‘Bibliotecas digitales’

El sueño de las bibliotecas digitales

En su alocución a la Grafstein Lecture del 15 de marzo del 2012, titulada “Books, libraries & the digital future“, Robert Darnton habló de la construcción de una biblioteca digital pública norteamericana, global y genérica, amparada bajo el sueño, ni más ni menos, de  Thomas Jefferson, que pretendía que el acceso al conocimiento y a las ideas se diseminara sin límites ni restricciones, como una vela que puede prender la mecha de otra sin perder por ello su propia luz.

Un proyecto de esta envergadura, decía, que tiene como propósito poner a disposición de todos los norteamericanos (y de todos aquellos que posean, obviamente, una conexión a la red) el patrimonio escrito digitalizado de su país, más allá de las propuestas  y acciones de Google o de cualesquiera otro agente que pretenda intervenir en esa carrera, se construye sobre los siguientes cimientos: sobre la idea fundamental de que existe un patrimonio cultural compartido del que nadie puede ni debe apropiarse, un digital commons que debe promoverse mediante la creación de una biblioteca pública; que no puede dejarse en manos de los editores, de los editores científicos en particular, la gestión del conocimiento, porque ese es un patrimonio colectivo del que no puede privarse a nadie. Los editores no solamente no añaden ningún valor a lo que los científicos han escrito, sino que lo gravan, además, con suscripciones prohibitivas y limitaciones de acceso  y circulación, algo que carece por completo de sentido cuando los creadores poseen los medios, además, de distribuir el fruto de su trabajo. “Google book search”, dice Darnton, literalmente, “is dead”.

La Grastein Lecture del año 2013 será impartida el próximo 5 de marzo por Joshua Gans, bajo el título “Information wants to be shared”, o la información desea y quiere ser compartida, fórmula en la que se resume el espíritu y el sueño de cualquier biblioteca digital. Para alcanzarlo, sin embargo, tal como argumentaba Darnton en el 2012, esta clase de iniciativas deben ser fruto de la colaboración público-privada, de un sistema distribuido de suma de colecciones,  y su financiación es posible si las partes planifican, presupuestan y trabajan en pos de la construcción de un repositorio público y colectivo que asegure el acceso igualitario, algo particularmente interesante y reseñable en nuestra situación actual, donde los grandes proyectos de digitalización del patrimonio escrito corren a cargo de instituciones privadas sin ánimo de lucro.

Ayer supimos que el Standford Prize for Innovation in Research Libraries, concedido anualmente por la Universidad de Standford, fue a parar a dos instituciones europeas: la Biblioteca Nacional de Francia, por la puesta en marcha y gestión de su proyecto Gallica Library , y la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, la biblioteda digital hispánica más grande y ambiciosa de entre las que  podamos contar. “El premio al que optaron 24 propuestas”, dice la nota de prensa publicada en el blog de la Biblioteca, “distingue programas, proyectos y servicios pioneros desarrollados por las bibliotecas de investigación de cualquier lugar del mundo. Según el jurado, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha merecido el reconocimiento por sus contenidos de primera calidad, entre los que destacan sus ediciones críticas integrales, utilizadas por la comunidad investigadora mundial. La organización ha subrayado que la Cervantes aborda los retos de las bibliotecas digitales mediante un diseño abierto y enfocado a los usuarios, con una arquitectura orientada a ofrecer servicios y un soporte de desarrollo en código abierto (open-source)”.

A veces los sueños, con cierto tesón y no sin dificultades, se alcanzan.

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Bibliotecas y colaboración ciudadana

Llevamos ya tiempo discutiendo sobre la conveniencia de acabar con un modelo de gestión institucional que no tenía en cuenta a los usuarios más que para llamarles la atención cuando hablaban demasiado alto. Si las bibliotecas tienen algún sentido, como prescribía el texto de la American Library Association de 1989, Presidential Committee on Information Literacy: la necesidad de que asuman un papel modernizador en la educación, en la integración de los ciudadanos, en la mejora de sus competencias informacionales. Pero, ¿cómo promover esa forma de colaboración cuando debe enfrentarse a modos y modelos organizativos sin espacio para la cooperación?

