¿Qué hacemos con las bibliotecas escolares?

El primer reflejo que tengo cuando me hacen esta pregunta es decir que cerrarlas. Algunos me dirán que no es necesario, porque nunca se abrieron. Otros sostendrán que en los años antes de la crisis se había hecho un esfuerzo notable por aumentar su dotación (tradicional, en forma de libros y algunos puestos de trabajo con ordenadores), pero en cuanto sobrevinieron las dificultades el primer lugar del que se recortó fueron las bibliotecas, poniendo de manifiesto que, en todo caso, no eran más que un espacio accesorio y enteramente prescindible porque nunca se había integrado en la lógica o la dinámica pedagógica del centro escolar. Se relega aquello, claro, que no parece tener valor alguno en el modelo imperante. En todo caso, convendría matizar.

Nunca me desharía de las bibliotecas escolares. Eso sí: las transformaría por completo, y les cambiaría el nombre. Hasta tal punto me parecen importantes que yo las tomaría como centro desde el que generar la revolución educativa. Sí, revolución.


Los espacios encarnan las ideas, son los conceptos subyacentes los que generan una forma determinada de espacios. Cada espacio encierra una lógica social determinada. Las aulas tradicionales son, por eso, encarnación de un concepto de transmisión unidireccional del conocimiento, de recepción pasiva y repetitiva, donde los alumnos no eran más que invitados de piedra. Las bibliotecas escolares tradicionales (la mayoría de las bibliotecas tradicionales), remedaban un mundo de conocimiento clasificado y ordenado que se obtenía mediante el acto de la lectura reflexiva y solitaria. En buena medida tiene que ver con eso, pero no solamente con eso.

Si hoy en día es unánime la opinión de que el aprendizaje se produce mediante la práctica, que las materias compartimentadas en segmentos temporales de 45 o 50  minutos carecen por completo de sentido y debemos ir hacia una forma de aprendizaje por proyectos, de tareas que integren conocimientos que contribuyan a la consecución de los objetivos y la competencias que se hayan establecido, que el aprendizaje requiere de la colaboración y la discusión con otros, de la discusión y del intercambio ordenado de puntos de vista, que cada alumno debe establecer sus propios objetivos y madurar siguiendo su propio ritmo, que los profesores deben ser sobre todo acompañantes y conductores de un proceso de maduración individualizado, que la competición y las calificación meramente cuantitativas dañan la motivación intrínseca de los estudiantes, que las escuelas deben abrirse a la comunidad que las rodea, incorporando a los padres y a todos los agentes que tengan algo que ver o que aportar, entonces necesitamos espacios diferentes.


La biblioteca escolar no puede ser por eso, en este nuevo modelo educativo, en este nuevo modelo conceptual, que un hub o un taller o un espacio de producción integrada de conocimiento donde los alumnos puedan disponer del lugar, de las herramientas y de los instrumentos necesarios para resolver los problemas que se les han planteado, donde puedan cooperar con su grupo de trabajo, donde puedan intercambiar ideas y perspectivas con los miembros de la comunidad educativa que deseen participar en el proceso, donde los propios profesores, convertidos en una comunidad intercambiable de coachers, tengan la oportunidad de transformarse.

Eso es para mi el futuro de la biblioteca escolar, en realidad, el futuro de la escuela y de la educación.

Permanezcan atentos a sus pantallas, porque en los próximos meses se anuncian grandes iniciativas.

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Comentarios

Respondiendo a la pregunta que plantea el título de esta entrada, que los responsables de la política educativa la planteen con un horizonte lejano, lejos de intereses partidarios, electorales o localistas que nos obliguen a padecer un plan cada cuatro años, que no mejora el anterior ni tampoco aprovecha las fortalezas que pudiera tener por la simple razón de desautorizar al adversario. Habría que empezar en prestar especial atención a las bibliotecas escolares, diseñar un plan nacional consensuado y a largo plazo, legislar sobre el tema con criterios actuales, y dotarlas de medios humanos (cuando yo estudiaba solía estar a cargo de la biblioteca el maestro que el director quería quitarse de en medio, la profesora que no le apetecía dar clase, o el administrativo aficionado a la literatura y totalmente ajeno a la bibloteconomía), técnicos y económicos. En fin, dado el nivel general de la casta política, haría falta hacer un viajecito a Lourdes.

Estoy totalmente de acuerdo con tu artículo, Joaquín, no se pueden decir cosas más importantes y con mayor claridad que como lo has hecho.

