‘Bibliotecas escolares’

Bibliotecas y colaboración ciudadana

Llevamos ya tiempo discutiendo sobre la conveniencia de acabar con un modelo de gestión institucional que no tenía en cuenta a los usuarios más que para llamarles la atención cuando hablaban demasiado alto. Si las bibliotecas tienen algún sentido, como prescribía el texto de la American Library Association de 1989, Presidential Committee on Information Literacy: la necesidad de que asuman un papel modernizador en la educación, en la integración de los ciudadanos, en la mejora de sus competencias informacionales. Pero, ¿cómo promover esa forma de colaboración cuando debe enfrentarse a modos y modelos organizativos sin espacio para la cooperación?

Jordi Serrano, en las páginas de BID, titula con rotundidad: “Ya es la hora que los usuarios nos echen una ayuda. Se aceptan metadatos “sociales” “. Efectivamente: si la clasificación y la ordenación semántica del universo eran, antes, la prerrogativa impar de los bibliotecarios, hoy no queda otra vía que la de incorporar a los lectores y a los usuarios en un ejercicio de clasificación dinámica, en la elaboración de folksonomías que atribuyan relevancia y significación a los recursos encontrados y compartidos. No es tarea sencilla, claro, no solamente porque haya que abandonar las antiguas certezas profesionales. También porque, como relata Javier Leiva en “Bibliotecas norteamericanas ante la web social“, hay que:

● Reclutar voluntarios y gestionar la relación con ellos
● Resolver  consultas de referencia
● Recibir y resolver las posibles incidencias derivadas de esa forma de colaboración
● Proporcionar información técnica sobre el uso de recursos de la biblioteca.

The British Library: Georeferencer Pilot from Klokan Technologies on Vimeo.

Ha sido la Biblioteca Británica, como en tantas otras ocasiones, la que ha puesto en marcha un proyecto de clasificación y ordenación cooperativa que resulta esclarecedor: Georeferencing consiste, fundamentalmente, en cotejar y comparar cartografías antiguas y modernas buscando posibles puntos en común, lugares y sitios que puedan ser identificados en ambas.

El proyecto, todo debe contarse, no es estrictamente original: el primero o que el pasa por ser el primer esfuerzo por gestionar la inteligencia colectiva de una ingente cantidad de colaboradores no necesariamente especializados, fue el proyecto GalaxyZoo, donde cientos de miles de personas trabajan en la clasificación de las formas de las galaxias, excediendo en acierto y capacidad a cualquier equipo profesional o software especializado. Hasta tal punto este ejercicio de ciencia ciudadana tuvo éxito (sigue teniéndolo), que se creó un sitio con una ambición científica más global: Zooniverse, una derivación o extensión del anterior con la aspiración de abarcar proyectos colaborativos en los ámbitos de la historia, la geografía, la astronomía, la salud o el clima.

El futuro de las bibliotecas no podrá ser en eso distinto al de la lógica colaborativa de  los descubrimientos científicos. Ahora sólo falta quien se atreva a  integrar la colaboración ciudadana en su modelo de gestión.

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Bibliotecas: esas redes que la razón ignora

Hoy, si no estoy equivocado y el santoral no me falla, se celebra el Día internacional de las Bibliotecas. Tal como escribía Bruno Latour hace más o menos un año, en un elocuente artículo titulado Esas redes que la razón ignora: laboratorios, bibliotecas, colecciones, “quienes se interesan por las bibliotecas suelen hablar de textos, de libros, de escritos, y también de su acumulación, su conservación, su lectura o  su exégesis. Seguramente tienen razón, pero supone un cierto riesgo limitar la ecología de los lugares de saber a los signos o exclusivamente a la materia de lo escrito, un riesgo que Borges ha ilustrado bien con su fábula de una biblioteca total que sólo se refiere así misma”. Efectivamente, hoy la biblioteca es un ente forzosamente ubicuo, porque la biblioteca está hoy donde nosotros estemos (tal como nos demuestran virtuosos ejemplos como el de la Nubeteca, que se inaugurará mañana día 25), y flaco favor le haríamos si intentáramos restringir su misión a la de la custodía y clasificación del patrimonio bibliográfico.

