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Necesitamos nuevas preguntas (o el Principio de Shirky)

“Las instituciones”, dice el famoso principio de Shirky (de Clay Shirky), “tratarán de preservar el problema para el que ellas son las solución”. O dicho de otra manera: las instituciones tratarán de perseverar en el problema que conocen y entienden porque es el único para el que imaginan soluciones.

De ese principio -tal como se observaba en el Publishers Weekly de hace un par de años-, se derivan colorarios interesantes:

  • Los libreros parecen mucho más preocupados por detener el avance de internet y de su poder extraordinario de desintermediación comercial que de preocuparse por saber cuál es el papel que podrían jugar en la nueva red de valor que Internet promueve. La pregunta no es, por tanto, ¿de qué manera podemos conformar un grupo de presión para detener el avance de Internet, de las empresas que operan en ella o de las transacciones comerciales que facilita sino, más bien, cuál es valor que, como libreros, podríamos añadir a esa nueva configuración de valor que la red origina?
  • Los editores, sobre todo de contenidos científicos, profesionales y educativos, se preguntan de qué forma podría hacerse más rápido, más barato y mejor lo que vienen haciendo extraordinariamente bien desde hace décadas, es decir, crear contenidos científicos, profesionales o educativos empaquetados en volúmenes más o menos extensos. Presos de su propia evidencia y rehenes de sus éxitos, no aciertan a reconocer que vivimos en un nuevo entorno de contenidos y conocimientos extraordinariamente abundantes y gratuitos, donde todas las personas -particularmente los nativos digitales, los jóvenes-, pueden indagar, encontrar, valorar, utilizar y crear nuevos contenidos adecuados a sus intereses particulares. La pregunta, por tanto, no es de qué manera puedo evitar que todo esto suceda, de qué forma puedo ignorar lo que está ocurriendo a mi alrededor apelando a la magnífica y singular calidad de mis contenidos. La pregunta, más bien, debería plantearse de qué manera puedo construir, distribuir y comercializar contenidos adecuados a las necesidades e intereses de mis potenciales usuarios, en formas, formatos y maneras por completo distintas a las anteriores, capaces de agregar un valor realmente singular a lo que cualquier usuario podría encontrar ya en la web.

En agosto de 2012 la agencia Reuters informaba del enorme negocio en torno a la educación que avistaban los sellos educativos norteamericanos, siempre y cuando, claro, se preservara el problema, es decir, siempre y cuando la cuestión siguiera girando en torno a los libros de texto y a las pruebas estandarizadas: “Big publishers such as Pearson, McGraw-Hill and Houghton Mifflin Harcourt have made hundreds of millions of dollars selling public school districts textbooks and standardized tests”, decía la noticia.

  • Los editores de revistas científicas a penas saben cómo gestionar el vuelco que internet supone para sus negocios: la primavera académica comenzó alrededor de 1980, cuando Tim Berners Lee propuso su modelo de comunicación hipertextual entre la comunidad de físicos de altas energías. Los frutos de aquel descubrimiento han tardado incluso más de lo previsto, porque desde aquella fecha los científicos recuperaban el control pleno sobre los medios y los modos de producción, circulación, comunicación y certificación de los contenidos que ellos mismos creaban. Lo demás es cuento y ganas de perder el tiempo: pronto se vio que la la edición científica era la locomotora digital de la revolución en curso, que las revisas y cabeceras que iban ganando independencia respecto a las sujeciones editoriales era cada vez mayor. Hoy en día, la relación de revistas del DOAJ alcanza casi las 7500 revistas, y el incremento de las cabeceras que publican en abierto bajo algún regimen de licencia Creative Commons o similares, ha crecido exponencialmente, tal como puede leerse en The Development of Open Access Journal Publishing from 1993 to 2009. La pregunta, en consecuencia, no puede ser ya cómo mantener los boyantes beneficios derivados de la gestión previa a la era de Internet. En todo caso, la pregunta se parecería más a ¿qué clase de servicios podemos proporcionar a la comunidad científica que sigan justificando nuestra presencia?
  • Los editores de revistas culturales -algo extensivo también, quizás, a la prensa en general- no pisan ya el suelo que les sustentaba: los suscriptores dejaron de abonar sus cuotas; los puntos de venta dedicados desaparecieron; los kioskos de prensa se superpoblaron y se hicieron económicamente prohibitivos; la publicidad desapareció; la compra pública para las redes de bibliotecas es un lejano recuerdo del pasado. Por si fuera poco, la red proporciona toda clase de alternativas culturales de calidad, en muchos casos, equiparable. La pregunta no debería ser sólo, en consecuencia, de qué forma podemos seguir haciendo sin tribulaciones ni sobresaltos lo que hemos venido haciendo hasta ahora. La pregunta se parecería, más bien, a de qué manera puedo construir comunidades de lectores afines, de qué forma puedo tejer redes de afinidad, colaboración y lealtad, de qué manera debo transformar mi publicación digitalmente.
  • Los distribuidores, por terminar de repartir las interrogaciones, sólo puede hacerse una pregunta plausible: ¿qué puede hacer un distribuidor de objetos físicos en un mundo de bienes intangibles?

