‘Diseño editorial’

Emilio Gil, el pionero

Presentar a Emilio Gil es fácil. Basta con recurrir a la sucesión de logros y reconocimientos que figuran en la trayectoria y en el palmarés de un profesional de prestigio: Emilio Gil es Diseñador Gráfico. Fundador en 1980 de Tau Diseño, una de las empresas españolas pioneras en servicios de Diseño, Comunicación Institucional y creación y desarrollo de Programas de Identidad Visual Corporativa, Formado en la SVA (School of Visual Arts) de Nueva York con Milton Glaser, James McMullan y Ed Benguiat como profesores.

Premio “Laus de oro” 1995 en Diseño Editorial, Premio Donside en Gran Bretaña y “Certificate of Excellence” del Type Directors Club de Nueva York en 1995.

Hoy es, además, Presidente de la Asociación Española de Profesionales de Diseño, porque le preocupa el futuro y la proyección pública de su profesión, y lo que más le interesa, entre las muchas cosas que le interesan, está el rendir homenaje a aquellos sobre cuyos hombros los demás siguen construyendo, por lo que parte de su actividad se centra en el rescate y recuperación de esa memoria perdida, la de los pioneros del diseño, Pioneros del Diseño Gráfico en España es su trabajo de recopilación y arqueología fundamental (del que sé que prepara una segunda parte), y en el comisariado de exposiciones cuyo objeto, seguramente, sea el de ofrecer el tributo que merecen a quienes abrieron el camino: Grafistas. Diseño gráfico español 1939-1975 es la última de sus exposiciones comisariadas, todavía en cartel. Su generosidad se derrama en su tarea educativa paralela, donde tuve la oportunidad y la inmensa suerte de coincidir, y por eso compagina toda esta diligencia con la enseñanza en el Máster en Edición de la Universidad de Salamanca, profesor colaborador de las Universidades Carlos III y Europea de Madrid, y Director de diversos Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid en su sede de El Escorial (Madrid).

Untitled from El Viajero Alado on Vimeo.

Pero todo esto, ya digo, es lo fácil de explicar. Lo indescifrable, lo incomprensible, es cómo un profesional que lleva veinticinco años diseñando sea capaz de no repetirse o de no reiterar fórmulas de éxito, de utilizar formas y gamas cromáticas simples con la concisión, la sencillez y la exactitud de su admirado Van der Rohe, para hacer cosas como las añoradas cubiertas de Metáfora; cómo su curiosidad no decae, cómo su afán de aprender no decrece, cómo es posible que se convierta en un alumno más de manera reiterada en los talleres y escuelas de sus admirados diseñadores en Londres; cómo sabe transmitir la atención y el afecto que cualquier persona y conocimiento nuevo le merecen. Quizás el secreto de su juventud, de su creatividad y de su jovialidad radique, precisamente, en recoger la antorcha de los pioneros, el espíritu de sorpresa y descubrimiento.

Pero lo más inexplicable de todo es cómo consigue sostenerle la mirada al entrevistador de la televisión lebrijana sin parpadear y cómo desvela sus secretos con la misma naturalidad y sencillez con que diseña.

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Diseño y lectura: un nuevo reto para los libros digitales

Quienes venden libros electrónicos dicen que, al menos, tienen dos ventajas fundamentales sobre los soportes vegetales: que son capaces de almacenar muchos textos y que el lector puede alterar a su gusto y convenencia el cuerpo de la fuente y, en consecuencia, el tamaño de la caja de composición, por si no tuviera a mano las gafas de ver. La primera de las hipotéticas ventajas se desmonta fácilmente: una vez escuché decir al gran José Afonso Furtado que si en un país como los nuestros (Portugal y España) en que las personas que adquieren más de veinte libros al año no pasan de puñado, de unos pocos miles, no parece tener demasiado sentido invertir en un aparato que nunca va a amortizarse, porque apenas se aprovechará para descargar una decena de libros a lo largo de una vida. En lo que respecta a la segunda ventaja supuesta, la cosa es aún peor: si uno tiene la osadía de hacer crecer o disminuir la fuente de un texto en una pantalla electrónico, encontrará una caja que no respeta márgenes, unos párrafos fragmentados, líneas truncadas, palabras mal cortadas, paratextos desaparecidos, dispositivos textuales inexistentes (numeración de hojas y demás), etc., etc. Un puro despropósito compositivo que atenta contra la legiblidad, la lecturabilidad y la integridad del mensaje. La responsabilidad, claro, no es solamente de quienes importan esos cachivaches chinos, porque seguramente carezcan de la sensibilidad necesaria para apreciarlo; la responsabilidad recae en los editores y en los diseñadores, que han hecho hasta ahora dejación de sus funciones poniéndola en manos de cualquiera que arguyera que sabía transformar ficheros nativos en cualquier otra cosa.

