Etnografía digital

Cuando se habla de nativos digitales no se hace, solamente, de manera metafórica; en realidad se alude a una comunidad con sus hábitos, usos y costumbres, con sus mecanismos y medios de comunicación, con sus lazos de amistad y colaboración, con sus reglas no escritas de comportamiento. Por eso resulta indispensable, cuando se discute sobre la manera de crear, discutir, comunicar o aprender que tienen los nativos digitales practicar una verdadera etnografía que nos permita vislumbrar, al menos, cuáles son esos principios por los que se rigen. Quienes hacen esa etnografía  no son, claro, nativos, aborígenes; son, en todo caso, usuarios sobrevenidos que comprenden y comparten hasta cierto punto esas conductas. La línea de demarcación o de pertenencia es más o menos clara: aquellos para quienes las tecnologías digitales son eso, tecnologías o herramientas, porque nacieron antes de que se inventaran y desarrollaran y las adoptaron, en consecuencia, como apósitos o muletas de aquellos otros que, nacidos después de su invención, las asumen como medios naturales de intermediación hacia el conocimiento. La barrera es sutil, pero a menudo infranqueable.

El hecho de que se desarrolle una etnografía digital que trate de comprender las prácticas de los nativos no entraña que los etnógrafos, que los antropólogos, se dejen absorber por los objetos que estudian. Esto se entenderá mejor con un ejemplo: cuando Loïc Wacquant, un antropólogo norteamericano de origen francés estudio a las comunidades de púgiles del sur de Chicago y estuvo a punto de asumir por completo su condición, Pierre Bourdieu, su mentor, le advirtió que el deber principal de un antropólogo era no dejarse absorber por su objeto de estudio, porque eso era tanto como anular toda distancia y toda probabilidad de neutralidad y objetividad científica. El caso prototípico nombrado siempre en la antropología era el de Castaneda, sobrevenido consumidor de peyote y defensor del mundo onírico y mitológico de los Yaquis de los Estados de Sonora y Oaxaca. Si abundo en este asunto es porque practicar una etnografía de los nativos digitales no implica solamente comprender sus hábitos de uso sino, también, mantener la necesaria equidistancia para llegar a comprender que sus prácticas no son siempre virtuosas y necesitan, en ocasiones, de la guía y el consejo de expertos. Eso es, quizás, tal como yo lo interpreto, lo que hizo en alguna medida David Nicholas cuando le encargaron investigar los hábitos de consumo y consulta de información de los jóvenes investigadores en aquel trabajo que finalmente acabó titulándose The Google generation: the information behaviour of the researcher of the future. Es necesario caer en la cuenta que los nativos digitales aprenden sobre todo jugando, simulando la realidad, adoptando personalidades alternativas a veces de forma simultánea, navegando a través de los diversos medios y reconstruyendo su sentido a posteriori, buscnado, sintetizando y diseminando la información que encuentran a través de su red de relaciones sociales. Todo eso debe conducirnos, por una parte, a adaptar nuestra manera de diseñar los entornos y experiencias de aprendizaje, tan ajenos a su realidad; todo eso debe ayudarnos, también, a ayudarles, a obtener lo mejor de su nuevo ecosistema sin perder las capacidades que se desarrollan mediante el manejo de las competencias precedentes (lectura, escritura, aritmética).

Una etnografía digital, en cualquier caso, no es solamente una estrategia de acercamiento a los aborígenes del ecosistema digital; es, también, un procedimiento heurístico para entrever de qué forma incorporan a sus hábitos lectores los soportes de lectura digital aquellas generaciones que nacieron antes de que fuera un objeto de uso corriente. Las tecnologías, en contra de lo que la mayoría de la gente piensa, no se adoptan de manera acrítica o irreflexiva. Toda adopción entraña elecciones más o menos conscientes y deliberadas y renuncias más o menos intencionales y voluntarias. Por eso resulta de todo punto necesario conocer cómo utilizan los dispositivos de lectura digital no solamente los jóvenes nativos sino, también, los jóvenes adolescentes y los adultos divididos por grupos de edad: 19-39, 40-54 y + 55. Solamente de esa manera sustituiremos la habitual e irreflexiva visión generalista que supone que todos adoptamos por igual y en la misma medida las tecnologías y herramientas que ponen a nuestra alcance y solamente así nos daremos la oportunidad de comprender cómo y para qué pretenden utilizarlas.

El proyecto Territorio Ebook, que se desarrolló inicialmente entre los años 2009-2011, culmina otros de sus proyectos anejos -Nube de lágrimas- mañana 25 de junio en una presentación pública en la Casa del Lector de la FGSR. Los clubes de lectura en la nube son una modalidad virtual de los tradicionales club de lectura presenciales, con resultados todavía necesaria y parcialmente inciertos, pero en todo caso prometedores. Todo dependerá, en buena medida, de los hábitos de uso de los dispositivos y de las prácticas lectoras de aquellos que han sido invitados a participar. Algo a lo que solamente puede contribuir, de manera científica y cabal, una buena y extensa etnografía digital.

[ESTE TEXTO ES PARTE DE MI INTERVENCIÓN MAÑANA 25 DE JUNIO EN EL ENCUENTRO DE LA CASA DEL LECTOR].

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