‘Ecoedición’

¿Alguien se atreverá a hablar de Ecoedición?

Según el informe GEO5 publicado por Naciones Unidas con ocasión de la cumbre de RIO+20,

El aumento de la urbanización ha contribuido a generar más desechos, por ejemplo, desechos electrónicos en general y desechos más peligrosos procedentes de actividades industriales y de otro tipo. Los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) produjeron unos 650 millones de toneladas de desechos municipales en 2007, que han ido creciendo en torno al 0,5-0,7 por ciento cada año, y de los cuales entre el 5 y el 15 por ciento eran desechos electrónicos.  Hay indicios de que el destino final de la mayoría de los desechos electrónicos es el mundo en  desarrollo y que, a escala mundial, los países en desarrollo podrían generar el doble de los desechos electrónicos que los países desarrollados para el año 2016.

 

Los argumentos meramente propagandísticos sobre una industria editorial digital más verde que la basada en el papel no parecen, en consecuencia, muy consistentes. Poco antes del inicio de la cumbre, Naciones Unidas alertó, literalmente, de que se producirán cambios sin precedentes en la tierra si no se interviene de manera urgente, decidida y global, cambiando un modelo productivo basado en el cargono y en la depredación de los recursos naturales. Por lo que atañe a nuestra desentendida industria editorial, que sigue consumiendo fibras de papel procedentes de lugares sin trazabilidad conocida (o demasiado conocida, como llevan tiempo denunciando muchos colectivos), puede leerse:

“el ritmo al que se pierden los bosques, especialmente en los trópicos, sigue siendo alarmantemente elevado”, algo que atribuye a que “el crecimiento económico ha tenido lugar a expensas de los recursos naturales y los ecosistemas; debido a los incentivos perjudiciales, es probable que solo la deforestación y la degradación de los bosques supongan un costo para la economía mundial, incluso, superior a las pérdidas derivadas de la crisis financiera de 2008”.

 

Nuestra industria a penas ha prestado dos minutos de atención a los implacables efectos adversos que su ejercicio comporta, al enorme impacto ambiental que se deriva de sus actividades (papel, fabricación y extracción; producción, combustibles, uso de tintas, energía; distribución, etc.). Entre nosotros, es más que meritorio, por eso, el trabajo y el esfuerzo de Greeningbooks (iniciativa que viene del Parlament de la EcoEdicio y de sus actividades señeras), un trabajo que ha arrojado estudios sobre buenas practicas ecoeditoriales, sobre el impacto medioambiental de los libros electrónicos y, recientemente, sobre la mejora de la actuación medioambiental de las publicaciones desde el diseño a la lectura.

Hablar y debatir sobre este tema, en una situación de crísis irreversible -más duradera y profunda que cualquier crisis financiera-, me parece, por eso, un imperativo. ¿Alguien se atreverá a hablar de ecoedición, a darle el espacio y el lugar que su discusión merecen?

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El irreversible final de la industria gráfica

El irreversible final de la industria gráfica, al menos tal como la conocíamos, podría ser el título completo de la entrada de hoy. Es posible que algunos, nada más leer el título, piensen que soy un agorero, un pájaro de mal agüero, un entremetido inexperto, pero como los hechos suelen ser tozudos y las noticias circulan sin fronteras, esta semana ManRoland AG, una de los mayores fabricantes del mundo de maquinaria para la producción gráfica, ha realizado una regulación de empleo que ha puesto en la calle a 5000 personas y ha iniciado un procedimiento jurídico para declararse insolvente.

Es seguro que existe más de una causa para explicar ese suceso: la extraordinaria competencia entre los fabricantes de la misma maquinaria; la migración progresiva de muchos productos gráficos en soportes tradicionales a soportes digitales; la merma paulatina del volumen de los trabajos dedicados al mercado editorial; los impagos sucesivos de aquellos clientes que no tienen ya con qué pagar la deuda contraída en la compra de máquinas millonarias; el desplazamiento inelectuble de los átomos a los bites, de un modelo económico analógico a otro digital. Recuerdo ese pasaje premonitorio de Being digital, el panfleto anticipatorio de Negroponte:

Today, I see my Evian story not so much being about French mineral water versus American, but illustrating the fundamental difference between atoms and bits. World trade has traditionally consisted of exchanging atoms. In the case of Evian water, we were shipping a large, heavy, and inert mass, slowly, painfully, and expensively, across thousands of miles, over a period of many days. When you go through customs you declare your atoms, not your bits. Even digitally recorded music is distributed on plastic CDs, with huge packaging, shipping, and inventory costs.

