‘Bibliotecas’

Bibliotecas y colaboración ciudadana

Llevamos ya tiempo discutiendo sobre la conveniencia de acabar con un modelo de gestión institucional que no tenía en cuenta a los usuarios más que para llamarles la atención cuando hablaban demasiado alto. Si las bibliotecas tienen algún sentido, como prescribía el texto de la American Library Association de 1989, Presidential Committee on Information Literacy: la necesidad de que asuman un papel modernizador en la educación, en la integración de los ciudadanos, en la mejora de sus competencias informacionales. Pero, ¿cómo promover esa forma de colaboración cuando debe enfrentarse a modos y modelos organizativos sin espacio para la cooperación?

Jordi Serrano, en las páginas de BID, titula con rotundidad: “Ya es la hora que los usuarios nos echen una ayuda. Se aceptan metadatos “sociales” “. Efectivamente: si la clasificación y la ordenación semántica del universo eran, antes, la prerrogativa impar de los bibliotecarios, hoy no queda otra vía que la de incorporar a los lectores y a los usuarios en un ejercicio de clasificación dinámica, en la elaboración de folksonomías que atribuyan relevancia y significación a los recursos encontrados y compartidos. No es tarea sencilla, claro, no solamente porque haya que abandonar las antiguas certezas profesionales. También porque, como relata Javier Leiva en “Bibliotecas norteamericanas ante la web social“, hay que:

● Reclutar voluntarios y gestionar la relación con ellos
● Resolver  consultas de referencia
● Recibir y resolver las posibles incidencias derivadas de esa forma de colaboración
● Proporcionar información técnica sobre el uso de recursos de la biblioteca.

The British Library: Georeferencer Pilot from Klokan Technologies on Vimeo.

Ha sido la Biblioteca Británica, como en tantas otras ocasiones, la que ha puesto en marcha un proyecto de clasificación y ordenación cooperativa que resulta esclarecedor: Georeferencing consiste, fundamentalmente, en cotejar y comparar cartografías antiguas y modernas buscando posibles puntos en común, lugares y sitios que puedan ser identificados en ambas.

El proyecto, todo debe contarse, no es estrictamente original: el primero o que el pasa por ser el primer esfuerzo por gestionar la inteligencia colectiva de una ingente cantidad de colaboradores no necesariamente especializados, fue el proyecto GalaxyZoo, donde cientos de miles de personas trabajan en la clasificación de las formas de las galaxias, excediendo en acierto y capacidad a cualquier equipo profesional o software especializado. Hasta tal punto este ejercicio de ciencia ciudadana tuvo éxito (sigue teniéndolo), que se creó un sitio con una ambición científica más global: Zooniverse, una derivación o extensión del anterior con la aspiración de abarcar proyectos colaborativos en los ámbitos de la historia, la geografía, la astronomía, la salud o el clima.

El futuro de las bibliotecas no podrá ser en eso distinto al de la lógica colaborativa de  los descubrimientos científicos. Ahora sólo falta quien se atreva a  integrar la colaboración ciudadana en su modelo de gestión.

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Bibliotecas: esas redes que la razón ignora

Hoy, si no estoy equivocado y el santoral no me falla, se celebra el Día internacional de las Bibliotecas. Tal como escribía Bruno Latour hace más o menos un año, en un elocuente artículo titulado Esas redes que la razón ignora: laboratorios, bibliotecas, colecciones, “quienes se interesan por las bibliotecas suelen hablar de textos, de libros, de escritos, y también de su acumulación, su conservación, su lectura o  su exégesis. Seguramente tienen razón, pero supone un cierto riesgo limitar la ecología de los lugares de saber a los signos o exclusivamente a la materia de lo escrito, un riesgo que Borges ha ilustrado bien con su fábula de una biblioteca total que sólo se refiere así misma”. Efectivamente, hoy la biblioteca es un ente forzosamente ubicuo, porque la biblioteca está hoy donde nosotros estemos (tal como nos demuestran virtuosos ejemplos como el de la Nubeteca, que se inaugurará mañana día 25), y flaco favor le haríamos si intentáramos restringir su misión a la de la custodía y clasificación del patrimonio bibliográfico.