Jordi Serrano, en las páginas de BID, titula con rotundidad: “Ya es la hora que los usuarios nos echen una ayuda. Se aceptan metadatos “sociales” “. Efectivamente: si la clasificación y la ordenación semántica del universo eran, antes, la prerrogativa impar de los bibliotecarios, hoy no queda otra vía que la de incorporar a los lectores y a los usuarios en un ejercicio de clasificación dinámica, en la elaboración de folksonomías que atribuyan relevancia y significación a los recursos encontrados y compartidos. No es tarea sencilla, claro, no solamente porque haya que abandonar las antiguas certezas profesionales. También porque, como relata Javier Leiva en “Bibliotecas norteamericanas ante la web social“, hay que:

● Reclutar voluntarios y gestionar la relación con ellos
● Resolver  consultas de referencia
● Recibir y resolver las posibles incidencias derivadas de esa forma de colaboración
● Proporcionar información técnica sobre el uso de recursos de la biblioteca.

The British Library: Georeferencer Pilot from Klokan Technologies on Vimeo.

Ha sido la Biblioteca Británica, como en tantas otras ocasiones, la que ha puesto en marcha un proyecto de clasificación y ordenación cooperativa que resulta esclarecedor: Georeferencing consiste, fundamentalmente, en cotejar y comparar cartografías antiguas y modernas buscando posibles puntos en común, lugares y sitios que puedan ser identificados en ambas.

El proyecto, todo debe contarse, no es estrictamente original: el primero o que el pasa por ser el primer esfuerzo por gestionar la inteligencia colectiva de una ingente cantidad de colaboradores no necesariamente especializados, fue el proyecto GalaxyZoo, donde cientos de miles de personas trabajan en la clasificación de las formas de las galaxias, excediendo en acierto y capacidad a cualquier equipo profesional o software especializado. Hasta tal punto este ejercicio de ciencia ciudadana tuvo éxito (sigue teniéndolo), que se creó un sitio con una ambición científica más global: Zooniverse, una derivación o extensión del anterior con la aspiración de abarcar proyectos colaborativos en los ámbitos de la historia, la geografía, la astronomía, la salud o el clima.

El futuro de las bibliotecas no podrá ser en eso distinto al de la lógica colaborativa de  los descubrimientos científicos. Ahora sólo falta quien se atreva a  integrar la colaboración ciudadana en su modelo de gestión.

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Bibliotecas: esas redes que la razón ignora

Hoy, si no estoy equivocado y el santoral no me falla, se celebra el Día internacional de las Bibliotecas. Tal como escribía Bruno Latour hace más o menos un año, en un elocuente artículo titulado Esas redes que la razón ignora: laboratorios, bibliotecas, colecciones, “quienes se interesan por las bibliotecas suelen hablar de textos, de libros, de escritos, y también de su acumulación, su conservación, su lectura o  su exégesis. Seguramente tienen razón, pero supone un cierto riesgo limitar la ecología de los lugares de saber a los signos o exclusivamente a la materia de lo escrito, un riesgo que Borges ha ilustrado bien con su fábula de una biblioteca total que sólo se refiere así misma”. Efectivamente, hoy la biblioteca es un ente forzosamente ubicuo, porque la biblioteca está hoy donde nosotros estemos (tal como nos demuestran virtuosos ejemplos como el de la Nubeteca, que se inaugurará mañana día 25), y flaco favor le haríamos si intentáramos restringir su misión a la de la custodía y clasificación del patrimonio bibliográfico.

