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Diderot, el conocimiento y la propiedad intelectual

“Entre las diferentes causas que han concurrido a librarnos de la barbarie, no se puede obviar la invención de la imprenta”, escribía Denis Diderot en el siglo XVIII. “Desanimar, abatir, envilecer este arte es actuar a favor del retraso, es aliarse con la multitud de enemigos del conocimento humano…”.

Probemos a cambiar una sola palabra: imprenta, para actualizar el discurso del renovado Diderot.

“Entre las diferentes causas que han concurrido a librarnos de la barbarie, no se puede obviar la invención de Internet”, escribiría Denis Diderot en el siglo XXI. “Desanimar, abatir, envilecer este arte es actuar a favor del retraso, es aliarse con la multitud de enemigos del conocimento humano…”.

No soy partidario de las descargas sin control en contra de la voluntad de sus autores que, de manera legítima, pueden desear una compensación económica justa por el fruto de su trabajo. No soy partidario de que algunas páginas web se lucren indirectamente mediante el tráfico que generan y redirigen hacia contenidos ilegalmente incorporados a la web.

No soy partidario, tampoco y correlativamente, de la prolongación innecesaria del derecho a la propiedad instigada por Lobbys interesados; de las prácticas abusivas de algunas sociedades de gestión de derechos y de la manipulación risible de las cifras que aluden a la proporción de la piratería.

Soy partidario, en contra de los enemigos del conocimiento humano, de propiciar una pedagogía integral de la propiedad intelectual que permita comprender a los autores que la liberación de los contenidos que producen -sobre todo en determinados ámbitos, como el científico-, puede producir beneficios colectivos incalculables. Y soy partidario de usar internet con ese propósito, para librarnos de la barbarie.

Hoy, Día Mundial de la Propiedad Intelectual, Diderot nos asiste.

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Dare aude!

Seguramente uno debería pagar porque le dejen escribir un blog aunque solamente fuera por el dinero ahorrado en psicoanálisis y tranquilizantes. Tener la oportunidad de verter con regularidad juicios y opiniones y de conducir y regular la creatividad a través de un espacio público, es un buen sustituto de los divanes y de los analgésicos, que se lo digan si no a la mayoría de los ecritores (algunos los compaginan, incluso, lo sé de buena tinta). Así empecé yo hace algo más de cinco años ahora a escribir este blog, con la energía de un toro desbocado, de un flujo de escritura desmedido que llevó a alguna de mis lectoras más insignes a reconvenirme amablemente por ese descomedimiento incontrolado.

Con el paso del tiempo y de las muchas letras la cosa comenzó a tornarse en algo más que un deshaogo ocasional: se convirtió en una cartografía de mis indagaciones y lecturas; en una bitácora de mis intereses y de mi propio proceso de aprendizaje; en una declaración pública de certezas e incertidumbres; en una exploración llevada a cabo en un laboratorio virtual que ofrece los datos en abierto; en una propuesta para compartir y para generar conocimiento participativo; en un espacio para mantener una discusión constructiva con cualquiera interesado por los temas que el blog aborda; en un ensayo de arquitectura participativa distinto al de los medios de comunicación habituales; en un lugar para que la industria del libro -ese objeto al que dediqué varios testimonios de adoración incondicional- tuviera el coraje de poner en común sus problemas y compartir sus posibles soluciones.

Un blog, en consecuencia, como una muñequita rusa, contenía muchas más cosas en su interior que su mera apariencia indefensa: en el fondo se trataba -me fui dando cuenta, con el paso del tiempo- de una forma diferente de pensar, de comunicar, de construir conocimiento, de reinventar la manera en que descubrimos las cosas en la era de la interconexión. Era, también, una forma de retar a los sitemas tradicionales de publicación, de canonización, de legitimación, de acreditación. No una manera de evitar la crítica o el contraste de criterios, muy al contrario, sino de abrirlos para horizontalizar y compartir de manera abierta ese proceso exploratorio sobre el que se basa cualquier indagación con ambiciones científicas.

