Incompetencias del siglo XXI

Si hacemos caso a algunos de los gurús y expertos que perorean en Davos, nuestra educación deberá cambiar radicalmente en este siglo XXI a riesgo de que nuestros conocimienotos queden por completo desfasados y sean inútiles. “If we do not change the way we teach, 30 years from now, we’re going to be in trouble,” declaró hace unos pocos días Jack Ma, fundador del Alibaba Group, el gigante del comercio electrónico chino.

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Es muy posible que el futuro solamente quepa augurarse inventándolo y que en cualquier época se haya sentido que los cambios que se avecinaban eran de tal magnitud que hacían inservibles los conocimientos acumulados hasta ese momento. Esa sensación, claro, se ha agudizado hoy hasta tal punto que muchos reclaman el desarrollo de un conjunto de competencias y soft skills para acotar y atajar la incertidumbre.

Existe multitud de propuestas, desde la que sugiere la Partnership for 21st Century Learning, quizás la más famosa, hasta las que sugiere el World Bank pasando por las que sellos editoriales o grandes corporaciones internacionales nos proponen. Aunque son muchas las fuentes, su formulación es más o menos coincidente:

  1. Desarrollo del pensamiento crítico y la resolución de problemas: las escuelas deben ayudar a sus alumnos a indagar y preguntar, a aproximarse a las dificultades mediante la pesquisa y la investigación;
  2. Desarrollo de la colaboración y de la dirección y gestión mediante la influencia, no mediante la autoridad o la jerarquía;
  3. Desarollo de la agilidad y la adaptabilidad, de la flexibilidad como síntoma de inteligencia: todos y cada uno de nosotros necesitaremos reaprender constantemente aquello que creíamos saber, convertirnos en aprendices perpetuos;
  4. Desarrollo de la iniciativa y de la disposición al emprendimiento, de la capacidad de intervenir activamente en el entorno inmediato con la intención de modificar su configuración y de mejorar el entorno;
  5. Desarrolo de buenas competencias de comunicación basadas en la oralidad y la escritura: la capacidad para comunicarse con los demás, sobre todo en entornos interculturales, será un imperativo para todos;
  6. Desarrollo de la capacidad de acceso y gestión de la información y de creación e intercambio de contenidos, sobre todo en el ecosistema digital;
  7. Desarrollo de la curiosidad y la imaginación como palancas sobre las que sostener el interés permanente por seguir aprendiendo, como fundamento sobre el que sostener la creatividad.

Podrían añadirse más, y seguramente todas fueran necesarias y pertinentes, pero encuentro en todas ellas la misma denegación: parece que la distancia entre lo que sabemos y lo que podemos se ha acrecentado hasta tal punto que ninguno de nuestros conocimientos previos tiene valor alguno y que lo único que cabe hacer es prepararse para la incertidumbre. Aprecio en esa afirmación tácita o explícita una renuncia, una dejación, incluso una deserción: nada podemos hacer ante lo que nos ocurre u ocurrirá, como si no pudiéramos intervenir de ningún modo sobre la realidad, como si tuviera una suerte de inercia impenetrable e inmanejable que nos impidiera tomar ninguna medida ni decisión al respecto. Como si no supiéramos qué debemos hacer para detener el cambio climático; como si no supiéramos qué deberíamos hacer para modificar el agotado y senil sistema de producción capitalista; como si no supiéramos como fomentar la equidad y la igualdad en nuestras sociedades; como si no supiéramos evitar la pobreza; como si no supiéramos evitar la segregación por razón de sexo, religión o cualquier otro signo distintivo; como si no supiéramos, en fin, cómo mejorar el mundo.

Creo que, en mucho de esos casos, sí sabemos cómo intervenir, pero preferimos despolitizar lo que debería ser objeto de debate político y conformarnos con insistir en que la adquisición de un determinado conjunto de competencias podría sustituir a lo que, en realidad, debería ser un asunto de pura voluntad de intervención política. No hace falta haber leído mucho a Michael Foucault para ser consciente de que el saber siempre está vinculado a la dimensión del poder, pero en esta época nuestra la distancia entre la sabiduría y la acción parecen haberse distanciado hasta tal punto que supeditamos la discusión política sobre la conformación de nuestra realidad a la adquisición de un conjunto de competencias que, por muy pertinentes que sean, no podrán sustituir al principio de político de intervención sobre la realidad. Detraer a los ciudadanos esa realidad mediante un cambiazo supuestamente pedagógico.

“De hecho”, dice Marina Garcés en el imprescindible Nueva ilustración radical, “los primeros ilustrados ya advirtieron de este peligro. Lejos de creer ingenuamente que la ciencia y la educación redimirían por sí mismas al género humano del oscurantismo y la opresión, lo que planteaban era la necesidad de examinar qué saberes y qué educación contribuirían a la emancipación, sospechando de cualquier tentación salvadora”. La realidad es que “exigimos más conocimientos y más educación”, más competencias, “e invocamos su poder salvador. Es como un mantra que se repite y que difícilmente se sustenta en ningún argumento contrastable. El hecho decisivo de nuestro tiempo es que, en conjunto, sabemos mucho y que, a la vez, podemos muy poco. Somos ilustrados y analfabetos al mismo tiempo”.

Nuestras incompetencias del siglo XXI.

 

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