This is changing rapidly. The methodical movement of recorded music as pieces of plastic, like the slow human handling of most information in the form of books, magazines, newspapers, and videocassettes, is about to become the instantaneous and inexpensive transfer of electronic data that move at the speed of light. In this form, the information can become universally accessible. Thomas Jefferson advanced the concept of libraries and the right to check out a book free of charge. But this great forefather never considered the likelihood that 20 million people might access a digital library electronically and withdraw its contents at no cost.

The change from atoms to bits is irrevocable and unstoppable. Why now? Because the change is also exponential—small differences of yesterday can have suddenly shocking consequences tomorrow.

Es posible que así sea y que la transición sea irreversible y que la industria que basaba su trabajo en el transporte de los átomos carezca, en buena medida al menos, de sentido. Al menos es obvio que gran parte de su modelo de negocio, basado en las grandes tiradas de offset o bobina para la industria periodística y editorial, está en las últimas. Que la mayoría lo sabe, y se agarra como un clavo ardiendo a las últimas evidencias y a los últimos encargos.

Adivino que el margen de maniobra que le queda a la industria gráfica en su relación con la editorial pasa por dos sitios: la impresión digital o bajo demanda, a pedido, para ofrecer servicios a puntos de venta, estén donde estén, o a editoriales, instituciones y particulares; la reconversión sostenible de la industria, hoy todavía inapropiadamente contaminante, la tercera industria mundial, según datos fehacientes, por consumo de combustibles fósiles. CEGAL ha comenzado a dar pasos -tal como presentó en el Congreso Nacional de Libreros y en el último LIBER-, para comenzar a pensar en serio qué significa producir y vender después de comprar; el Parlamento de la Ecoedició en Cataluña, con Jordi Bigués a la cabeza,  fue pionero en la preocupación por verdear la industria editorial, y hay que agradecerle los esfuerzo por inventar indicadores como la mochila ecológica, que pretende calcular el impacto de C02 en la producción de un libro.

Mañana se celebra en Madrid un encuentro que cobra mayor sentido y relevancia a la luz de lo antedicho: “Mejora medioambiental del producto impreso. Incremento de la competitividad a través de estrategias de ecoedición“, organizado por Batsgrahp con la participación de algunos de las personas que más están haciendo en los últimos años por la transformación de esta industria: el propio Jordi Bigués o Gonzalo Anguita. Es un buen sitio para pensar sobre el irreversible final de la industria gráfica tal como la conocíamos y sobre su posible reverdecemiento.

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Green4Books

Qué envidia. Sí, qué envidia. Los editores británicos, conscientes de la huella que nuestra actividad y toda la cadena de valor asociada genera en nuestro medioambiente, han puesto en marcha una campaña nacional denominada Green4Books que viene acompañada de una semana dedicada al clima, la Climate Week (desde el 21 al 27 de marzo), avalada y promovida por el Primer Ministro Británico, Al Gore y el Secretario General de Naciones Unidas. Vamos, que parece que se lo están tomando en serio cuando por aquí solamente contamos con la iniciativa del Parlament de la Ecoedicio y los materiales, guías y pautas de trabajo que está creando:  Els secret de l’ecoedició, por una parte, como entrega más reciente, y la  mochila ecológica , desarrollada en su momento por Jordi Bigués sin que su ejemplo haya trascendido más allá de su benemérito intento.

Tomar conciencia del impacto que la dimensión industrial del oficio tiene, de la huella ecológica que ocasiona y de las áreas donde sería necesario intervenir de manera inmediata -tal como puede encontrarse en el Enviromental Action Group y su propuesta Take Action-, sería cometido de una comisión transdisciplinar que agrupara a todos los colectivos que tienen que ver con el diseño y la maquetación; el papel y su fabricación; las artes gráficas y la producción; el empaquetado y la manipulación; el envío y el transporte. La industria editorial británica se ha dado el compromiso de reducir un 10% de sus emisiones antes del 2015 (un 80% hasta el 2050 para el conjunto de la industria del Reino Unido, según propuesta del actual gobierno).

Claro que es una falacia que los libros electrónicos sean más verdes que los libros de papel: en la fabricación de los soportes digitales se usan metales pesados y minerales de dudosa procedencia, sin trazabilidad alguna, que nunca serán reciclados y que acabarán siendo desguazados en muladares al otro lado del mundo. La industria editorial tradicional puede ser limpia, tal como demuestra de nuevo el caso de la industria británica con Penguin a la cabeza, que ha sido considerada como la undécima empresa más verde del Reino Unido según el ranking elaborado por The Sunday Times.

Hasta donde yo sé -y puede que me equivoque y estoy dispuesto a retractarme, hacer doscientes flexiones y comerme un brocoli crudo-, no hay ninguna comisión gremial responsable de nada similar; no hay ninguna mesa prevista que aborde este acuciante asunto en ninguna de las Ferias del Libro que se celebrarán dentro de poco; no hay Día Mundial del Libro ni San Jordis que se hagan eco de ese apremio;  no hay Encuentros ni jolgorios de Editores santanderino que recoja esta urgencia; no hay… nada más que decir excepto solicitar una iniciativa coaligada que haga verde a la industria del libro.