 

 

 

De hecho, la división de Bibliotecas de la UNESCO está encuadrada en el Sector de la Comunicación y la Información (CI), y los objetivos que se da esa división exceden, con mucho, a los que una biblioteca tradicional, ensimismada en la solidez de sus colecciones librescas, se daría así misma. Dos son los principales ámbitos de actuación: Freedom of Expression and Media Development y Knowledge Society y tres sus líneas estratégicas:

  • promover la libre circulación de las ideas y el acceso universal a la información;
  • promover la expresión del pluralismo y la diversidad cultural en los medios y las redes mundial de información;
  • promover el acceso para todos a las tecnologías de la información.

No veo mejor ni más sencilla manera de definir alguno de los principales objetivos de las bibliotecas del siglo XXI.” Una biblioteca”, dice Latour, “considerada como un laboratorio, no puede permanecer, como veremos, aislada, como si acumulase, de forma maniática, erudita y cultivada, signos a millones”.

“Esos lugares silenciosos, guarecidos, confortables, dispendiosos, donde los lectores escriben y piensan, se relacionan por mil hilos con el vasto mundo”, agrega Latour, “del cual transforman tanto las dimensiones como las propiedades”. Si eso es así, y parece induscutible en nuestro siglo digital, resultan bienvenidas iniciativas como las del último Plan de lectura del País Vasco, dado a conocer hace unos pocos meses, donde se insiste con especial atención en “Integrar en los diseños curriculares de primaria, secundaria y educación superior la alfabetización informacional”, desarrollando y fortaleciendo, en paralelo “el papel de la biblioteca escolar como soporte del fomento lector en la escuela y de la integración de las TIC en la práctica educativa”.

No veo que haya otro camino para celebrar adecuadamente el día internacional de las bibliotecas que reconociendo su naturaleza ubicua y en red y potenciando su papel como doble alfabetizadora en un mundo simultánea e irrenunciablemente textual y digital.

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La Digital Public Library of America

Robert Darnton explicó hace unos pocos días, en The 2012 Grafstein Lecture in Commnications, en una conferencia que llevaba por título “Books, libraries & the digital future“, que un proyecto de esta envergadura, que tiene como propósito poner a disposición de todos los norteamericanos (y de todos aquellos que posean, obviamente, una conexión a la red) el patrimonio escrito digitalizado de su país, más allá de las propuestas  y acciones de Google o de cualesquiera otro agente que pretenda intervenir en esa carrera, se construye sobre los siguientes cimientos: sobre la idea fundamental de que existe un patrimonio cultural compartido del que nadie puede ni debe apropiarse, un digital commons que debe promoverse mediante la creación de una biblioteca pública; que no puede dejarse en manos de los editores, de los editores científicos en particular, la gestión del conocimiento, porque ese es un patrimonio colectivo del que no puede privarse a nadie. Los editores no solamente no añaden ningún valor a lo que los científicos han escrito, sino que lo gravan, además, con suscripciones prohibitivas y limitaciones de acceso  y circulación, algo que carece por completo de sentido cuando los creadores poseen los medios, además, de distribuir el fruto de su trabajo. “Google book search”, dice Darnton, literalmente, “is dead”.

Y, finalmente, que esta iniciativa debe ser fruto de la colaboración público-privada, de un sistema distribuido de suma de colecciones,  y que su financiación es posible si las partes planifican, presupuestan y trabajan en pos de la construcción de un repositorio público y colectivo que asegure el acceso igualitario, algo particularmente interesante y reseñable en nuestra situación actual, donde los grandes proyectos de digitalización del patrimonio escrito corren a cargo de instituciones privadas sin ánimo de lucro.

Este sueño, asegura Darnton, proviene de la convicción que expresara Thomas Jefferson cuando pretendía que el acceso al conocimiento y a las ideas se diseminara sin límites ni restricciones, como una vela que puede prender la mecha de otra sin perder por ello su propia luz.

Ahora, casi dos siglos después, esa utopía verá la luz en abril de 2013, y el resto de las bibliotecas del mundo deberán tomar como referencia la inspiración, el ímpetu y la convicción que Robert Darnton transmite en esta conferencia.

