‘Derechos de autor’

Acertijo para el fin de semana

Si hemos de creer a sabios como José Antonio Cordón, “la cantidad de información disponible en un momento dado, independientemente de que se use o no, su facilidad de consulta, la promoción de que es objeto, constituyen un magnífico barómetro de la actidud en favor de las libertades y de la participación crítica de la ciudadanía en los mecanismos de poder”. Y prosigue: “la existencia de las bibliografías nacionales y el depósito legal hay que contemplarlas en ese contexto, en el del esfuerzo de toda sociedad por mantener unas señas de identidad verificables y transmisibles en el tiempo, por preservar una memoria que, como diría el filósofo Lledó, va trazando el surco del tiempo”.

En El registro de la memoria: el depósito legal y las bibliografías nacionales, podemos aprender mucho sobre lo que la preservación y conservación de la sabiduría, el arte y el conocimiento condensado en los libros de papel ha supuesto para la memoria de la especie y la conciencia cívica en los últimos tres siglos.

En las  jornadas sobre bibliotecas que celebramos en el Instituto Cervantes, una profesional de nuestra biblioteca nacional mencionó un hecho que pasa generalmente inadvertido: en la nueva ley de Depósito Legal que fue aprobada y se publicó en el BOE del 30 de julio de 2011 y entrará en vigor el 30 de enero de 2012 (salvo el depósito de las publicaciones electrónicas que quedará pendiente del desarrollo de un reglamento por Real Decreto), ¿qué sucederá dentro de 50 o 100 años cuando las siguientes generaciones pretendan acceder a contenidos digitales que fueron despositados en formatos propietarios, sin metadatos de ninguna clase que permitan desentrañar su origen ni referencias al algoritmo que nos permitiría acceder al código original? ¿Qué sucede cuando no se alude por ningún sitio a que los editores deben proporcionar formatos abiertos y compatibles, interoperables, dotados de metadatos en condiciones (METS, Dublin Core, lo que sea) que los hagan transparentes, accesibles, consultables? ¿Qué sucederá cuando no se alude en ninguna parte a que los grandes operadores que empiezan por A y por G tengan la obligación de desaherrojar los contenidos que publican en sus soportes propietarios?

Lo aparentemente técnico trasciende su condición para convertirse en un problema de memoría histórica y cultural, esto es, en un problema cívico y político. Acertijo del fin de semana: ¿alguna administración o colectivo profesional se atreverá a poner el cascabel en favor de las libertades al poderoso gato?

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El poder de lo abierto

Esta mañana he tenido la oportunidad de escuchar a Jo Ito, Director del MIT Media Lab, hablar de The Power of Open, el poder de lo abierto, esa publicación donde se recogen casos en los que el uso de las licencias Creative Commons han modificado la manera en que se crea, distribuye, usa y reutiliza el contenido creado. En la publicación pueden encontrarse ejemplos de sectores muy afines relacionados con el periodismo, la edición y la educación: Pratahm Books, una iniciativa sin ánimo de lucro que crea libros educativos que se distribuyen en India bajo licencias CC a partir de cuyos materiales se crean obras derivadas que las comunidades usan y asumen; la Public Library of Science (PLOS), ejemplo prototípico tantas veces mencionado que construye su modelo a partir de la evidencia de que el conocimiento y la ciencia se construyen, siempre, sobre las evidencias preliminares y gracias a los comentarios que la comunidad de los pares dispensa; el caso de Global Voices, periodismo ciudadano y amateur que alerta y resalta sucesos y acontecimientos que, de otra manera, podrían pasar desapercibidos o al albur de las dependencias de los grupos de comunicación; autores como Jim Kelly, que libera los contenidos de sus novelas de ciencia ficción a una comunidad de lectores y fans que decide pagar por ellas una vez que las ha leído; sitio de creación de historias colectivas, de literatura polifónica, como del de Ficly o, por terminar con otro ejemplo relevante y conocido, la Academia Khan, ese repositorio colectivo de contenidos educativos en abierto que está transformando, en buena medida, la forma en que entendemos la docencia y el aprendizaje.