Se atribuye a Mario Benedetti la formulación de una máxima que es, al menos, tan lúcida como la de Shirky: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Y es que el único camino para encontrar respuestas verosímiles es plantear nuevas preguntas sin guarecerse en los viejos y queridos problemas.

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Dar la vida por lo abierto

Hace pocos días Aaron Swartz, un joven de 26 años, activista de la red, coinventor del RSS e impulsor del open access, se suicidó. Ese estremecedor suceso parece que vino propiciado por la desmesura de la amenaza judicial que se le venía encima: 35 años de prisión y una multa de 1 millón de dólares por haber puesto en circulación 4,8 millones de documentos provenientes de la base de datos de JSTOR. En el fondo de su actuación, de su decisión de liberar esos documentos digitalizados, procedentes en su mayor parte de revistas científicas, estaba el  deseo de promover el acceso libre e igualitario al conocimient0, algo que puede sonar a ingenuidad y candidez extremas, sobre todo en los ávidos y desiguales tiempos que corren.

No soy partidario, personalmente, de violar las leyes del copyright cuando existen propietarios que, justificadamente, quieren hacer uso de su legítimo derecho; soy, sin embargo, un incondicional defensor del libre acceso a los contenidos científicos generados por una comunidad que, en su gran mayoría, está compuesta por funcionarios pagados con fondos públicos al servicio de la comunidad. Y, para mi, ese es el debate fundamental que este turbador hecho pone despiadadamente de relieve: el proceso y flujo de edición tradicional dictaminaba que los científicos dispuestos a hacer carrera debían publicar, preferentemente, en cabeceras con índices de impacto elevado, controladas por una camarilla de profesores bien situados, al servicio de un sello editorial privado que revendía ese mismo contenidos generado por los científicos a las bibliotecas universitarias donde trabajaban por precios, a menudo, abusivos. Ese estado de cosas, sin embargo, cambió desde el mismo momento en que surgiera Internet: la posibilidad de controlar y gestionar el proceso completo, desde la creación a su distribución y posterior uso, dio a los científicos la posibilidad de emanciparse de un yugo incoherente, que no aportaba valor alguno, antes al contrario, que mermaba su circulación, su impacto y sus posibilidades de acceso al conocimiento. La primavera académica, sin embargo, estalló ya en el 2012.

Internet da a los científicos la posibilidad de controlar toda su cadena o red de valor, y eso hace que todos aquellos que se beneficiaban del modelo anterior -los grandes grupos editoriales Reed Elsevier, Springer, Ebsco, etc., que sin añadir prácticamente valor alguno obtenían crasos beneficios; los científicos miembros de los comités de peer review, anónimos y oscuros, cancerberos de las promociones científicas; la propia comunidad científica, finalmente, paralizada en esa carrera a menudo incoherente del pública o muere-, se sientan molestos y blandan con descomedimiento las amenazas jurídicas y penales que seguramente pesaron sobre la decisión de Swartz.

