La revolución de la ciencia ciudadana

El domingo pasado Tomás Delclós -defensor del lector en el diario El País y antiguo director del suplemento Ciberpaís- publicó una columna titulada “Revistas científicas y fiabilidad” en las que defendía -ante las críticas y reprobaciones de determinados lectores- el buen hacer de los periodistas que  habían publicado determinadas noticias con suficiente fundamentación científica. Una de las impugnaciones de los lectores  se refería a un trabajo publicado por un grupo de investigación de la Universidad de Navarra en el que se establecía un algoritmo para medir la grasa corporal y determinar, en consecuencia, si pudiera o no existir sobrepreso. Las conclusiones a las que se llega mediante la aplicación de esa fórmula, publicadas en el International Journal of Obesity, puede que sean científicamente objetivas, pero son, con seguridad, socialmente alarmantes (el índice de un hombre de 85 años, 1,65 cm de altura y 47 kilos tendría, supuestamente, un sobrpeso de 20,7 kilos, lo que podría dar pie a interpretaciones tergiversadas por parte de los adolescentes, expuestos a la presión de modelar su figura a imagen y semejanza del canónico modelo de belleza famélico de la actualidad).

“Sin pretender evaluar algunos aspectos metodológicos especializados”, dice Delclós, “las explicaciones dadas y el prestigio de la institución y personas que han realizado el estudio hace lógico que el diario confíe en sus datos y los publique”. En este argumento Delclós muestra la credulidad necesaria en la objetividad de la ciencia y en la ecuanimidad del juicio de los sabios.

No entraré ahora a recordar, una vez más, que el modelo tradicional de revisión por pares (peer review) que, supuestamente, aseguraba la calidad de las publicaciones científicas, ya no se sostiene; tampoco regresaré al asunto de la alocada carrera de los científicos por publicar, al coste que sea, aunque sea el de la copia y la falsificación sistemática (47 de cada 53 estudios publicados, según un reciente análisis publicado por The New Yorker). Lo más importante, quizás, es el poder que Internet pone en mano de los ciudadanos corrientes para retar las supuestas certezas de la ciencia, tal como demuestra y desarrolla el último número de la revista The Scientist, dedicado al Do-it Yourself Medicine, a las comunidades de afectados que se reúnen en la web e investigan, indagan, experimentan y desafían las supuestas seguridades de  la medicina tradicional. Los ejemplos de  espacios dedicados a la salud y su gestión pública y colaborativa son innumerables: Patients like me o Health Tracking Network, por ejemplo, persiguen agrupar a comunidades de afectados, que se convierten,  automáticamente, en comunidades epistémicas, en colectividades que inquieren, examinan y analizan y ponen al descubierto problemas velados o enmascarados o que procuran documentar el avance de la gripe A y sus posibles rebrotes en cualquier rincón del mundo. Todas ellas hacen visible y viable lo que antes era invisible e inasequible por cuanto requería un poder computacional o una red de investigadores especializados imposible de reunir. Y todas cumplen, sin duda, con una exigencia superior: la de generar espacios de relación estables entre la ciencia y la sociedad —como reza en el  lema de entor nos web como el de Scitizen, you bring science closer to society—, la de incorporar al proceso de creación, producción y difusión del conocimiento a los que antes no eran sino espectadores desentendidos, la de modificar las modalidades mismas de circulación del conocimiento mediante su exposición y diseminación pública. Las redes de ciencia ciudadana cobran, así, carta de naturaleza y revistas de alta divulgación como Scientific American dedican un espacio a registrar las iniciativas
más relevantes.

La revolución de Internet es, en realidad, básicamente, una revolución de la edición, de los modos, modalidades y maneras de crear y hacer llegar, a quien pueda estar interesado, los frutos de las deliberaciones y reflexiones de cualquiera de nosotros, y también de la posibilidad de compartir y colaborar. Y eso tiene especial relevancia porque el saber es cosa de todos, la savia mediante la que se lubrica nuestra convivencia, y el objetivo del siglo xxi no puede ser otro que el de construir una sociedad verdaderamente inteligente, que haga realidad el eslogan de que se trata de una sociedad del conocimiento. Internet y sus posibilidades nos vienen como anillo al dedo, porque amplifican y facilitan nuestra posibilidad de dialogar, de discutir, de indagar e investigar, de tomar decisiones colegiadas, de negociar y llegar a acuerdos necesariamente contingentes.

Internet es, como dice Helga Novotny, una tecnología de la humildad, sobre todo para los científicos, que deben reconocer su falibilidad, su contingencia y, también, su responsabilidad social.

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