‘Digitalización’

Dos voces por los libros libres

Peter Brantley es uno de los profesionales más acreditados del mundo de la generación y difusión de contenidos digitales en la red, un paladín de la era digital vinculado a alguna de los proyectos más señalados de la era que vivimos: Archive.org, la memoria digital libre de la web, el acceso a todo el conocimiento generado digitalmente; la Open Book Alliance, o el clamor por una cultura digital de los libros libres; la IDPF y el Epub, o la lucha por el establecimiento y la difusión de un formato abierto y universal. Todo su trabajo gira, me atrevo a afirmar, en torno a dos concpetos básicos: openness y accesibility, apertura y accesibilidad. Eso le ha llevado a ser una de las pocas voces que censuran las iniciativas editoriales de Google por su afán monopolístico y propietario. Ese empeño hace que su opinión y su trabajo trascienda el mundo de los libros, de las editoriales, archivos y bibliotecas, para alcanzar a todo el ecosistema digital y su posible evolución.

Esta tarde, jueves 14 de abril, a las 17.00, en este mismo espacio, podréis disfrutar de la entrevista que le haremos en directo:


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Por una biblioteca diferente

Hoy ha comenzado en Madrid un seminario del que me gustaría haber podido hablar, pero me he quedado en la revisión del programa: “La digitalizacion del material cultural. Bibliotecas digitales y derechos de autor“, organizado por la Biblioteca Nacional con aforo estrictamente limitado, aborda asuntos claramente inaplazables: la puesta a disposición pública mediante su comunicación digital del patrimonio bibliográfico antes exclusivamente analógico; las licencias bajo las que esa circulación es posible o deseable, sobre todo en el caso de obras que se quieren sujetas a copyright; la aberración de las obras huérfanas, ese patrimonio inutilizado por falta de una solución legal satisfactoria; el papel, en fin, que le queda reservado a las bibliotecas en el siglo XXI.

Me atrevo a proponer, por seguir la forma canónica, un decálogo para la biblioteca que se está comenzando a construir, un decálogo de funciones que deberá observar y desarrollar consecuentemente si quiere encontrar un espacio propio  y distintivo en el ecosistema de la red. Brevemente:

  1. extender sus funciones tradicionales al ámbito digital: ensayar todas las formas de préstamo digital que las tecnologías permitan, incluidas las descargas a dispositivos dedicados o polivalentes, con o sin DRM, porque las bibliotecas serán, sobre todo, centros de comunicación e información social; abrir las colecciones a arañas y buscadores mediante el uso de protocolos abiertos;
  2. conservar, paradójicamente, sus funciones tradicionales: no olvidar, sin embargo, que las bibliotecas deben custodiar una forma de racionalidad histórica insustituible: la contenida en los soportes de lectura analógica sucesiva también llamados libros. Durante siglos, las biblotecas se dieron como cometido ordenar el sentido del mundo, intentarlo al menos, y ahora no es cuestión de tirar todo por la borda porque exista el etiquetado social;
  3. reconceptualizar la ubicación de los departamentos y unidades dedicados a la comunicación digital: es posible que las bibliotecas deban desaparecer como tales para pasar a formar parte de entidades de mayor envergaduras preocupadas por la estrategia de comunicación digital integral de la institución a que pertenezcan, sobre todo en las Universidades;
  4. abrir la biblioteca a cierto grado de cogestión y participación ciudadana: las redes sociales tienen valor, en todo caso, si además de comunicar el calendario de actividades y realizar algún tipo de encuesta informal cuya muestra carece de valor, derriba en alguna medida sus muros y la abre a formas controladas de cogestión ciudadana, como la clasificacion y valoración de sus contenidos y de su oferta;;
  5. encarnar el cambio en los espacios: si la biblioteca es un centro de comunicación e información, un lugar abierto a la participación, sus espacios deben reflejarlo; ensayar con la creación de nuevos “espacios” de acceso a la información;
  6. gestionar la complejidad derivada de la propiedad intelectual: copyright, pero también creative commons, o color iuris, o licencias de uso, licencias colectivas, licencias no exclusivas, etc., etc.
  7. desconfiar de los grandes intermediarios digitales. Google no es dios, aunque lo parezca, y sus servidores están en las nubes, tan inalcanzables como dios, por tanto. El patrimonio bibliográfico de la humanidad es cosa de todos. Hagamos algo por incorporarnos a la red mundial de bibliotecas: WorldCat está cerca; rechazar los formatos propietarios, todo lo que no cumpla los protocolos OAI-PMH;
  8. regresar a las preceptos fundamentales de la profesión de bibliotecario, ahondar en ellos hasta asumirlos completamente: las bibliotecas son el cimiento de las democracias modernas,el espacio por antonomasia de la libertad de pensamiento y expresión,el sitio en el que se accede a la información que nos habla de los demás, de los otros. Sin Bibliotecas no habría democracias, porque es donde se preservan las ideas dispares y de donde puede provenir una discusión con argumentos bien fundamentados.
  9. peregrinar a Alejandría para comprender plenamente una fama que proviene, en gran medida, de su afán por atesorar todo el conocimiento escrito de una época histórica. Cuando se acopia todo ese conocimiento dispar —proveniente, según dicen, de todos los barcos que recalaban en el Puerto de Alejandría, cualquiera fuera su procedencia—, existe el deseo previo: de conocer a los demás,de observar sus leyes y sus costumbres, de respetar su diferencia, quizás inclusode aprender de ellos algo que nuestra cultura no ha resuelto o no ha sabido solventar.
  10. emitir las reuniones importantes por streaming… sobre todo cuando no quedan entradas (basta una cámara de video, un teléfono móvil o un portatil con cámara incorporada y una conexión a un servidor gratuito de streaming, como Ustream).