Ese sacrificio innecesario de Aaron Swartz no debería caer, sin embargo, en saco roto. No es suficiente con apenarse y sentirlo (como la propia página de JSTOR ha hecho), o con procurar seguir las condolencias en el hashtag que se ha creado al efecto #PDFTribute http://pdftribute.net. Es necesario repensar en profundidad el sistema de creación, circulación, uso y reutilización de los ensayos, experimentos, contenidos y resultados generados por la comunidad científica: es necesario hablar de open data, de open access y open edition, como elementos íntimamente correlacionados en un nuevo proceso de descubrimiento, ensayo, error, comentario y publicación dependiente, de manera soberana, de los propios científicos. Es necesario darse nuevos instrumentos de impacto y medición que valoren la circulación, uso, apertura y comentarios de los contenidos expuestos a la vigilancia de la comunidad. Es necesario, como se proponía hace poco en Six ways to clean up science, reestructurar profundamente los incentivos que llevan a los científicos a publicar los contenidos de la manera en que lo han hecho, falsificando a menudo las evidencias, forzados al fin por publicar con la apariencia impoluta del descubrimiento perfecto.

Entregar, en suma, parte de nuestra vida profesional por lo abierto.

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Los retos de la edición universitaria

Hoy viernes 23 estará acabando, en Salamanca, el encuentro anual de los editores universitarios. Muchas cosas han cambiado en los últimos años: se ha construído una web propia que transmite noticias puntuales sobre la actividad de un colectivo muchas veces relegado, cuando no, simplemente, ignorado, compuesto, sin embargo, por 64 universidades y centros de investigación; se ha relizado (se realiza semanalmente), un esfuerzo de comunicación a través de la prensa escrita y los suplementos culturales, mediante la promoción de títulos publicados por sus agremiados; se han firmado acuerdos con gigantes tecnológicos (Google Books, hoy Play) para incrementar la visibilidad y el impacto de los títulos publicados; se ha creado una tienda propia, UneBook, con el concurso de Publidisa, para facilitar la venta de libros electrónicos y bajo demanda y se ha comenzado, en consecuencia, a modernizar estructuras organizativas ancladas en prácticas editoriales excesivamente conservadoras y convencionales.

Siendo eso cierto, siguien siendo muchos los interrogantes y los retos que, a mi juicio, la nueva junta directiva, recientemente elegida, tendrá que abordar:

  • en primer lugar, resolver si el futuro de buena parte de su producción editorial, sobre todo de revistas científicas, no debe formar parte de un patrimino común explotado en una plataforma única de libre acceso. El ejemplos de OpenEdition.org y Revues.org, promovido por la Academia francesa, pone el listón del acceso libre a los contenidos científicos producidos por las instituciones públicas muy alto. Quizás no sea comparable, al menos directamente, la actividad de la National Academy Press norteamericana, pero a mi me sugiere múltiples vías de ensayo e indagación para los próximos años (entre otras, la gratuidad de los contenidos editados);
  • en segundo lugar, comprender (si es que hay algo ya que comprender), que no se trata de que lo analógico y lo digital convivan: se trata de crear equipos degestión de proyectos digitales que decidirán, en cada caso, en qué formato se encarna el producto que han desarrollado, bien sea en papel, bien sea en cualquier formato susceptible de ser leído en un soporte digital. De lo que se trata es de implantar procesos de trabajo que entiendan que hoy solamente existe un flujo digital integrado, y que se necesitan herramientas, competencias y procesos adaptados;
  • en tercer lugar, decidir si las editoriales universitarias son servicios, es decir, centros de gasto dotados de un presupuesto que no deben rebasar, o centros de beneficio, obligados a presentar anualmente una cuenta de resultados que justifique su viabilidad y presencia;
  • en cuarto lugar, reflexionar sobre el lugar que las editoriales universitarias deben ocupar hoy en la estructura de una universidad: como parte de una estrategia global de comunicación (particularmente digital), de la que forman parte y a la que añaden el valor de mostrar sus conocimientos más diferenciados; o dependientes de servicios bibliotecarios, de bibliotecas científicas y especialzadas a partir de las cuales se generan líneas de investigación que generan títulos y colecciones.
  • en quinto lugar, quizás, solucionar el contencioso con los editors privados agrupados en los gremios profesionales, que siguen considerando que la edición pública subvencionada a través de las Universidades es una forma de competencia desleal que no cabe considerar como edición profesional.

