan falta. Todas. Que las hay para todos los gustos y colores de pensamiento. Porque también al recomendar se hace un sesgo (como al editar).

Discuten, lamentablemente todavía sí, sobre la irrelevancia de sus ventas… porque les interesa el dinero. Discuten sobre la desaparición de las librerías y otros puntos de venta… porque eran la forma de acceder al dinero que conocían. Discuten sobre la insignificancia de los oficios asociados al libro… Cuando Anagrama puso sobre la mesa –ya en 2001–, La industria del libro, de Jason Epstein con ideas como ésta: «Hoy día, la industria editorial se halla al borde de una vasta transformación que promete grandes oportunidades de innovar: muchas pruebas, muchos errores, muchas mejoras», quizá no lo leyeron.

¿No crees que donde primero de dejó de leer fue en el seno del sector: los autores, los editores, los libreros…? Hemos visto cada cosa. Cuanto más alto es el grito en defensa de los oficios asociados al libros, más desconocimiento hay de “los nuevos oficios asociados a la lectura”. Quizá sea una casualidad. Y discuten del éxodo de los lectores, sí, de eso se discute que te cagas, es uno de sus temas favoritos pero… ¿Es que ser lector no era eso: moverse continuamente de libro a libro, de idea en idea, de relato en relato a través del lenguaje? Tan preocupados porque los lectores ya no compran libros no vieron que los lectores quieren leer de otra forma, otras cosas y compartirlas de otro modo.

Mi respuesta es no. La intrascendencia política a la que te refieres ha tenido que ver con la defensa a ultranza de un espacio en modelos productivos desfasados; no por una pérdida del peso específico de sus contenidos. Tn atado ha estado el sector al modo tradicional de hacer las cosas, que se dejó de lado el contenido de las cosas mismas.

¿Trabajar con libros tiene una dimensión política? Si la respuesta es sí, entonces todo trabajo que tenga que ver con lo cultural, lo social, lo filosófico, etc… tiene una dimensión política. No sólo el libro. Tu web, por ejemplo, ¿no tiene una dimensión mayor (política, cultural, económica) que muchos libros? Sí, entonces ¿por qué sigues hablando del Libro como si fuera el tótem de una odisea espacial? Me temo que donde tu lees «dimensión política» yo leo «dimensión ideológica».

Que donde tu lees «conciencia de la necesidad de una acción colectiva» yo leo «ayudas a “mi” reconversión»… Porque si no aceptamos que lo que está pasando –¡ya!– en los nuevos escenarios digitale, es colectivo… ¿son sólo a caso, cuatro gatos? Donde tu lees «gestión colectiva de un espacio de reflexión compartido»… yo leo «¡A mi los que piensen como yo! manque, pierda».

Y me pregunto, esos empeños colaborativos a los que te refieres… ¿no nacen de esfuerzos individuales? O te refieres a empeños colaborativos… ¿únicamente institucionales? Si yo tengo una librería y las estoy pasando muy canutas… ¿Me espero a que CEGAL me resuelva el problema? Si soy editor de libros que no logro vender… además de echarle la culpa al desplazamiento de lo político y a los lectores, claro… ¿Espero a que me salve la FGEE?

Justo lo que caracteriza a los nuevo entornos (y tu has escrito al menos dos libros sobre ello, o sea que lo sabes) es que se trata de una gran red de empeños colaborativos, muchísimos de ellos nacidos de esfuerzos individuales (y algunos de ellos, en garages californianos). Por eso ya no cabe hablar de eslabones de ninguna cadena; sino nodos de trabajo en red: y de los nodos, se habla en clave pro, o estás fuera.

Mientras se entretiene al sector con lo que la editorial grande se come el mercado de la chica, éste no advierte que la editorial rápida le come lectores a la lenta… empantanada en sus barricadas, en su defensa ideológica. Ideológica pero cutre, porque ni siquiera reivindican un lugar en una Nueva Economía… sino un lugar protegido en esta economía atroz para tantos seres humanos. El olor del dinero.

Yo ya me bajé de la lectura de textos y manifiestos en clave contra: estoy en contra de estar en contra. Resulta fácil cabrearse, pero más difícil es cabrearse por las razones adecuadas: como si no hubiera librerías deleznables, editoriales deleznables… fontaneros y camaremos deleznables; pues sí, también hay muchos libros deleznables; que son libros también, amparados también por las instituciones del sector, subvencionados muchas veces con nuestro dinero de todos; ayudados a reconvertirse para seguir haciendo lo mismo, pero sin arriesgarse.

