‘Crítica literaria’

Textualidades digitales y vigencia de la lectura

Hay algunas evidencias incontrovertibles: que la nueva textulidad digital es un lenguaje que traerá consigo nuevas formas de expresión y dará a la luz sus frutos más o menos maduros en algunos años, como no se cansa de contarnos Laura Borrás; que surgirán nuevos artistas capaces de utilizar sus capacidades expresivas de manera enteramente novedosa; que el formato tradicional de la página es tan arbitrario como el de la tablilla de cera o el de la pared de una pirámide o un zigurat y que, siendo eso así, el límite de la página caracerá de sentido en un tipo de creación artística hipertextual y transmedia, que las denominaciones tradicionales, en consecuencia, serán inaplicables al nuevo contexto creativo, que la crítica filológica podrá y deberá ejercerse de manera completamente diferente gracias a las herramientas digitales que facilitan el comentario y la glosa y que el público no será exactamente ni lector ni espectador, sino una mezcla propiciada por el giro visual anunciado por Fernando Rodríguez de la Flor.

Bien, todo eso parece indiscutible, pero el libro de Vicente Luis Mora, El lectoespectador, que a mi juicio podría resumirse en lo que antecede, es un amasijo de citas, autoreferencias y neologismos no demasiado afortunados que entorpecen la visión y comprensión de lo esencial. El ejercicio conceptual es legítimo y pertinente, qué duda cabe, pero su plasmación resulta en un exceso bibliográfico indigerible. Pienso en esto todo lo contrario que Carlos Scolari.

El Elogio del texto digital, de José Manuel Lucía es, por el contrario, un mesurado y equilibrado ejercicio de análisis de las modalidades históricas y contemporáneas del texto y sus avatares. Lo que nos traemos hoy entre manos, nos convence Lucía, no es tanto la variabilidad y obsolesencia de los soportes digitales como el surgimiento de una nueva textualidad, la digital, qe pone en evidencia, por una parte, la arbitrariedad de los límites de las textulidades tradicionales ligadas al libro en papel y, por otra, las infinitas posibilidades que se abren para correlacionar e interconectar los múltiples fragmentos de conocimiento que la humanidad ha ido generando a lo largo de la historia. Estamos en condiciones, entiendo en el texto de Lucía, de comenzar a pensar en plataformas de conocimiento que excedan los límites tradicionales de los volúmenes en papel promoviendo la interconexión transmedial de esa constelación de contenidos de la que disponemos. Ni la creación, ni la lectura, ni el estudio ni la crítica serán como fueron, pero eso no incomoda al autor, al contrario: le hace concebir un futuro próspero y esperanzados a imagen y semejanza del que anticipó Vannevar Bush. “El texto digital”, dice Lucía, “con sus capas de información, permitirá que avancemos en la construcción de nuevos modelos textuales. No cabe la menor duda. Pero el camino del futuro no es sólo tecnológico, sino que también incluye ser capaces de crear nuevos modelos de difusión y de relación de la información en los medios digitales, aprovechando sus ventajas antes que imitando los modelos analógicos”.

Solamente soy capaz de poner un reparo a una de sus conclusiones: ¿dejará ese camino a seguir hacia el futuro “obsoletos a los modelos textuales tradicionales” o pervivirá un espacio propio donde pueda seguir cultivándose el lenguaje tal como lo hemos venido haciendo hasta hoy, tal como lo hemos venido leyendo hasta hoy?

La respuesta, o al menos parte de ella, puede quizás encontrarse en un libro singular: Darse a la lectura, de Angel Gabilondo, una fenomenología de la práctica lectora con todas las virtudes y defectos de ese método filosófico: defectos, por que en toda descripción fenomenológica tienden a esencializarse rasgos de la práctica lectora que no son universalizables sino que suelen corresponder a las propiedades y características de un grupo específico de lectores que proyecta sus caulidades y propiedades sobre esa práctica; grandes virtudes porque pone al descubierto alguna de las profundas invariantes de la naturaleza de la lectura: que “aprender a leer y ejercitar ese saber es una forma extraordinaria de liberación”, la forma más aquilatada que conocemos para articular y vertebrar nuestras palabras y, por tanto, nuestra personalidad; la manera más aguda y penetrante que conocemos para acceder a otra modalidad de existencia, para recrearnos, para separnos de nuestras evidencias más cercanas y mundanas y darnos la oportunidad de ser otros.