 

 

 

De hecho, la división de Bibliotecas de la UNESCO está encuadrada en el Sector de la Comunicación y la Información (CI), y los objetivos que se da esa división exceden, con mucho, a los que una biblioteca tradicional, ensimismada en la solidez de sus colecciones librescas, se daría así misma. Dos son los principales ámbitos de actuación: Freedom of Expression and Media Development y Knowledge Society y tres sus líneas estratégicas:

  • promover la libre circulación de las ideas y el acceso universal a la información;
  • promover la expresión del pluralismo y la diversidad cultural en los medios y las redes mundial de información;
  • promover el acceso para todos a las tecnologías de la información.

No veo mejor ni más sencilla manera de definir alguno de los principales objetivos de las bibliotecas del siglo XXI.” Una biblioteca”, dice Latour, “considerada como un laboratorio, no puede permanecer, como veremos, aislada, como si acumulase, de forma maniática, erudita y cultivada, signos a millones”.

“Esos lugares silenciosos, guarecidos, confortables, dispendiosos, donde los lectores escriben y piensan, se relacionan por mil hilos con el vasto mundo”, agrega Latour, “del cual transforman tanto las dimensiones como las propiedades”. Si eso es así, y parece induscutible en nuestro siglo digital, resultan bienvenidas iniciativas como las del último Plan de lectura del País Vasco, dado a conocer hace unos pocos meses, donde se insiste con especial atención en “Integrar en los diseños curriculares de primaria, secundaria y educación superior la alfabetización informacional”, desarrollando y fortaleciendo, en paralelo “el papel de la biblioteca escolar como soporte del fomento lector en la escuela y de la integración de las TIC en la práctica educativa”.

No veo que haya otro camino para celebrar adecuadamente el día internacional de las bibliotecas que reconociendo su naturaleza ubicua y en red y potenciando su papel como doble alfabetizadora en un mundo simultánea e irrenunciablemente textual y digital.

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Igualdad y bibliotecas

Debería ser obligatorio leer, en estos tiempos de disparidades sociales crecientes, Desigualdad. Un análisis de la (in) felicidad colectiva (extraña traducción de un subtítulo original mucho más elocuente: “why equality is better for everyone”). Richard Wilkinson y Kate Pickett lo demuestran empíricamente de manera incontestable: las sociedades más justas y equilibradas, las más avanzadas  yprósperas, son aquellas donde la se fomenta la verdadera iguladad de oportunidades y donde la renta se redistribuye proporcionalmente.

En cuanto al acceso a la educación, la conclusión es bien sencilla (algo, por otra parte, rubricado regularmente por los informes de la OCDE y PISA): “los jóvenes rinden más y mejor si sus  padres disponen de ingresos altos y de una educación superior, y obtienen mejores resultados si provienen de hogares donde dispone de un lugar para estudiar, donde existen libros de referencia y periódicos, donde la educación es valorada”. La lógica de la reproducción social funciona de esa manera -tal como lo denunciara y lo desvelara en su momento Pierre Bourdieu-, haciendo pasar por capacitación o dotación natural lo que solamente es algo socialmente adquirido. “Cuanto más abandona la Escuela”, escribía Bourdieu en un libro originalmente escrito en el año 1969, “la tarea de transmisión cultural en manos de la familia, más tiende la acción escolar a consagrar y legitimar las desigualdades previas, porque su rendimiento está en función de la competencia precedente, repartida de un modo desigual”.

Por lo que atañe a la lectura, la correlación sigue siendo implacable: “Epidemiólogas como Arjumand Siddiqi y su equipo han investigado también los gradiantes sociales en relación con la competencia lectora en chic@s de 15 años, usando datos del estudio PISA 2000. Encontraron que los países con una larga historia de Estado del bienestar, alcanzaban mejores resultados que el resto”. Al contrario, continúan Wilkinson y Pickett, “los países con las más altas calificaciones muestran menores diferencias sociales en su relación con la competencia lectora”. No es de extrañar, por eso, que la posesión de una biblioteca familiar -como escribí ya hace algún tiempo-, ” determina de manera firme e invariable,  independiente del ámbito geográfico, el futuro de los jóvenes. En Family scholarly culture and educational success: books and schooling in 27 countries, un equipo de sociólogosde varios países determinó, en el año 2010, que poseer una biblioteca familiar era tan determinante y predictor en la China Rural como en los Estados Unidos. Después de estudiar 70000 casos en 27 países diferentes, concluyeron que, al menos, la posesión de una biblioteca familiar garantizaba un periodo de escolarización tres años más extenso que en los casos en los que no se poseía.


