Primitivos de una nueva era

En el mes de marzo de 2019 ha llegado a las librerías el fruto de mi trabajo durante los últimos tres años: Primitivos de una nueva era. Cómo nos hemos convertido en Homo digitalis. Tres años de escritura, revisión y corrección. Unos cuantos más -una vida entera- de lecturas previas, decantación de ideas y construcción de una trama que, vista con el paso del tiempo, más me parece una novela de aventuras -de la aventura humana de la invención de la escritura y de todos los mecanismos de transmisión de las ideas y el conocimiento- que un ensayo general. Espero que, a quienes se decidan a leerlo, encuentren ese relato de nuestras peripecias como especie tan apasionante como yo.

Los seres humanos venimos desnudos al mundo, incompletos, incapaces de valernos por nosotros mismos, abocados al infortunio si no fuera por los cuidados que nos procuran, que nos procuramos. Nuestra relación con el mundo natural, con nuestro entorno, no viene dada de una vez para siempre desde el momento de nuestro nacimiento, no existe esa clase de vínculo natural inmediato del que disfrutan los animales. Nuestra relación con el mundo viene mediada por el conjunto de las técnicas y saberes (tekne [τεχνη] más logos [λογος]) que hemos desarrollado y compartido para habitar el mundo de una manera determinada. Quizás pueda parecer excesivo, pero la voz, la emisión de la primera palabra articulada cargada de significado, el primer mensaje emitido por un ser humano a otro mediante la dicción, podría considerarse como la primera destreza técnica, quizás la más esencial entre todas, que nos permitió residir en el mundo tal como lo hacemos. En el momento en que escribo esta introducción, en la primavera de 2018, corre por la red un vídeo corto de un bebé sordo al que le implantan un audífono que le permite escuchar la voz de su madre por primera vez, una voz que quizás percibía en el seno materno como una percusión o un latido amortiguado pero que ahora distingue con toda claridad. El niño, inicialmente agitado por el nuevo implante, seguramente incómodo, detiene su gesto cuando escucha por primera vez la voz de su madre en una mirada interrogativa, luego llena de sorpresa, y finalmente esboza una sonrisa y dirige su vista al rostro de quien le llama por su nombre.

La relación de los seres humanos con el mundo y con quienes les rodean es el resultado de un largo, a veces consciente, generalmente inconsciente, proceso de elaboración, de invención, uso y adopción de las técnicas que nos permiten comunicarnos, relacionarnos, intervenir sobre nuestro entorno para hacerlo humanamente habitable. Lo cierto es que cada cultura humana ha desarrollado un conjunto de técnicas específicas con este propósito, no intercambiables, peculiares, de manera que les hace vivir y habitar de una manera esencialmente distinta la pequeña o gran porción del mundo que les ha correspondido habitar. Difícilmente podemos hablar, por eso, de tecnologías evolutiva y jerárquicamente superiores, aunque existan préstamos y aunque se construya sobre los hallazgos y conocimientos precedentes en muchos casos, porque la mayoría de las tecnologías no son equivalentes y encarnan, más bien, una relación particular con el mundo que excluye la equiparación. En este libro hablaré sobre la larga historia que va desde la primera articulación vocal conocida y, en consecuencia, la primera manifestación de pensamiento simbólico que se encarna en la fabricación de instrumentos y, sobre todo, en la expresión simbólica del pensamiento primitivo, hasta la completa virtualización de nuestras comunicaciones en el apogeo digital de nuestra era. Es posible que en la lectura, planteada como una sucesión cronológica, quepa percibir cierta intencionalidad evolutiva, cierta voluntad de enlazar los eslabones de una larga cadena progresivamente trabada y creciente, pero aunque en algunas ocasiones quepa entenderlo así, es necesario atender a las peculiaridades de las formas de vida que cada una de esas tecnologías contribuyó a generar. En la larga historia de las formas escritas de comunicación cabe distinguir un progresivo dominio de la escritura y de su puesta en página, de la agregación creciente de dispositivos textuales que facilitan la lectura y la consulta o, también, de la paulatina transición de lo analógico a lo digital en la que parece existir un esfuerzo deliberado por desligar completamente el contenido de su continente, por desenlazar la información de su encarnación formal, pero esa sensación evolutiva no tiene nada de necesaria ni mucho menos de superior respecto a otras posibles manifestaciones.

La jerarquización, en cualquier dominio de la vida, es fruto de la introducción, a menudo subrepticia y larvada, de un criterio de ordenación implícito. En no pocas ocasiones puede resultar pertinente establecer un criterio que nos ayude a entender, retrospectivamente, de qué manera se desplegó a lo largo de la historia un aspecto concreto pero, siendo eso legítimo, no debe llevarnos a la errónea conclusión de que eso entrañe automáticamente alguna forma de superioridad o preeminencia. Es común en la época que vivimos presuponer que los criterios de productividad, rendimiento y eficiencia son los que alinean jerárquicamente los inventos relacionados con la historia de los medios y la comunicación, pero aceptar eso sería una extrema simplificación que desvirtúa la complejidad y significatividad de las distintas formas de vida a que los distintos medios dieron lugar.

[Fragmento de la introducción de Primitivos de una nueva era. Cómo nos hemos convertido en Homo Digitalis. 2019. Tusquets Editores, 544 p.]

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