 

 

 

De hecho, la división de Bibliotecas de la UNESCO está encuadrada en el Sector de la Comunicación y la Información (CI), y los objetivos que se da esa división exceden, con mucho, a los que una biblioteca tradicional, ensimismada en la solidez de sus colecciones librescas, se daría así misma. Dos son los principales ámbitos de actuación: Freedom of Expression and Media Development y Knowledge Society y tres sus líneas estratégicas:

  • promover la libre circulación de las ideas y el acceso universal a la información;
  • promover la expresión del pluralismo y la diversidad cultural en los medios y las redes mundial de información;
  • promover el acceso para todos a las tecnologías de la información.

No veo mejor ni más sencilla manera de definir alguno de los principales objetivos de las bibliotecas del siglo XXI.” Una biblioteca”, dice Latour, “considerada como un laboratorio, no puede permanecer, como veremos, aislada, como si acumulase, de forma maniática, erudita y cultivada, signos a millones”.

“Esos lugares silenciosos, guarecidos, confortables, dispendiosos, donde los lectores escriben y piensan, se relacionan por mil hilos con el vasto mundo”, agrega Latour, “del cual transforman tanto las dimensiones como las propiedades”. Si eso es así, y parece induscutible en nuestro siglo digital, resultan bienvenidas iniciativas como las del último Plan de lectura del País Vasco, dado a conocer hace unos pocos meses, donde se insiste con especial atención en “Integrar en los diseños curriculares de primaria, secundaria y educación superior la alfabetización informacional”, desarrollando y fortaleciendo, en paralelo “el papel de la biblioteca escolar como soporte del fomento lector en la escuela y de la integración de las TIC en la práctica educativa”.

No veo que haya otro camino para celebrar adecuadamente el día internacional de las bibliotecas que reconociendo su naturaleza ubicua y en red y potenciando su papel como doble alfabetizadora en un mundo simultánea e irrenunciablemente textual y digital.

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Igualdad y bibliotecas

Debería ser obligatorio leer, en estos tiempos de disparidades sociales crecientes, Desigualdad. Un análisis de la (in) felicidad colectiva (extraña traducción de un subtítulo original mucho más elocuente: “why equality is better for everyone”). Richard Wilkinson y Kate Pickett lo demuestran empíricamente de manera incontestable: las sociedades más justas y equilibradas, las más avanzadas  yprósperas, son aquellas donde la se fomenta la verdadera iguladad de oportunidades y donde la renta se redistribuye proporcionalmente.

En cuanto al acceso a la educación, la conclusión es bien sencilla (algo, por otra parte, rubricado regularmente por los informes de la OCDE y PISA): “los jóvenes rinden más y mejor si sus  padres disponen de ingresos altos y de una educación superior, y obtienen mejores resultados si provienen de hogares donde dispone de un lugar para estudiar, donde existen libros de referencia y periódicos, donde la educación es valorada”. La lógica de la reproducción social funciona de esa manera -tal como lo denunciara y lo desvelara en su momento Pierre Bourdieu-, haciendo pasar por capacitación o dotación natural lo que solamente es algo socialmente adquirido. “Cuanto más abandona la Escuela”, escribía Bourdieu en un libro originalmente escrito en el año 1969, “la tarea de transmisión cultural en manos de la familia, más tiende la acción escolar a consagrar y legitimar las desigualdades previas, porque su rendimiento está en función de la competencia precedente, repartida de un modo desigual”.

Por lo que atañe a la lectura, la correlación sigue siendo implacable: “Epidemiólogas como Arjumand Siddiqi y su equipo han investigado también los gradiantes sociales en relación con la competencia lectora en chic@s de 15 años, usando datos del estudio PISA 2000. Encontraron que los países con una larga historia de Estado del bienestar, alcanzaban mejores resultados que el resto”. Al contrario, continúan Wilkinson y Pickett, “los países con las más altas calificaciones muestran menores diferencias sociales en su relación con la competencia lectora”. No es de extrañar, por eso, que la posesión de una biblioteca familiar -como escribí ya hace algún tiempo-, ” determina de manera firme e invariable,  independiente del ámbito geográfico, el futuro de los jóvenes. En Family scholarly culture and educational success: books and schooling in 27 countries, un equipo de sociólogosde varios países determinó, en el año 2010, que poseer una biblioteca familiar era tan determinante y predictor en la China Rural como en los Estados Unidos. Después de estudiar 70000 casos en 27 países diferentes, concluyeron que, al menos, la posesión de una biblioteca familiar garantizaba un periodo de escolarización tres años más extenso que en los casos en los que no se poseía.


