‘Código libre / Formatos’

La unión (digital) hace la fuerza

En la próxima Feria del Libro de Madrid -con un adelanto previo esta misma semana, en pase privado, para los miembros de CEGAL- se presentará la plataforma de distribución digital de tres grandes grupos editoriales. El proyecto se basa en la convicción de que la unión de los grandes, la suma de sus catálogos, su poder de atracción, sumará una cantidad de oferta digitalmente atractiva suficiente para augurar su éxito. Esto mismo es, seguramente, lo que pensaron hace algún tiempo nuestros vecinos franceses. El tiempo y la experiencia, sin embargo, les han hecho cambiar de opinión: en “Les trois plateformes de livres numériques proposent un catalogue commun” podemos comprobar, precisamente, cómo la lógica de la economía digital premia dos cosas aparentemente distintas: la agregación, la construcción de ventanas únicas sindicadas, la suma de catálogos de grandes, medianos y pequeños, el uso de estándares abiertos y lenguajes de intercambio de información; o, en el extremo contrario, el uso inteligente de las tecnologías de la comunicación y la relación social para construir pequeñas comunidades de afinidad temática, en el extremo inferior de la larga cola, que justifiquen el trabajo de un pequeño sello editorial.

La lógica de la economía digital, sin embargo, no recompensa la mera masa muscular incrementada fruto de la suma de los grandes. Al contrario, tal como demuestra el giro estratégico de nuestros vecinos galos hacia la creación de puntos únicos de acceso. Entre nosotros los ejemplos de gestión colectiva inteligente son escasos: el Kiosko digital de ARCE o Biblioandalucia son dos de ellos.

El entendimiento adecuado, también, de los modelos de negocio de la web y de las modalidades de distribución y lectura de los contenidos electrónicos tiene que ir -al menos, así lo pienso y considero yo-, hacia aplicaciones que nos aseguren la perdurabilidad de los contenidos que adquirimos, la intercambiabilida de los soportes en los que leemos, la propiedad cierta sobre lo que compramos y la posibilidad derivada de hacerlo circular y prestarlo, la lectura legible y gustosa de los textos que descargamos. La intrincada selva de las Apps de lectura es objeto de un artículo en el New York Times titulado “E-reader applications for today, and beyond“, que invita a los lectores a ser lentos y cautos en la instalación de aplicaciones para la lectura en sus dispositivos digitales y, en consecuencia, en la adquisición de contenidos y la compra de soportes. Si hubieran apostado, quizás, por lenguajes abiertos, intercambiables y perdurables, para evitar precisamente la volubilidad de las tecnologías y los dispositivos, quizás otro gallo digital les cantara.

La unión (digital), libre, consentida, abierta y colaborativa, hace la fuerza.

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De la pertinencia o impertinencia del DRM

Si hay algo que obsesione, quizás equivocada y excesivamente, a los editores, al menos a los editores españoles, es el asunto del DRM, es decir, del control informático sobre la descarga, copia y circulación del contenido que un usuario haya adquirido legítimamente. Contado de manera sencilla, el DRM sería una tecnología capaz de que un objeto digital se comporte como uno analógico, es decir, se trata de convertir algo naturalmente inacabable (como es un bien digital), en algo artificialmente escaso (como es un bien analógico). ¿Por qué habríamos de aplicar esta tecnología a un bien adquirido de manera legítima, del que el propietario podría querer hacer un uso semejante al de un bien analógico (prestarlo, guardarlo, consultarlo en un dispositivo distinto a aquel en el que se lo ha descargado, conservarlo con la seguridad de que podrá abrirlo de nuevo pasado cualquier plazo de tiempo)?