Extraigo seis ideas fundamentales de la charla de Jo Ito (cada uno podrá sacar las suyas escuchándole), entre ellas la de que no tiene una respuesta clara a cuál será el tipo de modelo de negocio que pueda sustituir, al menos en parte, al de la industria tradicional de generación y distribución de contenidos:

1. la tecnología democratiza la creación y difusión de contenidos, abate las barreras de entrada, facilita la cooperación;
2. las nuevas licencias que regulan la disposición de los contenidos creados facilitan las transacciones entre posibles interesados, rebajan los costes de la innovación y reducen drásticamente el tiempo, el dinero y los recursos que son necesarios para hacerlo,
3. surgen, además (resurgen, me atrevería a decir, si uno cree en lo que ya se ha discutido en otro momento), otras formas de compensación y reconocimiento, otras recursos para valorar y atribuir la autoridad, distintas a las que se obtenían mediante el estricto uso del copyright;
4. la difusión prima en la mayoría de los modelos, y el momento del eventual pago se difiere, porque de lo que se trata es de pensar sobre cuál es el momento o el punto en el que el usuario percibe que existe un valor que merece un desembolso. Eso, claro, no es nada fácil y puede requerir un lugar distinto para cada caso;
5. el hecho de que la sobreabundancia de contenidos gratuitos en la red sea un hecho, hace más cierta la afirmación anterior: un usuario estará tanto más predispuesto a emplear parte de su tiempo y de sus recursos en algo cuanto más valor perciba en la propuesta;
6. todo lo anterior no comporta, en caso alguno, que se fuerce a nadie a renunciar a la propiedad de lo que crea sino a reflexionar, simplemente, sobre la conveniencia o no de emplear otra clase de recursos jurídicos que amplifiquen la voz del creador, muy claro en determinadas circunstancias (el conocimiento científico, por ejemplo), y menos plausible en otras.

La formulación de Jo Ito es deliberadamente rousseauniana y, dicho sea de paso, la de la mayoría de los que defienden que compartir es un impulso natural y lúdico. Pertenezco, más bien, al mundo de Elinor Ostrom, la investigadora norteamericana que lleva décadas de su vida investigando las razones que llevan a los colectivos humanos a cooperar, la manera en que se regulan y se dan principios y procedimientos para hacerlo, y los casos en que eso triunfa o fracasa. Sea como fuera, y para no adormercer más a mis improbables lectores en estas tardes de la canícula de julio, merece la pena pensar en lo que Jo Ito deja dicho y en la forma en que eso modificará (o no) la manera en que creamos, trabajamos, gestionamos, difundimos y compartimos lo que hacemos.

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Dos voces por los libros libres

Peter Brantley es uno de los profesionales más acreditados del mundo de la generación y difusión de contenidos digitales en la red, un paladín de la era digital vinculado a alguna de los proyectos más señalados de la era que vivimos: Archive.org, la memoria digital libre de la web, el acceso a todo el conocimiento generado digitalmente; la Open Book Alliance, o el clamor por una cultura digital de los libros libres; la IDPF y el Epub, o la lucha por el establecimiento y la difusión de un formato abierto y universal. Todo su trabajo gira, me atrevo a afirmar, en torno a dos concpetos básicos: openness y accesibility, apertura y accesibilidad. Eso le ha llevado a ser una de las pocas voces que censuran las iniciativas editoriales de Google por su afán monopolístico y propietario. Ese empeño hace que su opinión y su trabajo trascienda el mundo de los libros, de las editoriales, archivos y bibliotecas, para alcanzar a todo el ecosistema digital y su posible evolución.