Y el reto final es, cómo no, llegar no solamente a los especialistas, académicos y profesionales sino, en la medida de lo posible, alcanzar a la sociedad en su conjunto, para la que en el fondo trabajan y de la que provienen los fondos que las financian.

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Aires de apertura

La Eurocámara dio ayer luz, finalmente, a un texto que autoriza el libre uso y distribución de las obras huérfanas cuando, obviamente, no se hayan localizado a los autores o a los derechohabientes respectivos. Esa medida es especialmente importante para la vida de la web, porque desbloquea el uso de lo que Lawrence Lessig calculaba -en su trabajo Free Culture- el 85% de la producción cultural de un país. De esta manera cabrá poner a disposición de todo aquel que lo quiera o lo necesite, el patrimonio cultural escrito o grabado de un país sin incurrir en ilícitos jurídicos y sin estar sometidos a las amenazas de quienes, supuestamente, detentaban los derechos de representación.

 Hace tan sólo dos o tres días, casi en paralelo, diez años después de que se promulgara su primer manifiesto, la Budapest Open Access Initiative (la iniciativa filantrópica para el fomento del libro acceso al conocimiento promovida por George Soros), actualizaba su compromiso y redactaba un conjunto de 10 recomendaciones. En el fondo las razones de este compromiso se dejan resumir con cierta sencillez: ““The reasons to remove restrictions as far as possible are to share knowledge and accelerate research. Knowledge has always been a public good in a theoretical sense. Open Access makes it a public good in practice”. Favorecer la circulación irrestricta del conocimiento financiado con dinero público para mejorar el acceso, acelerar la innovación y convertir a este atribulado mundo en algo mejor.

En plena campaña electoral norteamericana, la famosa revista (y plataforma de conocimiento abierto) PLOS, promueve una campaña que lleva por eslogan: Tell the White House to Expand Open Access to Federally Funded Research, dile a la Casa Blanca que expanda el acceso abierto a las investigaciones financiadas con fondos federales, y parece que los candidatos no están haciendo oídos sordos.

En el Reino Unido, durante todo este verano pasado (ya, tan lejos), The Guardian se hizo eco, extensivamente, de las conclusiones del Finch Report -que recomienda encarecidamente la promoción del libre acceso al conocimiento producido en sus Universidades y centros de Investigación-, y llegó a la conclusión de que se trata de una oportunidad de oro inaplazable.

No hace falta que insista demasiado, de nuevo, en la iniciativa del CNRS francés, la construcción del sitio Open Edition, que aglutina ya a 365 cabeceras científicas de libre acceso y 504 blogs científicos de alto nivel.

Aires de apertura que, por ahora, no terminan de soplar por aquí.

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¿Qué quedará de los libros de texto?

Si formuláramos esta pregunta a Alejandro Piscitelli es muy posible -me erijo en su intérprete desautorizado- que nada o a penas lo que la inercia de la industria editorial y las naturales resistencias del aprendizaje pasivo preserven. En todo caso, el aprendizaje 1@1 y los nuevos entornos de la enseñanza basados en el aprendizaje por proyectos, en la resolución de problemas reales, en el uso activo de aplicaciones  y herramientas digitales de búsqueda y análisis de una información ubicua y sobreabundante, en el empleo de mecanismos de comunicación distintos a los meros textos escritos, llevan, ineludiblemente, a un diseño del entorno de aprendizaje donde el libro de texto tradicional a penas tiene lugar (disculpa por la interpretación apresurada, Alejandro).