“Leer es en esta medida imprescindible para pensar más, para pensar mejor, de otro modo”, y siendo esto así, quizás las textualidades tradicionales y los límites a los que se sujetan, no sean tran arbitrarias, ni tan caducas, ni tan obsolescentes.

Démonos a la lectura, y experimentos con las nuevas textualidades digitales.

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La escritura es una cosa bien extraña

Claude Levi-Strauss ya no está entre nosotros. En mi particular hitparade de la antropología del siglo XX Levi-Strauss ocupa junto a sus maestros, Emile Durkheim y Marcel Mauss, la posición más eminente, sin olvidar, claro, a la cúspide que terminó de coronar cien años de ciencia social: Pierre Bourdieu. Solamente me dejo fuera de ese repertorio afrancesado la figura monumental de Max Weber. Todo lo demás han sido puras imitaciones, devaluados remedos o, en el mejor de los casos, perspicaces extensiones. No pretendo glosar la obra completa de Levi-Strauss sino recordar ahora, simplemente, aquellas páginas que dedicó en Tristes Trópicos -el relato de su trabajo de campo iniciático entre los nambiquara brasileños- a la Lección de escritura, a la reflexión sobre el papel de lo escrito en la cultura humana.


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¿Para qué sirve la literatura en la era digital?

A estas horas, cuando escribo hoy, Roger Chartier estará hablando en el foro organizado por los editores catalanes, el Foro Atlántida. El título al que obedecen todas las entrevistas es el de “La contribución de la edición en la configuración de la cultura occidental”, una reivindicación muy apropiada en tiempos de desintermediación digital y de redefinición de la condición y esencia del editor. Un poco más tarde intervendrá Antoine Compagnon, el autor de ¿Para qué sirve la literatura?, esa pregunta se hace más acuciante ahora que las tecnologías digitales inventan nuevos lenguajes de expresión. Editores y literatura cuestionados; editores y literatura quizás rescatados.


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Con la mente en Blanca

La semana pasada paseaban por la Noche en blanco de Madrid decenas de miles de personas en busca de espectáculo y distracción. Una vez al año un poco de cultura no hace daño. A partir del próximo lunes se celebrará en Blanca, Murcia, una semana completa dedicada a la edición y la literatura independientes, un encuentro, en suma, triplemente periférico: editores independientes, escogidos por su gusto y su factura, por su criterio estético y su fortaleza intelectual; autores escasamente afamados, interesantes por sus propuestas marginales, limítrofes; un pueblo de Murcia, de difícil localización, tan bello como desconocido. Ahora que el Hay Festival de Segovia, que se celebra este fin de semana, ha importado la fórmula de éxito del homónimo y seminal Hay on Wie, en Gales, Con la mente en Blanca está llamado a convertirse en un renovado conciliábulo de adoradores de las palabras.

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Lectura y creación literaria ante la sociedad en red

Sigo en Lima y hoy vamos a hablar de la génesis histórica de la noción del autor, de la génesis histórica del campo literario y de los debates históricos acerca de la propiedad de las obras. También, claro, hablaremos de las nuevas modalidades de autoría, de la hiperficción, de las narraciones digitales colaborativas, del debate en torno a la desaparición o no de un género históricamente datable -como es el de la novela- y de la experimientación de nuevos lenguajes que se valen de las propiedades del hipertexto para proponer formas de creación y lectura alternativas que se postulan como el que género que renovará a la caduca novela. Esa brusca contraposición entre obra y texto me recuerda que dentro de poco más de una semana debatiremos en la Feria del Libro de Sevilla precisamente en torno al mismo problema: lectura y creación literaria ante la sociedad en red, y que los senderos, aunque aparentemente se bifurquen, acaban coincidiendo.