Lo que hay que revolucionar no son las bibliotecas escolares sino la escuela misma porque por el camino que transita a corto plazo llegará a ser irrelevante. La realidad extramuros escolares no tiene nada que ver con lo que viven (¿sufren?) nuestros estudiantes a causa de metodologías, didácticas, recursos, organizaciones espacilaes y temporales y, sobre todo, la ineptitud de muchos docentes.

Hay un número elevado de docentes ante los que hay que quitarse el sombrero por su compromiso, su vocación, su pasión por la enseñanza y su constante afán investigativo, su búsqueda de formación y su generosidad.

Pero paralelamente en escuelas, institutos y universidades se esconden seres mediocres, miserablemente desmovilizados y alarmantemente frustrantes para los estudiantes que tienen la desgracia de caer en sus manos.

Las administraciones políticas y educativas tienen que abandonar urgentemente su miopía y su partidismo carente de ética y compromiso social para arremangarse y tratar de construir un proyecto educativo coherente y eficaz con los tiempos que corren. Mientras no lo hagan las encuestas catastrofistas que pululan por doquier y que hablan de “desastre-educativo-nacional” llegarán a pasar desapercibidas tras el par de semanas habitual de golpes de pecho hipócritas y autojustificativos.

Los docentes son quienes tienen la mayor responsabilidad, sí, para eso eligieron esta hermosa y a la vez dura profesión, si no lo asumen, deben dejar la bata y el borrador y dedicarse a tareas con menos posibles damnificados.

Sigamos hasta la extenuación con las mareas verdes reivindicativas frente al inmovilismo oficial, pero al mismo tiempo busquemos mejorar nuestra formación y diseñar proyectos y planes escolares colectivos, consensuados, comprometidos con los educandos.

En ninguna de las últimas leyes educativas (LGE, LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE) se obliga a los docentes a utilizar libros de texto y, sin embargo, ni padres, ni autoridades ni sobre todo docentes entienden la escuela sin estos diabólicos y putrefactos materiales. Y, por tanto, ¿a qué vienen esas lamentaciones hipócritas porque “el próximo curso habrá cambio de libros de texto”, o “¡se acaban las becas para LdT!”?

Dejémonos de cortinas de humo: señores padres, diríjanse a los centros educativos de sus hijos y exijan a sus directivos que dejen los LdT en un rincón (su utilización muy limitada puede ser de interés) y se dediquen a elaborar sus propios materiales didácticos previo diseño de proyectos coherentes, consensuados y continuados a lo largo de toda la escolaridad.

Y, señores docentes, déjense de mandangas, vacúnense contra la “librodetextodependencia”, esa enfermedad de alta toxicidad que les viene de rechupete para esconder su falta de formación y, sobre todo, su carencia de compromiso con sus estudiantes.

Nuestras escuelas, institutos y universidades están habitadas por un buen puñado de magníficos docentes que a pesar de la que está cayendo siguen trabajando con vocación, compromiso, rigor, creatividad, coraje y una amorosa entrega a sus discípulos. Vaya para ellos mi admiración y mi aplauso.

Pero, a la vez, en escuelas, institutos y universidades se arrastran multitud de tipejos -no merecen el honor de llamarse docentes- que están desmovilizados, carecen de pasión por la enseñanza, sepultan a nuestros hijos bajo una avalancha injusta, miserable y mezquina de vulgaridades, didácticas y metodologías planas y carentes de potencial motivador, recursos y materiales arcaicos y asfixiantes de toda innovación y progreso.

Para romper con esta dinámica solo veo una solución, volviendo al inicio, a tu magnífico artículo: todos los centros educativos, no solo escuelas e institutos, también los universitarios, deben estar dotados de una biblioteca entendida como un CRAIIE, es decir, un Centro de Recursos para la Innovación y la Investigación Educativa, en el que sean posibles didácticas como las que describes.

Si sobre este CRAIIE gira todo el desarrollo del currículo habrá que dinamitar las estructuras organizativas, espaciales y temporales, sí, pero también y sobre todo, la manera de entender las relaciones entre los miembros de la comunidad educativa (alumnos, docentes, padres…), rompiendo con el profecentrismo, y deberán transformarse de modo revolucionario las metodologías y didácticas, haciendo posible el autoaprendizaje, los ritmos individuales, la investigación, el trabajo auténticamente colaborativos, el pensamiento divergente, el gozo por el descubrimientos, la potenciación del asombro, la pasión…

Muchas gracias por todos tus comentarios Kepa. Suscribo línea a línea lo que has escrito. Ojalá encontráramos donde implementarlo…

Cómo te has pasado Kepa. Al final y como siempre la culpa la tienen las docentes. Qué fácil y que poco comprometido es hablar así.
Muy de acuerdo con tu artículo Joaquín.

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