Vale ya con lo del imperio de los grandes grupos editoriales que desestabilizan el ecosistema editorial; vale ya. Los grandes grupos han hecho de las suyas y se han hecho suyo …la industria editorial de masas: siempre fue de ellos. Si el mundo del libro abandonó el ecosistema generativo cultural del que formó parte, ¿es culpa de los grupos? Volvamos a las guillotinadas páginas del Pasando página, de Sergio Vila-Sanjuán, en las que Lara evoca cómo se inicio lo de la compra de las editoriales “pequeñas, culturales, independientes”. El olor del dinero, otra vez.

Los oficios del libro no desaparecen, evolucionan. Se transforman a medida que cambian los modelos productivos en los que intervienen. La degradación de las profesiones asociadas tradicionalmente a la producción editorial, tiene que ver con la economía industrial de masas y su constante afán de ganar más y más en la que estas profesiones se involucraron. ¿Qué habría pasado si hace veinte años le hubieras dicho a un joven …que se forme como aprendiz de encuadernador?

Cuando el sector abrazó el hacer industrial de masas se contagió de su cocainómano afan financiero… Nadie protestó contra aquella degradación; como si protestaron, nos cuenta Epstein, los libreros clásicos de Nueva York cuando los muchachos becádamente universitarios de clase trabajadora, preguntaban por ediciones baratas de ciertos textos.

Contra Internet y el mito de la liberación digital, sobre todo. Si, no, no hay manifiesto ideológico que se sostenga. Internet va genial a todos aquellos avezados en echar balones hacia la portería pública; va genial como cabeza de turco gigantesca; resulta un chivo expiatorio de infinitas mamellas de las que libar. «La pérdida de la representatividad política y social de los agentes vinculados a los oficios del libro»… Esto es ideología pura.

Y por eso no estoy de acuerdo con que el «sentimiento de crísis -justificada y generalizada- del sector» tenga que ver con los cambios sufridos y el éxodo hacia la periferia. La crisis en el sector editorial es pre Internet. La edición hizo su cáncer… cuando abandonó su paraíso de valores generativos en aras del citius altius fortius de las industrias de masas; que tan pingües beneficios prometía recordemosló.

No. Sabes que eso no es cierto. El relato de la Historia no puede endulzarse como quien echa sacarina a un café. El relato de la Historia dice (nos dice Epstein): «Ahora que hacemos con toda esta gente aguerrida de vuelta en casa. Hemos ganado una guerra, joder. Tenemos que mandar el mundo civilizado». Sabemos, gracias a Epstein, que el proceso de «reconstruir moral, intelectual y éticamente la sociedad» (americana, at first…) fue impuesto por la victoria sobre el Eje: una necesidad de primer orden. No algo …necesario. Antes de la Segunda Guerra Mundial, leer, editar y libretear era de muy pijos.

La pregunta que no puedo contestarme es: ¿cómo después de tantos años, tantos libros, tantas Tramas y Texturas, seguimos hablando de lo mismo? Tu no Joaquín, aquí no. Precisamente tu blog es decano en reflexiones que aportan nuevas vías de valor al libro y nuevas formas de editar y compartir contenidos.

Así que para terminar, déjame recomendarte un libro importante, El potlatch digital, de dos tipos copados que saben un huevo. Un trabajo nos sirve para comprender cómo en determinados contextos y circunstancias es nece­sario desprenderse del capital que se posee para que la comunidad lo devuelva y lo reintegre en forma de reconocimiento y renombre; cómo en determinados contextos culturales, la especie de capital que circula no es monetaria, sino simbólica, en forma de repu­tación y popularidad, y la lógica de su acumulación exige ser desinteresado para generar otra forma de interés. Así funcionan algunos de los casos más co­nocidos de Internet.

Abrazos.

Gracias Iñaki y gracias Pablo por vuestros comentarios y por el tiempo que os hab´eis tomado en refrendar o desmontar mis reflexiones. El texto del Manifiesto de los 451 es, en lineas generales, bastante flojo, confuso y quejoso. No comparto la mayoria de sus reclamaciones y sus reflexiones, precisamente porque no son otra cosa que una defensa irreflexiva de los indefendible. Cambian los modos y modelos de produccion y, en esas transiciones, quedan fuera de juego todos aquellos que no pueden o no saben adoptar el nuevo. Aun asi, siendo completamente consciente de ello, persiste una pregunta que me parece pertienente y que entresaco del manifiesto: ¿que lugar quedara, en ese nuevo ecosistema de la comunicacion y de la informacion, para los libros tal como los conocemos, si es que queda algun lugar? ¿Cual sera su representatividad politica y social? ¿Seguiran sirviendo para formarnos y conformarnos una opinion respecto a los temas que nos preocupan y nos interesan? ¿Tendran sentido los editores como renovados intermediarios cualificados que seleccionan, entre montañas amorfas de contenidos, textos que valgan la pena? Precisamente porque yo no puedo ser sospechoso de dudar de la fortaleza de lo digital (son ya muchos post y varios libros al respecto para quien los quiera leer), me parece completamente pertinente plantear una pregunta para lo que no tengo respuesta: ¿que lugar ocuparan los libros y los editores en un nuevo espacio, campo o ecosistema como el que ahora se esta conformando?