Cinco años después, cerca de setencientas entradas más tarde, he tenido la suerte de recibir el Premio de Comunicación Científica Madri+d junto a otros dos compañeros. El respaldo se agradece, cómo no, pero en realidad este es un premio colectivo, de todos aquellos que se atreven a plantear una nueva de explorar, indagar, crear y compartir conocimiento mediante el uso de las herramientas digitales que todos tenemos a nuestra disposición, porque el conocimiento es cosa de todos, no de unos pocos. El reto más importante del siglo XXI es generar las condiciones de una verdadera sociedad del conocimiento, para lo que no hay otra solución que darnos los medios para compartirlo y cogenerarlo. Y claro: este premio es también para quienes lo conceden @madrimasd, para quienes lo promueven, porque sólo mediante el apoyo institucional decidido a esta clase de alternativas de cogeneración del saber, cabrá afrontar la construcción de esa sociedad del conocimiento con ciertas garantías de verosimilitud.

Antonio Lafuente, exbloguero convicto que tendrá que regresar alguna vez a esa lógica creativa, tuvo la amabilidad de prologar uno de los libros que publiqué hace un par de meses, El Potlatch digital. Lo título “Dare aude!”, un lema o una invocación a la manera de los clásicos, “atrévete a dar”, complementaria a la rúbrica del “atrévete a saber”, “Sapere aude”. Y de eso trata ni más ni menos un blog, me doy cuenta ahora, de atreverse a saber y de atraverse a dar.

Gracias a todos.

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Observaciones sobre la cultura libre

Mañana se entregarán en Barcelona los Oxcars i FCForum 2011, premios otorgados a distintas formas de cultura libre concebidos y gestionardos por X.net, la que fuera anteriormente conocida como XGAE, movimiento que promueve la libre circulación de los contenidos y el conocimiento mediante el uso de licencias que lo permitan.

Con ese motivo, quisiera hacer algunas observaciones, puntualizaciones y acotaciones sobre el significado y alcance de la cultura libre:

