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Oficios de la edición

Es obvio que cuando nos embarcamos en una revolución que compromete a la forma y manera en que producimos, distribuímos y usamos los contenidos se produzcan cambios radicales en los oficios y las competencias que deban gestionar y adminstrar esa nueva cadena de valor. Por eso son tan estériles, al menos a mi juicio, los debates sobre la ontología del editor vinculando su capacidad de discernir y entrever al orden del campo editorial del siglo XIX y, sobre todo, a un modo de producción bien pautado en el que cada uno sabía exactamente qué sitio ocupaba y qué funciones desempeñaba. Si hoy, sin embargo, los contenidos se crean, distribuyen y utilizan de maneras hasta ahora inusitadas, surgirán necesariamente nuevas necesidades que se traducirán, progresivamente, en un conjunto de nuevas competencias y, a la postre, de nuevos oficios editoriales.

Así lo entienden muchos y así lo publicó hace un par de meses The Media Briefing, describiendo nueve oficios editoriales diferentes para este ecosistema digital:

  1.  Head of data o jefe de datos: en la red todos nuestros comportamientos como creadores o usuarios dejan alguna traza en forma de dato, lo queramos o no. La agregación de los datos del comportamiento de los usuarios respecto a un sitio, un producto, una tendencia pueden ser, por eso, esenciales para la economía editorial digital (para toda la economía digital, en realidad). Si los editores, antes, en buena medida, barruntaban con cierto conocimiento cuál podía ser el comportamiento de sus lectores, hoy en día cabe realizar un seguimiento mucho más exhaustivo que redunde en la generación de contenidos mejor orientados, en ofertas mejor dirigidas, en campañas de promoción especializadas, etc. No enteraré a considerar, aquí, las múltiples implicaciones que sobre el derecho a la privacidad tiene esta nueva dimensión profesional;
  2. Head of analytics o jefe de análisis: un puesto estrechamente relacionado con el anterior que coadyuva a la disección y mejor comprensión de los datos para, como queda dicho, desarrollar productos que tengan más y mejor en cuenta la voluntad y los intereses de los usuarios; para generar paquetes de ofertas relacionados con las afinidades electivas de los clientes; para lanzar campañas de promoción y comunicación que lleguen con certeza al público interesado.
  3. Head of user experience o jefe de experiencia de usuarios (usabilidad): estábamos acostumbrados, muchos de nosotros, a tomar el libro por una suerte de efecto eterno e imperecedero que nada tenía que ver con la tecnología, pero nada más alejado de la realidad. De la misma manera que pasaron siglos hasta que la arquitectura de los códices y sus elementos constituyentes acabaron convirtiéndose en el libro que conocemos, hoy necesitamos construir un nuevo entorno en el que la experiencia del lector sea satisfactoria (lo que comprende el diseño y el conocimiento profundo de los lenguajes de programación que permiten separar forma y contenido para transformarlos y adecuarlos a los soportes que sean necesarios XML, XSLT, CSS, HTML, XHTML, etc.);
  4. Chief content officer o jefe de contenidos : para explicar este punto remito a mi legión de lectores al próximo número de TEXTURAS y a un artículo titulado “El editor atómico”.
  5. Chief revenue officer o jefe de modelos de negocio: una de las incognitas que pocos han despejado, al menos todavía, es la de cómo rentabilizar en internet las inversiones que requiere y, mejor aún, de qué manera pueden obtenerse márgenes de contribución suficientes para sostener a las empresas editoriales digitales. No es tarea fácil porque requiere del equilibrio entre la covertura de las necesidades inmediatas y apremiantes y la necesidad de plantear un fundamento de los negocios a largo plazo.
  6. Head of premium information o jefe de información premium: ¿habrá, en una economía sobreabundante en información gratuita, quien quiera pagar por servicios de valor añadido basadas en información enriquecida o clasificada? Seguramente sí, y este es el oficio que debería descubrir cuál es esa información y quiénes son los que estarían dispuestos a pagar por ella.

7. Head of social media o jefe de redes sociales: si creemos que los mercados son conversaciones y que todos tenemos algo que decir en ese incesante intercambio de unos con otros, cualquiera, dentro de una editorial, deberá convertirse, potencialmente, en portavoz, en transmisor de los valores del sello para el que trabaja. Siempre deberá haber alguien, claro, que supervise y recomiende estrategias de posicionamiento global en la red, que se asegure de que las conversaciones transciendan y puedan convertirse en productos tangibles.

