Aprender a preguntar y a decir no

En un vibrante artículo escrito por Ignacio Sotelo, “Aprender a decir no“, publicado ayer en la prensa española, podemos leer:

Así como se enseña a obedecer, también hay que hacerlo a llevar la contraria. Decir no por propio convencimiento no es una virtud con la que nacemos, sino, después de millones de años en que no se diferenciaba la opinión del individuo de la del grupo, un logro tardío de nuestra cultura. Inculcar en los niños que no se replica a los padres, a los maestros, a las personas mayores, es lo propio de la sociedad estamental premoderna; en nuestra cultura moderna europea, al contrario, no solo hay que responder a todas las preguntas sin frenar la curiosidad infantil, sino formarlos de tal forma que la capacidad de disentir crezca con los años. Educar consiste en formar personas preguntonas y respondonas, libres del temor autoritario de que para no tener líos, más vale callar.

El problema, claro, es que nuestro vetusto sistema educativo está basado en la evidencia contraria: en callar y no rechistar en aras del supuesto respeto a la incuestionable autoridad (del sabio, del profesor); en repetir y memorizar sin apenas cuestionar, siempre individualmente, descartando cualquier clase de colaboración o asistencia, en la presuposición de que el genio siempre es individual; en conformarse con las evidencias que proponrcionan, ordenada y linealmente, las fuentes sobre las que la autoridad se soporta (el currículum, los manuales); en someterse al orden establecido de las cosas (físico, ideológico).

“Nos decimos europeos”, continúa Sotelo,

pero en educación, en otros campos sí, todavía no nos hemos instalado en la modernidad. Nuestro sistema educativo sigue basado en que los educandos acepten todo lo que diga el maestro, sin derecho a replicar, y por lo tanto, sin el menor interés en preguntar. Siempre me ha admirado la paciencia con que en la escuela, los institutos y las universidades los alumnos aguantan el monólogo del profesor, insulso o brillante, qué más da. Aprender a obedecer sin preguntar configura el meollo de una sociedad estamental en la que domina la nobleza latifundista, al amparo ideológico de una Iglesia también latifundista.

En un extraordinario experimento iniciado en la India y extendido a todos los puntos del globo después (desde Suráfrica hasta Argentina pasando por Australia y Camboya), el profesor Sugata Mitra pudo confirmar, en gran medida, la vieja certeza sostenida por Jacques Ranciere en el Maestro ignorante: durante periodos de tiempo variables entre tres y seis meses, se ponía a disposición de los niños de algunas aldeas indias apartadas y extremadamente desfavorecidas, la posibilidad de interactuar con ordenadores que se instalaban encastrados en un muro. Sin intervención adulta de ningún tipo, los niños eran capaces de aprender solos a utilizar sus principales funcionalidades, compartiendo su conocimiento, autoorganizándose. Sus puntuaciones en los test desarrollados al efecto mostraron un extraordinario grado de comprensión que se veía incrementado y reforzado mediante el concurso de un mediador (no necesariamente formado en la materia). Esos mismos resultados trascendieron el mero conocimiento funcional de la herramienta cuando se plantearon problemas de otra índole: ¿serían capaces niños sin conocimiento ni formación previa de responder a preguntas complejas sobre biología molecular con la sola ayuda de los ordenadores, una conexión a Internet y el tipo de autoorganización que surge de la colaboración? Los resultados fueron apabullantes: los niños de los colegios más elitistas de Nueva Delhi socorridos por profesores cualificados obtuvieron las mismas puntuaciones que los desvalidos chiquillos de las aldeas indias asistidos por un ordenador.

El proyecto se denominó, apelando a su trascendencia educativa, más allá del orificio en el muro, más allá del mero hecho de contar con un ordenador inmovilizado en una pared. De lo que se trata, señala Mitra, es de comprender cómo crear las condiciones, en un nuevo tipo de entorno educativo, para que la autoorganización prospere, para que el aprendizaje colaborativo sea una rutina admitida, para que el conocimiento surja de la labor de indagación, la discusión y el cuestionamiento que los alumnos, junto a sus profesores, deben poner en práctica, para que la red y los soportes que utilizamos para acceder a ella nos ayuden a diseñar ese nuevo entorno de aprendizaje.

Hacen falta, sobre todo, tres cosas para que fructifique esa capacidad innata de aprendizaje:

  1. Desarrollar la comprensión lectora;
  2. Desarrollar competencias para la búsqueda y análisis de la información;
  3. Desarrollar un sistema de creencias racionales para proteger a nuestros hijos contra cualquier clase de doctrina. O, como aseguraba Ignacio Sotelo: “Pensar y actuar por uno mismo constituyen el núcleo central de la cultura europea, que en un largo proceso de secularización nos ha librado de obedecer de manera acrítica a cualquier autoridad por el simple hecho de serlo”.