Ver Recortes en servicios bibliotecarios en un mapa más grande

Si sabemos todo esto, si está empírica y científicamente corroborado, se colegirá sencillamente que las bibliotecas públicas, las bibliotecas escolares, son garantes de la igualdad de acceso a la información y al conocimiento, balanzas que pretenden equilibrar a una sociedad estructuralmente desigual, compensadoras de las desventajas iniciales a las que toda sociedad vocacionalmente justa y moderna debería aspirar. Por eso, se comprende mal que en los presupuestos generales del Estado para 2013 no haya ni un solo euro para la dotación bibliotecaria o que deban ser las propias bibliotecas públicas -como la de Guadalajara- las que, ante esta desprotección, deban procurarse el sustento fomentado el voluntariado.

El Estado, los Estados que se pretendan modernos, deberían, como dijo Bourdieu, “emplear todos los medios disponibles para quebrar el encadenamiento circular de procesos acumulativos al que se ve condenada toda acción de educación cultural”, y las bibliotecas son, sin duda, uno de sus instrumentos fundamentales.

 

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Plataformas

Manuel Gil, que tiene entre sus virtudes la de poner el dedo en la llaga para reconocer el traumatismo en toda su dimensión, lo ha dejado escrito con campechana claridad: libreros, editores, bibliotecarios: tenemos un problema. Internet nos ofrece a todos, incluidos a agentes que antes no formaban parte de la cadena de valor del libro, generar formas alternativas de creación, distribución y comercialización que pueden hacer que se desmoronen nuestros modelos y certezas tradicionales. No carecen de legitimidad, porque nada prevalece entre los antiguos agentes de la cadena de valor a no ser que tomemos los acuerdos consuetudinarios y tácitos que el tiempo precipita como un contrato con fundamento jurídico.

No parece que confundir la realidad con los deseos sea una buena estrategia, ni en la vida ni en los negocios, y ahora, que surgen por doquier propuestas de plataformas de comercialización y distribución de contenidos digitales (Amazon, Apple, Google, Libranda, Telefónica, Leer-e, Publidisa Todoebook, Edicat, 36L, 24Symbols, Comunidad de editores y todas las que queden por venir, incluidas plataformas automáticas de comparación de precios que llevarán a los compradores allí donde deseen adquirir lo visto en otra parte) que acabarán prescindiendo de buena parte de los eslabones tradicionales de la cadena de valor del libro, valiéndose para ellos de las propiedades de desintermediación de la red, se escuchan los lamentos de quienes deberían haber obrado con más premura. Ninguna de las grandes plataformas mencionadas se diseñaron para tener en cuenta a las librerías tradicionales, o cuesta creerlo, por mucho que todavía se escuchen argumentos sobre la preservación de la cadena tradicional, porque llegada la hora de la verdad, nadie prescindirá de los márgenes que la venta y la descarga directas puedan proporcionar.

La gota que quizás haya hecho rebosar el vaso de la aparente quietud ha sido el negocio de provisión a las bibliotecas: independientemente del modelo que se utilice (pago, suscripción, etc.), el fondo de la cuestión atañe a quién proporciona el servicio, si los libreros tradicionales o las plataforma de distribución electrónica. Los libreros y los editores, que antes nunca creyeron que la suma de fuerzas diera ningún resultado, ahora se rasgan las vestiduras ante tal eventualidad. Y lo cierto es que nada hay en el mercado que impida que esto suceda, como bien demuestra el archiconocido caso de la Biblioteca Pública de Nueva York y la distribuidora Overdrive.

 

La cuestión, a mi entender, es qué clase de modelo queremos construir. De no prevalecer esa reflexión, no cabe el crujir de dientes ni la rasgadura de vestiduras. Libreka, en Alemania, una iniciativa conjunta de los gremios de libreros y editores, decidió, hace años, anteponer la unión de sus intereses a las arremetidas de los grandes grupos internacionales. Muchos no dieron un duro por ese envite, argumentando que no acababa de despegar. Hoy, según el último informe de resultados del año 2011, se han alcanzado los 2.1 millones de euros de facturación, multiplicando por treinta la cifra preliminar, y han conseguido sumar su red una cifra de 1,5 millones de libros disponibles, 275000 ebooks, 1600 editoriales y algo más de 600 librerías.