Esa misma riqueza de información disponible, la posibilidad de aprender en solitario apoderándose del propio proceso de aprendizaje, la ocasión de construir comunidades de aprendizaje de profesionales o expertos en torno a temas de interés común, al margen de las instituciones oficiales y lejos del sistema reconocido de acreditaciones, ha llevado adicionalmente a que la idea del Edupunk, del DIY (Do it yourself), haga pensar a las grandes instituciones educativas sobre el papel que jugarán en el futuro de la educación, sobre su probable defunción tal como las conocíamos.

La red hace posible, por si fuera poco, que miles de profesores construyan sus propios libros de texto, generando repositorios de contenidos y de objetos digales bajo licencias permisivas que admiten su difusión, uso y transformación sin límites. Esa realidad es patente en el proyecto Connexions. Sharing knowledge, que es, quizás, el mayor libro de texto de la red, si es que puede recibir ese nombre que respondía a otra realidad textual. Su fundador y principal valedor, Richard Baraniuk, lo explica como una derivada natural de las potencialidades que la tecnología wiki nos ofrece. Desde el mes de mayo de 2009, el Estado de California, en los Estados Unidos, adoptó los libros de texto open source como fuente de abastecimiento de sus escuelas estatales. Varios factores concurrieron para que se tomara esa decisión: la bancarrota innegable del Estado regido por Arnold Schwarzenegger, y la sospecha fundada de que los libros de texto tradicionales eran caros, justificadamente caros si se quiere, y lentos, muy lentos en su capacidad de introducir y fijar los nuevos conocimientos, como no podría ser de otra manera en la tecnología del papel. Si un gobernador republicano optó por los libros de texto con licencias libres construidos por profesores, algo está pasando.

Por si faltara algo que rubricara el ocaso de los libros de texto tradicionales, Apple ha puesto en nuestras manos el IBooks2 Software, el IBooks Author y una plataforma para distribuir contenidos educativos en cualquiera de sus soportes, ITunes U application que da lugar a revoluciones editoriales como Life on earth. Claro que la inversión en el desarrollo del prototipo de esa última maravilla editorial requiere inversiones previas costosas en grabaciones de video, desarrolladores de animacinoes interactivas, diseñadores, técnicos de sonido e imagen, etc., pero también es verdad que pone al alcance de cualquiera (mejor, de cualquier grupo bien coordinado de profesores) la posibilidad de construir libros  de texto diferentes. Hoy lo ha propuesto y desarrollado Apple como medio de que el IPad se convierta en el soporte ubicuo de la educación, pero pronto surgirán aplicaciones para formatos abiertos e interoperables que permitan que produzcamos contenidos que puedan ser usados y leídos en cualquier soporte.

Life on Earth from E.O. Wilson Biodiversity on Vimeo.

En realidad solamente queda por saber lo más importante: hasta qué punto el uso de dispositivos digitales interactivos mejorará o no la calidad del aprendizaje; hasta qué punto sustituirán a los soportes tradicionales o se convertirán en un completo para la indagación y el trabajo colaborativo; de qué manera integrarán los estudiantes en su ecosistema de información y aprendizaje estas nuevas propuestas.

El libro de texto no será ya lo que fue (que se lo digan, si no, a McGraw Hill, a Houghton Mifflin Harcourt o a Pearson). Larga vida al libro de texto….

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La primavera académica

En realidad, la primavera académica comenzó alrededor de 1980, cuando Tim Berners Lee propuso su modelo de comunicación hipertextual entre la comunidad de físicos de altas energías. Los frutos de aquel descubrimiento han tardado incluso más de lo previsto, porque desde aquella fecha los científicos recuperaban el control pleno sobre los medios y los modos de producción, circulación, comunicación y certificación de los contenidos que ellos mismos creaban. Lo demás es cuento y ganas de perder el tiempo: pronto se vio que la la edición científica era la locomotora digital de la revolución en curso, que las revisas y cabeceras que iban ganando independencia respecto a las sujeciones editoriales era cada vez mayor. Hoy en día, la relación de revistas del DOAJ alcanza casi las 7500 revistas, y el incremento de las cabeceras que publican en abierto bajo algún regimen de licencia Creative Commons o similares, ha crecido exponencialmente, tal como puede leerse en The Development of Open Access Journal Publishing from 1993 to 2009:

El último episodio de hartazgo, sin embargo, puede que represente lo que se había venido demorando demasiado tiempo: Timothy Gowers, un matemático galardonado de la Universidad de Cambridge, ha concitado el malestar de los científicos en torno a esta realidad abusiva en un manifiesto titulado The cost of knowledge, llamando con ello al boicot de las publicaciones del sello Elsevier, uno de los más poderosos y acaudalados del mundo, pero hubiera valido para cualquier otro: las editoriales cobran precios excesivos por las revistas cuyos contenidos son provistos por los científicos; las editoriales obligan a las bibliotecas y a los departamentos a adquirir paquetes de revisas cuyo precio resulta desorbitado; y, lo que resulta de todo punto inaceptable, parece que Elsevier es una de las promotoras de la Research Works Act, una medida que promovería la prohibición del libre acceso al conocimiento producido con los impuestos de los contribuyentes, en fin, una interdicción de hecho de su libre circulación.

Si uno pretendiera ser premio Nobel de algo y tuviera Internet a mano y pudiera prescindir, en consecuencia, de la intermediación de los editores para hacer circular las ideas y los descubrimientos científicos cumpliendo, con ello, el mandato implícito propio del campo científico, no habría lugar a dudas sobre el procedimiento a seguir. Al fin y al cabo, Internet devuelve el mango de la sartén –como nos recuerda la carta abierta de la Public Library of Science– a los que la habían dejado de tener porque las complicaciones de la puesta en página y, sobre todo, de la difusión, requerían de profesionales especializados que se hicieran cargo de ello. Cuando las herramientas de edición y las propiedades del soporte permiten que uno controle tanto la generación de los contenidos como su difusión, no parece que la edición, tal como la entendíamos hasta ahora mismo, tenga un futuro muy alentador por delante. Tanto es así que las editoriales tradicionales que vivían (aún lo intentan) de la edición científica, a falta de mejores ideas y ante la evidencia de que la alianza de la libido scientifica y la edición electrónica es imparable, se dedican a la aplicación indiscriminada de políticas abusivas y restrictivas –cómpreme usted toda una base de datos y cuidado que le controlo el número de accesos y las veces que intenta copiar un artículo y enviárselo a alguien interesado–, a ver si cuela. Ampararse, como hacen los editores tradicionales, en que añaden valor mediante la agregación de metadatos, el establecimiento de filtros de evaluación y el alojamiento y preservación de los contenidos es, hoy en día, perfectamente reemplazable.

Sólo queda que los científicos comprenda que su primavera pasa por que se hagan cargo de ella sustituyendo los modos tradicionales, caducos y hoy abusivos de creación y comunicación de contenidos científicos por las nuevas posibilidades, mecanismos y libertades que les da la web.

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Ediciencia Manual Edicion Digital

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Bookcamping

El #15M, tal como yo lo interpreto, surge de una crísis de representación. Me explicaré: un grupo de afectados, un gran grupo de afectados (entre los que nos encontramos la mayoría) por las trastadas criminales de las especuladores internacionales, capacaces de hacer zozobrar las consecuenciones de una civilización sin que quienes poseen la legitimidad democrática de plantarles cara hicieran otra cosa que planificar recortes y austeridades para que pagaran los platos rotos los afectados por esa misma codicia, decidieron hacer evidente esa situación aberrante, decidieron hacerse evidentes, visibles, palmarios y manifiestos. Y en ese mismo ejercicio de movilización y visibilización  -como cualquier otro grupo de afectados, sea por una enfermedad rara, por un abuso contra el entorno, por el enrarecimiento y contaminación de los alimentos, por las mil cosas que son incumbencia de los ciudadanos-, hicieron fehaciente que el trecho entre lo que la democracia dice que representa y lo que realmente hace, era necesario crear y generar nuevas posibilidades, imaganarios y narrativas para una realidad diferente.