  1. Para que exista cultura libre es necesario que exista, de manera simultánea y cohexistente, cultura propietaria. La Ley de propiedad intelectual ampara esa convivencia en su Título primero, Artículo 2. Coyleft es copyright;
  2. La Ley de Propiedad intelectual no es, en consecuencia, perversa ni derogable. Protege ambas posturas y pone en manos del legítimo propietario la decisión sobre qué hacer con sus contenidos;
  3. Las licencias Creative Commons o ColorIuris son, precisamente, un ejercicio de madurez electiva: cada autor puede establecer el grado de accesibilidad sobre su obra y sus contenidos, yendo de la estricta protección sobre la copia y la reproducción hasta su completa liberación;
  4. Compartir abiertamente contenidos es una actividad extremadamente fructífera para investigadores, científicos y creadores. En sus diversos campos de desempeño profesional adquire todo el sentido que muestren lo que hacen a la comunidad de los pares que son, precisamente, quienes tienen que reconocer y sancionar la calidad de su trabajo. En otros ámbitos puede que carezca por completo de valor y de sentido mostrar o compartir de la misma forma, y debe ser el criterio del autor quien lo dirima y decida;
  5. En todo caso, es cierto que sobre esta prerrogativa se pueden construir grandes obras colectivas de conocimiento compartido ricas y útiles para la comunidad: no hace falta más que echar un ojo a la Wikipedia, la Public Library of Science o la Khan Academy;
  6. No parece razonable, en este sentido, extender sin más el manto de la protección jurídica del copyright sobre la legión de obras huérfanas no reclamadas ni, tampoco, extender indefinidamente el tiempo de vigencia de los derechos de la propiedad intelectual sin más argumento que el esgrimido por las industrias que viven de ellos. Liberar a su debido tiempo las cosas puede contribuir a la que la mezcla, el uso y la circulación, nos haga a todos algo más sabios y felices. A propósito: es absolutamente fraudulento patentar y registrar sustancias o principios naturales que sean parte del acervo cultural de pueblos indígenas; fundamentos biológicos del ser humano; protocolos de trabajo, secuenciación o investigacion que impidan el normal desenvolvimiento de trabajos similares;
  7. Libre no comporta, automáticamente, gratuito. El juego de palabras en inglés es más explícito: free is not free. De hecho, la sostenibilidad de los modelos de negocios basados, incialmente, en la gratuidad del acceso, derivan en actividades de colecta variada: conciertos, suscripciones, publicidad contextual, etc.
  8. Las descargas e intercambios masivos de contenidos que no hayan sido autorizados por sus propietarios son, simple y llanamente, ilícitas e ilegales. El intercambio analógico de un bien alcanzaba a unas pocas decenas de personas, de forma que la lesión sobre los intereses eventuales del propietario no era excesivamente grande; la distribución e intercambio de contenidos en las redes digitales, capaces de llegar a centenares de miles de personas, pueden comportar una lesión irreversible de sus intereses;
  9. No por eso, sin embargo, las redes P2P son censurables. En todo caso son inevitables. Propician el intercambio y la reciprocidad, de manera que el principio en el que están basadas no es ilegítimo. Convendría discutir, no obstante, sobre la conveniencia o no de establecer una tasa general de acceso a la web que sirviera como potencial compensación sobre los derechos eventualmente devengados en esas transacciones en red. Deberían ser las compañías telefónicas, seguramente, quienes se hicieran cargo de la factura;
  10. Las asociaciones o agencias que recaban, como engargo ministerial, los derechos sobre la propiedad inetlectual, no son instituciones automáticamente execrables. Ejercen una función igualmente legítima. Eso sí: debe exigírseles transparencia en la gestión, exhibición de los ficheros de socios representados, asunción de la carga de la prueba en caso de disentimiento legal, publicación de los algoritmos de reparto entre sus representados, presentación de sus cuentas anuales y el destino de sus inversiones. Y, sobre todo, un cotenido recato en su afán recaudatorio, más propio, como hemos tenido oportunidad de ver, de una institución que fagocita recursos para su supervivencia que como ejercicio de sus genuinas funciones.

Quizás, de esta manera, puntualizando, consigamos entender todos mejor qué es la cultura libre, qué pretende y solicita, y podamos, en consecuencia, contribuir en la manera que nos parezca oportuna a su crecimiento.

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El poder de lo abierto

Esta mañana he tenido la oportunidad de escuchar a Jo Ito, Director del MIT Media Lab, hablar de The Power of Open, el poder de lo abierto, esa publicación donde se recogen casos en los que el uso de las licencias Creative Commons han modificado la manera en que se crea, distribuye, usa y reutiliza el contenido creado. En la publicación pueden encontrarse ejemplos de sectores muy afines relacionados con el periodismo, la edición y la educación: Pratahm Books, una iniciativa sin ánimo de lucro que crea libros educativos que se distribuyen en India bajo licencias CC a partir de cuyos materiales se crean obras derivadas que las comunidades usan y asumen; la Public Library of Science (PLOS), ejemplo prototípico tantas veces mencionado que construye su modelo a partir de la evidencia de que el conocimiento y la ciencia se construyen, siempre, sobre las evidencias preliminares y gracias a los comentarios que la comunidad de los pares dispensa; el caso de Global Voices, periodismo ciudadano y amateur que alerta y resalta sucesos y acontecimientos que, de otra manera, podrían pasar desapercibidos o al albur de las dependencias de los grupos de comunicación; autores como Jim Kelly, que libera los contenidos de sus novelas de ciencia ficción a una comunidad de lectores y fans que decide pagar por ellas una vez que las ha leído; sitio de creación de historias colectivas, de literatura polifónica, como del de Ficly o, por terminar con otro ejemplo relevante y conocido, la Academia Khan, ese repositorio colectivo de contenidos educativos en abierto que está transformando, en buena medida, la forma en que entendemos la docencia y el aprendizaje.