Abrazos.

Pd. mi teclado ha decidido no poner acentos esta mañana

Sea pues,

Persiste una pregunta que te parece pertienente y que entresacaste del manifiesto: «¿qué lugar quedará, en ese nuevo ecosistema de la comunicacion y de la informacion, para los libros tal como los conocemos, si es que queda algun lugar? ¿Qué lugar ocuparan los libros y los editores en un nuevo espacio, campo o ecosistema como el que ahora se esta conformando?».

No comparto la necesidad de mover las cosas del presente «tal y como las conocemos» por la vía del tiempo: impide el pensamiento exponencial (clave de los nuevos entornos digitales, por lo que se ve).

La pregunta que te parece pertinente para mi es …impertinente digamos (de buen rollo), porque se puede proyectar sobre todo lo que confluye en el «libro». ¿Qué será de los escritores, de los editores, correctores, diseñadores… tal y como los conocemos? Y porque «libro», se muestra como una totalidad que se podría substituir por Mundo, Fútbol, Sociedad… quiero decir.

Los lugares además, no están vacantes. Los lugares no nos esperan. Los lugares se viven, se trabajan, se recorren, se relacionan, se desean. Lugar, es una porción de espacio delimitado por una serie de cosas que pasaron, pasan y pasarán.

Nadie sabe, nadie puede saber ya que no es cosa del conocimiento como de la conciencia, cómo será el mundo de hoy, mañana. Esa es la gracia del mañana. Esa es la gracia de hoy. Por no saber, no sabemos si habrá mundo tal y cómo lo conocemos.

Las cuestiones que nos empujan a una sopa de incertidumbre sí, hoy resultan digamos, impertinentes. En (la) realidad, lo que importa es qué lugar ocuparás tu (o yo), él y ella, eso, nosotros, vosotros y ellos… en esos nuevos escenarios. Hay tanto por hacer todavía. Los lugares en el nuevo ecosistema se ejecutan, en persona.

«¿Cuál será su representatividad política y social?» En principio no la tiene, ni la tiene por principios. La capacidad de actuar en nombre de… es una relación; con la política y la sociedad que en este caso se relacionan como público.

«¿Seguirán sirviendo para formarnos y conformarnos una opinion respecto a los temas que nos preocupan y nos interesan?». Es una cuestión privada. Eso te pasará a ti, a él, a mi, a ella… a nosotros, a vosotros o a ellos pero, no a todas las personas. Planteado en general, nos lleva al mismo caldo de perplejidad en el que se ahoga y se cocina para su conserva el sector, tal y cómo lo conocemos.

«¿Tendrán sentido los editores como renovados intermediarios cualificados que seleccionan, entre montañas amorfas de contenidos, textos que valgan la pena?» Absolutamente sí: esa es una de las premisas básicas de trabajo para afrontar la transición; es el camello de la travesía por el desierto.

Abordas la cuestión como algo ideológico. Buscas resolver intelectualmente cuestiones que se manifiestan en vida. En vez de vivirla, dibujar el plano de una idea que abrigue el frío de cómo serán las cosas mañana, para que todos los involucrados sepan qué hacer en la obra, ahora.

Una maldita hoja de ruta colectiva pensada en vez de hacer el viaje. Un mapa pretensiosamente más preciso que la experiencia misma. Líneas de actuación colectivas en vez de acciones ómnibus. De ahí a un Plan Nacional, sólo hay un paso.

«La experiencia no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa», dice Jorge Wagensberg. Así que la cuestión pertinente puede resolverse poniéndose manos a la obra. En el hacer las cosas se vuelven más sencillas. Qué tienes, quá has hecho. Cómo estás, cómo quieres estar. Qué necesitas, de qué dispones. Con quién, con quiénes.

¿Qué puede hacer el intelecto colectivo para ayudar? POues echar una buena mano asociativa (en red) y localizar casos de éxito, buenas prácticas y analizarlos; observar y entender sus relaciones intrónsecas (sus rredes de creación, de producción, de comercialización y venta). Extraer, intelectualmente, aquellos momentos que puedan ser extrapolables: lo común entre lo diverso (valor a otros proyectos). Serán esos puntos ayudas útiles en la ejecución, en cada caso, en cada casa.