Esta tarde, jueves 14 de abril, a las 17.00, en este mismo espacio, podréis disfrutar de la entrevista que le haremos en directo:


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Por una biblioteca diferente

Hoy ha comenzado en Madrid un seminario del que me gustaría haber podido hablar, pero me he quedado en la revisión del programa: “La digitalizacion del material cultural. Bibliotecas digitales y derechos de autor“, organizado por la Biblioteca Nacional con aforo estrictamente limitado, aborda asuntos claramente inaplazables: la puesta a disposición pública mediante su comunicación digital del patrimonio bibliográfico antes exclusivamente analógico; las licencias bajo las que esa circulación es posible o deseable, sobre todo en el caso de obras que se quieren sujetas a copyright; la aberración de las obras huérfanas, ese patrimonio inutilizado por falta de una solución legal satisfactoria; el papel, en fin, que le queda reservado a las bibliotecas en el siglo XXI.

Me atrevo a proponer, por seguir la forma canónica, un decálogo para la biblioteca que se está comenzando a construir, un decálogo de funciones que deberá observar y desarrollar consecuentemente si quiere encontrar un espacio propio  y distintivo en el ecosistema de la red. Brevemente:

  1. extender sus funciones tradicionales al ámbito digital: ensayar todas las formas de préstamo digital que las tecnologías permitan, incluidas las descargas a dispositivos dedicados o polivalentes, con o sin DRM, porque las bibliotecas serán, sobre todo, centros de comunicación e información social; abrir las colecciones a arañas y buscadores mediante el uso de protocolos abiertos;
  2. conservar, paradójicamente, sus funciones tradicionales: no olvidar, sin embargo, que las bibliotecas deben custodiar una forma de racionalidad histórica insustituible: la contenida en los soportes de lectura analógica sucesiva también llamados libros. Durante siglos, las biblotecas se dieron como cometido ordenar el sentido del mundo, intentarlo al menos, y ahora no es cuestión de tirar todo por la borda porque exista el etiquetado social;
  3. reconceptualizar la ubicación de los departamentos y unidades dedicados a la comunicación digital: es posible que las bibliotecas deban desaparecer como tales para pasar a formar parte de entidades de mayor envergaduras preocupadas por la estrategia de comunicación digital integral de la institución a que pertenezcan, sobre todo en las Universidades;
  4. abrir la biblioteca a cierto grado de cogestión y participación ciudadana: las redes sociales tienen valor, en todo caso, si además de comunicar el calendario de actividades y realizar algún tipo de encuesta informal cuya muestra carece de valor, derriba en alguna medida sus muros y la abre a formas controladas de cogestión ciudadana, como la clasificacion y valoración de sus contenidos y de su oferta;;
  5. encarnar el cambio en los espacios: si la biblioteca es un centro de comunicación e información, un lugar abierto a la participación, sus espacios deben reflejarlo; ensayar con la creación de nuevos “espacios” de acceso a la información;
  6. gestionar la complejidad derivada de la propiedad intelectual: copyright, pero también creative commons, o color iuris, o licencias de uso, licencias colectivas, licencias no exclusivas, etc., etc.
  7. desconfiar de los grandes intermediarios digitales. Google no es dios, aunque lo parezca, y sus servidores están en las nubes, tan inalcanzables como dios, por tanto. El patrimonio bibliográfico de la humanidad es cosa de todos. Hagamos algo por incorporarnos a la red mundial de bibliotecas: WorldCat está cerca; rechazar los formatos propietarios, todo lo que no cumpla los protocolos OAI-PMH;
  8. regresar a las preceptos fundamentales de la profesión de bibliotecario, ahondar en ellos hasta asumirlos completamente: las bibliotecas son el cimiento de las democracias modernas,el espacio por antonomasia de la libertad de pensamiento y expresión,el sitio en el que se accede a la información que nos habla de los demás, de los otros. Sin Bibliotecas no habría democracias, porque es donde se preservan las ideas dispares y de donde puede provenir una discusión con argumentos bien fundamentados.
  9. peregrinar a Alejandría para comprender plenamente una fama que proviene, en gran medida, de su afán por atesorar todo el conocimiento escrito de una época histórica. Cuando se acopia todo ese conocimiento dispar —proveniente, según dicen, de todos los barcos que recalaban en el Puerto de Alejandría, cualquiera fuera su procedencia—, existe el deseo previo: de conocer a los demás,de observar sus leyes y sus costumbres, de respetar su diferencia, quizás inclusode aprender de ellos algo que nuestra cultura no ha resuelto o no ha sabido solventar.
  10. emitir las reuniones importantes por streaming… sobre todo cuando no quedan entradas (basta una cámara de video, un teléfono móvil o un portatil con cámara incorporada y una conexión a un servidor gratuito de streaming, como Ustream).