La red tiene por principio favorecer la venta y la descarga a través de los puntos asociados, de manera que en el proceso de compra el usuario puede (debe) elegir el punto de venta más cercano a su domicilio y/o, en el caso de que haya accedido a la web de una librería sin página propia, será remitido, mediante un vínculo destacado, a la plataforma de comercialización de Libreka (quien sepa un poco de alemán, no me dejará mentir).

Aún, quizás, estemos a tiempo. Todo lo que no sea aliarse y construir en beneficio de la comunidad, serán, después, lamentos y cenizas.

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Las bibliotecas que necesitamos

En la IV Jornada profesional de la red de Biblioteacas del Instituto Cervantes (RBIC), tuvimos la oportunidad de discutir, gracias al buen hacer de Yolanda de la Iglesia (entre otras muchas personas que colaboraron en la organización), sobre el futuro de las bibliotecas que necesitamos, no el futuro imperfecto o hipotético, sino su futuro vinculado al mapa de las competencias del siglo XXI, a las necesidades surgidas en el seno de una sociedad que, para ser del conocimiento, requiere de otros espacios, de nuevas herramientas y recursos,  de un conjunto de competencias diferentes del personal que trabaja en ellas. Destacaré en esta entrada tres intervenciones sin desdoro del resto (que recomiendo vivamente visualizar en el sitio creado al efecto). Su hilo conductor no es ni siqueira el del orden de las intervenciones, sino el fundamento lógico que las une.

David Nicholas, famoso internacionalmente por ser el padre de uno de los estudios más desacralizadores sobre los nativos digitales, Google generation, reafirmó en su intervención muchas de las cosas que ya sabíamos, y su hija parecía encarnar todas sus propiedades, según nos contó: visualizar varios canales de televisión casi simultáneamente valiéndose del mando a distancia mientras hojeaba una revista y discutía con su padre sobre su capacidad para ver, leer y debatir simultáneamente. Jóvenes multitarea capaces de atender fragmentariamente y restituir cierto sentido a esa realidad dividida. Con eso deberemos contar a la hora de construir esos antiguos espacios de orden, silencio y atención concentrada sobre un único soporte de lectura.

Mi intervención no fue contraria a los postulado de Nicholas. Pero tampoco convendría enteramente con ella. La cuestión que me interesaba destacar en una reunión con bibliotecarios es hasta qué punto las bibliotecas y los espacios educativos tradicionales de las aulas que conocimos, reproducen espacialmente ciertas convicciones pedagógicas, y cómo, correlativamente, en el siglo XXI, necesitamos nuevos espacios para nuevos tipos de competencias. No cabe deshechar la lectura tradicional, en absoluto. Pero tampoco cabe ignorar que el aprendizaje se produce mediante la búsqueda activa, mediante la indagación y la investigación, mediante la recopilación y la síntesis, mediante el debate y la discusión, mediante la exposición y la comunicación, y la biblioteca debe tender a convertirse en un espacio que dé cabida a todo eso. Al menos esa es mi convicción.

Alfonso Muñoz vino, creo yo, a refrendar esa tendencia desde el punto de vista arquitectónico: hizo un repaso histórico de su evolución morfológica y de sus connotaciones políticas como artefactos al servicio de princiipos e ideas históricamente radicados. Hoy, argumentó, las bibliotecas se están convirtiendo en espacios híbridos, flexibles, adaptables, capaces de albergar espacios de recogimiento y reflexión, de lectura y estudio, pero también de diálogo y encuentro, de socialización e intercambio, de trabajo colaborativo.

Así serán, creo yo, las bibliotecas que necesitamos.

