Los hijos del libro y los nativos digitales

Uno de los primeros que resaltó, con vehemencia, que los nativos digitales existían y que su manera de ver, percibir, pensar y actuar eran diferente a la de los nativos tipográficos (recuerden aquel subtítulo poco citado del célebre libro de McLuhan, La galaxia Gutenberg. Génesis Del Homo Typographicus), fue Alejandro Piscitelli. En Nativos digitales. Dieta cognitiva, inteligencia colectiva y arquitecturas de la participación, Piscitelli aseguraba -cito de memoria, no encuentro mi ejemplar- que nos enfrentábamos a un cambio epistemológico colosal, aquel que va de la textualidad tipográfica a la textualidad digital, de un mundo basado en el conocimiento libresco, la lectura silenciosa y sucesiva y la creación restringida a un mundo de contenidos multiformato, exhuberantes, de lectura fragmentada y preponderantemente visual, en el que los medios digitales democratizan la creación. Nuestros hijos ven el mundo a través de esa nueva textura digital; nosotros, por muchos esfuerzos que hagamos, seguiremos siendo mentes tipográficas que hacen esfuerzos por comprender ese nuevo territorio y esas nuevas prácticas.

La saga de los textos que pretenden analizar y diseccionar este cambio de era y de civilización son ya miriada, pero en los últimos meses han aparecido dos textos casi antagónicos, opuesos en su planteamiento, algo que denota claramente que nuestros prejuicios, nuestras anteojeras conceptuales, siempre son más determinantes que nuestra supuesta condición de científicos. Me refiero a los libros de Howard Gardner, La generación App. Cómo los jóvenes gestionan su identidad, su privacidad y su imaginación en el mundo digital y al de Michel Serres: Pulgarcita. El mundo ha cambiado tanto que los jóvenes deben reiventar todo.

El libro de Gardner, el padre de las inteligencias múltiples, es un libro tramposo, prejuicioso y acientífico, un claro ejemplo de cómo la mente tipográfica puede jugar una mala pasada incluso al más pintado de los catedráticos de Harvard. Su tesis principal, simplificando, defiende que las aplicaciones informáticas que los nativos digitales utilizan desfiguran y dañan su identidad, su intimidad y su imaginación. Algo así como sostener -ya lo hizo Sócrates, otro ilustre precedente, en el Fedro-, que la escritura, que no dejaba de ser un tecnología equiparable, solamente podía producir sombras equívocas y falsas de conocimiento. O ya puestos, que cualquier tecnología que automatice y simplifique nuestra manera de interactuar con el mundo que nos rodea -un astrolabio, un telescopio, una tarjeta de crédito-, desnaturalizara y demudara nuestra condición humana. La retahila de afirmaciones sobre la que se basa esa hipótesis -que podría ser tan plausible como cualquier otra- carece sin embargo de todo fundamento empírico y convierte al libro en un mero alegato antidigital. “Es cierto que”, puede leerse sorpresivamente en la página 157, “incluso si nuestra descripción de la juventud actual es acertada, no podemos demostrar que estas características sean consecuencia directa, ni siquiera consecuencia importante, de la ubicuidad de ciertas tecnologías. Sencillamente”, reconocen, alicaídos, “es imposible lleva a cabo el experimento adecuado con los controles necesarios”. Sobran las palabras…

A sus 84 años Michel Serres es la afortunada y jubilosa antítesis de Gardner, el denodado esfuerzo por comprender una mutuación histórica sin regodearse en las evidencias conocidas: “Sí”, puede leerse en las páginas 34-35, “desde hace algunos decenios, veo que vivimos un periodo comparable a la aurora de la paideia, después de que los griegos aprendieran a escribir y a demostrar, un periodo parecido al Renacimiento, que vio el nacimiento de la imprenta y el surgimiento del reino del libro. Época incomparable, sin embargo, ya que ahora, al mismo tiempo que las técnicas mutan, el cuerpo se metamorfosea, cambian el nacimiento y la muerte, el sufrimienot y la curación, los oficios, el espacio, el hábitat, el ser en el mundo”. “Me gustaría tener”, reconoce Serres, “dieciocho años, la edad de Pulgarcita y de Pulgarcito”, que así denomina a los nativos digitales, por su propensión, claro, a teclear con los pulgares en sus dispositivos digitales, “porque hay que rehacerlo todo otra vez, está todo por inventar”.

“Ese parloteo de las Pulgarcitas y los Pugarcitos”, prosigue, sin menospreciar lo que Gardner quizás nunca pueda comprender, “este caos del mundo, ¿anuncian quizás una era, o es que van a mezclarse una segunda edad oral y los escritos virtuales? Esta novedad, ¿cubrirá con sus olas la era de la página que nos formateó? Desde hace tiempo”, concluye, “percibo esta nueva era oral emanada de lo virtual”. He ahí, quizás, el gran cambio. Un libro, sin lugar a dudas, de una sutileza y una sabiduría esplendorosas.

Nosotros somos hijos del libro y nietos de la escritura y solamente renociendo expresa y reflexivamente ese punto de partida que condiciona nuestra manera de ver, comprender y juzgar las cosas, cabe entender la nueva civilización, esa que Piscitelli, Marc Prensky o Don Tapscott llamaron de los nativos digitales.

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Comentarios

El de Pulgarcita me interesa mucho, lo buscaré.

Paradójicamente, no existe en ebook :-)

Gracias por el artículo.

[...] Los hijos del libro y los nativos digitales. Joaquín Rodríguez by Vázquez, 06.25.14, Los hijos del libro y los nativos digitales Publicado por Joaquín Rodríguez. futurosdellibro.com el 24 junio, [...]

Buenos días.
Pulgarcita está disponible en formato digital en iBooks. Es raro que no esté también en Amazon, pero es así.

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