Por una biblioteca diferente, este pequeño manifiesto.

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La Alianza por los Libros Libres

Prefiero traducir de esa manera el título de Open Book Alliance que lidera Peter Brantley, asumiendo que open entraña libertad y que la etimología de libro nos invita a utilizarlo como sinónimo de libre. En el texto que alude a su misión se dice: “la digitalización masiva de los libros promete proporcionar un valor tremendo a consumidores, bibliotecarios, científicos y estudiantes. La Open Book Alliance trabajará para hacer avanzar y proteger esta promesa” contra el intento de monopolización que Google Books practica. El hecho, según Brandley, de que Google utilice formatos propietarios, cobre diferidamente por sus servicios y se convierta en un intermediario único a todos los contenidos bibliográficos de la historia de la humanidad, no es solamente una estrategia conservadora sino, sobre todo, una estrategia peligrosa (es cierto que en la OBA hay sospechosos compañeros de viaje, entre ellos Microsoft, Yahho y Amazon, que seguramente serán creyentes de última hora en la libertad de los formatos, pero no siempre pueden elegirse todos los compañeros de vagón).

En la página de inicio de la alianza pudimos leer hace unos días lo que hoy ha publicado la prensa nacional: Google’s Shutterbug Stumble, la denuncia que la American Society of Media Photographers, la Graphic Artists Guild, la North American Nature Photography Association y los Professional Photographers of America, han interpuesto contra Google por digitalización ilegal y falta de compensación de los derechos de la propiedad intelectual arrebatados sin permiso. En el fondo Google procede como muchos de los lugares de descarga ilegal de contenidos: atraen una gran cantidad de tráfico y se financian con el dinero que la publicidad genera. La Federación de Gremios de Editores de España argumenta hoy, precisamente, que se “han detectado alrededor de 200 webs dedicadas a la “piratería digital de libros“, lo que no es otra cosa, en términos generales, que esa gran cantidad de buscavidas digitales que buscan circulación en sus sitios mediante la distribución ilegal de contenidos protegidos. La cuestión, me parece a mi, sería saber por qué se llama defensa de la cultura libre a esos sitios de manilargos digitales y por qué no reciben el mismo trato los chicos de Google, o viceversa.

En todo caso, la cifra de 150 millones de euros (sin avalar, al menos todavía, por estudio empírico alguno), enmascara, a mi juicio, falta de oferta y, sobre todo, falta de ambición y coordinación en una estrategia digital global de toda la cadena de valor del libro. Mientras eso no exista, proliferará todo lo demás. Por eso cobra especial relevancia recordar empresas como la de BookServer (liderada también por Brantley), que permite localizar cualquier libro o contenido escrito allí donde esté, independientemente de cuál sea su editor o su distribuidor, en un claro intento por universalizar el acceso sin monopolios ni formatos propietarios.

Esa es la parte que más me interesa del trabajo de Peter Brantley y, si todo va como debe, el próximo miércoles nos dará una sorpresa en este mismo blog.

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¿Qué son las obras intelectuales libres?

