Tecnología, poder y democracia

Como en tantas otras ocasiones fue el incómodo Zizek el que llamó la atención, en Corporate rules of cyberspace (la naturaleza corporativa del Ciberespacio) sobre la naturaleza alienada de nuestra relación con los proveedores de servicios en la red, sobre la esencia primordialmente privada de los servicios de los que somos meros usufructuarios en Internet. Tal como dejó dicho Slavoj Zizek, “la formación de “nubes” viene acompañada por un proceso de integración vertical: una sola empresa o corporación tendrá una participación cada vez mayor en todo los niveles del ciberespacio, desde las máquinas individuales (Pcs, IPhones, etc.) y el hardware necesario para albergar la “nube” de datos y programas, hasta el software en todas sus formas (audio, video, etc.). El “acceso”, que es la palabra mágica que abre las compuertas de la nube intangible, promete servicios de toda índole, disposición ubicua de cualquier clase de contenido, colaboración masiva inusitada entre personas de cualquier rincón del orbe… aunque todo ello “basado en la privatización virtualmente monopolizada de la nube que proporciona ese acceso”. A propósito: nada hay de natural en la evolución de las tecnologías y la computación  hacia este extremo paradójico. Tal como puede leerse en un blog de Microsoft, que a su vez toma el contenido de una entrada de la Wikipedia: “los detalles son abstraídos de los consumidores que ya no tendrán la necesidad de poseer conocimiento alguno o tener control sobre la infraestructura tecnológica de la nube que los soporta”. Traducido: a más servicios y mejor acceso, más alienación y falta de control.

Ignacio Echevarría se plantea, precisamente, esa pregunta en “¿Democracia en Internet?”, dentro del libro Internet y el futuro de la democracia: “el pretendido espacio público tiene como soporte las infraestructuras de telecomunicaciones, la mayor parte de las cuales son de propiedad y gestión privada”, escribe Echevarría. “En realidad”, continúa, “la mayor parte de las redes que confluyen en Internet son de propiedad y gestión privada, incluidas las actuales redes sociales (Facebook, Twitter, Tuenti, etc.)”. La conclusión no se hace esperar: “La inexistencia de un poder público y democrático en Internet es uno de los argumentos para poner en cuestión que la red sea un espacio democrático”. No es que, potencialmente, no pudiera llegar a serlo; más bien que, bajo las actuales circunstancias de concentración corporativa, ausencia de control judicial y ciberguerra extendida, a penas podemos hablar de proyecto democrático en la red.

A eso se refiere en buena medida Javier de la Cueva (@jdelacueva, hay que seguirle) cuando en “Tecnología y democracia” habla de cómo nuestro Poder Judicial, nuestra Policía Nacional y nuestra portavocía de La Moncloa, juegan con cuentas en Twitter sometiéndose voluntariamente a jurisdicciones que escapan a su control: “No se trata, por tanto, de saber cómo utilizar unos gadgets o de asistir joviales al regalo de iPads a nuestros parlamentarios, sino de analizar cómo la tecnología está afectando a nuestros derechos fundamentales y al ejercicio de competencias soberanas. Y este análisis no se puede hacer sólo desde la tecnología, sino que ha de hacerse necesariamente también desde otras ramas del conocimiento que se integran en las Humanidades”. Ser un tecnoactivista convencido, abogado de los derechos del procomún digital, no está reñido, en ningún caso, con el interés por desenmascarar el ferreo control que se esconde tras el uso de los servicios digitales. Antes al contrario. Las preguntas siguen prevaleciendo: “cuáles son los valores que como sociedad hemos de considerar sagrados y cómo nos organizamos para convivir en el espacio marcado por esos valores”.

Lejos de toda ingenuidad, de toda apelación a la lógica colaborativa masiva como remedio de nuestras tribulaciones políticas, es necesario leer la más radical de todas las críticas: En el acuario de Facebook. El resistible ascenso del Anarco-capitalismo, del colectivo Ippolita. “Facebook”,, escriben, “se aproxima a los 1000 millones de usuarios. Es un extraordinario dispositivo capaz de aprovechar cada movimiento que acontezca en su plataforma. Mientras nos entretenemos, o promocionamos nuestros proyectos, en realidad estamos trabajando para la expansión de un nuevo tipo de mercado: el «comercio relacional». En el acuario de Facebook somos todos seguidores de la «Transparencia Radical»: un conjunto de prácticas narcisistas y de «pornografía emocional». Nos hemos sometido voluntariamente a un inmenso experimento social, económico, cultural y técnico. El anarco-capitalismo de los right libertarians californianos es el hilo conductor que nos permite trazar una conexión entre Facebook, los Partidos Pirata europeos y Wikileaks. Los algoritmos de los gigantes de la «perfilación» online (Facebook, Apple, Google, Amazon) para la publicidad personalizada, son los mismos que utilizan los gobiernos despóticos para la represión personalizada. Nos hallamos delante de una distopía tecnológica que conjuga la lobotomía emocional del consumismo sin frenos de Huxley con la paranoia represiva del control orwelliano. En nombre de la libertad del capital”.

Claro que muchos de nosotros queremos ver en la web la posibilidad de una red horizontal de organización desjararquizada capaz de dar pie a nuevas formas de articulación política. Leer Redes de indignación y esperanza, de Manuel Castells, o Ciberactivismo.Las nuevas revoluciones de las multitudes conectadas, de Mario Tascón y Yolanda Quintana, nos llevan a abrigar esa esperanza. Pero aún estamos lejos de poder asegurar que servirán a ese propósito.

Precisamente porque, como dijo Manuel Castells, “defender la libertad en Internet es la base para defender la Libertad“, en mayúsculas, debemos ocuparnos de reflexionar críticamente sobre las relaciones entre tecnología, poder y democracia.

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Comentarios

“Las nuevas revoluciones de las multitudes conectadas, de Mario Tascón y Yolanda Quintana, nos llevan a abrigar esa esperanza. Pero aún estamos lejos de poder asegurar que servirán a ese propósito.”

¿Mario Tascón ha dejado ya de cobrar del OPUS en La Información de los beatos neofachas de los Kindelán?
Pues la verdad es que no da ninguna gana de leerle después de eso. Y menos travestido de lo que le interesa para su cartera

A pesar de ser menos “incómodos” (y estrellas) de Zizek hemos reflexionado sobre el tema de la nube de datos en un artículo publicado casi en contemporanea con el filosofo esloveno:
http://cerca.unita.it/ARCHIVE/xml/2050000/2048452.xml?key=Domenico+Fiormonte&first=1&orderby=1&f=fir
Desgraciadamente, al ser publicado en italiano, nunca saldrá en los primeros resultados de Google, y nadie lo leerá. Otro ejemplo del funcionamento culturalmente (y lingüisticamente) discriminatorio de la red. El conocimiento no es culturalmente neutral.

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