Esta library for everyone es el sueño de una verdadera Alejandría digital exenta de adherencias comerciales y basada en una idea del bien común que se extiende a la cultura y el conocimiento. Habrá que tomar buena nota, aunque el temperamento nacional no suela prestarse a iniciativas de índole colectiva…

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Las bibliotecas que necesitamos

En la IV Jornada profesional de la red de Biblioteacas del Instituto Cervantes (RBIC), tuvimos la oportunidad de discutir, gracias al buen hacer de Yolanda de la Iglesia (entre otras muchas personas que colaboraron en la organización), sobre el futuro de las bibliotecas que necesitamos, no el futuro imperfecto o hipotético, sino su futuro vinculado al mapa de las competencias del siglo XXI, a las necesidades surgidas en el seno de una sociedad que, para ser del conocimiento, requiere de otros espacios, de nuevas herramientas y recursos,  de un conjunto de competencias diferentes del personal que trabaja en ellas. Destacaré en esta entrada tres intervenciones sin desdoro del resto (que recomiendo vivamente visualizar en el sitio creado al efecto). Su hilo conductor no es ni siqueira el del orden de las intervenciones, sino el fundamento lógico que las une.

David Nicholas, famoso internacionalmente por ser el padre de uno de los estudios más desacralizadores sobre los nativos digitales, Google generation, reafirmó en su intervención muchas de las cosas que ya sabíamos, y su hija parecía encarnar todas sus propiedades, según nos contó: visualizar varios canales de televisión casi simultáneamente valiéndose del mando a distancia mientras hojeaba una revista y discutía con su padre sobre su capacidad para ver, leer y debatir simultáneamente. Jóvenes multitarea capaces de atender fragmentariamente y restituir cierto sentido a esa realidad dividida. Con eso deberemos contar a la hora de construir esos antiguos espacios de orden, silencio y atención concentrada sobre un único soporte de lectura.

Mi intervención no fue contraria a los postulado de Nicholas. Pero tampoco convendría enteramente con ella. La cuestión que me interesaba destacar en una reunión con bibliotecarios es hasta qué punto las bibliotecas y los espacios educativos tradicionales de las aulas que conocimos, reproducen espacialmente ciertas convicciones pedagógicas, y cómo, correlativamente, en el siglo XXI, necesitamos nuevos espacios para nuevos tipos de competencias. No cabe deshechar la lectura tradicional, en absoluto. Pero tampoco cabe ignorar que el aprendizaje se produce mediante la búsqueda activa, mediante la indagación y la investigación, mediante la recopilación y la síntesis, mediante el debate y la discusión, mediante la exposición y la comunicación, y la biblioteca debe tender a convertirse en un espacio que dé cabida a todo eso. Al menos esa es mi convicción.

Alfonso Muñoz vino, creo yo, a refrendar esa tendencia desde el punto de vista arquitectónico: hizo un repaso histórico de su evolución morfológica y de sus connotaciones políticas como artefactos al servicio de princiipos e ideas históricamente radicados. Hoy, argumentó, las bibliotecas se están convirtiendo en espacios híbridos, flexibles, adaptables, capaces de albergar espacios de recogimiento y reflexión, de lectura y estudio, pero también de diálogo y encuentro, de socialización e intercambio, de trabajo colaborativo.

Así serán, creo yo, las bibliotecas que necesitamos.

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Acertijo para el fin de semana

Si hemos de creer a sabios como José Antonio Cordón, “la cantidad de información disponible en un momento dado, independientemente de que se use o no, su facilidad de consulta, la promoción de que es objeto, constituyen un magnífico barómetro de la actidud en favor de las libertades y de la participación crítica de la ciudadanía en los mecanismos de poder”. Y prosigue: “la existencia de las bibliografías nacionales y el depósito legal hay que contemplarlas en ese contexto, en el del esfuerzo de toda sociedad por mantener unas señas de identidad verificables y transmisibles en el tiempo, por preservar una memoria que, como diría el filósofo Lledó, va trazando el surco del tiempo”.