Los científicos sociales llaman a estos grupos que se revelan y manifiestan contra la ignorancia y la desidia, “grupos epistémicos”, porque al fin y al cabo son agrupaciones de personas capaces de generar un nuevo conocimiento capaz de ofrecer formas de entender e interpretar el mundo de una manera distinta. La tecnología, las redes de comunicación, internet, nos abren espacios inéditos para que esas congregaciones se aglutinen, construyan conocimiento en torno a la realidad que se les negaba, lo difundan, lo comuniquen y lo compartan, generen, en fin, interpretaciones distintas del mundo y su devenir.

Necesitamos una sociedad de intérpretes cualificados, no una sociedad de repetidores autómatas, y en eso los libros juegan una dimensión esencial. Bookcamping #bookcamping es la biblioteca colaborativa que un grupo de voluntarios, los #bookcampers, ponen al servicio de esa comunidad de intérpretes cualificados que discurren, deliberan, debaten y deciden valiéndose de lo que otros antes que ellos discurrieron y pensaron. Lo extraordinario de la iniciativa es que -y aquí quería venir a parar también-, que en el mismo proceso de redefinición de lo que es la participación, se redefine lo que es la creación, edición, comunicación y lectura de contenidos. Una biblioteca abierta y comunitaria al servicio de un propósito colectivo que pretende hacer a los ciudadanos más sabios y versados en los temas que los atañen, valiéndose de las herramientas que la tecnología digital nos ofrece (¿edición distribuida, empoderamiento editorial ciudadano, edición aumentada, edición lega, simple bookcamping?).

“Y si todavía queda alguien que desee seguir explorando las posibilidades de un nuevo contrato social por la ciencia”, dicen Antonio Lafuente y Andoni Alonso, “nunca fue más fácil sondear lo que quiere la gente, escuchar la opinión de los ciudadanos e involucrar a los usuarios en el diseño de las políticas”, y a eso es, precisamente, a lo que contribuye #bookcamping. “Ciencia, política y opinión pública tienen que encontrar nuevos caminos para impulsar la función social de la ciencia”, asegura Daniel Innerarity, “y gestionar de manera productiva, transparente y democráticamente legitimada la ignorancia creciente acerca de sus consecuencias”, y eso es lo que hace ese nueva forma de entender la edición que es Bookcamping (no faltéis a sus próximas propuestas el próximo 24 de Enero de 2012, a las 17:00, en Medialab Prado).

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Los 10 primeros años de la Ciencia 2.0.

Ayer 4 de abril celebró el OCW del MIT (Open Courseware) su primer décimo aniversario, que es casi tanto como decir la primera década de una nueva forma de hacer ciencia. En un famoso artículo titulado Open Content and the emerging global meta-university escrito en el año 2006 por el Presidente dle MIT, Charles M. Vest, se relatan los inicios de esa poderosa y visionaria iniciativa que cifraba el futuro de la Universidad no en la tradicional cerrazón y autosuficiencia de las añejas instituciones universitarias, sino, al contrario, en la creación de una gran plataforma abierta de contenidos gratuitos sobre la que comenzar a construir una red de excelencia universitaria global basada en la colaboración y la apertura.

Su aspiración, tal como consta en el texto de celebración de este primer aniversario, es alcanzar los mil millones de mentes colaboradoras para el 2021, una nueva forma de inteligencia colectiva agregada basada en la fortaleza de la red, en el principio fundamental de la ciencia, en todo caso: el conocimiento crece sobre los hombros de nuestros predecesores y lo hace tanto más deprisa y con mayor calidad cuanto más lo compartimos. Ser desinteresado es, paradójicamente, interesante; ser desprendido es  una forma, paradójicamente, de ver exponencialmente acrecentada nuestra consideración y reconocimiento.

