‘Diccionarios’

Publicar en la Wikipedia o perecer

La ciencia es un campo de producción autónomo que posee su propio lenguaje y, por supuesto, sus propios procedimientos de acreditación, reconocimiento y refrendo. Los mecanismos que imperan desde los años 60 consisten en publicar contribuciones escritas, papers en la jerga profesional, en las cabeceras que el ISI establezca como más prestigiosas, en las revistas cuyo índice de impacto sea más elevado, en las publicaciones cuya visibilidad internacional sea superior. Eso genera una suerte de círculo vicioso cuyos síntomas son numerosos y todos negativos -una dolencia identificada como “impactitis” es la más grave, otra fue, tradicionalmente, la reserva y la oscuridad con que discurría la difusión de los contenidos científicos, reservados a una élite-, porque la gran mayoría de los científicos querrá publicar, única y exclusivamente, en aquellas revistas que supuestamente le garanticen el prestigio que persigue, rechazando cualquier otra cabecera que no esté bien situada y repudiando, sobre todo, aquellas plataformas digitales de difusión de contenidos en abierto que sean abiertamente desdeñadas por las autoridades académicas. Eso, afortunadamente, puede estar cambiando gracias a RNA Biology.


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La Wikilengua y la gestión del patrimonio común

Fue Auguste Comte quien en el Système de politique positive adujo que la lengua era un caudal inagotable, patrimonio común de toda la comunidad hablante, fuente inacabable de recursos comunicativos que no decrecerían nunca con el uso, antes al contrario, engrosarían su valor y su cuantía mediante su manejo y explotación. La lengua era para él un patrimonio de una naturaleza singular por cuanto eran del tipo de las “riquezas que implican una posesión simultánea sin experimentar ninguna alteración”, un “tesoro universal” que todos contribuíamos a acrecentar al emplearlo, al hacerlo madurar y cambiar.


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Redefinir el diccionario

En el dominical de El País del día 9 de septiembre pudimos leer la noticia de que el nuevo María Moliner ya estaba aquí, que la nueva edición había procurado incluir nuevos términos propios de un país más rico y más mestizo, y no me cabe duda alguna de que así se ha hecho, porque la naturaleza de los diccionarios, de los diccionarios en papel, por precisar, es la de envejecer de forma acelerada y, también, la de constituirse en censor e interventor de lo que debe o no admitir en sus páginas de papel. Pero, ¿y si el papel fuera, un lugar de un amigo, un enemigo de los diccionarios, casi un antagonista de la función para la que deberían ser empleados? Esa sospecha, que muchos ya la albergábamos, es la que expone, de manera más tajante, Erin McKean, una brillante lexicógrafa norteamericana.

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