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Contabilidades fantasmas y biodiversidad

Imaginemos que un grupo de jóvenes emprendedores desean montar una editorial, un pequeño negocio independiente que satisfaga, a partes iguales, sus expectativas intelectuales, sus convicciones estéticas y políticas y, cómo no, sus legítimas aspiraciones económicas, por muy parcas y medidas que sean. A la hora de contabilizar los gastos fijos en los que la pequeña editorial incurrirá para sacar adelante su modesto catálogo, aparecerán, cómo no, los gastos asociados al papel y a la producción industrial de sus libros. En general, lo que tenderá a suceder es que negocien con un impresor que tendrá unas cuantas resmas de papel almacenado que intentará colocar al mejor precio. Llegarán final e inevitablemente a un acuerdo, buscando una solución lo más airosa posible dentro de los estrechos márgenes que la economía independiente permita.



Ese papel, en más del 90% de los casos, será barato a costa de no tener certificación de origen ni tipo alguno de trazabilidad. La contabilidad, en cualquier caso, como a todos nos han enseñado, solamente multiplicará el coste unitario de producción por el número de ejemplares que componen la tirada. ¿Qué sucedería si, en lugar de esa práctica contable parcial y artera se incluyera el coste real de los árboles talados, de las pastas de bósques primarios que se siguen importando y utilizando sin control alguno? Es decir, ¿qué ocurriría si en la contabilidad editorial -en cualqueir contabilidad de cualquier negocio que utilizara maderas y pastas, en realidad- debiéramos sumar el coste real de un árbol, el hecho de que sea un ser vivo que transforma el CO2 en oxígeno, que es morada y refugio para muchos seres vivos, que evita la descomposición del suelo fijándolo, que contribuye a que el metabolismo biológico de toda la cadena trófica siga funcionando al asimilar minerales y nutrientes diversos? Pues que cada libro saldría por una pasta, sería, simplemente impagable.

De hecho, en estas circunstancias, sería mucho más económico y sensato adquirir directamente papeles certificados, pastas FSC que cumplen con todos los criterios de sostenibilidad, ecoeficiencia y acreditación que la Unión Europea establece.

Es de hecho la Unión Europea la que quiere acabar con las contabilidades fantasmas incluyendo en todos los balances los costes asociados a la pérdida de la biodiversidad: el comisario de la Agencia Europea del Medioambiente, Karl Falkenberg, ha dicho: “el valor de los ecosistemas debe incluirse en todas las agendas financieras. El progreso”, afirma sin dobleces, “no sólo debe medirse económicamente, sino también a nivel de biodiversidad”, explicó. “La economía de cada país”, concluye taxativamente, “debe incluir en su PIB el valor de sus ecosistemas. Queremos que en 2012 haya indicadores económicos que reflejen este valor”.

Esa sería una contabilidad abierta y sin sombras, alejada de las lobregueces y negruras tradicionales.

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Elogio de la destrucción (editorial) creativa

Veamos: parece que Albert Einstein dijo en algún momento de su vida: “no pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos”. Hoy se dan cita en Hopenhagen los líderes mundiales que deberían tomar la incuestionable crisis mediomabiental como la oportunidad histórica de tutelar y conducir la creación de un nuevo orden mundial. Pero no lo harán. Quizás, como argumenta Hermann Scheer (uno de los arquitectos de la decisiva Renewable Energy Act alemana) en el número de la revista ODE sugestivamente titulado What needs to be done, dedicado a la cumbre de Copenhage, “no necesitemos un tratado internacional del clima. No necesitemos un Protocolo de Copenhage, de la misma forma que no necesitábamos un Protocolo de Kyoto”, porque, en realidad, ninguna revolución tecnológica que haya reformado el mundo, haya reformateado nuestros sistemas productivos, desde la talla del silex hasta Internet, ha sido resultado de los acuerdos a los que hubieran podido llegar países con sistemas productivos y estadios de desarrollo diametralmente diferentes. Quizás ocurra lo mismo en el mundo editorial: la crisis, obvia para todo el que participe de su cadena de valor vinculada estrechamente desde todos los puntos de vista a la economía del carbono del siglo XX y a los hábitos ancestrales de las artes gráficas medievales, tiene que reinventarse para seguir existiendo. La única pregunta es: ¿se atreverán los agentes que representan a los diversos gremios a liderar el cambio o tendrá que ser la fuerza de los hechos la que se acabe imponiendo?