8. Head of subscriptions o jefe de suscripciones: muchos de los modelos de negocio de la red pasan por revisitar un viejo oficio: el del jefe de suscripciones. Bien sea porque la editorial oferta paquetes anuales con acceso a determinados tipos de contenidos a un precio determinado; bien porque, invocando el apoyo a un proyecto, soliciten la participación de la comunidad afin de lectores; bien porque, como fruto de las conversaciones mantenidas con los usuarios, entienda qué clase de productos son más adecuados para determinados grupos de usuarios, el jefe de suscripciones -en compenetración con el de análisis de datos y de información premium, al menos- debe redefinir su identidad en este nuevo ecosistema;

9. Chief marketing officer o jefe de márketing y comunicación: los jef@s de márketing y comunicación que yo he conocido en el sector editorial padecían todos de un intenso síndrome de desatención y aceleración, y eso que apenas teníamos, entonces, tres o cuatro canales a través de los que comunicar y promocionar nuestros productos. ¿Qué decir ahora de un entorno en el que se multiplican las posibilidades y los canales de comunicación añadiendo mayor complejidad y disparidad al oficio tradicional? Oficio necesario y cambiante, sin duda.

Quizás no perduren los nombres ni las denominaciones, pero eso apenas tiene importancia. Lo que resulta urgente y necesario es reflexionar, en todos los ámbitos de la edición, por las fuciones, competencias, necesidades y cometidos de esos nuevos oficios.

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Encuentro europeo de editores vs. Libre Graphics Future Tools

Que la Casa del Lector de Madrid haya organizado un Encuentro de Editores europeos, donde se puedan compartir zozobras, reflexionar sobre la identidad perdida e indagar sobre la incierta senda del futuro digital, es una extraordinaria noticia, una magnífica iniciativa. De hecho, el panel de participantes, la selección de personalidades y expertos de algunos de los sellos más importantes del siglo XX editorial europeo, exceden con creces en interés a los cada vez más caducos Encuentros de Editores de la Magdalena. Son estrictamente necesarios foros de reflexión transnacionales donde se aborden las incertidumbres comunes, y este es un buen ejemplo.

La cuestión es, sin embargo, que cuando un encuentro de esta ambición se conforma, de nuevo, con iniciarse mediante una reivindicación de las certezas más conocidas y confortantes, mediante una invocación al carácter insustituible de la profesión, mediante lo que Pierre Bourdieu denominaba una “teodicea de la propia condición” -como si los editores y su papel de intermediarios culturales fuera intemporal y perpetuo-, entonces estamos sustituyendo la verdadera reflexión crítica por una simple letanía que pretende sobresaltarnos con el conocido “o nosotros o el caos”. Y es que, efectivamente, muchos de los editores presentes sienten y perciben el entorno contemporáneo en el que viven como una amenaza caótica, incomprensible y  desdeñable, caricaturizándo el espacio de la web y de las personas que en él colaboran y participan como una forma de anarquía y confusión ingobernable y de todo punto insignificante.

Es posible que, hasta cierto punto, muchos editores hayan comenzado a entender que en el orden de la producción editorial, ya no existe otra cosa que los flujos de trabajo digitales,  y que deberán sustituir todas sus herramientas y competencias tradicionales por las que se derivan de su uso y aplicación. Pero cuando se adentran en las profundidades inasequibles de la web, trastabillan y se aferran a las certezas de la intermediación tradicional. Claro que es cierto, como reivindicaban mis admirados Jaume Vallcorba y Henriyk Wozniakowski, que el editor fue el intermediario por antonomasia entre la gran cultura y el público a lo largo de 150 años, que su influencia durante los siglos XIX y XX en el desarrollo de la cultura y la política europeas fue sencillamente esencial, pero es posible que las reglas del juego hayan cambiado y que esa función intermediadora ejercida casi por completo de manera exclusiva, nunca más sea así. Entenderlo, aceptarlo y hacerse las preguntas pertinentes -como ha intentado Wozniakowski en su intervención-, es parte del camino incierto que los editores, los libreros y los autores (todos aquellos que conformaban el campo editorial tradicional), deberían recorrer. Conformarse con el confortante ronroneo de los compañeros, sin embargo, no lleva a otro sitio que al mismo punto de partida.

A una distancia relativamente pequeña del primer enclave, se encuentra el lugar donde se está celebrando, simultáneamente, el Libre Graphics Meeting 2013, Future Tools, un encuentro internacional, promovido por la Unión Europea, donde una comunidad verdaderamente universal de jóvenes desarrolladores están planteándose, también, cómo será el futuro de la edición, pero de una manera mucho más atrevida, creativa, retadora, compartida, con el desparpajo propio de quien no siente el peso de la tradición como un lastre o una reliquia, sino como un promontorio sobre el que alzarse. Una mera lectura a los temas e intervenciones del evento convencerán a cualquiera que ame y entienda esta profesión y su devenir.

Y el problema es que esos dos eventos, simultáneos en el tiempo, se ignoran mutuamente, desaprovechan las extraordinarias sinergías que podrían generarse en su encuento. Y yo espero que dos espacios tan singulares y necesarios como la Casa del Lector y el Medialab Prado de Madrid, acaben encontrándose y entendiéndose. Por el bien de todos.

