¿Por qué ya no robamos libros?

Recuerdo que en La vida exagerada de Martín Romaña, Martín, trasunto del propio Bryce Echenique y protagonista de la novela, robaba con delectación e idolatría en las librerías del Barrio Latino, en aquellos años 60 de expatriación de los jóvenes latinoamericanos, tan intelectualmente hambrientos como económicamente menesterosos, que luego se convertirían en señas de identidad de la creación literaria en sus respectivos países. Por esa misma época -según me recordaba Manuel Ortuño hace un par de días mostrándome la cuarta de cubierta de la edición ampliada de las Memorias de un librero de Héctor Yánover- Masperó parece que tuvo que colgar un letrero en la entrada de su librería que rezaba: “La derecha nos quiere suprimir: si ustedes siguen robando libros, tendremos que cerrar. No colaboren con el enemigo”. Tan codiciados eran los libros, tal el volumen de ejemplares robados, tal la bulimia lectora, que una de las librerías de referencia de la capital francesa -que acabaría cerrando- tuvo que advertir a sus ladrones-lectores, que el hurto voraz y repetido que practicaban podía llevarle a la ruina.

¿Por qué hemos dejado de hacerlo? ¿Por qué, aunque dejáramos hoy una librería abierta de par en par, nadie se molestaría en distraer su contenido? ¿Por qué ya no robamos libros o por qué no tenemos ni siquiera la tentación de hacerlo? ¿Por qué -al menos en buena parte de los países occidentales donde el libro ocupó el lugar central del ecosistema cultural- ha perdido el libro ese valor de referencia cultural que lo convertía en un bien de primera necesidad por el que se estaba dispuesto a sufrir las consecuencias legales del hurto? ¿Cuándo dejó el libro de ocupar ese lugar preferencial? ¿Cuándo quedó postergado a la periferia del campo cultural? ¿Cuándo dejó por tanto de ejercer esa atracción sobre cualquiera que quisiera alcanzar cierto saber, conocimiento y erudicción? ¿Cuándo dejó de ser una pieza clave de toda educación intelectual para ser sustituido por otras fuentes, múltiples, de naturaleza digital? ¿Es malo que eso suceda, en cualquier caso? Más aún: ¿es evitable, es reversible, es invertible? ¿Alguien quiere -que no tenga menos de 50 años y su vida dependa o haya dependido en buena medida de ello- que ese destino sea eludible, que no se proceda de una vez por todas a una sustitución indolora?

Otro puñado de preguntas, ahondando en esta misma paradoja que encadena libros, lectura y librerías: ¿por qué en alguno de los municipios que rodean Madrid -Pozuelo de Alarcón, Majadahonda, Las Rozas- que son, al mismo tiempo, los más ricos en renta per capita y en capital educativo de los allí empadronados, no hay (casi) ni una sola librería que merezca ese nombre? ¿En qué momento aquellos que disponen de la renta suficiente y del capital cultural necesario apartaron los libros de su horizonte de realización cultural? ¿Por qué abundan otra clase de comercios, incluso con cierto aire artesanal e independiente, pero apenas encontramos un puñado irregularmente surtido de papelerías-libererías? ¿Satisfacen esos comercios mixtos y devaluados las necesidades menguadas de lectura de los más (supuestamente) ricos en capital cultural? ¿No será que ya no perciben el libro como ese objeto que aportaba a la vez valor, lustre y conocimiento? ¿No será que no se trata de una cuestión de disponibilidad de la renta como de una pérdida irreversible de valor referencial del libro? ¿Es eso intrínsecamente malo? Más aún: ¿es evitable, es reversible, es invertible? ¿Alguien quiere -que no tenga menos de 50 años y su vida dependa o haya dependido en buena medida de ello- que ese destino sea eludible, que no se proceda de una vez por todas a una sustitución indolora?

[Fuente: https://antinomiaslibro.wordpress.com/2014/12/11/forever-fil/]

Otro racimo de preguntas, esta vez trasladándome de continente: ¿por qué ante la puerta de la FIL de Guadalajara se forman todos los años colas con centenares de adolescentes que pugnan por acceder a un recinto atestado de libros (solamente libros)? Aunque su vista fuera fruto de una clara prescripción escolar: ¿por qué permanecen en el recinto durante horas, por qué buscan con ahinco la firma de los autores, por qué preguntan reiteradamente por determinadas referencias? ¿Qué hace que en América Latina el libro siga siendo percibido como refugio de un valor que asegura cierto progreso pesonal, social y profesional? ¿Por qué sige percibiéndose en América Latina que el libro es un valor en el que vale la pena invertir (tiempo, atención y dinero)? ¿Cómo es posible, sin embargo, que las librerías, si contáramos su número per capita, en países como México, no alcancen más que el 0,000006% (y eso contando con que estuvieran homogéneamente distribuidas por el territorio)? ¿Hay algún Estado latinoamericano que esté en condiciones de hacer el esfuerzo simultáneo de atender a esa demanda todavía pujante y latente sobre el libro con políticas de promoción de la librería? ¿No sería más cabal, rápido, racional y barato -y sé que tiro piedras contra algunos tejados- seguir el consejo de la UNESCO cuando sugiere, en su Reading in the mobile era, que conviene saltarse etapas en los países en desarrollo para pasar al desarrollo y gestión de plataformas digitales de préstamo, venta y distribución, habida cuenta de la penetración de los dispositivos móviles entre la población?

No me cabe la menor duda que antes de poder responder a cualquier reto es necesario disponer de buenas preguntas.

Ofrezco este manojo más o menos depurado a un amigo que se va -Enrique Richter- y a otro que llega -Javier López Yáñez-.

¿Por qué ya no robamos libros? ¿Por qué ya no entramos en las librerías?

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Comentarios

Es posible que ya no robemos libros porque son más accesibles. Hay más libros en las casas, las ediciones de bolsillo no son caras, hay muchas bibliotecas que los prestan… Y es posible también, que ya no sean objetos tan codiciados. Yo, por ejemplo, sé que si me olvido un libro en un bar, lo voy a encontrar, es decir, que nadie se lo va a llevar.

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