Ver Recortes en servicios bibliotecarios en un mapa más grande

Si sabemos todo esto, si está empírica y científicamente corroborado, se colegirá sencillamente que las bibliotecas públicas, las bibliotecas escolares, son garantes de la igualdad de acceso a la información y al conocimiento, balanzas que pretenden equilibrar a una sociedad estructuralmente desigual, compensadoras de las desventajas iniciales a las que toda sociedad vocacionalmente justa y moderna debería aspirar. Por eso, se comprende mal que en los presupuestos generales del Estado para 2013 no haya ni un solo euro para la dotación bibliotecaria o que deban ser las propias bibliotecas públicas -como la de Guadalajara- las que, ante esta desprotección, deban procurarse el sustento fomentado el voluntariado.

El Estado, los Estados que se pretendan modernos, deberían, como dijo Bourdieu, “emplear todos los medios disponibles para quebrar el encadenamiento circular de procesos acumulativos al que se ve condenada toda acción de educación cultural”, y las bibliotecas son, sin duda, uno de sus instrumentos fundamentales.

 

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La biblioteca ubicua

La biblioteca está, hoy, donde nosotros estemos. Este afirmación, bien mirada, es pasmosa, porque la biblioteca, tal como la hemos conocido y heredado, era ese lugar al que, como revelaba Pierre Bourdieu en El amor al arte, solamente se accedía cuando uno disponía de las credenciales culturales suficientes para hacerlo. Hoy, sin embargo, dotados de un dispositivo móvil, reunidos en torno a la mesa de un café, sentados en el banco de un parque, en un sofá, o en el respaldo del asiento de un tren en marcha, la biblioteca está con nosotros. La biblioteca es, hoy, ubicua,  “una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”, dice Bruno Latour en uno de los boletines de las Bibliotecas de Francia titulado Valorisation en production des savoirs en bibliothèque. Cuanto más se extienden, más centrales se vuelven: esa es la paradoja de la biblioteca contemporánea, que quizás ya no debería siquiera darse el mismo nombre, porque su misma ubicuidad, desprovista por tanto de los límites espaciales y arquitectónicos tradicionales, la convierten más bien en una esfera que abarca todo, que nos contiene allí donde nos encontremos, que nos engloba y nos envuelve.

Antes, las bibliotecas eran la culminación de un ecosistema particular, el del libro, ese paralelepípedo que encerraba y ordenaba un discurso sucesivo entre dos cubiertas y demandaba a autores y lectores que adoptaran ciertas convenciones expositivas, intelectuales y estéticas. La biblioteca ordenaba y clasificaba los libros con la voluntad no menos cierta y oculta de normalizar el mundo, de organizar nuestra experiencia y domeñar nuestra atribulada condición humana. Pero, ¿qué ocurre cuando la proliferación de los discursos, sus formatos y sus jerarquías explosionan y ya no caben en los anaqueles físicos de una biblioteca corriente? ¿Qué sucede cuando los nuevos usuarios, los jóvenes aborígenes digitales, persiguen argumentos deslavazados en mil formatos distintos  -videos, audios, textos en blogs, libros, webcams, redes sociales, etc.- que no respetan en absoluto la lógica cognitiva tradicional, el ordenamiento sereno del mundo que los libros proponían? Los libros, metafórica y realmente, unían, enlazaban, resumían y encuadernaban un conocimiento entre sus páginas y remitían mediante un aparato paratextual bien conocido (notas, bibliografías, etc.) a otras fuentes fundamentadoras; hoy todo eso ha saltado por los aires y la intertextualidad se ha convertido en un pandemonium de datos cuya imagen es difícil de discernir. ¿Quién nos guiará en ese nuevo datascape, el paisaje de datos que nos exigirá nuevas formas de escribir, leer y componer los fragmentos de información que vayamos encontrando? La nueva biblioteca, dice Latour, desata, desliga, lo que el libro había unido y desborda aquello que ésta había limitado.