Por una biblioteca diferente, este pequeño manifiesto.

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La Alianza por los Libros Libres

Prefiero traducir de esa manera el título de Open Book Alliance que lidera Peter Brantley, asumiendo que open entraña libertad y que la etimología de libro nos invita a utilizarlo como sinónimo de libre. En el texto que alude a su misión se dice: “la digitalización masiva de los libros promete proporcionar un valor tremendo a consumidores, bibliotecarios, científicos y estudiantes. La Open Book Alliance trabajará para hacer avanzar y proteger esta promesa” contra el intento de monopolización que Google Books practica. El hecho, según Brandley, de que Google utilice formatos propietarios, cobre diferidamente por sus servicios y se convierta en un intermediario único a todos los contenidos bibliográficos de la historia de la humanidad, no es solamente una estrategia conservadora sino, sobre todo, una estrategia peligrosa (es cierto que en la OBA hay sospechosos compañeros de viaje, entre ellos Microsoft, Yahho y Amazon, que seguramente serán creyentes de última hora en la libertad de los formatos, pero no siempre pueden elegirse todos los compañeros de vagón).

En la página de inicio de la alianza pudimos leer hace unos días lo que hoy ha publicado la prensa nacional: Google’s Shutterbug Stumble, la denuncia que la American Society of Media Photographers, la Graphic Artists Guild, la North American Nature Photography Association y los Professional Photographers of America, han interpuesto contra Google por digitalización ilegal y falta de compensación de los derechos de la propiedad intelectual arrebatados sin permiso. En el fondo Google procede como muchos de los lugares de descarga ilegal de contenidos: atraen una gran cantidad de tráfico y se financian con el dinero que la publicidad genera. La Federación de Gremios de Editores de España argumenta hoy, precisamente, que se “han detectado alrededor de 200 webs dedicadas a la “piratería digital de libros“, lo que no es otra cosa, en términos generales, que esa gran cantidad de buscavidas digitales que buscan circulación en sus sitios mediante la distribución ilegal de contenidos protegidos. La cuestión, me parece a mi, sería saber por qué se llama defensa de la cultura libre a esos sitios de manilargos digitales y por qué no reciben el mismo trato los chicos de Google, o viceversa.

En todo caso, la cifra de 150 millones de euros (sin avalar, al menos todavía, por estudio empírico alguno), enmascara, a mi juicio, falta de oferta y, sobre todo, falta de ambición y coordinación en una estrategia digital global de toda la cadena de valor del libro. Mientras eso no exista, proliferará todo lo demás. Por eso cobra especial relevancia recordar empresas como la de BookServer (liderada también por Brantley), que permite localizar cualquier libro o contenido escrito allí donde esté, independientemente de cuál sea su editor o su distribuidor, en un claro intento por universalizar el acceso sin monopolios ni formatos propietarios.

Esa es la parte que más me interesa del trabajo de Peter Brantley y, si todo va como debe, el próximo miércoles nos dará una sorpresa en este mismo blog.

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Guadalajara y los futuros del libro

Mis relaciones con el espacio-tiempo se agravan con la edad. Mi cuerpo pretende estar siete horas por delante mientras mi yo virtual anda siete horas por detrás en la Feria de Guadalajara, sin terminar de encontrarse. Mientras dirimo estas diferencias irreconciliables a base de café, buena parte de los futuros del libro se deciden en Guadalajara. Lo que las industrias de Iberoamérica decidan hacer tendrá, sin duda, un efecto trascendental en la manera en que el conocimiento circule y se encarne, y está en su mano el hacerlo de una manera distinta e independiente.

http://www.elojofisgon.com/

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La brecha digital y las tecnologías que la sanarán

Acaba de hacerse público el The Information Economy Report 2009: Trends and Outlook in Turbulent Times publicado por las Naciones Unidas en el que se constata el crecimiento exponencial de la penetración de la web en nuestras vidas a la vez que las casi insalvables diferencias entre países en vías de desarrollo y países desarrollados, entre las grandes ciudades donde la capilaridad de las comunicaciones llega a cada rincón y la desolación de los entornos rurales. Lo cierto, no obstante, es que la revolución digital no es o no debería ser un fenómeno confinado a los países occidentales, porque su implantación y extensión puede traer consigo innumerables beneficios en todos los ámbitos de nuestra vida, desde la administración y la gobernación hasta la creación compartida, la educación y la edición, por mencionar de pasada sólo unos pocos. ¿Qué hacer para que esos países sin recursos económicos o esos lugares sin acceso a la web puedan obtener parte de los beneficios de esta sacudida y transformación digital?