De la manera más ecuánime posible, siguiendo en esto a los juristas que más saben y no muestran partidismo alguno, el DRM trataría de evitar el daño que una distribución masiva y simultánea, contraria a la que podría realizarse con un bien analógico, pudiera ocasionar a los intereses legítimos de los autores. Y el acceso, en este caso, no es un derecho fundamental. En todo caso, la ley establece límites a la propiedad cuando se utilice de manera abusiva o contraria a los intereses generales, pero preservar los derechos que se deriven de la propiedad intelectual de una obra, no parece que pueda calificarse como tal.

Cory Doctorow “Digital Rights Management” (Lift06 EN) from Lift Conference on Vimeo.

Es cierto, sin embargo, que esa cortapisa puede suponer una lesión igualmente importante para el lector, para quien adquiere un libro en formato digital y no dispone de la liberta de hacer lo que le plazca con él, de construir su biblioteca o de legársela a quien la pretenda. Esta es el discurso que Cory Doctorow mantiene hace años. Las jornadas del TOC Frankfurt del año pasado cerraron, precisamente, con una encendida arenga por la eliminación de todo DRM (por ahí ando yo, medio dormido).

La cuestión, por tanto, de la pertinencia o impertinencia del DRM parece recaer, finalmente, de forma soberana, en aquellos que tengan que comercializar los contenidos digitales, intentando satisfacer salomónicamente a esos intereses (parece que) encontrados. Lo más interesante sucedido en los últimos días a este respecto, sin duda, es lo que la Börsenverein des Deutschen Buchhandels (la confederación de los libreros alemanes) ha decidido: que no aplicará bajo ningún concepto el DRM a ninguna de las obras que comercialicen.

Aviso, por tanto, para las plataformas nacionales que ya existen y para las que nos atosigarán en la próxima Feria del Libro. Y advertencia igualmente significativa, sin duda, para las autoridades del libro, que se empeñan en una defensa a veces cerril del DRM.

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Dos voces por los libros libres

Peter Brantley es uno de los profesionales más acreditados del mundo de la generación y difusión de contenidos digitales en la red, un paladín de la era digital vinculado a alguna de los proyectos más señalados de la era que vivimos: Archive.org, la memoria digital libre de la web, el acceso a todo el conocimiento generado digitalmente; la Open Book Alliance, o el clamor por una cultura digital de los libros libres; la IDPF y el Epub, o la lucha por el establecimiento y la difusión de un formato abierto y universal. Todo su trabajo gira, me atrevo a afirmar, en torno a dos concpetos básicos: openness y accesibility, apertura y accesibilidad. Eso le ha llevado a ser una de las pocas voces que censuran las iniciativas editoriales de Google por su afán monopolístico y propietario. Ese empeño hace que su opinión y su trabajo trascienda el mundo de los libros, de las editoriales, archivos y bibliotecas, para alcanzar a todo el ecosistema digital y su posible evolución.

Esta tarde, jueves 14 de abril, a las 17.00, en este mismo espacio, podréis disfrutar de la entrevista que le haremos en directo:


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¿Qué son las obras intelectuales libres?

Hoy hemos sabido por la prensa que quizás Rowling hubiera tomado alguna de las ideas que inspiraron a su mago adolescente de una obra preliminar. En principio, nada punible si no fuera porque ella se empeñó en perseguir judicialmente a todos los adolescentes que pretendieron generar obras derivadas a partir de una idea que ella misma tomó prestada. En realidad, ni la una ni los otros cometieron acto ilegal alguno, porque no cabe proteger las ideas, tan sólo su expresión formal particular. La fan fiction es una de los fenómenos más conocidos de la web: a partir de una obra cualquiera que haya aglutinado suficientes admiradores, se generan obras derivadas que toman como excusa un personaje, una situación, cualquiera de los elementos que la compongan, para desarrollar un argumento original de expresión personal. En sitios como The Leakey Cauldron, Fiction Alley o Virtual Hogwarts, pueden encontrarse multitud de ejemplos que representan lo que Henry Jenkins llamó la cultura convergente.