En El registro de la memoria: el depósito legal y las bibliografías nacionales, podemos aprender mucho sobre lo que la preservación y conservación de la sabiduría, el arte y el conocimiento condensado en los libros de papel ha supuesto para la memoria de la especie y la conciencia cívica en los últimos tres siglos.

En las  jornadas sobre bibliotecas que celebramos en el Instituto Cervantes, una profesional de nuestra biblioteca nacional mencionó un hecho que pasa generalmente inadvertido: en la nueva ley de Depósito Legal que fue aprobada y se publicó en el BOE del 30 de julio de 2011 y entrará en vigor el 30 de enero de 2012 (salvo el depósito de las publicaciones electrónicas que quedará pendiente del desarrollo de un reglamento por Real Decreto), ¿qué sucederá dentro de 50 o 100 años cuando las siguientes generaciones pretendan acceder a contenidos digitales que fueron despositados en formatos propietarios, sin metadatos de ninguna clase que permitan desentrañar su origen ni referencias al algoritmo que nos permitiría acceder al código original? ¿Qué sucede cuando no se alude por ningún sitio a que los editores deben proporcionar formatos abiertos y compatibles, interoperables, dotados de metadatos en condiciones (METS, Dublin Core, lo que sea) que los hagan transparentes, accesibles, consultables? ¿Qué sucederá cuando no se alude en ninguna parte a que los grandes operadores que empiezan por A y por G tengan la obligación de desaherrojar los contenidos que publican en sus soportes propietarios?

Lo aparentemente técnico trasciende su condición para convertirse en un problema de memoría histórica y cultural, esto es, en un problema cívico y político. Acertijo del fin de semana: ¿alguna administración o colectivo profesional se atreverá a poner el cascabel en favor de las libertades al poderoso gato?

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Las bibliotecas después de Google

En el año 2008 tuve la suerte de que me invitaran a Kosmopolis’08. Intervine con una charla cuyo distópico título era el de “La vida después de Google“, porque pretendía invitar a los asistentes a imaginar un delirante futuro en el que los fundadores del buscador perdían su algortimo mágico después de una tremenda borrachera en Oviedo, tras la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. La fórmula, en manos de la vengativa competencia, implicaba el desastre empresarial  de Google pero, peor aún, significaba el fin de la cultura occidental. Hasta tal punto hemos confiado nuestra cultura, nuestras vidas privadas y nuestras indagaciones a una única y suprema herramienta, que si por alguna razón -una cogorza o, por qué no, una OPA hostil- alguien nos desenchufara de esa mediación, gran parte de nuestro patrimonio histórico, nuestra herencia intelectual y nuestra propia biografía, se esfumarían de un plumazo.

Google “es una región finita del espacio-tiempo provocada por una gran concentración de masa en su interior, con enorme aumento de la densidad, lo que genera un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz, pueden escapar de dicha región”. Cambiando “agujero negro” por “Google”, la definición es casi equivalente: el buscador genera una concentración de contenidos e información en su interior tan densa que genera un campo gravitatorio del que ningún usuario, biblioteca o editorial puede escapar… Los agujeros negros no tienen la culpa, los pobres, de chupar astronautas y cohetes como locos; Google tampoco tiene la culpa de haberse convertido en la puerta de acceso a la web y de absorber, el pobre, todo el tráfico…

Hablaba, sobre todo, ante bibliotecarios, y les pedía que no dejaran de ejercer su oficio, valiéndose, cómo no, de las extraordinarias capacidades que el buscador y sus servicios ofrecen, pero no hipotecando su futuro y sus compentecias a él.  Hace unos días, Denny Chin, el juez federa de Manhattan, le ha dicho a Google que no puede seguir digitalizando los libros que pretendía, sobre todo las obras huérfanas (que representan en torno al 70-80% de la producción editorial dormida de un país), porque eso podría represenar un monopolio sobre el acceso a ese patrimonio. Independientemente de que Google recurra la sentencia, de que el Amended Settlement Agreement sea considerado o no parcial, o de que haga caso omiso del fallo, lo cierto es que la mayor sigue sin resolverse y acecha en la trastienda.

