La gobernanza participativa de la ciencia

El de Randy Schekman, Premio Nobel de medicina en 2013, es solamente el último de los episodios de la quiebra de un modelo tradicional de gestión y legitimación del conocimiento (vale la pena echar la vista atrás y leer alguno de los primeros artículos sobre el asunto en el año 2001, como La revuelta de los científicos). Schekman ha desvelado algo que ya sabíamos hace tiempo: que el modelo tradicional de evaluación, selección, publicación, comunicación y medición del impacto de una publicación científica está profundamente viciado y puede conducir a todo lo contrario de lo que la ciencia debería perseguir. En un artículo publicado en el diario The Guardian el 9 de diciembre de 2013, titulado How journals like Nature, Cell and Science are damaging science, escribe:

The prevailing structures of personal reputation and career advancement mean the biggest rewards often follow the flashiest work, not the best. Those of us who follow these incentives are being entirely rational – I have followed them myself – but we do not always best serve our profession’s interests, let alone those of humanity and society.

Lo que, libremente traducido, vendría a querer decir que las estructuras de la reputación personal y el progreso en la carrera profesional a menudo recompensan a los trabajos que más impacto han obtenido, a los trabajos estrella, no necesariamente a los mejores. Resulta natural que los científicos, en esto tan cicateros y avarientos como cualquier otro ser humano, persigan ese horizonte de supuesto reconocimiento y recompensa, pero eso no entraña que estén sirviendo adecuadamente a la ciencia y, menos aún, a la sociedad que la soporta y, a menudo, la padece. Es un sistema que a menudo penaliza la innovación y refuerza la autoridad constituida, en contra de lo que la ciencia debería ser y del servicio que debería prestar. Cuando el ahora archifamoso entorno científico de publicación en abierto, PLOS, daba sus primeros pasos, James Watson (el descubridor del ADN, declaraba lo que ahora Schekman ha vuelto a hacer: “If I could do it all over again, I’d publish that paper in PLoS Biology”. Si pudiera comenzar de nuevo y volverlo a hacer, traduzco de nuevo libremente, prescindiría de los canales tradicionales y haría uso de la independencia que la web nos ofrece para difundir de forma abierta y gratuita los resultados de mis investigaciones.

Porque el problema no es solamente la falta de transparencia, la opacidad de los criterios de selección, la posible manipulación, la obsesión por la visibilidad y el impacto que conducen a un círculo vicioso de postergación de gran parte de conocimiento valioso pero invisible. El problema proviene, esencialmente, de que la revolución digital ha transformado radicalmente los procedimienos de creación y acreditación del conocimiento y ha abierto para siempre la puerta a la participación ciudadana (en forma de ciencia ciudadana y de cogestión del conocimiento), antes apartada, obviada o preterida. Y esos cambios son irreversibles y alterarán por completo los mecanismos de publicación, reconocimiento, acatamiento y refrendación (por mucho que algún buen amigo, que conoce bien los mecanismos de control científico que ejercen los jerarcas universitarios, me advierta de que eso no pasará mientras vivamos).

Eso es, en buena medida, lo que pretendía explicar en la jornada sobre ciudadanía digital y gobernanza participativa de la ciencia a la que tan amablemente me invitó José Manuel Pérez Tornero, de la UAB. La sociedad de la información y el conocimiento solamente puede ser aquella en la que los ciudadanos se conviertan en comentarias ilustrados, juiciosos y críticos, en que tengan la capacidad de cogestionar las directrices y aplicaciones de los mismos descubrimientos de la ciencia. Así lo explicamos no hace demasiado tiempo, así lo propusimos, en ¡Todos sabios! Ciencia ciudadana y conocimiento expandido.

El próximo mes de mayo se celebrará en Madrid un encuentro en torno, precisamente, a esta cuestión: CRECS 2014, Conferencia sobre calidad de revistas de ciencias sociales y humanidades, promovido por El Profesional de la Información, la FGSR y la UCM. Tal como yo lo pienso, la cuestión no puede ni debe ceñirse a las revistas de un determinado ámbito, porque la cuestión afecta por igual a unas y a otras y los interrogantes a los que están sometidas (acreditación, transparencia, circulación, nuevos mecanismos de apertura y participación) necesitan de respuestas globales que no se conformen con reformar cosméticamente el modelo tradicional.