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Acertijo para el fin de semana

Si hemos de creer a sabios como José Antonio Cordón, “la cantidad de información disponible en un momento dado, independientemente de que se use o no, su facilidad de consulta, la promoción de que es objeto, constituyen un magnífico barómetro de la actidud en favor de las libertades y de la participación crítica de la ciudadanía en los mecanismos de poder”. Y prosigue: “la existencia de las bibliografías nacionales y el depósito legal hay que contemplarlas en ese contexto, en el del esfuerzo de toda sociedad por mantener unas señas de identidad verificables y transmisibles en el tiempo, por preservar una memoria que, como diría el filósofo Lledó, va trazando el surco del tiempo”.

En El registro de la memoria: el depósito legal y las bibliografías nacionales, podemos aprender mucho sobre lo que la preservación y conservación de la sabiduría, el arte y el conocimiento condensado en los libros de papel ha supuesto para la memoria de la especie y la conciencia cívica en los últimos tres siglos.

En las  jornadas sobre bibliotecas que celebramos en el Instituto Cervantes, una profesional de nuestra biblioteca nacional mencionó un hecho que pasa generalmente inadvertido: en la nueva ley de Depósito Legal que fue aprobada y se publicó en el BOE del 30 de julio de 2011 y entrará en vigor el 30 de enero de 2012 (salvo el depósito de las publicaciones electrónicas que quedará pendiente del desarrollo de un reglamento por Real Decreto), ¿qué sucederá dentro de 50 o 100 años cuando las siguientes generaciones pretendan acceder a contenidos digitales que fueron despositados en formatos propietarios, sin metadatos de ninguna clase que permitan desentrañar su origen ni referencias al algoritmo que nos permitiría acceder al código original? ¿Qué sucede cuando no se alude por ningún sitio a que los editores deben proporcionar formatos abiertos y compatibles, interoperables, dotados de metadatos en condiciones (METS, Dublin Core, lo que sea) que los hagan transparentes, accesibles, consultables? ¿Qué sucederá cuando no se alude en ninguna parte a que los grandes operadores que empiezan por A y por G tengan la obligación de desaherrojar los contenidos que publican en sus soportes propietarios?

Lo aparentemente técnico trasciende su condición para convertirse en un problema de memoría histórica y cultural, esto es, en un problema cívico y político. Acertijo del fin de semana: ¿alguna administración o colectivo profesional se atreverá a poner el cascabel en favor de las libertades al poderoso gato?

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El préstamo bibliotecario digital

Es obvio que las bibliotecas, públicas y universitarias, tenderán a prestar contenidos digitales de manera creciente. Resulta incontrovertible que las bibliotecas adquirirían, cada vez más, una condición de ubicuidad inusitada, porque allí donde estemos estará la biblioteca que nos acompaña, o el acceso a los contenidos que las bibliotecas nos proporcionen. El hábito de lectura en dispositivos digitales -manifiestamente mejorable, por otra parte, como discutiremos en Liber la semana que viene-, crecerá, no cabe la menor duda. Y el papel de las bibliotecas, como servicio público que debe garantizar el acceso igualitario a la cultura y el conocimiento, como espacio de civlización privilegiado donde caben todas las opiniones y disensiones mientras se diriman racionalmente, tendrá como cometido sostenido el de abastecer a sus usuarios de los contenidos digitales que demanden.

Las bibliotecas universitarias tienen en alguna medida este problema resuelto mediante soluciones propias en forma de catálogo colectivo que proporciona acceso compartido a los recursos científicos generados por sus socios o plataformas comerciales que dan acceso, con una serie de restricciones (de impresión, de visualización o de otra índole), al patrimonio bibliográfico de los catálogos de esas mismas bibliotecas o al catálogo de los editores que hubieran confiado en esa plataforma de transacción y préstamo bibliotecario.

Las bibliotecas públicas deben hacer otro tanto si es que no quieren quedar a la zaga, absortas en una era pretérita. Bibliotecas pioneras, como la Pública de Nueva York, resolvieron ese asunto hace tiempo confiando la gestión de sus activos a una plataforma comercial, la que pasa por ser la más grande y activa del mundo, Over Drive. El revuelo en el patio bibliotecario ha llegado esta semana, sin embargo, con el anuncio largamente cocinado y hace poco anunciado del préstamo promovido por Amazon, la gran librería virtual.