Pero el error no es tanto de Google, que hace bien las cosas que tiene que  hacer, sino de quienes tendrían que plantear una alternativa plausible, consensuada y estratégica -bibliotecarios por un lado y editores por el otro-, y no lo hacen. Robert Darton lo decía hace pocos días en The New York Times, en un artículo titulado A digital library better than Google’s: “Through technological wizardry and sheer audacity, Google has shown how we can transform the intellectual riches of our libraries, books lying inert and underused on shelves. But only a digital public library will provide readers with what they require to face the challenges of the 21st century — a vast collection of resources that can be tapped, free of charge, by anyone, anywhere, at any time”.

La posibilidad de crear plataformas alternativas, públicas y/o privadas, como la Biblioteca Digital Hispánica o la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en el caso de obras de índole mayoritariamente literaria, son iniciativas encomiables cuyo ejemplo convendría remedar extendiéndolas a todos los ámbitos de la creación.

Quizás podríamos empezar a vivir, al menos por un día, sin Google.

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La biblioteca ubicua

La biblioteca está, hoy, donde nosotros estemos. Este afirmación, bien mirada, es pasmosa, porque la biblioteca, tal como la hemos conocido y heredado, era ese lugar al que, como revelaba Pierre Bourdieu en El amor al arte, solamente se accedía cuando uno disponía de las credenciales culturales suficientes para hacerlo. Hoy, sin embargo, dotados de un dispositivo móvil, reunidos en torno a la mesa de un café, sentados en el banco de un parque, en un sofá, o en el respaldo del asiento de un tren en marcha, la biblioteca está con nosotros. La biblioteca es, hoy, ubicua,  “una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”, dice Bruno Latour en uno de los boletines de las Bibliotecas de Francia titulado Valorisation en production des savoirs en bibliothèque. Cuanto más se extienden, más centrales se vuelven: esa es la paradoja de la biblioteca contemporánea, que quizás ya no debería siquiera darse el mismo nombre, porque su misma ubicuidad, desprovista por tanto de los límites espaciales y arquitectónicos tradicionales, la convierten más bien en una esfera que abarca todo, que nos contiene allí donde nos encontremos, que nos engloba y nos envuelve.

Antes, las bibliotecas eran la culminación de un ecosistema particular, el del libro, ese paralelepípedo que encerraba y ordenaba un discurso sucesivo entre dos cubiertas y demandaba a autores y lectores que adoptaran ciertas convenciones expositivas, intelectuales y estéticas. La biblioteca ordenaba y clasificaba los libros con la voluntad no menos cierta y oculta de normalizar el mundo, de organizar nuestra experiencia y domeñar nuestra atribulada condición humana. Pero, ¿qué ocurre cuando la proliferación de los discursos, sus formatos y sus jerarquías explosionan y ya no caben en los anaqueles físicos de una biblioteca corriente? ¿Qué sucede cuando los nuevos usuarios, los jóvenes aborígenes digitales, persiguen argumentos deslavazados en mil formatos distintos  -videos, audios, textos en blogs, libros, webcams, redes sociales, etc.- que no respetan en absoluto la lógica cognitiva tradicional, el ordenamiento sereno del mundo que los libros proponían? Los libros, metafórica y realmente, unían, enlazaban, resumían y encuadernaban un conocimiento entre sus páginas y remitían mediante un aparato paratextual bien conocido (notas, bibliografías, etc.) a otras fuentes fundamentadoras; hoy todo eso ha saltado por los aires y la intertextualidad se ha convertido en un pandemonium de datos cuya imagen es difícil de discernir. ¿Quién nos guiará en ese nuevo datascape, el paisaje de datos que nos exigirá nuevas formas de escribir, leer y componer los fragmentos de información que vayamos encontrando? La nueva biblioteca, dice Latour, desata, desliga, lo que el libro había unido y desborda aquello que ésta había limitado.