La ciencia del siglo XXI ya no podrá ser igual: la web puso en manos de los científicos la posibilidad de apoderarse de sus medios de producción, o lo que es lo mismo, de prescindir de incómodas intermediaciones. La gestión consciente de su propiedad intelectual mediante la gradación controlada que las licencias Creative Commons ofrece, fue la segunda poderosa palanca sobre la que basaron su imparable progresión actual. La prueba fehaciente es PLOS, claro, y DOAJ, por extensión. Por eso mismo, también, puede uno encontrarse en la web lugares como OpenWetWare, pura ciencia abierta y colaborativa difundida en directo a través de un Wiki, o como BioBricks, banco de colaboración internacional en la investigación genética.

Pero no solamente los científicos profesionales tienen algo que decir en esta nueva fase de la ciencia 2.0: la ciencia ciudadana es ya una realidad en proyectos como GalaxyZoo, donde miles de ciudadanos se convierten en atentos observadores astronómicos capaces de describir nuevas galaxias. Los dispositivos digitales nos convierten a todos, potencialmente, en sensores capaces de aportar un flujo constante de datos a poderosas redes de investigación: EarthSystemGrid apuesta porque sean los usuarios quienes se conviertan en estaciones metereológicas de observación a partir de las que construir los mapas del tiempo, nunca tan precisos como ahora. La manera, incluso, en que se plantea la resolución de los problemas no es ya la de un cenáculo cerrado donde algunas cabezas privilegiadas diluciden su respuesta: Innocentive o NanoHub, son lugares donde se plantean abiertamente problemas globales a una mente global, la de los miles o decenas de miles de personas que deciden cooperar. En este tránsito, desaparecen los límites físicos de las universidades tradicionales y se genera, progresivamente, una gran red colaborativa, una metauniversidad global, tal como describiera en el artículo inicialmente mencionado Charles M. Vest. Ni la ciencia ni las universidades  serán lo mismo en el siglo XXI (afortunadamente).

Felicidades pues para el OCW y para todas las iniciativas que buscan en la colaboración y el open access una vía por medio de la cual hacer florecer el conocimiento. De esta y otras cosas, a propósito, hablaremos en Ciencia 2.0. Generación y creación de conocimiento en un mundo en red. UPC. Iniciativa Digital. En Barcelona, el próximo 11 de abril

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Inscribir, comunicar, borrar: cultura escrita y ciencia en el siglo XXI

Tomo parcialmente prestado el título de la entrada de hoy del imprescindible libro de Roger Chartier Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura, de la no menos imprescindible Katz Editores. En su introducción, cito con holgura, dice Chartier: “el escrito tuvo la misión de conjurar la ansiedad de la pérdida. En un mundo donde las escrituras podían ser borradas, donde los libros estaban siempre amenazados por la destrucción, la tarea no era fácil”. La escritura y el libro inicialmente, por tanto, como registro estable de la memoria frente a las amenazas de disolución. Pero Chartier resalta la paradoja sucesiva: “su éxito no dejaba de crear otro peligro, el de un proliferación textual incontrolable, el de un discurso sin orden ni límites”. Hoy, gracias o por mediación de las tecnologías de anotación y comentario colectivo, regresamos a ese momento histórico en el que la estabilidad de lo escrito es desplazada por el dinamismo de la obra en curso.


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El tridente de la edición científica

Ayer, en Vigo, con cielo cubierto y claros ocasionales, en el Campus de la Unviersidad, hablamos del futuro de la edición científica. Se trata, básicamente, de difundir el conocimiento especializado que las universidades producen, para lo cual, hasta ahora, se venía utilizando la tecnología del papel -como soporte a través del que el contenido discurría-, el copyright -como licencia que intentaba controlar la circulación y la reproducción del contenido difundido-, y el peer review -como el sistema de evaluación y acreditación que daba el visto bueno definitivo para que ese contenido llegara a sus posibles lectores-. Todo eso, afortunadamente, ha cambiado. Adios al editor científico tradicional; viva el nuevo editor científico.


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