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Lessig y yo (modestamente)

Hoy día 29 de octubre, a las 18.30 hora local (California), Lawrence Lessig presentará en una fiesta a la que todos estamos invitados su nuevo libro, Remix: making art and commerce thrive in the hybrid economy, la última y contovertida obra del creador de las licencias Creative Commons, impulsor de la cultura libre y de la reconsideración del alcance excesivo y partidista del copyright. Yo, modestamente, sin fiesta en California (a no ser que mi editor quiera estirarse y nos vayamos todos a Venice Beach), para celebrar el cumpleaños de este blog, lanzo Edición 2.0. Sócrates en el hiperespacio, donde se recogen las últimas doscientas entradas publicadas en este espacio, corregidas y reagrupadas temáticamente, con una amplia introducción que trata de explicar el alcance del subtítulo y el hilo conductor de las entradas, con un prólogo de lujo a cargo de Manuel Rodríguez Rivero y un aparato de consulta revisado y aumentado al final del libro.


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¿De quién es el sentido? ¿Quién es el autor?

Me han preguntado en muchas ocasiones, sobre todo últimamente, cuál es el futuro de la creación literaria, cuál el futuro de los soportes, si es que eso puede conjugarse en singular. Esa pregunta no tiene una fácil respuesta, o al menos no una respuesta simplificada, que es la que suelen demandar quienes están obligados a convertir en un mero titular lo que suele necesitar de un desarrollo argumental más extenso. Borges -santo laico al que siempre se recurre- decía: “la literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de queun solo libro no lo es. El libro no es un ente incomunicado: es una relación, un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída”.


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El espectáculo de la escritura

Más que de espectáculo, quizás, debería hablar de espectacularización de la escritura, más que de exhibición de exhibicionismo, aunque en realidad todo sea una conjetura incontrastable. En el ejercicio semanal que la editorial Penguin lleva a cabo en el sitio de narrativa experimental We tell stories, le toca ahora el turno a la escritura en directo, a la revelación pública del proceso -hasta ahora íntimo y replegado sobre sí mismo- creativo.

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Juegos florales y justas poéticas

Llega la primavera y con ella los juegos florales y las justas poéticas, ecos de disputas escolares de otros tiempos que, sin embargo, forman parte de la lógica del campo editorial y de la dinámica de su funcionamiento, de su renacimiento y reverdecimiento continuo, de su languidecimiento y debilitación permanente. Ahora -llevábamos algún tiempo sin sacudidas más o menos vehementes de las certezas, puntos de vista y posiciones ocupadas en el campo editorial- le toca el turno a la poética Nocilla, a ese nuevo canon que representan Agustín Fernández Mallo, como narrador, y Vicente Verdú, como oficiante laico, poética que reclama la fragmentariedad de la experiencia, la inconclusión de los argumentos, el deshilachamiento de las argumentaciones, la fascinación por las convulsiones truncadas y éfimeras de la publicidad, el rechazo efusivo de la narrativa basada en los argumentos, en su pretensión decimonónica de suplantar a la realidad y dotarle de sentido. ¿Quién ganará estos nuevos juegos florales?


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El descrédito de la crítica y la desaparición de los suplementos literarios

En Estados Unidos muchos suplementos literarios -en Chicago, San Diego, Los Angeles, Atlanta, Dallas, Raleigh, Orlando, Cleveland, etc.- de algunos de sus principales periódicos -Los Angeles Times, The Atlanta Journal-Constitution, The San Francisco Chronicle, etc.- han desaparecido o han adelgazado hasta incorporarse a secciones dominicales menos voluminosas y, como consecuencia directa, algunos de sus críticos ha perdido el empleo, o está en trance de perderlo, aun cuando el National Book Critics Circle haya intentado recabar firmas de algunos de los principales escritores norteamericanos para contrarrestar el efecto insidioso de la web. ¿Es esta progresiva desafección hacia la crítica literaria profesional fruto de su envaramiento académico, del impacto de los blogs, de la falta, simplemente de lectores interesados, de la disminución de los ingresos por publicidad? Probablemente, la suma de todos ellos.

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