Los bibliotecarios -si es que cabe seguir llamándolos así-, tienen una ardua tarea por delante: reinventar la síntesis que la explosión de los contenidos, los formatos y los documentos ya no permiten; educar en las nuevas competencias de lectura, escritura y composición de una arquitectura documental por completa distinta a la del libro; estabilizar determinadas versiones de conocimientos distribuidos en diferentes manifestaciones documentales vinculadas efímeramente por enlaces; enseñar a los demás a navegar por estos nuevos paisajes inexplorados de datos; reflexionar sobre lo que la autoridad significa en este nuevo entorno, intentando encontrar concreciones que permitan distinguirla. “La biblioteca”, dice Latour, “se convierte en algo todavía más importante que antes porque tiene que reinventar la síntesis que la explosión de los documentos ya no permite”.

Y, entonces, ¿cómo llamamos a ese sitio que antes llamábamos biblioteca y que ahora está en todas partes y tiene que encargarse de estabilizar un flujo incontrolable de datos interconectados y ayudarnos a dar forma a ese océano de información? “La máquina de la biblioteca”, afirma Latour, “se fusiona con la aulas y con los centros de investigación”, porque si cada uno de nosotros se ha convertido en su propio bibliotecario -capaz de buscar información, navegarla, elegirla, fragmentarla, reutilizarla, regenerarla, revertirla al flujo interminable de información-, no cabe distinguir claramente entre unos y otros espacios, que convergen y se fusionan, derribando sus muros. Los bibliotecarios, en todo caso, serán formateadores, sherpas de la información, guías de las nuevas formas de lectura, giroscopios capaces de estabilizar versiones fugaces y transitorias de la información.

Eso será, quizás, la biblioteca ubicua.

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Dos voces por los libros libres

Peter Brantley es uno de los profesionales más acreditados del mundo de la generación y difusión de contenidos digitales en la red, un paladín de la era digital vinculado a alguna de los proyectos más señalados de la era que vivimos: Archive.org, la memoria digital libre de la web, el acceso a todo el conocimiento generado digitalmente; la Open Book Alliance, o el clamor por una cultura digital de los libros libres; la IDPF y el Epub, o la lucha por el establecimiento y la difusión de un formato abierto y universal. Todo su trabajo gira, me atrevo a afirmar, en torno a dos concpetos básicos: openness y accesibility, apertura y accesibilidad. Eso le ha llevado a ser una de las pocas voces que censuran las iniciativas editoriales de Google por su afán monopolístico y propietario. Ese empeño hace que su opinión y su trabajo trascienda el mundo de los libros, de las editoriales, archivos y bibliotecas, para alcanzar a todo el ecosistema digital y su posible evolución.

Esta tarde, jueves 14 de abril, a las 17.00, en este mismo espacio, podréis disfrutar de la entrevista que le haremos en directo:


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Por una biblioteca diferente

Hoy ha comenzado en Madrid un seminario del que me gustaría haber podido hablar, pero me he quedado en la revisión del programa: “La digitalizacion del material cultural. Bibliotecas digitales y derechos de autor“, organizado por la Biblioteca Nacional con aforo estrictamente limitado, aborda asuntos claramente inaplazables: la puesta a disposición pública mediante su comunicación digital del patrimonio bibliográfico antes exclusivamente analógico; las licencias bajo las que esa circulación es posible o deseable, sobre todo en el caso de obras que se quieren sujetas a copyright; la aberración de las obras huérfanas, ese patrimonio inutilizado por falta de una solución legal satisfactoria; el papel, en fin, que le queda reservado a las bibliotecas en el siglo XXI.