Pd. Nota de hoy, 12 de abril: Manuel Gil publica en su Facebook: “Ayer estuve en la primera jornada del Encuentro Europeo de Editores que organiza LA CASA DEL LECTOR. El módulo de ponencias sobre “Transición digital” me parecio espectacular. Importantes editoriales europeas mostraron sus esfuerzos en la transición de lo “analógico” a lo “digital”. Brillantes ponencias que me imagino colgarán en la web. Y una organización impecable”. Conviene contrastar mi visión, parcial y quizás apresurada, con la que ofrece Manuel.

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Alfabetizaciones digitales y competencias fundamentales

El pasado 5 de marzo los expertos de UNESCO dedicados a la alfabetización mediática y digital, en reunión preparatoria de la siguiente World Summit of Information Societies, rubricaron lo que es una evidencia ya incontrovertible: que la alfabetización mediática e informacional (MIL. Media and information literacy) ocupa un lugar central en el mapa escolar de competencias del siglo XXI.

Esto no es nada esencialmente nuevo: Viviane Reding, la hoy Vicepresidenta de la Comisión Europea y ex-comisaria de Información entre los años 2004-2009, declaraba en el año 2006: “Hoy, la alfabetización mediática es tan central para el desarrollo de una ciudadanía plena y activa como la alfabetización tradicional lo fue al inicio del siglo XIX”. Y añadía: “también es fundamental para entrar en el nuevo mundo de la banda ancha de contenidos, disponibles en todas partes y en cualquier momento”.

De acuerdo con el European Charter for Media Literacy podríamos distinguir siete áreas de competencias que, de una u otra forma, deberían pasar a formar parte de todo currículum orientado a su adquisición:

  • Usar adecuadamente las tecnologías mediáticas para acceder, conservar, recuperar y compartir contenidos que satisfagan las necesidades e intereses individuales y colectivos.
  • Tener competencias de acceso e información de la gran diversidad de alternativas respecto a los tipos de medios que existen, así como a los contenidos provenientes de distintas fuentes culturales e institucionales.
  • Comprender cómo y porqué se producen los contenidos mediáticos.
  • Analizar de forma crítica las técnicas, lenguajes y códigos empleados por los medios y los mensajes que transmiten.
  • Usar los medios creativamente para expresar y comunicar ideas, información y opiniones.
  • Identificar y evitar o intercambiar, contenidos mediáticos y servicios que puedan ser ofensivos, nocivos o no solicitados.
  • Hacer un uso efectivo de los medios en el ejercicio de sus derechos democráticos y sus responsabilidades civiles.

En definitiva, el reto estriba en construir un nuevo entorno educativo basado en la consecución de competencias, en la resolución de problemas que requieran, por una parte, la cooperación transversal de todo el claustro de profesores (como algunas experiencias escolares ya han demostrado, entre nosotros, que es posible hacer) y, por otra,  el uso de herramientas y tecnologías digitales (desde la navegación crítica  y consecuente hasta la narrativa transmedia, la robótica o la programación) que contribuyan a la indagación, la investigación, la cooperación y la resolución de los problemas planteados.

La alfabetización extendida, mediática, es, sin lugar a dudas, uno de los retos fundamentales de la educación del siglo XXI.

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Necesitamos nuevas preguntas (o el Principio de Shirky)

“Las instituciones”, dice el famoso principio de Shirky (de Clay Shirky), “tratarán de preservar el problema para el que ellas son las solución”. O dicho de otra manera: las instituciones tratarán de perseverar en el problema que conocen y entienden porque es el único para el que imaginan soluciones.

De ese principio -tal como se observaba en el Publishers Weekly de hace un par de años-, se derivan colorarios interesantes:

  • Los libreros parecen mucho más preocupados por detener el avance de internet y de su poder extraordinario de desintermediación comercial que de preocuparse por saber cuál es el papel que podrían jugar en la nueva red de valor que Internet promueve. La pregunta no es, por tanto, ¿de qué manera podemos conformar un grupo de presión para detener el avance de Internet, de las empresas que operan en ella o de las transacciones comerciales que facilita sino, más bien, cuál es valor que, como libreros, podríamos añadir a esa nueva configuración de valor que la red origina?
  • Los editores, sobre todo de contenidos científicos, profesionales y educativos, se preguntan de qué forma podría hacerse más rápido, más barato y mejor lo que vienen haciendo extraordinariamente bien desde hace décadas, es decir, crear contenidos científicos, profesionales o educativos empaquetados en volúmenes más o menos extensos. Presos de su propia evidencia y rehenes de sus éxitos, no aciertan a reconocer que vivimos en un nuevo entorno de contenidos y conocimientos extraordinariamente abundantes y gratuitos, donde todas las personas -particularmente los nativos digitales, los jóvenes-, pueden indagar, encontrar, valorar, utilizar y crear nuevos contenidos adecuados a sus intereses particulares. La pregunta, por tanto, no es de qué manera puedo evitar que todo esto suceda, de qué forma puedo ignorar lo que está ocurriendo a mi alrededor apelando a la magnífica y singular calidad de mis contenidos. La pregunta, más bien, debería plantearse de qué manera puedo construir, distribuir y comercializar contenidos adecuados a las necesidades e intereses de mis potenciales usuarios, en formas, formatos y maneras por completo distintas a las anteriores, capaces de agregar un valor realmente singular a lo que cualquier usuario podría encontrar ya en la web.

