La propiedad intelectual y las manos en la cartera

Cuando oigo hablar de propiedad intelectual, me echo las manos a la cartera.

 

Eso es lo que parece derivarse de la lectura del último número de la revista Claves, dedicada, en esta ocasión, a “Los enredos de la red” y a lo que su subtítulo enuncia inequívocamente: “¿Cómo defender la propiedad intelectual y la libertad en internet?”. Cuando el director de una revista encarga a los directores y responsables del Instituto Ibercrea un monográfico sobre el asunto de la propiedad intelectual, bien es verdad que uno no puede esperar otra cosa que una reflexion partidiaria e incompleta, lo mismo que se derivaría de encargar a la abuelita que redactara un reportaje sobre el lobo feroz, para entendernos.

La cuestión, a estas alturas, no es saber de quién es la propiedad de un bien o una obra cultural o de si sus creadores tienen o no el derecho legítimo a obtener una justa compensación por su trabajo. No seré yo quien ponga en duda esa posibilidad, tan remota en todo caso. Ni soy partidario de enajenar impunemente lo que no es mío ni comparto la idea de que toda obra del intelecto deba circular sin restricciones ni cortapisas.Tampoco lo soy, claro está, de agitar el espantapájaros artero de la piratería y las relaciones parasitarias. La ley, en todo caso, lo deja claramente establecido: “La propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley”. Osease: que la propiedad intelectual, que la supuesta preocupación que Arcadi Espada profesa por el futuro de los creadores  y la creación, no se limita desde el punto de vista legal a la protección de la obra creada, sino al estímulo y promoción de su libre, consciente y voluntaria diposición.

Cuando toda la artillería intelectual de una revista como Claves se dirige a resaltar el aspecto monetario de la creación, hace un flaco favor a los creadores: a penas el 3% de los asociados a CEDRO viven de los derechos que sus obras generan (dato público proporcionado por la propia Magdalena Vinent en un encuentro organizado por ARCE en torno a la propiedad intelectual),  lo que quiere decir que el 97% restante haría bien en comprender que quizás debería utilizar otros canales de difusión y otras modalidades de rentabilización que no fueran las tradicionales amparadas por la misma Ley de Propiedad Intelectual que suele agitarse para que nos echemos la mano a la cartera.

Si, como dice el propio Espada, director de Ibercrea, “la cuestión es que la sociedad debe decidir si vale la pena preservar la creación. Y en qué medida”, quizás debería preocuparse de tres cosas alejadas de su discurso tradicional: de proporcionar una pedagogía integral de la propiedad intelectual que promoviera entre los aspirantes a creadores la conciencia de su plena autonomía en la disposición de sus contenidos; de explicarles que su defensa se refiere a un escaso 3% -siendo absolutamente legítima, en todo caso-, pero que no tiene nada que ver con ellos, con los muchos y buenos creadores que el uso de la web promueve; que Internet es una máquina de democratización creativa, y que tenemos que aprender a usarla, aunque muchos de nosotros nunca lleguemos a escribir como Stefan Zweig, componer como Stravinsky ni rodar como Truffaut.

Claro que como Fernando Savater escribe en el prólogo, tomando la cita de Walter Benjamin, “en cada logro civilizatorio está latente la barbarie”, pero resulta harto sospechoso que siempre que hablemos o leamos sobre propiedad intectual, tengamos el reflejo de echarnos la mano a la cartera y no reflexionemos, en cambio, sobre la riqueza creativa que podría promovese mediante su uso y conocimiento razonado.

¿Para cuándo un número sobre eso?

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