Si cuento esto es porque ayer, en el Liber, Alvaro Sobrino y un servidor hablamos y discutimos, mano a mano, sobre la Conciliación del diseño y la lectura: nuevos retos para los libros digitales, un tema que podría parecer a simple vista menor, siempre, claro, que uno no haya leído a MacLuhan ni a Ivan Illich. Que el sentido del mensaje está condicionado por la forma en que se expresa, por la morfología del medio que lo modifica, conforma y transmite, es ya una obviedad que no debería ni siquiera volver a recordarse, pero por si acaso lo hago, para los olvidadizos. En un libro tan importante como poco leído, En el viñedo del texto, Ivan Illich decía que la coincidencia de la fundación de las primeras universidades en el siglo XII y la invención de los párrafos y el resto de los dispositivos textuales que todavía hoy utilizamos (paginado, indexación, etc.), no era una mera casualidad. De ahí la importancia trascendental de las textualidades digitales contemporáneas, el diseño de la página, y el tipo de lectura que propicie.

Algunos proponen una solución aberrante (y que me perdone Steve Jobs): diseñemos todo para los IPad, que son el soporte digital que nos enseña el camino del futuro. Quien ha tenido uno en las manos sabe que cuando se redimensiona un texto achicándolo o agrandándolo, se pierde por completo el aspecto de la composición original, se obtiene una vista fragmentada, parcial, descompuesta, incluso si se trata de un PDF. Siendo eso así, tendríamos que diseñar todos los textos para que casaran con las medidas de la pantallas de Apple, es decir, como si alguien hubiera decidido que tuviéramos que editar todos los libros en octavo. Si estiráramos esa paradoja llegaríamos al completo absurdo: necesitaríamos un libro electrónico distinto para cada tamaño de texto.

Como eso rozaría el absurdo, sólo queda una solución: diseñar intencionalmente con software que nos permita generar contenidos multiformato y multicanal, practicar el cross-media publishing de manera consecuente, de forma que preveamos en qué soportes y formatos leerán nuestros posibles lectores. Vale la pena echar un vistazo a dos entornos de trabajo digital que cambiarán por completo nuestra manera de ver y hacer las cosas:  Censhare y Woodwing. Que cada uno elija el suyo. Y que cada cual diseñe libros digitales o en papel con el esmero que merece.

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Los libros más bellos del mundo

En la Feria del Libro de Leipzig, que terminó el 16 de marzo y que está recobrando el auge de sus orígenes dieciochescos, posee un importante apartado dedicado a la entrega de premios, en principio de la industria editorial alemana, pero abiertos, en uno de sus capítulos, a los Libros más bellos del mundo, y por mucho que uno tenga ciertas afinidades digitales y practique la vida virtual, no deja de tener su corazoncito analógico de papel.


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De la desnaturalización del diseño editorial

En uno de los comentarios a la entrada de ayer Silvia Senz añade, con pertinencia, que el diseño de los libros ha perdido, en buena medida, su cometido primordial, que es el de la comunicación gráfica de una idea, y su intervención me ha llevado, accidentalmente, a dar con un artículo publicado hace no demasiados días en el diario alemán TAZ, Die Tageszeitung, refugio de la izquierda alemana afincada en Berlín, que publicó el 23 de junio en su sección de cultura un reportaje sobre la importancia del diseño editorial y sobre su progresiva desnaturalización.

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