Me atrevo a proponer, por seguir la forma canónica, un decálogo para la biblioteca que se está comenzando a construir, un decálogo de funciones que deberá observar y desarrollar consecuentemente si quiere encontrar un espacio propio  y distintivo en el ecosistema de la red. Brevemente:

  1. extender sus funciones tradicionales al ámbito digital: ensayar todas las formas de préstamo digital que las tecnologías permitan, incluidas las descargas a dispositivos dedicados o polivalentes, con o sin DRM, porque las bibliotecas serán, sobre todo, centros de comunicación e información social; abrir las colecciones a arañas y buscadores mediante el uso de protocolos abiertos;
  2. conservar, paradójicamente, sus funciones tradicionales: no olvidar, sin embargo, que las bibliotecas deben custodiar una forma de racionalidad histórica insustituible: la contenida en los soportes de lectura analógica sucesiva también llamados libros. Durante siglos, las biblotecas se dieron como cometido ordenar el sentido del mundo, intentarlo al menos, y ahora no es cuestión de tirar todo por la borda porque exista el etiquetado social;
  3. reconceptualizar la ubicación de los departamentos y unidades dedicados a la comunicación digital: es posible que las bibliotecas deban desaparecer como tales para pasar a formar parte de entidades de mayor envergaduras preocupadas por la estrategia de comunicación digital integral de la institución a que pertenezcan, sobre todo en las Universidades;
  4. abrir la biblioteca a cierto grado de cogestión y participación ciudadana: las redes sociales tienen valor, en todo caso, si además de comunicar el calendario de actividades y realizar algún tipo de encuesta informal cuya muestra carece de valor, derriba en alguna medida sus muros y la abre a formas controladas de cogestión ciudadana, como la clasificacion y valoración de sus contenidos y de su oferta;;
  5. encarnar el cambio en los espacios: si la biblioteca es un centro de comunicación e información, un lugar abierto a la participación, sus espacios deben reflejarlo; ensayar con la creación de nuevos “espacios” de acceso a la información;
  6. gestionar la complejidad derivada de la propiedad intelectual: copyright, pero también creative commons, o color iuris, o licencias de uso, licencias colectivas, licencias no exclusivas, etc., etc.
  7. desconfiar de los grandes intermediarios digitales. Google no es dios, aunque lo parezca, y sus servidores están en las nubes, tan inalcanzables como dios, por tanto. El patrimonio bibliográfico de la humanidad es cosa de todos. Hagamos algo por incorporarnos a la red mundial de bibliotecas: WorldCat está cerca; rechazar los formatos propietarios, todo lo que no cumpla los protocolos OAI-PMH;
  8. regresar a las preceptos fundamentales de la profesión de bibliotecario, ahondar en ellos hasta asumirlos completamente: las bibliotecas son el cimiento de las democracias modernas,el espacio por antonomasia de la libertad de pensamiento y expresión,el sitio en el que se accede a la información que nos habla de los demás, de los otros. Sin Bibliotecas no habría democracias, porque es donde se preservan las ideas dispares y de donde puede provenir una discusión con argumentos bien fundamentados.
  9. peregrinar a Alejandría para comprender plenamente una fama que proviene, en gran medida, de su afán por atesorar todo el conocimiento escrito de una época histórica. Cuando se acopia todo ese conocimiento dispar —proveniente, según dicen, de todos los barcos que recalaban en el Puerto de Alejandría, cualquiera fuera su procedencia—, existe el deseo previo: de conocer a los demás,de observar sus leyes y sus costumbres, de respetar su diferencia, quizás inclusode aprender de ellos algo que nuestra cultura no ha resuelto o no ha sabido solventar.
  10. emitir las reuniones importantes por streaming… sobre todo cuando no quedan entradas (basta una cámara de video, un teléfono móvil o un portatil con cámara incorporada y una conexión a un servidor gratuito de streaming, como Ustream).

Por una biblioteca diferente, este pequeño manifiesto.

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