Los bibliotecarios -si es que cabe seguir llamándolos así-, tienen una ardua tarea por delante: reinventar la síntesis que la explosión de los contenidos, los formatos y los documentos ya no permiten; educar en las nuevas competencias de lectura, escritura y composición de una arquitectura documental por completa distinta a la del libro; estabilizar determinadas versiones de conocimientos distribuidos en diferentes manifestaciones documentales vinculadas efímeramente por enlaces; enseñar a los demás a navegar por estos nuevos paisajes inexplorados de datos; reflexionar sobre lo que la autoridad significa en este nuevo entorno, intentando encontrar concreciones que permitan distinguirla. “La biblioteca”, dice Latour, “se convierte en algo todavía más importante que antes porque tiene que reinventar la síntesis que la explosión de los documentos ya no permite”.

Y, entonces, ¿cómo llamamos a ese sitio que antes llamábamos biblioteca y que ahora está en todas partes y tiene que encargarse de estabilizar un flujo incontrolable de datos interconectados y ayudarnos a dar forma a ese océano de información? “La máquina de la biblioteca”, afirma Latour, “se fusiona con la aulas y con los centros de investigación”, porque si cada uno de nosotros se ha convertido en su propio bibliotecario -capaz de buscar información, navegarla, elegirla, fragmentarla, reutilizarla, regenerarla, revertirla al flujo interminable de información-, no cabe distinguir claramente entre unos y otros espacios, que convergen y se fusionan, derribando sus muros. Los bibliotecarios, en todo caso, serán formateadores, sherpas de la información, guías de las nuevas formas de lectura, giroscopios capaces de estabilizar versiones fugaces y transitorias de la información.

Eso será, quizás, la biblioteca ubicua.

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Los adolescentes y la lectura (últimos datos)

Uno de los grandes asuntos que nos entretendrán los próximos años seguirá siendo, sin duda, el de la competencia lectora, asunto agrandado, agravado o multiplicado, si cabe, por el de la alfabetización digital, por el de la influencia de los medios y soportes digitales en los hábitos y prácticas de lectura tradicionales. Ayer mismo comenzó uno de los primeros congresos preocupados por un asunto que traerá mucha cola: Nuevas formas de lectura en la era digital, se titula, y en él intervendrán especialistas que intentarán dictaminar de qué manera influyen los nuevos soportes en la manera que leemos. Existen todavía, sin embargo, pocos estudios de campo que hayan sido capaces de establecer si el uso de las pantallas constituirá un complemento ineludible o, más bien, un obstáculo adicional. Algunos, como el Superbook en Inglaterra, no fue más allá, me atrevería a decir, que a constatar algunas certezas constatables sin necesidad de emprender ningún estudio: que los adolescentes son los más predispuestos a utilizar los soportes digitales y a sustituir la lectura en papel por la lectura en dispositivos electrónicos. Pero la pregunta que suele quedar sin responder es: ¿contribuye el ejercicio de la lectura en los nuevos soportes a una lectura más fluida y capaz de decodificar satisfactoriamente lo que se lee? ¿Contribuye la lectura en pantalla a mejorar la comprensión lectora en general y en las distintas áreas de conocimiento en particular? ¿Contribuye la lectura en un dispositivo dedicado a fomentar una lectura más crítica, una interpretación y evaluación de los contenidos más cabal? ¿Se han mejorado las capacidades de búsqueda, investigación y evaluación de los contenidos encontrados mediante el uso de los soportes electrónicos? ¿Se ha incrementado la motivación, las ganas de aprender a leer mejor y utilizar la lectura como un instrumento que les oriente en una sociedad sobreabundante en información? Las preguntas son tantas y las respuestas tan pocas, que todavía queda un largo trecho por recorrer.


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El teléfono móvil de Cristóbal Colón

En una biblioteca escolar de un colegio de Brooklyn, Nueva York, una bibliotecaria voluntariosa instó a los alumnos a que realizaran una investigación en la web buscando y seleccionando información sobre un acontecimiento histórico determinado, en este caso el descubrimiento de América y la figura de Cristóbal Colón, con la severa advertencia de que no copiaran íntegramente el contenido de las páginas que encontraran sin una lectura previa y sin una evaluación minuciosa. Solamente una de las alumnas, de once años, reparó en que parecía algo chocante que Cristóbal Colón hubiera intercambiado con los nativos, en señal de armonía y concordia, su teléfono móvil y su ordenador. Problemas de la falta de alfabetización digital y ausencia generalizada de competencia crítica lectora.

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