En agosto de 2012 la agencia Reuters informaba del enorme negocio en torno a la educación que avistaban los sellos educativos norteamericanos, siempre y cuando, claro, se preservara el problema, es decir, siempre y cuando la cuestión siguiera girando en torno a los libros de texto y a las pruebas estandarizadas: “Big publishers such as Pearson, McGraw-Hill and Houghton Mifflin Harcourt have made hundreds of millions of dollars selling public school districts textbooks and standardized tests”, decía la noticia.

  • Los editores de revistas científicas a penas saben cómo gestionar el vuelco que internet supone para sus negocios: la primavera académica comenzó alrededor de 1980, cuando Tim Berners Lee propuso su modelo de comunicación hipertextual entre la comunidad de físicos de altas energías. Los frutos de aquel descubrimiento han tardado incluso más de lo previsto, porque desde aquella fecha los científicos recuperaban el control pleno sobre los medios y los modos de producción, circulación, comunicación y certificación de los contenidos que ellos mismos creaban. Lo demás es cuento y ganas de perder el tiempo: pronto se vio que la la edición científica era la locomotora digital de la revolución en curso, que las revisas y cabeceras que iban ganando independencia respecto a las sujeciones editoriales era cada vez mayor. Hoy en día, la relación de revistas del DOAJ alcanza casi las 7500 revistas, y el incremento de las cabeceras que publican en abierto bajo algún regimen de licencia Creative Commons o similares, ha crecido exponencialmente, tal como puede leerse en The Development of Open Access Journal Publishing from 1993 to 2009. La pregunta, en consecuencia, no puede ser ya cómo mantener los boyantes beneficios derivados de la gestión previa a la era de Internet. En todo caso, la pregunta se parecería más a ¿qué clase de servicios podemos proporcionar a la comunidad científica que sigan justificando nuestra presencia?
  • Los editores de revistas culturales -algo extensivo también, quizás, a la prensa en general- no pisan ya el suelo que les sustentaba: los suscriptores dejaron de abonar sus cuotas; los puntos de venta dedicados desaparecieron; los kioskos de prensa se superpoblaron y se hicieron económicamente prohibitivos; la publicidad desapareció; la compra pública para las redes de bibliotecas es un lejano recuerdo del pasado. Por si fuera poco, la red proporciona toda clase de alternativas culturales de calidad, en muchos casos, equiparable. La pregunta no debería ser sólo, en consecuencia, de qué forma podemos seguir haciendo sin tribulaciones ni sobresaltos lo que hemos venido haciendo hasta ahora. La pregunta se parecería, más bien, a de qué manera puedo construir comunidades de lectores afines, de qué forma puedo tejer redes de afinidad, colaboración y lealtad, de qué manera debo transformar mi publicación digitalmente.
  • Los distribuidores, por terminar de repartir las interrogaciones, sólo puede hacerse una pregunta plausible: ¿qué puede hacer un distribuidor de objetos físicos en un mundo de bienes intangibles?

Se atribuye a Mario Benedetti la formulación de una máxima que es, al menos, tan lúcida como la de Shirky: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Y es que el único camino para encontrar respuestas verosímiles es plantear nuevas preguntas sin guarecerse en los viejos y queridos problemas.

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Dar la vida por lo abierto

Hace pocos días Aaron Swartz, un joven de 26 años, activista de la red, coinventor del RSS e impulsor del open access, se suicidó. Ese estremecedor suceso parece que vino propiciado por la desmesura de la amenaza judicial que se le venía encima: 35 años de prisión y una multa de 1 millón de dólares por haber puesto en circulación 4,8 millones de documentos provenientes de la base de datos de JSTOR. En el fondo de su actuación, de su decisión de liberar esos documentos digitalizados, procedentes en su mayor parte de revistas científicas, estaba el  deseo de promover el acceso libre e igualitario al conocimient0, algo que puede sonar a ingenuidad y candidez extremas, sobre todo en los ávidos y desiguales tiempos que corren.

No soy partidario, personalmente, de violar las leyes del copyright cuando existen propietarios que, justificadamente, quieren hacer uso de su legítimo derecho; soy, sin embargo, un incondicional defensor del libre acceso a los contenidos científicos generados por una comunidad que, en su gran mayoría, está compuesta por funcionarios pagados con fondos públicos al servicio de la comunidad. Y, para mi, ese es el debate fundamental que este turbador hecho pone despiadadamente de relieve: el proceso y flujo de edición tradicional dictaminaba que los científicos dispuestos a hacer carrera debían publicar, preferentemente, en cabeceras con índices de impacto elevado, controladas por una camarilla de profesores bien situados, al servicio de un sello editorial privado que revendía ese mismo contenidos generado por los científicos a las bibliotecas universitarias donde trabajaban por precios, a menudo, abusivos. Ese estado de cosas, sin embargo, cambió desde el mismo momento en que surgiera Internet: la posibilidad de controlar y gestionar el proceso completo, desde la creación a su distribución y posterior uso, dio a los científicos la posibilidad de emanciparse de un yugo incoherente, que no aportaba valor alguno, antes al contrario, que mermaba su circulación, su impacto y sus posibilidades de acceso al conocimiento. La primavera académica, sin embargo, estalló ya en el 2012.