En realidad, internet es una plataforma que invita a la colaboración y a la creación cooperativa, poniendo de manifiesto una de las propiedades fundamentales de cualqueir obra, sea esta literaria, científica o profesional: que la invención pura no existe sino que procede, siempre, de uno o varios precedentes relevantes. Así, una obra literaria, como decía Borges, no es más que un cruce de caminos y su sentido último no es de quien se reclama autor, sino de quien la necesite y la utilice. Y otro tanto cabría decir del resto de las creaciones, sean estas de la naturaleza que sean. Esta posibilidad de desarrollar obras participativas, que siempre existió, se ve ahora aumentada y multiplicada por la naturaleza colaborativa de la red, y se ve respaldada por el uso cabal de la ley de propiedad intelectual, que siempre ofertó, por otra parte, la posibilidad de aventar el resultado de los trabajos de cualquier autor si así lo deseaba.

La web desarrolla como lenguaje propio el de la remezcla, el del uso de materiales predentes de manera abierta y franca, como fundamento sobre el que construir nuevas narraciones, nuevos objetos, nuevos productos. Como muchas veces ha contado Lawrence Lessig, Walt Disney no sería el mismo si no hubiera construído sus primeras obras sobre las cenizas de los hermanos Grimm. Y esta posibilidad no se ciñe a la de la creación artística, sino que puede abarcar cualquier otra dimensión que implique intercambio de ideas, de propósitos y de proyectos: de hecho, algunos de los más innovadores e interesantes proyectos que discurren por la web son los que se dedican al intercambio de capital intelectual, los que permutan ideas aplazando su recompensa económica hasta que ese beneficio llegue: Ideas4all o Worthidea, son algunos de los casos más relevantes.

Eso no quiere decir o no implica, obligatoriamente, como adujera Jason Epstein en la conferencia de clausura del (por ahora) último TOC New York, que el creador solitario y la obra individual desaparezcan. Yo tampoco  lo creo, ni lo deseo. Son dos formas distintas y complementarias de alcanzar objetivos similares.

De estas y otras muchas cosas similares se hablará en el TOLr3: taller sobre obras libres r3, el próximo martes 23 de febrero, en la EOI de Madrid, a partir de las 15.30 de la tarde, bajo la batuta de Jesús M. González Barahona y otros destacados representantes de la cultura libre.

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La gran transformación editorial

Karl Polanyi, el gran antropólogo de la economía, escribió La gran transformación para explicar el cambio radical que supuso para occidente la mudanza de un modelo productivo feudal a un modelo productivo capitalista. Edgar Morin, uno de los grandes sociólogos franceses de finales del siglo XX y de la primera década del que llevamos vivido, dice en “Elogio de la metamorfosis“, un artículo publicado ayer en la prensa nacional: “la orientación crecimiento-decrecimiento significa que hay que potenciar los servicios, las energías verdes, los transportes públicos, la economía plural -y por tanto la economía social y solidaria-, las disposiciones para la humanización de las megalópolis, las agriculturas y ganaderías biológicas, y reducir los excesos consumistas, la comida industrializada, la producción de objetos desechables y no reparables, el tráfico de automóviles y de camiones en beneficio del ferrocarril”. Asistimos, por tanto, a la transformación de la transformación, al eclipse de un sistema por colapso e ineficiencia, tan lejos de las fulleras predicciones de Fukuyama y los guardianes de un sistema que se quería y pretendía eterno.


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Inscribir, comunicar, borrar: cultura escrita y ciencia en el siglo XXI

Tomo parcialmente prestado el título de la entrada de hoy del imprescindible libro de Roger Chartier Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura, de la no menos imprescindible Katz Editores. En su introducción, cito con holgura, dice Chartier: “el escrito tuvo la misión de conjurar la ansiedad de la pérdida. En un mundo donde las escrituras podían ser borradas, donde los libros estaban siempre amenazados por la destrucción, la tarea no era fácil”. La escritura y el libro inicialmente, por tanto, como registro estable de la memoria frente a las amenazas de disolución. Pero Chartier resalta la paradoja sucesiva: “su éxito no dejaba de crear otro peligro, el de un proliferación textual incontrolable, el de un discurso sin orden ni límites”. Hoy, gracias o por mediación de las tecnologías de anotación y comentario colectivo, regresamos a ese momento histórico en el que la estabilidad de lo escrito es desplazada por el dinamismo de la obra en curso.