Mientras nuestros bibliotecarios discurren cómo abordar esta cuestión ineludible del préstamo digital, suceden simultáneamente tres cosas no necesariamente óptimas para la red pública:

  • Amazon y Google están ya instalados en España y su estrategia pasará, sin duda alguna, por propiciar y facilitar esta posibilidad, y serán ellos quienes administren la riqueza de los metadatos que se generen en esas transacciones, utilizándolos para sus legítimos propósitos comerciales;
  • Libranda es nuestra única plataforma de distribución digital centralizada, a la fuerza y de hecho, después de sucesivos traspies y tiros errados, y es posible que aspire de manera igualmente legítima a emular a Over Drive (también se hablará de ellos en Liber, cómo no). Las bibliotecas públicas han comenzado, a tientas, a pergeñar lo que podría ser un contrato que les permitiera acceder a los todavía parcos 4000 registros de Libranda, pero el fruto aún no ha madurado;
  • Los editores no entienden todavía que sacarían mucho más provecho de sus catálogos y de su cartera de autores generando su propia plataforma, administrando los metadatos que de ahí puedan derivarse y negociando contratos con las redes de bibliotecas públicas y universitarias (por número de licencias, concurrentes o no; número total de préstamos; plazos temporales de préstamo; etc.), porque quizás sigan pensando que la venta unitaria es la base de su negocio, algo que en el ecosistema digital no será necesariamente cierto. El tráfico, el uso y la captación de la atención serán, sin duda alguna, activos valiosos en el concurrido mercado de la atención. En algunos foros se asevera, incluso, que el préstamo electrónico acabará con el espectro de la pirateria, ese espantajo oscuro y malvado que los editores suelen sacar en andas.

El préstamo bibliotecario digital es, como dice Peter Brantley, un asunto B2C del que deberían adueñarse sus legítimos beneficiarios, editores, bibliotecas y lectores.

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La importancia de las bibliotecas familiares

Hace mucho tiempo ya que sabíamos, al menos desde la publicación de La distinción (esa obra monumental), que los hijos de padres con capitales escolares y culturales superiores son más y mejores lectores, que sus expendientes académicos tienden a reproducir los de sus progenitores y que, en consecuencia, sus trayectorias biográficas y profesionales resultan más satisfactorias. Es decir: en entornos sociales culturalmente ricos, no solamente se desarollan capacidades cognitivas que influirán de manera indeleble la trayectoria vital de cada individuo -como demuestra, por ejemplo, Edward C. Melhuish en Effects of the home learning environment and preschool center experience upon literacy-; tan definitivo como el desarrollo de la competencia lectora es la inculcación de las disposiciones y hábitos culturales que rodean esa práctica. Eso ya lo relató y lo describió pormenorizadamente Pierre Bourdieu en el libro citado.

Tal como demostró de manera fehaciente Jim Trelease en el Handbook of reading aloud, la posesión de un número de libros determinados en el domicilio, la posesión de una biblioteca familiar, inculca en los hijos determinadas disposiciones y hábitos culturales duradores que se concretan en la tramitación de los carnets de biblioteca, el préstamo de libros y la lectura cotidiana, es decir, que competencias y hábitos van de la mano y se refuerzan mutuamente.

Lo que acongoja y pasma, lo que resulta sorprendente, es hasta qué punto y con qué extensión la posesión de libros en el domicilio, la existencia de una biblioteca familiar, determina de manera firme e invariable,  independiente del ámbito geográfico, el futuro de los jóvenes. En Family scholarly culture and educational success: books and schooling in 27 countries, un equipo de sociólogosde varios países determinó, en el año 2010, que poseer una biblioteca familiar era tan determinante y predictor en la China Rural como en los Estados Unidos. Después de estudiar 70000 casos en 27 países diferentes, concluyeron que, al menos, la posesión de una biblioteca familiar garantizaba un periodo de escolarización tres años más extenso que en los casos en los que no se poseía.

Las bibliotecas fueron y todavía son un entorno privilegiado de habituación a la cultura. Quienes saben eso, como el National Literacy Trust en Inglaterra, llevan mucho tiempo promoviendo, entre otras cosas, la adquisición de libros para hogares desfavorecidos y en riesgo de exclusión. ¿Llegará un día en que los soportes electrónicos, que hacen teóricamente innecesaria o redundante la biblioteca, sustituyan o remeden ese ecosistema de inmersión cultural? Permítanme que lo dude.