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Reflexiones (editorialmente) intempestivas

En el último número del semanario Die Zeit, que traigo a colación ahora que muchos andamos por Frankfurt, se publica una estadística reveladora que aupa a España al segundo lugar del ranking mundial de productores de libros per capita, por encima del quinto o sexto puesto que las cifras de producción neta suelen arrojar. El inventario dice que solamente el Reino Unido nos aventaja en esa alocada carrera editorial hacia la nada, con 1830 títulos nuevos por cada millón de habitantes, seguido de lejos por Francia, con 1053 títulos por millón de habitantes y a una distancia considerable del supuesto coloso mundial, Estados Unidos, con “tan sólo” 956 títulos por millón de habitantes. Orgullosamente ensimismada y ciertamente precipitada, la industria editorial nacional alcanza la cifra de 1361 títulos por cada millón de habitantes, de manera que, además de ases del balompié, somos empedernidos y voraces lectores. ¿O no?


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Razones para estar excitado

La conferencia de clausura que debería haber pronunciado Tim O´Really llevaba por título “Razones para estar excitado“, pero un accidente en su villa italiana, subiendo o bajando unas escaleras (es el incoveniente de poseer palacetes de varias alturas a orillas del Lago Maiore), le ha impedido estar presente. En todo caso en el ambiente previo al inicio de la Feria se respira esa excitación denunciada por O´Really, aunque a veces no se sepa si procede de la más pura desorientación o del conocimiento profundo de la insostenibilidad de una industria con fundamentos predigitales.

Tools of Change Conference in Frankfurt

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7.5 en la escala sismológica de Richter

En la escala logarítmica que cuantifica el efecto de un terremoto y que se conoce con el nombre del sismólogo norteamericano Charles Richter, yo diría que la noticia publicada hoy por la prensa es de, más o menos, un 7.5 de intensidad, equivalente al terremoto de Santiago de Chile de 1985. Nadie que haya estado medio atento dentro de la industria editorial los últimos años puede parecerle insólito, ni siquiera extraño, que Google haya decidido convertir su servicio de vista de libros en una plataforma centralizada de gestión de contenidos digitales que adoptarán la forma que convenga, sea esta electrónica, sea esta en papel, por medio de la impresión bajo demanda en el punto de venta o derivada a proveedores concertados. Eso lo sabía hasta el ordenanza de la puerta del Ministerio de Cultura. El contrasentido de todo esto es por qué, aún sabiéndolo, no se han dado ya pasos decididos para desmantelar el modelo industrial obsoleto con el que trabajamos y por qué nos seguimos echando las manos a la cabeza, cuando la información ha sido pública y sencillamente consultable.


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La estrategia digital europea

Es posible que si en lugar de a Bruselas, donde se celebró la última conferencia Ludwig Erhard, hubieran invitado a Viviane Reding, la Comisaria europea para las Telecomunicaciones y los Medios Digitales, al último encuentro de los editores en Santander, a más de uno le hubiera dado un amago de infarto. La comisaria europea para los asuntos digitales habla en su conferencia, profética y estratégica, de nuevas formas de regulación de la propiedad intelectual; de la imperiosa necesidad de invitar e incitar a los nativos digitales a que se sumen al trabajo colaborativo en la web, abandonando cualquier forma de represión legal; de un impulso decidido de la digitalización de los libros; de propiciar un acceso más sencillo y atractivo, en suma, a contenidos de alta calidad sobre conexiones de alta velocidad, fijas o móviles, en un nuevo escenario de economía digital que puede propulsar lo que Erhard hiciera en su tiempo, crear una nueva economía social de mercado en la red de la que todos nos beneficiemos. A más de uno, seguro, le hubiera dado un amago de embolia.


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Google se convierte en librero

Cabía augurar que tarde o temprano Google convertiría un servicio de acceso a contenidos escritos de dominio público, Google Books, en una librería virtual, que transformaría su plataforma de visualización de contenidos escritos gratuitos en una plataforma de intermediación comercial capaz de retar al otro gran gigante norteamericano de la venta de libros, Amazon. Hacia finales de este año 2009, Google Books se convertirá en lo vaticinado, una librería virtual con ambición comercial, y nosotros todavía por aquí con estos pelos.

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