Hoy hemos sabido por la prensa que quizás Rowling hubiera tomado alguna de las ideas que inspiraron a su mago adolescente de una obra preliminar. En principio, nada punible si no fuera porque ella se empeñó en perseguir judicialmente a todos los adolescentes que pretendieron generar obras derivadas a partir de una idea que ella misma tomó prestada. En realidad, ni la una ni los otros cometieron acto ilegal alguno, porque no cabe proteger las ideas, tan sólo su expresión formal particular. La fan fiction es una de los fenómenos más conocidos de la web: a partir de una obra cualquiera que haya aglutinado suficientes admiradores, se generan obras derivadas que toman como excusa un personaje, una situación, cualquiera de los elementos que la compongan, para desarrollar un argumento original de expresión personal. En sitios como The Leakey Cauldron, Fiction Alley o Virtual Hogwarts, pueden encontrarse multitud de ejemplos que representan lo que Henry Jenkins llamó la cultura convergente.



En realidad, internet es una plataforma que invita a la colaboración y a la creación cooperativa, poniendo de manifiesto una de las propiedades fundamentales de cualqueir obra, sea esta literaria, científica o profesional: que la invención pura no existe sino que procede, siempre, de uno o varios precedentes relevantes. Así, una obra literaria, como decía Borges, no es más que un cruce de caminos y su sentido último no es de quien se reclama autor, sino de quien la necesite y la utilice. Y otro tanto cabría decir del resto de las creaciones, sean estas de la naturaleza que sean. Esta posibilidad de desarrollar obras participativas, que siempre existió, se ve ahora aumentada y multiplicada por la naturaleza colaborativa de la red, y se ve respaldada por el uso cabal de la ley de propiedad intelectual, que siempre ofertó, por otra parte, la posibilidad de aventar el resultado de los trabajos de cualquier autor si así lo deseaba.

La web desarrolla como lenguaje propio el de la remezcla, el del uso de materiales predentes de manera abierta y franca, como fundamento sobre el que construir nuevas narraciones, nuevos objetos, nuevos productos. Como muchas veces ha contado Lawrence Lessig, Walt Disney no sería el mismo si no hubiera construído sus primeras obras sobre las cenizas de los hermanos Grimm. Y esta posibilidad no se ciñe a la de la creación artística, sino que puede abarcar cualquier otra dimensión que implique intercambio de ideas, de propósitos y de proyectos: de hecho, algunos de los más innovadores e interesantes proyectos que discurren por la web son los que se dedican al intercambio de capital intelectual, los que permutan ideas aplazando su recompensa económica hasta que ese beneficio llegue: Ideas4all o Worthidea, son algunos de los casos más relevantes.

Eso no quiere decir o no implica, obligatoriamente, como adujera Jason Epstein en la conferencia de clausura del (por ahora) último TOC New York, que el creador solitario y la obra individual desaparezcan. Yo tampoco  lo creo, ni lo deseo. Son dos formas distintas y complementarias de alcanzar objetivos similares.

De estas y otras muchas cosas similares se hablará en el TOLr3: taller sobre obras libres r3, el próximo martes 23 de febrero, en la EOI de Madrid, a partir de las 15.30 de la tarde, bajo la batuta de Jesús M. González Barahona y otros destacados representantes de la cultura libre.

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El precio de los libros electrónicos

Rupert Murdoch, que no es precisamente un alma caritativa, parece que ha dicho: “no nos gusta el modelo de venta de Amazon sea todo a 9.99 $”. Y añade, en una afirmación que parecería reconfortar el corazón de cualquier librero: “Creemos que devalúa realmente a los libros y que daña a todos los minoristas”, es decir, a todo el canal tradicional de pequeñas y medianas librerías. El Financial Times así lo cuenta y le dedica una página completa a la gran guerra de los editores  y los libreros virtuales. Si Murdoch ha dicho esto no es porque se le haya despertado una dormida alma de librero tradicional sino porque su poderío mediático y comercial se ve amenazado por otro aspirante a gigante propietario del jardín de los libros: Amazon.