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Leer (e-books) a los 55

En todo el debate sobre la sustitución de los soportes sobra proyección de los deseos y fantasías personales y faltan evidencias empíricas. De nada sirve debatir hasta la saciedad sobre la conveniencia o inconveniencia para la lectura de un soporte electrónico si no se ha contrastado, mediante un trabajo de campo diseñado a tal efecto, su adecuación o inadecuación. Tan absurdo sería negar la evidencia de la revolución digital y la historia de la sustitución de los soportes a lo largo de la historia como adherirse, de manera ciega y acrítica, como una fashion victim, a la última tecnología obsolescente que nos pretendan vender.

En el propósito inicial del proyecto Territorio Ebook estaba, precisamente, esa preocupación: contrastar, de manera fehaciente, la posibilidad de practicar la lectura en soportes digitales, diferenciando claramente por grupos de edad, en función de su formación y sus hábitos de lectura. También es cierto que latía otro propósito bajo ese diseño inicial: el de reflexionar sobre el papel de las bibliotecas y los bibliotecarios en una época paradójica: la de las bibliotecas y la lectura ubicua. El grupo de investigación encargado de esta tarea -una verdadera etnografía digital pionera en este terreno específico de la práctica lectora-, desarrolló un procedimiento canónico irreprochable: aplicación de un cuestionario de activación de conocimientos previos en los focus groups seleccionados; diseño de actividades de acompañamiento y animación a la lectura específicas durante el periodo de uso del libro electrónico; seguimiento de su proceso de adaptación mediante diarios de campo personales, que hablaban del establecimiento de esa nueva relación con un objeto desconocido; encuentros específicos con el autor o autores de los textos consultados; actividades de incitación a la creación a partir de los textos leídos; aplicación de post-test una vez finalizado el periodo de trabajo, para comprobar el grado de satisfacción y las divergencias con el objeto y la experiencia.

Los resultados, en cualquier investigación, no son anticipables, por mucho que, deductivamente, se fuera de la presunción o la hipótesis de partida a la búsqueda de los resultados. Los datos del estudio, sin embargo, han resultado -a mi juicio-, sorprendentes: el primero de los grupos que se sometió a estudio, de personas mayores de 55 años, lectores más o menos regulares con diversos grados de formación, mostraron un grado de apropiación y satisfacción y un nivel de comprensión lectora con los dispositivos digitales muy alto tras la finalización del estudio, dispuestos la mayoría de ellos a sustituir los libros en papel por los e-readers. A mi juicio lo más relevante del proceso de trabajo con el grupo experimental fue el de conseguir que se fueran desdibujando los límites y las diferencias entre los soportes tradicionales y modernos, que se fuera asumiendo como natural la relación con un objeto hasta ese momento bizarro, todo gracias a la labor de acompañamiento sistemático puesta en marcha:

  1. convocatoria de talleres donde se estructuraba el tiempo y volumen de lectura en cinco sesiones que se hacían coincidir, temporalmente, con cinco semanas, sincronizando y acompasando el ritmo de todos los participantes y acomodándolo al grado de dificultad de la lectura propuesta;
  2. celebración de sesiones relacionadas con la lectura dialógica, con el intercambio de opiniones y pareceres en torno al texto comentado, generación, en fin, de una comunidad estable de lectores que construyen significado en torno a la obra propuestas y derivan sus propias propuestas creativas a partir de ese texto original; resolución, adicionalmente, de las dudas en torno al uso del dispositivo digital.
  3. encuentro personal con el autor de la primera obra elegida y recreación de los escenarios que la novela dibuja en el mapa de la ciudad (Salamanca, en este caso).

Lo más sorprendente, para mi, es hasta qué punto las labores de acompañamiento y animación, de recreación e ideación, de diálogo e intercambio, pueden hacer olvidar -al menos a los mayores de 55 años- el objeto que tenemos entre las manos. No es que dejaran de manifestar, como puede consultarse en el estudio, sus contrariedades respecto a alguna de las carencias manifiestas de estos dispositivos -notas, paratextos, composición y legibilidad-, sino que fueron capaces casi de obviarlas mediante tareas de acompañamiento diseñadas para propiciar que se sumergieran en el contenido y en el significado más que en el continente o en su embalaje.