Internet da a los científicos la posibilidad de controlar toda su cadena o red de valor, y eso hace que todos aquellos que se beneficiaban del modelo anterior -los grandes grupos editoriales Reed Elsevier, Springer, Ebsco, etc., que sin añadir prácticamente valor alguno obtenían crasos beneficios; los científicos miembros de los comités de peer review, anónimos y oscuros, cancerberos de las promociones científicas; la propia comunidad científica, finalmente, paralizada en esa carrera a menudo incoherente del pública o muere-, se sientan molestos y blandan con descomedimiento las amenazas jurídicas y penales que seguramente pesaron sobre la decisión de Swartz.

Ese sacrificio innecesario de Aaron Swartz no debería caer, sin embargo, en saco roto. No es suficiente con apenarse y sentirlo (como la propia página de JSTOR ha hecho), o con procurar seguir las condolencias en el hashtag que se ha creado al efecto #PDFTribute http://pdftribute.net. Es necesario repensar en profundidad el sistema de creación, circulación, uso y reutilización de los ensayos, experimentos, contenidos y resultados generados por la comunidad científica: es necesario hablar de open data, de open access y open edition, como elementos íntimamente correlacionados en un nuevo proceso de descubrimiento, ensayo, error, comentario y publicación dependiente, de manera soberana, de los propios científicos. Es necesario darse nuevos instrumentos de impacto y medición que valoren la circulación, uso, apertura y comentarios de los contenidos expuestos a la vigilancia de la comunidad. Es necesario, como se proponía hace poco en Six ways to clean up science, reestructurar profundamente los incentivos que llevan a los científicos a publicar los contenidos de la manera en que lo han hecho, falsificando a menudo las evidencias, forzados al fin por publicar con la apariencia impoluta del descubrimiento perfecto.

Entregar, en suma, parte de nuestra vida profesional por lo abierto.

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La teoría de la conspiración

No concibo un mundo sin libros. Para mi sería mucho más pobre y se me haría en buena medida inhabitable. Me acompañan, me instruyen, me entretienen, me invitan, me estremecen… Entiendo, aún así, que quizás su papel preponderante en el ecosistema de la cultura y la información a lo largo del siglo XIX y XX esté en trance de desaparición. No tanto porque se haya urdido una conspiración internacional fundamentada sobre el desprestigio de la lectura y la apelación a sus (supuestamente) precios desmedidos, sino, más bien, porque la era digital desplaza su posición del lugar central que ocupaban a uno más lateral o complementario, forzados a convivir con otras muchas manifestaciones de naturaleza digital que construyen un nuevo ecosistema, un nuevo campo, en el que las certezas que nos sustentaban se han volatilizado.

 

Ni los libros ocuparán ya un lugar central;  ni los editores serán los únicos agentes legimitadores (tampoco los críticos tradicionales ni los medios a los que servían); ni los autores, tales como los entendíamos, poseerán el monopolio de la creación, ahora tan democratizada; ni las librerías serán los únicos canales a través de los cuales se distribuyan y/o comercialicen los libros.

Invocar una conspiración como causa del cambio inminente e inevitable, tal como hizo ayer Juan Cruz en un artículo publicado por el diario El País, es algo reconfortante, porque nos permite enfrentarnos a un supuesto enemigo, invisible, pero enemigo al fin y al cabo, al que podría combatirse con algunas dosis de promoción de la lectura y de recorte de márgenes de contribución. El problema es que en nuestro país poseemos un déficit estructural de lectura que parece insoluble y que no es de ahora; el problema es que nunca, en nuestra historia reciente, la población lectora regular ha sobrepasado el 20% de la población; el problema, como decía Roger Chartier hace poco, es que “históricamente, no ha habido una revolución en la lectura semejante a la digital”, y conviene que nos enteremos qué entraña este cambio; el problema es que la industria, atada a un modo de producción predigital, ha seguido una senda de sobreproducción que hoy ha hecho aguas; el problema es que los precios han seguido incrementándose debido a la asunción del euro y a una estructura de costes (irrefrenable e inasumible) vinculada a un modo de producción predigital; el problema es que nuestras estructuras gremiales siguen siendo medievales en su concepción de los oficios separados cuando necesitamos transparencia, apertura y coordinación en un contexto digital. . El problema, en el fondo, es que no existe conspiración alguna y que, el único culpable, si es que lo hay, somos nosotros mismos, que ni supimos ver lo que se nos venía encima, ni queremos entender ahora lo que está ocurriendo (menos aún, claro, emplear las herramientas digitales para aprovechar las oportunidades que se presentan en toda crisis).

