La edición atómica

La edición macroscópica

Imaginemos una editorial de libros de cocina, de libros de recetarios tradicionales; una editorial que, andando el tiempo y atenta al espíritu de los tiempos, hubiera incorporado a su catálogo habitual consejos y reglas para la planificación de una vida sana, para la programación pormenorizada del buen vivir, para el cuidado del cuerpo y del alma, tan necesitados. Abundan hoy en día en las mesas de novedades esa clase de libros, incluso puede hablarse de un cierto auge y proliferación. Al acercarse un potencial cliente a una librería o a cualquier otro punto de venta que comercializara esa clase de títulos, la elección debería ceñirse, en la gran mayoría de los casos, a un libro de temática más o menos homogénea, a una obra escrita y encuadernada de mayores o menores dimensiones, de mayor o menor extensión. Los editores (tradicionales) habrían concebido una obra que, valiéndose o no de técnicas de estudio de mercado, pudiera satisfacer, eventualmente, esa demanda presentida. Habrían contratado a un autor al que se la habría realizado el encargo de componer esa obra, de buscar el material adecuado y ensamblarlo.

Imaginemos, también, una editorial de libros de viaje, una editorial dedicada a la publicación de guías por países, luego por capitales, luego, siguiendo también el espíritu de los tiempos y la modificación de los hábitos y los gustos, de hoteles con encanto, de rutas en Mountabike, de lugares y experiencias que uno no debería perderse nunca. Una editorial, por tanto, que, siguiendo los procedimientos de trabajo editoriales tradicionales, hubiera generado contenidos especializados para cada una de esas series, por encargo o valiéndose de editores propios más o menos conocedores del asunto. Una editorial que, con buen olfato mercantil, hubiera detectado huecos y necesidades en el mercado a los que dar satisfacción mediante la edición de textos, largos y complejos, difícilmente actualizables, casi nunca reaprovechables.


Imaginemos, asimismo, una editorial de contenidos educativos, de libros de texto, embarcada en la edición de contenidos adecuados a las especificaciones curriculares establecidas por ley. Libros, por tanto, por etapas y asignaturas, concebidos como bloques temáticos y cronológicos, por temas que son inseparables mientras su soporte siga siendo un libro cosido o pegado entre dos tapas. Pensemos, además, en la proliferación de toda clase de materiales complementarios adosados, teóricamente suplementarios pero diligentemente recomendados para que los padres los adquieran en aras de la mejora de la nota y el rendimiento de sus hijos. Materiales, en todo caso, compuestos por problemas, pruebas y ejercicios inseparables mientras su soporte sea el de pliegos de papel cosidos, grapados o pegados.

Imaginemos, por último —no porque no existan más ejemplos posibles sino, simplemente, para abreviar la introducción― una editorial de contenidos profesionales, médicos, jurídicos, vinculados a la arquitectura, a la ingeniería, a cualquier otro asunto que podamos imaginar. Las unidades de contenido habituales con las que estos sellos han trabajado han solido ser manuales, normalmente extensos, caros de desarrollar, difíciles de maquetar y componer, imposibles de actualizar; libros normalmente tan ambiciosos en la cobertura de los temas abordados que sus índices son una recapitulación de todo el conocimiento humano acumulado en torno a ese tema. Libros caros, inevitablemente, en su precio de venta al público. Libros cada vez, aún con todo, menos vendidos, porque la proliferación de información libre y de calidad —no la piratería necesariamente, ni la fotocopia ilegal, que sería el primer reflejo al que recurriría cualquier editor― compite con la ofrecida por unos sellos editoriales que, durante mucho tiempo, pudieron monopolizar su creación, distribución y comercialización, sin apenas alternativas. En mercados de contenidos escasos, todo iba sobre ruedas. En mercados de contenidos sobreabundantes con calidades equiparables, de repente la creación de obras monográficas y voluminosas, a precios prohibitivos, apenas tiene sentido.

Podría argumentarse, con razón, que existen tipologías intermedias, otros tipos de productos editoriales más livianos, menos costosos, mejor adaptados a necesidades concretas ―cocina al instante para invitados por sorpresa; guías de fines de semana con rutas pautadas para viajeros con poco tiempo; carpetas infantiles o juveniles por cursos y por trimestres; nuevas especificaciones del hormigón y su resistencia ―. Y sería verdad. Pero todas esas editoriales, todas esas tipologías textuales, tienen en común una visión macroscópica de la edición, una visión digamos mecánica, predigital. Un producto editorial, concebido por un director responsable con o sin el apoyo de sus editores y su equipo comercial, con mayor o menor sensibilidad por las necesidades sospechadas del entorno, encargado a un autor o desarrollado internamente, siempre de una sola pieza, compacto, indisociable, monopropósito, vendido como obra singular con ISBN único, a precio fijo. Para muchos de estos editores, impelidos por la marea de los tiempos, editar digitalmente significaría acabar una obra con los mimbres analógicos tradicionales para, después, a partir de una obra concebida monolíticamente, generar en el mejor de los casos formatos más o menos legibles en diferentes soportes. Pero esa cualidad de obra maciza, sólidamente trabada, sin intersticios, es fruto de la visión macroscópica obtenida por los editores a través del uso de las herramientas editoriales tradicionales…

[ESTE TEXTO CORRESPONDE AL FRAGMENTO INICIAL DEL ARTÍCULO “LA EDICIÓN ATÓMICA” PUBLICADO EN EL ÚLTIMO NÚMERO DE LA REVISTA TEXTURAS, Nº 20 DE MAYO DE 2013, PP. 35-50).

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