La gobernanza participativa de la ciencia es un reto global, y las nuevas formas de publicación, difusión, valoración y corrobaración, el instrumento a través del que podemos conseguirlo.

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Comentarios

Yo me dedico a la oncología desde hace más de 40 años y debido a estudios de estadística a los que me dediqué desde los 80, tengo la costumbre de analizar los trabajos que se publican en medios tradicionales. Allí se puede observar que autores de “renombre” publican estudios aleatorizados con muy poca ventaja en la rama investigacional sobre el tratamiento estándar. En esto hay que considerar que reciben dinero de la Industria Farmacéutica que a su vez es la misma que publica anuncios comerciales en la revistas. Todo esto genera dudas que los resultados publicados. Por supuesto este tema da para escribir y discutir mucho.
Me parece excelente lo que usted propone como nueva fuente de adquirir conocimientos más verosímiles.

Muchas gracias por su comentario Carlos. Precisamente el problema que señala es el que exige que nos replateemos la manera en que se hace, difunde y aplica la ciencia. ¿Cómo es posible que los ciudadanos permanezcan inermes ante la clase de connivencias, como si se tratara de meros conejillos de indias sobre los que pudiera aplicarse cualquier tratamiento, sin su conocimiento ni su consentimiento? Por extensión, cabe hablar de muchas otras ramas de la ciencia que proceden de la misma forma: la seguridad alimentaria; la energía atómica… El siglo XXI reclama un cambio epistemológico profundo en el que se integre la voz de la ciudadania concernida, y las herramientas digitales pueden ayudarnos a conseguirlo.

Trabajé como becaria del Conicet, desde beca de iniciación hasta postdoctoral. Empecé haciendo investigación básica con el idealismo que tuve desde chica creyendo que los científicos eran seres especiales alejados de los intereses mundanos y que sólo buscaban el conocimiento y el bien de la humanidad.

Luego me dí cuenta que se trata de personas como tantas otras pero que en lugar de tener centrados sus intereses en por ej el auto, éstos pasan por las publicaciones y el brillo personal en ése ámbito y, en ése afán, muchos son egoístas y corruptos; no en todos los casos; como en otros grupos sociales hay científicos buenos y malos, corruptos y honestos, etc, etc.

Empecé a trabajar luego en el ámbito privado (tan criticado por los científicos con los que había trabajado)y sentí que pude colaborar más directamente con la sociedad, ayudar a personas; lo hice extrañando un poco la ciencia básica porque cuando se trabaja directamente con la gente casi no hay tiempo para investigar/escribir.

Finalmente, tanto ciencia básica como aplicada son importantes, y una no puede existir sin la otra; pero las personas son generosas ó egoístas, honestas ó corruptas, inteligentes y no tan inteligentes en ambas áreas.

Después de años me dí cuenta que hacer ciencia básica no implica necesariamente ser una persona excepcional; los científicos son personas como otras, como los abogados, como los médicos, como los comerciantes etc, etc. La idea de que el científico es un “ser especial” había sido una construcción de mi cerebro de chica.

Gracias por el comentario Roxana. Quienes hemos sido becarios en la universidad o en otros centros de investigación y hemos aspirado a ocupar una plaza para dedicarnos a esa tarea, sabemos que -como en tantos otros dominios de la vida-, abundan más las luchas por el control del poder y la imposición del punto de vista legítimo que el interés por la verdad. Si tienes interés por estos temas, en el primer capítulo de “Todos sabios” hablamos precisamente de eso, de cómo la comunidad científica se construye en torno a una tensión entre la “libido dominandi”, el deseo por acaparar el poder y el control, y la “libido sciendi”, el deseo por establecer la verdad. Quienes, por error o anomalía, hemos tenido más líbido de la segunda que de la primera, nos hemos quedado en la cuneta.

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