Constantino Bértolo decía ayer en su Twitter: “J C escribe un artículo – cursi- sobre una conspiración contra el libro. Debe ser uno de los juramentados, porque hay defensas que matan”.

No existe conspiración alguna; más bien una (confortante y ofuscada) teoría sobre la existencia de una conspiración.

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Calidad educativa y educación digital

Los aspectos más polémicos y discutibles del anteproyecto de la Ley orgánica para la mejora de la calidad educativa (LOMCE) han oscurecido el debate en torno al necesario rediseño de los entornos de aprendizaje y el uso de las tecnologías digitales, a la necesaria atención a la diversidad y las inteligencias múltiples y al papel que las tecnologías digitales pueden y deben jugar en el seguimiento individualizado del proceso de maduración de cada alumno, a la incuestionable realidad de que el aprendizaje no concluye en el aula ni coincide con edad alguna, sino que puede producirse en cualquier momento y lugar a lo largo de toda la vida. Y la digitalización de la enseñanza tiene mucho que ver con todo eso.

Son pocos o ninguno los comentarios y observaciones que se realizaron en el curso de la redacción del anteproyecto referentes a la transición del modelo educativo tradicional o un modelo que, inevitablemente, estará fundamentado en lo digital. Y eso es así, se quiera o no, porque el aula ya no volverá a ser nunca un espacio cerrado sobre sí mismo, sino móvil y presente en cualquier lugar; porque el currículum no podrá ser tampoco una estructura clausurada, sino que tendrá que abrirse a los estímulos, recorridos y recursos externos; y el profesor no será tampoco más aquel emisor unilateral revestido de una autoridad incuestionable, sino, más bien, un cualificado integrador y conductor.

El punto undécimo del anteproyecto lo menciona con claridad:

La tecnología ha conformado históricamente y conforma en la actualidad la educación. El aprendizaje personalizado y su universalización como grandes retos de la transformación educativa, así como la satisfacción de los aprendizajes en competencias no cognitivas, la adquisición de actitudes y el aprender haciendo, demandan el uso intensivo de las tecnologías. Conectar con los hábitos y experiencias de las nuevas generaciones exige una revisión en profundidad de la noción de aula y del espacio educativo, solo posible desde una lectura amplia de la función educativa de las nuevas tecnologías. La incorporación generalizada de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) al sistema educativo permitirá personalizar la educación y adaptarla a las necesidades y al ritmo de cada alumno.

Las TIC, por tanto, pueden jugar un papel decisivo en la mejora de la calidad educativa siempre y cuando se integren en una nueva pedagogía que abogue por una forma de aprendizaje activo, basado en la indagación y la investigación, en la localización y evaluación de los recursos informativos disponibles, en la cooperación y el trabajo en equipo, en la comunicación multimedial de los resultados. La mera agregación o instalación del hardware (algo que en épocas anteriores se realizó con profusión y poco tino), de nada sirvió, porque el fundamento pedagógico seguía estando basado en las evidencias tradicionales (el aprendizaje memorístico y repetitivo, la clase magistral, el control mediante pruebas supuestamente objetivas).

Ahora es el momento de cambiarlo:

La incorporación generalizada de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) al sistema educativo permitirá personalizar la educación y adaptarla a las necesidades y al ritmo de cada alumno. Por una parte, servirá de refuerzo y apoyo en los casos de bajo rendimiento y, por otra, permitirá expandir los conocimientos transmitidos en el aula sin limitaciones. Los alumnos con motivación podrán así acceder de acuerdo con su capacidad a los recursos educativos que ofrecen ya muchas instituciones a nivel tanto nacional como internacional. Las TIC serán una pieza fundamental para producir el cambio metodológico que lleve a conseguir el objetivo de mejora de la calidad educativa. Asimismo, el uso responsable y ordenado de estas nuevas tecnologías por parte de los alumnos debe estar presente en todo el sistema educativo. Las TIC serán también una herramienta clave en la formación del profesorado y en el aprendizaje a lo largo de la vida, al permitir a los ciudadanos compatibilizar la formación con las obligaciones personales o laborales, así como para la gestión de los procesos.

Y en esta transición obligatoria de modelos educativos no deberíamos olvidar que Internet ofrece a todos los agentes implicados (editoriales, pero también profesores y alumnos, sobre todo), la posibilidad de crear, agregar, mejorar y compartir el conocimiento generado en las aulas. La promoción, por tanto, de plataformas capaces de integrar, por una parte, contenidos más formalizados, atentos a las pautas curriculares, en forma libros de texto digitales y/o servicios educativos multimediales y, por otra parte, contenidos libres generados por los usuarios, puede dar lugar a un nuevo entorno de aprendizaje sumamente rico. El juego no puede ser de suma cero. No se trata de saber quién gana o pierde más o menos, sino de generar un entorno educativo digital rico en el que todos los agentes ganen por igual.