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Flexbook o la próxima generación de libros de texto

Los libros de texto de código abierto no son otra cosa que libros colaborativos escritos y mejorados por muchas manos. Al contrario que los libros de texto tradicionales, encargados a uno o varios autores, inmodificables por definición, inmutables hasta la siguiente reedición, caros por cuanto su confección, corrección, edición, producción y distribución requerían de verdaderos ejércitos de profesionales, los libros de texto de código abierto son obras en evolución constante, modificables y editables a voluntad, baratos por cuanto no comportan producción industrial alguna, sencillamente distribuibles mediante descarga electrónica. Los flexbooks, que así se llaman esta clase de obras educativas generadas cooperativamente, amenazan con hacer desaparecer, definitivamente, al libro de texto tradicional, acantonado, quizás, en sus últimos y aparentes éxitos comerciales.


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Copyleft es copyright

Entre los muchos debates que están teniendo lugar estos días en el curso El libro electrónico: un universo de bits, en la Universidad de La Rioja, se ha suscitado, como no podría ser de otra manera, el de la propiedad intelectual, el del papel de las nuevas licencias y el de los peligros de uso supuestamente fraudulento y no autorizado de los contenidos. En la Feria del libro de Madrid, no hace mucho tiempo, discutimos sobre este mismo asunto, que es una preocupación generalizada, y quedó registrado en un video que recojo y muestro ahora. La Ley de Propiedad Intelectual debe ser la referencia que nos ampare y todo está contenido en ella, desde el copyright, el derecho exclusivo a copia, al copyleft, que no sería otra cosa que la renuncia patrimonial de un autor a los contenidos que hubiera creado, supuesto que puede rastrearse en el punto 2 de la ley. Entre medias, entre el derecho legítimo a percibir una compensción económica por las copias realizadas y la posible renuncia a ese patrimonio intelectual, están todas las licencias Creative Commons o similares, que no son sino el recurso legal para graduar la disponibilidad de los contenidos de acuerdo con la voluntad del autor.

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Manifiesto por unas humanidades digitales

El departamento de Digital Humanities & Media Studies de la Universidad de California (UCLA) ha lanzado a la red A Digital Humanities Manifesto, un manifiesto por unas nuevas humanidades cuya forma de concebir, generar, distribuir y utilizar el conocimiento no sea ya, únicamente, la de la cultura impresa, sino la de una hibridación de medios donde lo impreso quede absorbido en una amalgama digital de modos de comunicación, de nuevas modalidades de discurso académico y de circulación del saber que exceden los estrechos canales que el papel imponía.


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Karl Kraus, el irreprimible

Leo la entrevista que el periódico austriaco Der Standard hace a Robert Silvers, el editor en jefe de una de las referencias mundiales del mundo de la crítica, los libros y la edición, The New York Review of Books. A Silvers, veteranísimo profesional, no lo cabe la menor duda: estamos ante el final de una época, ante el colapso definitivo de la galaxia Gutenberg. Leeremos en pantallas y la web nos facilitará el acceso -como en el caso del propio archivo digitalizado del New York Review of Books- a centenares de miles de páginas. Quizás no leamos  propiamente hablando, sino que surfearemos o seguiremos grácilmente la fuerza de las olas que nos arrastren en la red. En todo caso, la web se erige en el canal por antonomasia para la creación, difusión y uso de los contenidos escritos, aun cuando la competencia de los discursos -entre los antiguos profesionales y la proliferación de nuevas voces amateurs-, sea un asunto irresoluble en el nuevo entorno.


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