Extraigo seis ideas fundamentales de la charla de Jo Ito (cada uno podrá sacar las suyas escuchándole), entre ellas la de que no tiene una respuesta clara a cuál será el tipo de modelo de negocio que pueda sustituir, al menos en parte, al de la industria tradicional de generación y distribución de contenidos:

1. la tecnología democratiza la creación y difusión de contenidos, abate las barreras de entrada, facilita la cooperación;
2. las nuevas licencias que regulan la disposición de los contenidos creados facilitan las transacciones entre posibles interesados, rebajan los costes de la innovación y reducen drásticamente el tiempo, el dinero y los recursos que son necesarios para hacerlo,
3. surgen, además (resurgen, me atrevería a decir, si uno cree en lo que ya se ha discutido en otro momento), otras formas de compensación y reconocimiento, otras recursos para valorar y atribuir la autoridad, distintas a las que se obtenían mediante el estricto uso del copyright;
4. la difusión prima en la mayoría de los modelos, y el momento del eventual pago se difiere, porque de lo que se trata es de pensar sobre cuál es el momento o el punto en el que el usuario percibe que existe un valor que merece un desembolso. Eso, claro, no es nada fácil y puede requerir un lugar distinto para cada caso;
5. el hecho de que la sobreabundancia de contenidos gratuitos en la red sea un hecho, hace más cierta la afirmación anterior: un usuario estará tanto más predispuesto a emplear parte de su tiempo y de sus recursos en algo cuanto más valor perciba en la propuesta;
6. todo lo anterior no comporta, en caso alguno, que se fuerce a nadie a renunciar a la propiedad de lo que crea sino a reflexionar, simplemente, sobre la conveniencia o no de emplear otra clase de recursos jurídicos que amplifiquen la voz del creador, muy claro en determinadas circunstancias (el conocimiento científico, por ejemplo), y menos plausible en otras.

La formulación de Jo Ito es deliberadamente rousseauniana y, dicho sea de paso, la de la mayoría de los que defienden que compartir es un impulso natural y lúdico. Pertenezco, más bien, al mundo de Elinor Ostrom, la investigadora norteamericana que lleva décadas de su vida investigando las razones que llevan a los colectivos humanos a cooperar, la manera en que se regulan y se dan principios y procedimientos para hacerlo, y los casos en que eso triunfa o fracasa. Sea como fuera, y para no adormercer más a mis improbables lectores en estas tardes de la canícula de julio, merece la pena pensar en lo que Jo Ito deja dicho y en la forma en que eso modificará (o no) la manera en que creamos, trabajamos, gestionamos, difundimos y compartimos lo que hacemos.

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De la pertinencia o impertinencia del DRM

Si hay algo que obsesione, quizás equivocada y excesivamente, a los editores, al menos a los editores españoles, es el asunto del DRM, es decir, del control informático sobre la descarga, copia y circulación del contenido que un usuario haya adquirido legítimamente. Contado de manera sencilla, el DRM sería una tecnología capaz de que un objeto digital se comporte como uno analógico, es decir, se trata de convertir algo naturalmente inacabable (como es un bien digital), en algo artificialmente escaso (como es un bien analógico). ¿Por qué habríamos de aplicar esta tecnología a un bien adquirido de manera legítima, del que el propietario podría querer hacer un uso semejante al de un bien analógico (prestarlo, guardarlo, consultarlo en un dispositivo distinto a aquel en el que se lo ha descargado, conservarlo con la seguridad de que podrá abrirlo de nuevo pasado cualquier plazo de tiempo)?

De la manera más ecuánime posible, siguiendo en esto a los juristas que más saben y no muestran partidismo alguno, el DRM trataría de evitar el daño que una distribución masiva y simultánea, contraria a la que podría realizarse con un bien analógico, pudiera ocasionar a los intereses legítimos de los autores. Y el acceso, en este caso, no es un derecho fundamental. En todo caso, la ley establece límites a la propiedad cuando se utilice de manera abusiva o contraria a los intereses generales, pero preservar los derechos que se deriven de la propiedad intelectual de una obra, no parece que pueda calificarse como tal.