El texto dice, a este respecto:

El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ofrecerá plataformas digitales y tecnológicas de acceso a toda la comunidad educativa, que podrán incorporar recursos didácticos aportados por las Administraciones educativas y otros agentes para su uso compartido. Los recursos deberán ser seleccionados de acuerdo con parámetros de calidad metodológica, adopción de estándares abiertos y disponibilidad de fuentes que faciliten su difusión, adaptación, reutilización y redistribución y serán reconocidos como tales.

Considero el texto como un punto de partida al que deberían agregársele, al menos, tres cuestiones fundamentales, indisociables:

  1. una reflexión global sobre la estructura del currículum en el siglo XXI, porque no cabe separar las apelaciones a un diseño del entorno educativo diferente fundamentado sobre la tecnología sin una meditación bien cimentada sobre el tipo de competencias que deben adquirirse en el siglo XXI, tal como apunta el trabajo del Framework for 21st Century Learning o tal como propone Henry Jenkins en el documento Confronting the Challenges of Participatory Culture: Media Education for the 21st Century;
  2. una propuesta razonada y bien escalonada, por cada uno de los cursos académicos, desde la educación infantil al bachillerato, del tipo de competencias digitales que un alumno debe adquirir, tal como propone el ISTE (International Society for Technology Education) a través de sus NETS (National Educational Technology Standards);
  3. una apuesta clara por el diseño de entornos educativos innovadores apoyados desde la administración pública, tal como ocurre con la escuela norteamericana Quest to learn fomentada desde el New York City Department of Education.

Queda más de un año por delante para complementar, afinar y mejorar el texto del anteproyecto. No dejemos pasar esta oportunidad.

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Hacia un manifiesto sobre el libro electrónico

Ahora que la FIL (Feria del Libro de Guadalajara) ha abierto sus puertas y que el eje de la edición iberoamericana pasa por México, resulta más que interesante echar un vistazo al documento recientemente publicado por la CERLALC, Hacia un manifiesto sobre el libro electrónico, título algo engañoso porque no restringe sus implicaciones a la adopción de unos u otros soportes de lectura, sino al cambio fundamental que representa para la creación, difusión y uso de los contenidos antaño analógicos los nuevos medios digitales.

“En el corto y medio plazo”, dice su puntno sexto, “las formas tradicionales de producción y circulacón de libros, seguirán predominando en la región”, certeza geopolítica, atenta a la realidad social de los países iberoamericanos que, sin embargo, no obvia lo fundamental, no lo disimula ni lo esconde: “Los cambios en curso, que han generado una tendencia creciente hacia la desintermediación en el sector, representan sustanciales mutaciones en los roles de algunos de los actores tradicionales”, se dice clara e inapelablemente en su punto undécimo. “Tienen que diseñarse, en consecuencia, acciones dirigidas a apoyar la reconversión gradual de las actividades económicas relacionadas con la producción y circulación de contenidos editoriales –editores, agentes literarios, distribuidoras y librerías–, así como la promoción del emprendimiento empresarial en la producción, distribución y circulación de contenidos culturales”. Nada evitará, tal como observa la CERLALC, que la desintermediación suceda, porque Internet no sabe de antiguas cadenas de valor. Quedarán en pie, en todo caso, aquellos agentes que sepan encontrar el valor que pueden añadir a la nueva cadena de valor digital.

No en vano, mientras desentraño el texto promovido por el Centro regional para el fomento del libro en América Latina y el Caribe, se discuten en el Foro Internacional de Editores y Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas Otra Mirada que se celebra en Guadalajara, muchos de los asuntos que este texto analiza: el tipo de recursos digitales con que contamos para la comunicación y distribución de los contenidos; las inevitables mejoras en la coordinación y formación de los agentes de la cadena del libro; la construcción y creación de plataformas propias, para la difusión y promoción de los valores educativos y culturales de cada país; la necesaria habilitación de infraestructuras (redes, conectividad, tarifas, equipos) para que todo eso pueda llegar a ser una realidad, etc. Quizás sea este programa, en comparación con los últimos años, el más acorde con las preocupaciones y necesidades del sector.

El texto de CERLALC dice a este respecto, expresamente: “El mayor reto ante la intensidad de la globalización, en el ámbito de la producción y circulación de contenidos, es crear plataformas a través de las cuales se haga realidad la presencia y circulación de los contenidos culturales y científicos producidos en la región”. Sin una masa crítica suficiente y compartida de contenidos propios, gestionada de manera colegiada e independiente, será difícil plantarle cara a otros agentes digitalmente poderosos. Todo ello, dice el texto, desatará un cambio sin precedentes que afectará a la manera en que nos informamos, a la forma en que leemos y escribimos, a los modelos pedagógicos que imperan en las escuelas, a las competencias de alumnos y profesores, y deberán ser tanto las autoridades públicas como los agentes privados quienes promuevan este cambio, con planes de cambio e implantación progresivos. En sus propios términos: “Las nuevas formas de leer y escribir plantean la
necesidad de cambios sustanciales en los modelos pedagógicos. Esto implica acciones en el sector educativo frente a las necesidades de infraestructura física, recursos financieros, diseños curriculares y formación de agentes”.