“Los niños que disponen de estas competencias”, asegura Mitra, “a penas necesitan las escuelas tal como hoy en día las  definimos. Necesitan un entorno de aprendizaje y una fuente de preguntas grandes y ricas. Los ordenadores pueden darnos las respuestas, pero no pueden hacernos las preguntas”.

Aprender a preguntar y a decir no.

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Comentarios

Totalmente de acuerdo con las conclusiones de la entreda sobre qué debemos fomentar en el aprendizaje. Tan solo una pregunta: ¿Cuando Ignacio Sotelo dice: “Nuestro sistema educativo sigue basado en que los educandos acepten todo lo que diga el maestro, sin derecho a replicar, y por lo tanto, sin el menor interés en preguntar. Siempre me ha admirado la paciencia con que en la escuela, los institutos y las universidades los alumnos aguantan el monólogo del profesor, insulso o brillante, qué más da. Aprender a obedecer sin preguntar configura el meollo de una sociedad estamental en la que domina la nobleza latifundista, al amparo ideológico de una Iglesia también latifundista” a qué siglo se refiere? Quizá le convendría darse una vuelta por cualquier centro escolar.

Desde luego que estamos de acuerdo, lo dificil es practicarlo, sin que te marginen; ¡me refiero a decir no!. Me acuerdo del famoso slogan de la asertividad “No digas si cuando quieres decir no”.

Fantástico el experimento y más la demostración de que funciona así el aprendizaje.

Me parece excelente que ocurran cosas así en el mundo, que la tecnología este al alcance de todos, pero claro con un buen uso el enseñar que la verdadera libertad, esta en todos lados, que todos cabemos en este globo terráqueo sin necesidad de oprimir y dogmátizar todo saludos y gracias por entregarnos información interesante .

No sé, Mariano, cuándo entró Ignacio Sotelo por última vez en una clase, pero sé que lo hizo durante cuarenta años y que sus alumnos no eran, precisamente, pasivos. Enseñó en la Universidad Libre de Berlín, uno de esos lugares donde me gustaría poder estar. Se refiere, más bien -y me permito interpretar sus palabras-, a los roles o papeles que el sistema escolar reserva a cada uno de sus agentes, roles que se siguen asumiendo con absoluta “naturalidad”: alumnos memorizadores y repetidores, profesionales de los exámenes cerrados a fecha fija, escasamente dotados para la comunicación y el razonamiento en público, individualistas y poco dados a la colaboración. Profesores deprimidos porque se cuestiona, aun con todo, su papel de autoridad incuestionable y preponderante. Así las cosas, el tipo de educación que se proporciona proponde, aunque se aluda constantemente a la creación de una conciencia crítica, a la producción de ciudadanos pasivos, acríticos e inertes. Afortunadamente, están cambiando las cosas.

[...] "CRITEO-300×250", 300, 250); 1 meneos   Aprender a preguntar y a decir no http://www.madrimasd.org/blogs/futurosdellibro/2013/02/13/135549  por desequilibros hace [...]

Pues me parece muy escorado el artículo. ¿Se van luego a adaptar en su vida relacional sin “jerarquías”? ¿Cuando lleguen al mundo laboral van a poder ser efectivos y prosperar diciendo que no? ¿Alguien conoce algún trabajo o partido político (empezando por los de la URSS) en que todo, absolutamente todo se pueda decir?. Utópico de izquierda utópica. Pero además el mito de la igualdad es eso, un mito: yo quiero jugar a baloncesto y mido 1,58, quiero correr en las olimpiadas escolares y no haga 100 metros ni con la media de la clase, etc. etc. El problema no es el igualitarismo (iguales eso sí en las oportunidades) si no saber ser felzi con lo que tengo y consigo, diferente a los otros, en un sistemas que pretendemos sea justo pero nunca cablamente logrado.
La base antorpológica de lo que comenta Sotelo es muy debil. Debía cursar estudios serios de antropología. A mi me enseñaron en la escuela a que preguntara y preguntara, pero preguntar es distinto a romper los justos pincipios (y digo justos, se puede abusar, claro) de autoridad para que cualquier grupo social funcione. En cuanto a la memoria, Sotelo no debió ver los problemas actuales en la universidad y el aula. La memoria es muy importante y , sólo con inteligencia, no se hacen buenos curriculums. No se ha descubierto todavía un sustituo global mejor, que los que usaba la escuela antes para favorecer y fortalecer la memoria. En fin que al Sotelo le veo un poco “calvo” en su argumentación y, sobre todo, ideologizado más que serio en su pedagogía. Que el niño se desarrolle y pregunte, que sea inquieto y buscador no es lo mismo que meter en el saco la autoridad de todo tipo. Se le acaba deformando, y lo deformado sufre más y es fuente permanente de conflictos para él y la sociedad.

[...] por su parte, encantado de contar con ciudadanos que, como diría el gran Joaquín Rodríguez, han desaprendido a preguntar y a decir no. El proceso de aprendizaje se impone como un asunto eminentemente formal que transcurre entre los [...]

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