Entonces, si desde el intelecto no puede responderse qué será de los libreros de hoy, mañana; desde la experiencia sí podemos decir: aquí tienes el caso del librero Salvador Foraster, de Librería Xoroi, que conocemos bien porque estamos ejecutando a brazo partido. No te contaré su historia de cómo llegó a estar como estuvo porque ya lo conoces (es el cuento Monterroso del sector editorial).

Te podemos contar cómo se plantó; cómo convocó a un público trabajado durante más de treinta años; cómo realizó un DAFO de andar por casa con toda su verdad como empresa; y qué medidas planteó, que lleva ejecutando hará más de un año con éxito (léase: Resultados sobre la marcha favorabales).

Jorge Wagensberg dice también, ya puestos, que «El secreto del cambio está en la parte del cambio que no cambia»; algo que Salvador como librero parece haber comprendido, ya que a su hacer tradicional ha sumado:

Ponerse a editar –«Seguirán sirviendo para formarnos y conformarnos una opinion respecto a los temas que nos preocupan y nos interesan». Ofrecer servicios editoriales. Promover los temas que interesan a su público en nuevos lenguajes y formatos, además del texto y del libro. Adaptación de su estructura comercial. Participar de los acontecimientos relevantes para su comunidad, de la que no ha dejado de ser un pilar confiable, por nuevos medios.

Hablamos de ello el viernes pasado, aquí: http://www.pensodromo.com/21/2013/01/18/librerias-y-edicion-21/

Tienes el caso de Salvador …pero también el de Philippe de Sophos, esa librería en la periferia de la periferia, el de Paco Cálamo, el de Gandhi, el de Tipos Infames, el de La casa tomada… vaya uno a saber cuántos casos interesantes de buenas prácticas nos estamos perdiendo conocer y analizar para aprehender y mejorar, mientras pensamos en red …sobre cuestiones pertinentes.

Eel mundo de mañana será como el mundo de hoy, peor en algunas cosas y mejor en otras, con una capa de futuro repartida de forma desigual (el futuro es así) y por eso, vivo (hoy) arrebatado por la idea de que el nuevo paradigma no se resolverá negando al viejo, sino evolucionándolo.

Abrazos.

La pregunta, Pablo, no sólo me parece pertinente: es del todo oportuna y procedente. El campo o el ecosistema de la comunicación del siglo XXI no es el mismo que el del XIX. No hace falta estar doctorad por Salamanca para darse cuenta de ello. Si los editores y otros empresarios de la comunicación de masas ocuparon un lugar de intermediación central durante 150 años, hoy sabemos que de un lugar medular seguramente pasarán a ocupar un lugar periférico, lo que no quiere decir inexistente. La reflexión que planteo -y remito a textos a partir de los que intento pensar esta nueva realidad- es cuál es el lugar que ocuparan los editores tal como los hemos conocido (si es que ocupan alguno), cuál su relevancia cultural y política (si es que asumen alguna), cuál su función mediadora (si es que pueden apropiarse de alguna). Ni tú ni Sharky ni Castells, ni nadie que yo conozca, tiene una respuesta para eso. Barruntamos y vislumbramos hacia donde vamos, hacia una relación más reticular que encadenada, hacia tipos de mediación muy distintos a los que hemos conocido. Pero, aún con todo, la pregunta incial, entresacada del texto (porque es, seguramente, lo único que se puede entresacar), sigue siendo pertinente. Y yo no encuentro en tus reflexiones ninguna respuesta.

¿A qué editores te refieres? ¿Podemos seguir hablando de editores, en general? Yo, por supuesto que no tengo respuestas. Lo único que tengo son experiencias: de editores, libreros, etc… que pugnan por definir ese lugar, su propio ecosistema con sus propias relaciones. Y algunas propuestas para los casos en los en que nos involucramos, además del nuestro propio, claro. Lo barruntado, lo vislumbrado… pero sobre todo, lo propuesto y lo hecho (siempre más gerundio que participio). Estoy de acuerdo, más hacia lo reticular que a lo encadenado. Tipos de mediación distintos…

No encuentras en mis reflexiones ninguna respuesta… porque no la hay: lo que estoy cuestionando son las preguntas. Pero al menos, hay una propuesta: «¿Qué puede hacer el intelecto colectivo para ayudar? Pues echar una buena mano asociativa (en red) y localizar casos de éxito, buenas prácticas y analizarlos; observar y entender sus relaciones intrínsecas (sus redes de creación, de producción, de comercialización y venta). Extraer, intelectualmente, aquellos momentos que puedan ser extrapolables: lo común entre lo diverso (valor a otros proyectos). Serán esos puntos ayudas útiles en la ejecución, en cada caso, en cada casa».

¿Y ahora qué?

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