Ciberfetichismo y utopía digital

En el famoso Networked. The new social operating system, Lee Rainie y Barry Wellman aducían que las redes sociales han venido a sustituir las añejas y a menudo molestas y viscosas relaciones familiares, comunitarias y laborales tradicionales. La posibilidad de implicarse, voluntaria, esporádica y epidérmicamente a través de las redes con otras personas o colectivos, sería el nuevo cemento social, una suerte de adhesivo reversible que podría utilizarse en función de los deseos, intereses y necesidades de los usuarios. Los ejemplos que utilizan suelen apuntar a casos puntuales, no estadísticamente representativos, en los que algunas personas deciden colaborar ocasionalmente con otras personas que demandan de alguna manera su ayuda. Ya no serían las familias, nucleares o extenas, las que pudieran procurar el socorro o la ayuda; esa red protectora hace mucho tiempo que desapareció. En su lugar, sin embargo, parecería haber surgido una tela zurcida con los nodos de una red que se teje y desteje a voluntad, en función de las aficiones, propensiones o urgencias de los usuarios.

Tampoco la comunidad como tal existe ni puede procurar socorro de ninguna clase. Eso parece residir en un pasado antropológico remoto en que los seres humanos estaban dominados por los principios y mitologías dominantes de culturas excesivamente densas. Hoy solamente existen individuos de voluntad intransitiva que eligen cómo y de qué manera se ponen o no en contacto con otros individuos de las mismas características, generando redes no mediadas o intermediadas por institución vertical o jerárquica alguna, mediante el uso de una ortopedia tecnológica que les permite, si lo desean, permanecer permanentemente en contacto. Ese sería el nuevo sistema operativo de nuestra sociedad contemporánea, o al menos eso defienden sus autores.

Felipe Ortega y yo mismo intentamos demostrar en El Potlatch digital. Wikipedia y el triunfo del saber compartido, que en la red se pueden dar efectivamente sistemas de cooperación complejos que pueden llegar a generar constructos de conocimiento tan complejos como la enciclopedia más grande hasta ahora conocida. Pero advertíamos, con datos en la mano (con una enorme cantidad de datos), que eso no sucedía mediante la mera agregación molecular de las voluntades de los participantes, sino que requiería normas de organización muy estrictas que contemplaban, en el fondo, las tres normas que Elinor Ostrom contempló para cualquier tipo de organización comunitarista que quisiera gestionar un bien común. Nada hay en Wikipedia casual, nada hay de mero e iluso altruismo; hay normas y políticas compartidas que observan y comparten el puñado de personas que han asumido la responsabilidad de crearla, limpiarla y darle esplendor (con la ayuda atómica de otros cientos de miles de personas). La red, Internet, favorece esas modalidades contemporáneas de acción colectiva, pero aunque resulte un medio necesario, no es un medio suficiente. Es el contexto institucional y las normas compartidas las que nos alejan de una visión complaciente e ingenua del funcionamiento de la red.

Antonio Lafuente, Andoni Alonso y yo mismo quisimos, más adelante, explorar la manera en que Internet podía empoderar a la ciudadanía en la cogestión de procesos complejos como los que la ciencia implica. Así, en ¡Todos sabios! Ciencia ciudadana y conocimiento expandido, pretendimos mostrar la manera en que la tecnología podía contribuir a que cualquier ciudadano que se sintiera aludido o implicado pudiera instruirse sobre los temas que le intereseran, compartir la información con otras personas, crear comunidades epistémicas (capaces de indagar por sí mismos asuntos velados u ocultados por la ciencia tradicional), discutir con los expertos, negociar el significado y la trascendencia de los descubrimientos científicos y sus implicaciones, aceptarlos o rechazarlos. En fin, empoderarse mediante el uso que las herramientas digitales ponen a nuestra disposición. Pero, una vez más, no creímos en ningún momento que la tecnología pudiera por sí misma hacer todo esto, que tuviera vida autónoma o que propulsara mágicamente la emancipación de la sociedad en su conjunto. Las tecnologías nunca son neutrales; están cargadas de política: las inventamos y, en su uso, nos transforman, modifican la manera en que nos comunicamos y nos relacionamos, en que generamos contenidos e inventamos. Pero siendo un elemento necesario, nunca es suficiente: siempre dependen del contexto institucional en el que se utilizan.

El reciente y extraordinario libro de César Rendueles, Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital, nos recuerda que el ciberfetichismo, que la analogía de la red como el nuevo sistema operativo de nuestra sociedad, es una ideología sospechosamente parecida a la del ultraliberalismo californiano: seres humanos aislados, fragmentados en personalidades y ocupaciones inconexas, que obedecen solamente a su propia volición, que se conectan esporádicamente para satisfacerla, que practican un simulacro de sociabilidad mediante adhesiones banales (me gusta, no me gusta) o mediante encuentros lúdicos y circunstanciales, que son políticamente inocuos cuando no meramente reaccionarios. “Nos pensamos”, dice Rendueles, “como racimos de preferencias, ocasionales pero intensas, a la deriva por los circuitos reticulares de la globalización postmoderna. Somos fragmentos de identidad personal que colisionan con otros en las redes sociales digitales y analógicas. El precio a pagar es la destrucción de cualquier proyecto que requiera una noción fuerte de compromiso [...] Internet genera una ilusión de intersubjetividad que, sin embargo, no llega a comprometernos con normas, personas y valores”. Habrá quien se eche las manos a la cabeza por profanar los mantras de la postmodernidad digital, pero quienes llevamos tiempo buscando datos que avalen nuestras opiniones, sabemos que tiene gran parte de razón, que la red no favorece de manera automática una cooperación sostenida, ni un sentido de comunidad profundo, ni un proyecto compartido. Deben concurrir otros elementos para que eso sea posible. “Los ciberfetichistas”, escribe Rendueles, en una prosa tan rica como su manera de enunciar los problemas, “no necesitan libertad conjunta -es decir, en común-, sólo simultánea -es decir, a la vez-. Internet suministra un sustituto epidérmico de la emancipación mediatne dosis sucesivas de independencia y conectividad. Las metáforas sociales de las redes digitales distribuidas hacen que las intervenciones políticas consensuadas parezcan toscas, lentas y aburridas frente al dinamismo espontáneo y orgánico de la red”.

Leo el magnífico libro de César Rendueles, al mismo tiempo, como una advertencia y una exigencia, también como una exhortación: no es tanto que las redes no puedan ayudarnos en ese proyecto de emancipación colectiva como que la manera acrítica en que la usamos nos conduce a su extremo opuesto, a la desintegracion y el fraccionamiento, a la celebración individual de una sociedad centrada en el consumo y en la satisfacción de deseos más o menos fútiles, donde los lazos comunitarios se han desintegrado. Si ese es el cemento de la sociedad contemporánea, deberemos inventar un nuevo adherente, porque la metáfora de la red es una coartada muchas veces para no indagar con la suficiente seriedad en los mecanismos de la acción colectiva, para practicar una suerte de fetichismo onanista. Hay todavía demasiados pocos trabajos que contrasten los lugares comunes de la utopía digital -comunidad, cooperación, acción colectiva, inteligencia cooperativa- con datos reales sobre el uso de las redes (e incluyo en esto el último trabajo de Manuel Castells, Redes de indignación y esperanza, más una proyección de la voluntad que un ejercicio científico). Leer a Rendueles me sirve para sospechar de las adhesiones fáciles a los mantras digitales y para practicar una sociología más atenta y vigilante.

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