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La última oportunidad

En el último número de Vanguardia Dossier sobre cambio climático, Stefan Rahmstorf, uno de los científicos que más claramente han hablado en los últimos años sobre la deriva a la que nos llevará el aumento de la temperatura sobre la superficie terrestre, decía: “en este momento, el futuro a largo plazo de nuestro planeta pende de un hilo”. Hoy ha comenzado la cumbre de Hopenhagen, nuestra última oportunidad: si el ritmo actual de emisiones sigue aumentado, habremos sobrepasado en el 2020, dentro de tan sólo diez años, lo que la Unión Europea se había marcado como horizonte para el 2050. En el Copenhagen Diagnosis puede leerse: “Las emisiones mundiales de dióxido de carbono provvenientes de combustibles fósiles en 2008 fueron casi un 40% más altas que en 1990. Aunque las tasas de emisiones globales se estabilicen a los niveles actuales, en sólo 20 años más de emisiones tendríamos un 25% de probabilidad de que, aunque tuviéramos cero emisiones después de 2030, el calentamiento exceda los 2ºC. Cada año de acción retardada aumenta las probabilidades de exceder el calentamiento en 2ºC”.
Cuando discutimos sobre reducciones progresivas y sobre la conveniencia hipotética de dar los primeros pasos lo que no suele decirse es que, simplemente, no hay tiempo para tentativas ni tanteos; tan sólo para resoluciones drásticas y presteza en las decisiones. También, claro, dentro del mundo editorial.


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Hopenhagen: go digital, go green

Puede que sea una casualidad o puede que no: la Feria del Libro de Guadalajara, como cumbre iberoamericana de la edición, empieza mañana y termina el día 5 de diciembre; dos días después comienza en Copenhagen una cumbre trascendental para el futuro de la humanidad. Los editores, inconscientemente, hemos puesto tradicionalmente el acento en la privatización del beneficio y la socialización del daño, pero no podemos permanecer por más tiempo ajenos al impacto extraordinario que nuestra actividad profesional (y la de nuestros proveedores) tiene sobre el medio que nos sustenta y nos presta sus materias primas para trabajar. Tendré la suerte de intervenir el día 1 de diciembre en Guadalajara, en el Foro Internacional de Editores, y mi mensaje puede resumirse en un llamamiento factible y sencillo de recordar: Go digital, go Green.


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El acuerdo de los editores

Desde hace años la revista Time dedica un número a galordonar anualmente a los Héroes del medioambiente, personas, colectivos, empresas o instituciones que, sea en el campo que sea, han hecho de la defensa del medioambiente, de la concienciación pública, de la investigación y explotación de nuevas fuentes de energía limpias y renovables o de la reconceptualización de los ciclos productivos su quehacer principal. Entre nosotros, aunque me constan los esfuerzos de CONAMA, quizás estuviéramos más en condiciones de conceder el premio anual al Depredador del medioambiente, porque candidatos no nos faltarían.


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7.5 en la escala sismológica de Richter

En la escala logarítmica que cuantifica el efecto de un terremoto y que se conoce con el nombre del sismólogo norteamericano Charles Richter, yo diría que la noticia publicada hoy por la prensa es de, más o menos, un 7.5 de intensidad, equivalente al terremoto de Santiago de Chile de 1985. Nadie que haya estado medio atento dentro de la industria editorial los últimos años puede parecerle insólito, ni siquiera extraño, que Google haya decidido convertir su servicio de vista de libros en una plataforma centralizada de gestión de contenidos digitales que adoptarán la forma que convenga, sea esta electrónica, sea esta en papel, por medio de la impresión bajo demanda en el punto de venta o derivada a proveedores concertados. Eso lo sabía hasta el ordenanza de la puerta del Ministerio de Cultura. El contrasentido de todo esto es por qué, aún sabiéndolo, no se han dado ya pasos decididos para desmantelar el modelo industrial obsoleto con el que trabajamos y por qué nos seguimos echando las manos a la cabeza, cuando la información ha sido pública y sencillamente consultable.


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Edición ecoeficiente: rediseñando los futuros del libro (y III)

La sostenibilidad no es suficiente. Basta que hayamos escuchados las palabras pronunciadas ayer por el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, que advierten de un Polo Norte derretido en el 2030, si no antes, para que cobremos conciencia de la urgencia inaplazable de iniciativas que no se conformen con ser progresivamente menos malos, porque simplemente no hay plazo para dilaciones ni rodeos. Invitar a la población -como hace dos días se hizo ante la puerta de la Tate Gallery de Londres- a reducir sus consumos, mostrando cómo se licuaban ante sus ojos miles de figuras humanas de hielo, tal como informa el Daily Mail; frenar el consumo de bolsas de plástico mediante una campaña que destaca su cualidad de excremento o deyección; o pedirles a los editores, sin ir más lejos, que consuman papeles con orígenes certificados y tintas sin pigmentos venenosos, es simplemente insuficiente, además de engañoso.


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