El modelo de negocio de Amazon es sencillo: comprar libros al 50% de descuento respecto al precio de cubierta de los libros en papel y venderlos por un precio unitario único -algo permitido en los Estados Unidos- de 9.95 $, perdiendo en cada operación, al menos, 5 $, dumping consentido que tiene como objetivo hacerse con una clientela cautiva que utilice el Kindle como dispositivo único de descarga, compra y lectura. El DRM privativo y el formato propietario ayudan a que el modelo de estricta integración vertical cumpla su cometido. Hasta ahí todo bien, al menos para Amazon. Pero, ¿qué ocurre si a un editor se le ocurre que ese modelo de precio único jibarizado no se compadece bien con su política comercial? McMillan le ha dicho a Amazon que el reparto será, de ahora en adelante, de 70% a 30%, y Amazon ha procedido colocando el siguiente anuncio en su librería virtual: “Sign up to be notified when this item becomes available”.

La guerra por los precios y el control comercial de los libros entra en su fase más álgida, porque los agentes en liza son pocos y poderosos: Apple ha consentido que en su tienda sean los editores quienes establezcan sus precios, demostrando cierta flexibilidad viperina en la contienda por la adopción del dispositivo definitivo. HarperCollins, coto de Murdoch, ha optado por el uso de esta plataforma. Queda por saber cómo obrará finalmente Google Editions y de qué manera reaccionara la tienda de Sony.

En todo caso, la estructura de costes de un libro se ve obviamente abaratada cuando su distribución es estrictamente digital: no hay costes fijos de producción, no hay almacenamiento, no hay devoluciones. El precio de venta al público, por tanto, debe de ser necesariamente inferior, por mucho que algunas voces clamen por su mantener la paridad o por mucho que algunos editores no se hayan querido enterar de la diferencia.

“El distinguido negocio de los libros se está convirtiendo en un choque entre titanes tecnológicos y, si los editores no juegan sus cartas acertadamente”, dice el Financial Times, si los libreros y los distribuidores no lo hacen, añadiría yo, “pueden desaparecer como daño colateral”.

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La parábola de Pocoyo y la propiedad intelectual

Quien haya seguido en los últimos días la polémica escrita entre Rodríguez Ibarra, Víctor Manuel y Muñoz Molina a propósito de la propiedad intelectual, entenderá que la discusión se encuentra atorada en un punto que requiere un poco de ecuanimidad y distancia. Imparcialidad y desapego que proporcionan, por una parte, la lectura de la Ley de Propiedad Intelectual, y la comprensión de la economía de la red, por otra. Me propongo, ni más ni menos, que terciar sin que me llamen en una polémica espuria y artera, sin satisfacer a unos y a otros, me temo.


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En clave de incógnita

Hoy se inaugura en la Biblioteca Nacional el proyecto Enclave. Se trata, básicamente, de un proyecto de carácter voluntario en el que los editores suman parte de su catálogo a una plataforma de la Biblioteca Nacional para que los usuarios puedan consultar los registros bibliográficos y fragmentos de sus contenidos y, en el caso de que estuvieran interesados en adquirir los títulos examinados, ser remitidos a la página web de la editorial. Es posible que yo no entienda la clave del proyecto y que se me escapen sus intenciones más palmarias pero, ¿qué hacen los editores privados añadiendo sus libros a la plataforma de una institución pública? ¿Por qué no se ha dado el paso de genear una plataforma transversal e intersectorial propia?


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El tridente de la edición científica

Ayer, en Vigo, con cielo cubierto y claros ocasionales, en el Campus de la Unviersidad, hablamos del futuro de la edición científica. Se trata, básicamente, de difundir el conocimiento especializado que las universidades producen, para lo cual, hasta ahora, se venía utilizando la tecnología del papel -como soporte a través del que el contenido discurría-, el copyright -como licencia que intentaba controlar la circulación y la reproducción del contenido difundido-, y el peer review -como el sistema de evaluación y acreditación que daba el visto bueno definitivo para que ese contenido llegara a sus posibles lectores-. Todo eso, afortunadamente, ha cambiado. Adios al editor científico tradicional; viva el nuevo editor científico.


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