Los futuros de la lectura y de las bibliotecas pasarán, sin duda, por aquí.

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Estadísticas sobre la lectura

Ya se sabe que las estadísticas son volubles y caprichosas, interpretables y zalameras, que se dejan hacer y querer. Eso es lo que me pasa, invariablemente, cuando consulto las estadísticas sobre hábitos de compra y lectura de libros, que siempre veo la botella medio vacía mientras que, quienes las confeccionan, la ven medio llena.

De acuerdo con los datos de la encuesta sobre Hábitos de lectura en la Comunidad de Madrid 2010, publicada a finales del mes de enero de este 2011, las cosas van sobre ruedas: los lectores frecuentes han crecido desde el año 2004 hasta hoy en un 17%, de forma que un 58.3% de los madrileños declaran que leen con asiduidad. Un 71,2% se considera así mismo, mirándose en el espejo bruñido que le tiende el encuestador, lector, a secas. Además de eso, un 60,6% de los encuestados telefónicamente declara haber comprado libros durante el año 2010, y un 30.7% haberse acercado a alguna biblioteca municipal.

Aceptar pulpo como animal de compañía suele ser una táctica que demora el encuentro con la realidad: por lector frecuente, si uno hurga un poco en las estadísticas propuestas, se entiende aquel que lee una vez a la semana. Si a mi me preguntaran si me considero un deportista de élite yendo una vez semanalmente al gimnasio, no creo que respondiera que sí, aunque quizás lo reconsidere. En cuanto a qué se entienda por lectura, no se especifica: vale lo mismo un panfleto gratuito entregado en las escaleras del metro o los Diarios de André Gide. El ejercicio mecánico de la lectura no comporta -como sabemos hace ya mucho tiempo- ni comprensión ni discernimiento, problema en el que andamos enredados hace bastante tiempo tal como demuestran las tercas estadísticas de PISA. Por seguir metiendo el dedo en el ojo ajeno, autorepresentarse como lector, no exige demostración alguna: basta con que uno declare serlo. Si los encuestadores tuvieran algo de dignidad antropológica, sabrían que cualquier declaración hay que situarla en la estructura del espacio desde el que se emite. Eso quiere decir, a palo seco, que en cualquier encuesta sobre hábitos culturales, incluidos los hábitos lectores, muchas de las respuestas manifiestan  la buena voluntad cultural condicionada de los encuestados, indefensos ante una pregunta sobre esas costumbres ilustradas. Si esa misma pregunta se localizara geográficamente en el mapa de la Comunidad de Madrid, tal como otros colectivos han realizado ya en alguna otra ocasión:  estadística y geográficamente –el norte y el sur de la Comunidad de Madrid, por ejemplo, son un ejemplo nítido de ello- es sencillo seguir la correlación perversa que se establece entre la dotación cultural de partida, mermada, y la herencia recibida, igualmente reducida, de manera que los hijos de los que menos leen son los que menos leen y los que mayor fracaso escolar padecen, lastre que se sufrirá el resto de la vida. Es tan preocupante, desde el punto de vista político, que esa predeterminación siga marcando el destino de los jóvenes, que la intervención de las administraciones es perentoria en la evitación de la conexión negativa que se establece entre el origen y las oportunidades, entre el lugar de nacimiento y el acceso a las condiciones que permitan, al menos potencialmente, disfrutar de uno de los valores que sólo será verdaderamente universal cuando se dispensen las condiciones que permitan a todos disfrutar globalmente de ese valor.

Y una última cosa, que se me olvida: ese 60,6% que dice adquirir libros en realidad compra un libro al año, sí, uno. Ni dos ni tres, uno. Si el colectivo entrevistado dice leer una media de 9.2 libros al año y compra uno, es posible que el resto -quiero ser optimista, por un segundo- vaya a las bibliotecas públicas a pedirlo prestado. Pero no, parece que no: el 73% nunca pisa una biblioteca y el 27% restante lo hace alguna vez. Deberemos pensar, quizás, que el bookcrossing está en alza, que la gente intercambia los libros por las calles o que  los amigos se reúnen para comentar lecturas y prestarse libros… ¿O no?

¡Adelante, Madrid!

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