Cory Doctorow “Digital Rights Management” (Lift06 EN) from Lift Conference on Vimeo.

Es cierto, sin embargo, que esa cortapisa puede suponer una lesión igualmente importante para el lector, para quien adquiere un libro en formato digital y no dispone de la liberta de hacer lo que le plazca con él, de construir su biblioteca o de legársela a quien la pretenda. Esta es el discurso que Cory Doctorow mantiene hace años. Las jornadas del TOC Frankfurt del año pasado cerraron, precisamente, con una encendida arenga por la eliminación de todo DRM (por ahí ando yo, medio dormido).

La cuestión, por tanto, de la pertinencia o impertinencia del DRM parece recaer, finalmente, de forma soberana, en aquellos que tengan que comercializar los contenidos digitales, intentando satisfacer salomónicamente a esos intereses (parece que) encontrados. Lo más interesante sucedido en los últimos días a este respecto, sin duda, es lo que la Börsenverein des Deutschen Buchhandels (la confederación de los libreros alemanes) ha decidido: que no aplicará bajo ningún concepto el DRM a ninguna de las obras que comercialicen.

Aviso, por tanto, para las plataformas nacionales que ya existen y para las que nos atosigarán en la próxima Feria del Libro. Y advertencia igualmente significativa, sin duda, para las autoridades del libro, que se empeñan en una defensa a veces cerril del DRM.

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Dos voces por los libros libres

Peter Brantley es uno de los profesionales más acreditados del mundo de la generación y difusión de contenidos digitales en la red, un paladín de la era digital vinculado a alguna de los proyectos más señalados de la era que vivimos: Archive.org, la memoria digital libre de la web, el acceso a todo el conocimiento generado digitalmente; la Open Book Alliance, o el clamor por una cultura digital de los libros libres; la IDPF y el Epub, o la lucha por el establecimiento y la difusión de un formato abierto y universal. Todo su trabajo gira, me atrevo a afirmar, en torno a dos concpetos básicos: openness y accesibility, apertura y accesibilidad. Eso le ha llevado a ser una de las pocas voces que censuran las iniciativas editoriales de Google por su afán monopolístico y propietario. Ese empeño hace que su opinión y su trabajo trascienda el mundo de los libros, de las editoriales, archivos y bibliotecas, para alcanzar a todo el ecosistema digital y su posible evolución.

Esta tarde, jueves 14 de abril, a las 17.00, en este mismo espacio, podréis disfrutar de la entrevista que le haremos en directo:


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Por una biblioteca diferente

Hoy ha comenzado en Madrid un seminario del que me gustaría haber podido hablar, pero me he quedado en la revisión del programa: “La digitalizacion del material cultural. Bibliotecas digitales y derechos de autor“, organizado por la Biblioteca Nacional con aforo estrictamente limitado, aborda asuntos claramente inaplazables: la puesta a disposición pública mediante su comunicación digital del patrimonio bibliográfico antes exclusivamente analógico; las licencias bajo las que esa circulación es posible o deseable, sobre todo en el caso de obras que se quieren sujetas a copyright; la aberración de las obras huérfanas, ese patrimonio inutilizado por falta de una solución legal satisfactoria; el papel, en fin, que le queda reservado a las bibliotecas en el siglo XXI.

Me atrevo a proponer, por seguir la forma canónica, un decálogo para la biblioteca que se está comenzando a construir, un decálogo de funciones que deberá observar y desarrollar consecuentemente si quiere encontrar un espacio propio  y distintivo en el ecosistema de la red. Brevemente:

