Deseo de ser finlandés

Hoy, en el mismo periódico, encuentro el anverso y el reverso de la misma moneda, versiones antagónicas de lo que la pedagogía debe significar, antítesis irreconciliables de lo que la enseñanza comporta. Reijo Laukkanen, Profesor Universitario de Política Educativa Internacional, ante la pregunta del periodista, ¿Cómo seleccionan ustedes al profesorado de los centros públicos?, contesta: “en Finlandia se tiene en gran consideración al hecho de tener titulaciones universitarias y másteres. Por eso, no consideramos que haga falta hacer exámenes a los candidatos a una plaza de profesor. Cuando una escuela de un municipio necesita profesores se pone un anuncio en el periódico, se presentan candidatos de todo el país a los que se selecciona a través de entrevistas”. Y, ante la reiterada pregunta del entrevistador, ¿qué pasaría si hicieran pruebas como las que se hacen en España para medir la capacidad de los candidatos?, contesta, irreprochable: “Sería impensable. Se confía ya en su capacidad. Lo que pasaría es que los profesores perderían la confianza de el Gobierno y la sociedad en los profesores. Eso sería nefasto para el país, pero es impensable”.

Entre nosotros, aquí cerca, ocurre todo lo contrario. La Consejería de Educación y Empleo de Madrid, según el mismo diario (el artículo aparecido hoy “El gobierno cambia los baremos para acceder a una plaza docente” solamente rubrica lo adelantado en el anterior), ha anunciado el cambio inminente en “el proceso de selección de profesores para que la nota tenga más peso que la experiencia docente a la hora de acceder a una plaza y en las listas de espera de los interinos. Es una vieja aspiración que dejó sin cubrir la expresidenta Esperanza Aguirre y que ya había intentado impulsar la consejera de Educación, Lucía Figar”. Según la Consejera de Educación de la Comunidad, “no queremos que un aspirante que haya suspendido un examen y tenga antigüedad pase por delante de otro con un sobresaliente. Se trata de que la experiencia cuente solo para el que haya aprobado”.

Tras lo que podrían parecer diferencias debidas al prurito profesional de los españoles, se esconden diferencias pedagógicas abismales: en un lado se prima la experiencia, la vocación, la empatía y la capacidad de que el conocimiento sea una herramienta para transformar la realidad; en el otro se prioriza la memorización, la deglución, la repetición y una forma supuestamente nuetral de meritocracia cuantitativa. Lo explica Laukkanen: “lo que mide Pisa es si los alumnos saben, pero, sobre todo, si saben trasladar sus conocimientos a la realidad. Nuestra educación está enfocada en se sentido, como la de muchos países avanzados. La educación que, por un lado, enseña conocimientos y, por otro, no los relaciona con la realidad, es obsoleta. Es, además, un aspecto clave en la civilización del conocimiento en la que vivimos”. Por aquí, de momento, con profesores a los que se les exige la memorización borrega sin traslación pragmática, no sabemos nada de eso. Menos todavía de su vinculación con la sociedad del conocimiento, con la necesidad de formar ciudadanos capacitados para dirimir los asuntos que les competen, analizar la información que se les ofrece, e intervenir en la realidad que les preocupa. Esa forma de cultura participativa, que se promueve en la escuela mediante una alfabetización global, mediante las alfabetizaciones múltiples, mediante el uso adecuado y consecuente de las tecnologías digitales, aquí ni la olemos.

Yo me atrevería a sugerir que cualquiera que optara a una plaza de profesor en la enseñanza pública tuviera que mantener una conversación sobre el extraordinario y esclarecedor libro de Will Richardson (lo mejor que he leído sobre educación y la transformación de la escuela en los últimos años) Why School?: How Education Must Change When Learning and Information Are Everywhere, y comenzaría obligando al candidato a profesor a comentar la siguiente frase:

Lo que ya no funciona es la obstinada insistencia de nuestro sistema educativo en la imposición de un currículum cada vez más irrelevante para nuestros hijos; los métodos de evaluación trasnochados y estadarizados que seguimos utilizando para intentar medir nuestro éxito; y el modo de pensar basado en órdenes, control y repetición que se extiende sobre todo el proceso.

Quien supiera darme alguna alternativa coherente a alguna de estas tres demandas, sería, para mi, un candidato ideal.

Hay días en que me crece el deseo de ser finlandés.

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