  1. extender sus funciones tradicionales al ámbito digital: ensayar todas las formas de préstamo digital que las tecnologías permitan, incluidas las descargas a dispositivos dedicados o polivalentes, con o sin DRM, porque las bibliotecas serán, sobre todo, centros de comunicación e información social; abrir las colecciones a arañas y buscadores mediante el uso de protocolos abiertos;
  2. conservar, paradójicamente, sus funciones tradicionales: no olvidar, sin embargo, que las bibliotecas deben custodiar una forma de racionalidad histórica insustituible: la contenida en los soportes de lectura analógica sucesiva también llamados libros. Durante siglos, las biblotecas se dieron como cometido ordenar el sentido del mundo, intentarlo al menos, y ahora no es cuestión de tirar todo por la borda porque exista el etiquetado social;
  3. reconceptualizar la ubicación de los departamentos y unidades dedicados a la comunicación digital: es posible que las bibliotecas deban desaparecer como tales para pasar a formar parte de entidades de mayor envergaduras preocupadas por la estrategia de comunicación digital integral de la institución a que pertenezcan, sobre todo en las Universidades;
  4. abrir la biblioteca a cierto grado de cogestión y participación ciudadana: las redes sociales tienen valor, en todo caso, si además de comunicar el calendario de actividades y realizar algún tipo de encuesta informal cuya muestra carece de valor, derriba en alguna medida sus muros y la abre a formas controladas de cogestión ciudadana, como la clasificacion y valoración de sus contenidos y de su oferta;;
  5. encarnar el cambio en los espacios: si la biblioteca es un centro de comunicación e información, un lugar abierto a la participación, sus espacios deben reflejarlo; ensayar con la creación de nuevos “espacios” de acceso a la información;
  6. gestionar la complejidad derivada de la propiedad intelectual: copyright, pero también creative commons, o color iuris, o licencias de uso, licencias colectivas, licencias no exclusivas, etc., etc.
  7. desconfiar de los grandes intermediarios digitales. Google no es dios, aunque lo parezca, y sus servidores están en las nubes, tan inalcanzables como dios, por tanto. El patrimonio bibliográfico de la humanidad es cosa de todos. Hagamos algo por incorporarnos a la red mundial de bibliotecas: WorldCat está cerca; rechazar los formatos propietarios, todo lo que no cumpla los protocolos OAI-PMH;
  8. regresar a las preceptos fundamentales de la profesión de bibliotecario, ahondar en ellos hasta asumirlos completamente: las bibliotecas son el cimiento de las democracias modernas,el espacio por antonomasia de la libertad de pensamiento y expresión,el sitio en el que se accede a la información que nos habla de los demás, de los otros. Sin Bibliotecas no habría democracias, porque es donde se preservan las ideas dispares y de donde puede provenir una discusión con argumentos bien fundamentados.
  9. peregrinar a Alejandría para comprender plenamente una fama que proviene, en gran medida, de su afán por atesorar todo el conocimiento escrito de una época histórica. Cuando se acopia todo ese conocimiento dispar —proveniente, según dicen, de todos los barcos que recalaban en el Puerto de Alejandría, cualquiera fuera su procedencia—, existe el deseo previo: de conocer a los demás,de observar sus leyes y sus costumbres, de respetar su diferencia, quizás inclusode aprender de ellos algo que nuestra cultura no ha resuelto o no ha sabido solventar.
  10. emitir las reuniones importantes por streaming… sobre todo cuando no quedan entradas (basta una cámara de video, un teléfono móvil o un portatil con cámara incorporada y una conexión a un servidor gratuito de streaming, como Ustream).

Por una biblioteca diferente, este pequeño manifiesto.

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¿Qué son las obras intelectuales libres?

Hoy hemos sabido por la prensa que quizás Rowling hubiera tomado alguna de las ideas que inspiraron a su mago adolescente de una obra preliminar. En principio, nada punible si no fuera porque ella se empeñó en perseguir judicialmente a todos los adolescentes que pretendieron generar obras derivadas a partir de una idea que ella misma tomó prestada. En realidad, ni la una ni los otros cometieron acto ilegal alguno, porque no cabe proteger las ideas, tan sólo su expresión formal particular. La fan fiction es una de los fenómenos más conocidos de la web: a partir de una obra cualquiera que haya aglutinado suficientes admiradores, se generan obras derivadas que toman como excusa un personaje, una situación, cualquiera de los elementos que la compongan, para desarrollar un argumento original de expresión personal. En sitios como The Leakey Cauldron, Fiction Alley o Virtual Hogwarts, pueden encontrarse multitud de ejemplos que representan lo que Henry Jenkins llamó la cultura convergente.



En realidad, internet es una plataforma que invita a la colaboración y a la creación cooperativa, poniendo de manifiesto una de las propiedades fundamentales de cualqueir obra, sea esta literaria, científica o profesional: que la invención pura no existe sino que procede, siempre, de uno o varios precedentes relevantes. Así, una obra literaria, como decía Borges, no es más que un cruce de caminos y su sentido último no es de quien se reclama autor, sino de quien la necesite y la utilice. Y otro tanto cabría decir del resto de las creaciones, sean estas de la naturaleza que sean. Esta posibilidad de desarrollar obras participativas, que siempre existió, se ve ahora aumentada y multiplicada por la naturaleza colaborativa de la red, y se ve respaldada por el uso cabal de la ley de propiedad intelectual, que siempre ofertó, por otra parte, la posibilidad de aventar el resultado de los trabajos de cualquier autor si así lo deseaba.

La web desarrolla como lenguaje propio el de la remezcla, el del uso de materiales predentes de manera abierta y franca, como fundamento sobre el que construir nuevas narraciones, nuevos objetos, nuevos productos. Como muchas veces ha contado Lawrence Lessig, Walt Disney no sería el mismo si no hubiera construído sus primeras obras sobre las cenizas de los hermanos Grimm. Y esta posibilidad no se ciñe a la de la creación artística, sino que puede abarcar cualquier otra dimensión que implique intercambio de ideas, de propósitos y de proyectos: de hecho, algunos de los más innovadores e interesantes proyectos que discurren por la web son los que se dedican al intercambio de capital intelectual, los que permutan ideas aplazando su recompensa económica hasta que ese beneficio llegue: Ideas4all o Worthidea, son algunos de los casos más relevantes.

Eso no quiere decir o no implica, obligatoriamente, como adujera Jason Epstein en la conferencia de clausura del (por ahora) último TOC New York, que el creador solitario y la obra individual desaparezcan. Yo tampoco  lo creo, ni lo deseo. Son dos formas distintas y complementarias de alcanzar objetivos similares.

De estas y otras muchas cosas similares se hablará en el TOLr3: taller sobre obras libres r3, el próximo martes 23 de febrero, en la EOI de Madrid, a partir de las 15.30 de la tarde, bajo la batuta de Jesús M. González Barahona y otros destacados representantes de la cultura libre.

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La parábola de Pocoyo y la propiedad intelectual

Quien haya seguido en los últimos días la polémica escrita entre Rodríguez Ibarra, Víctor Manuel y Muñoz Molina a propósito de la propiedad intelectual, entenderá que la discusión se encuentra atorada en un punto que requiere un poco de ecuanimidad y distancia. Imparcialidad y desapego que proporcionan, por una parte, la lectura de la Ley de Propiedad Intelectual, y la comprensión de la economía de la red, por otra. Me propongo, ni más ni menos, que terciar sin que me llamen en una polémica espuria y artera, sin satisfacer a unos y a otros, me temo.


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Neocolonialismo editorial y la república mundial (digital) de las letras

Jorge Volpi, en su último libro premiado, El insomnio de Bolivar, dedica ciertas consideraciones a la desigualdad en la balanza comercial editorial entre Iberoamérica y España o, lo que quizás sea más grave e intolerable aún, a una forma poco larvada de neocolonialismo cultural que consiste en que todo el campo literario iberoamericano gravita en torno a los polos de la industria editorial española, a Madrid y Barcelona. Para que un escritor latinoamericano triunfe, debe aspirar, firmemente, a ser editado por un sello español, a escapar de la consoladora jaula de las evidencias más cercanas y los halagos más provincianos.


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