No son pocos, por tanto, los retos que la CERLALC plantea en su Manifiesto sobre el libro electrónico y que se están dirimiendo estos días en la FIL de Guadalajara. Deberíamos sentarnos a la misma mesa de un espacio de edición iberoamericano.

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El principio de Arquímedes del sector editorial

Dicen Manuel Gil y Jorge Portland en “Antinomias y disquisiciones sobre el mercado digital”, un artículo publicado en el último número de Texturas que debería ser de obligada lectura para cualquiera que quisiera comprender lo que está sucediendo en el sector editorial y para cualquiera que quisiera plantear una estrategia de supervivencia coherente:

El mercado parece avanzar hacia un estrechamiento descomunal: en la medida en que se cumpla lo que denominamos “principio de Arquímides del sector editorial”, es decir, en la medida en que el conteido digital sustituya al papel, el etrechamiento del volumen del mercado será un hecho que cuestinoará la viabilidad del conjunto de la edición. En 20 años la sustitución del soporte será casi completa. Esta decisión la tomarán los lectores, no la industria: el libro en papel será un artículo de lujo, y las tres cuartas partes de las editoriales que hoy conocemos desaparecerán, probablemente sustituidas por nanoindustrias culturales de tipo low cost. El libro”, continuan, “avanzará hacia una sustitución paulatina en sus formatos, y esto parece hoy inevitable. Se vislumbra ya un mercado oligopólico muy peligroso; la lucha por la cuota de mercado es feroz y la tendencia que se vislumbra es la de una brutal concentración, peligrosa se mire como se mire

No desvelaré toda la trama del argumento ni quién o quiénes son los asesinos, pero dejénme darles algunas pistas: una tendencia cada vez más acusada a la concentración de la venta en unas pocas plataformas digitales, grandes operadores multinacionales que acabarán potencialmente con otros canales alternativos de ventas; editores que prefieren utilizar esos canales ofreciendo descuentos ventajosos antes que plantear alianzas intersectoriales; plataformas de distribución digital, formadas inicialmente por grandes grupos editoriales nacionales, cuya gestión parece ahuyentar más que atraer a los pequeños y medianos editores, a aquellos que deberían aportar suficiente masa crítica a una plataforma única, capaz de convertirse en alternativa real; desunión de los gremios, desafección de las profesiones que antes conformaban una cadena de valor integrada, desbandada generalizada para recluirse en las pocas certezas que van quedando; falta y falseamiento de datos esenciales, que solamente se proporcionan a posteriori, cuando el análisis ya no tiene casi valor, o que se proporcionan en tiempo, pero sin desagregación alguna, sin análisis ni matizaciones; ocultamiento de la información más esencial para los editores en la era digital por parte de las plataformas en las que comercializan sus contenidos (datos del tráfico, de las compras y los perfiles, de las preferencias y los gustos, de las afinidades y las correspondencias); ausencia completa, en fin, de una cultura colaborativa y abierta capaz de comprender que este cambio no se vive ni se resuelve a solas.

Hoy que ha terminado el Liber, nuestra Feria profesional, no imagino mejor ejercicio para la vuelta que leer este texto, discutirlo, para intentar asumir y desarrollar alguna de las soluciones que apunta. De otra forma, el principio de Arquímides funcionará, como en la física, inexorablemente.

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Aires de apertura

La Eurocámara dio ayer luz, finalmente, a un texto que autoriza el libre uso y distribución de las obras huérfanas cuando, obviamente, no se hayan localizado a los autores o a los derechohabientes respectivos. Esa medida es especialmente importante para la vida de la web, porque desbloquea el uso de lo que Lawrence Lessig calculaba -en su trabajo Free Culture- el 85% de la producción cultural de un país. De esta manera cabrá poner a disposición de todo aquel que lo quiera o lo necesite, el patrimonio cultural escrito o grabado de un país sin incurrir en ilícitos jurídicos y sin estar sometidos a las amenazas de quienes, supuestamente, detentaban los derechos de representación.

 Hace tan sólo dos o tres días, casi en paralelo, diez años después de que se promulgara su primer manifiesto, la Budapest Open Access Initiative (la iniciativa filantrópica para el fomento del libro acceso al conocimiento promovida por George Soros), actualizaba su compromiso y redactaba un conjunto de 10 recomendaciones. En el fondo las razones de este compromiso se dejan resumir con cierta sencillez: ““The reasons to remove restrictions as far as possible are to share knowledge and accelerate research. Knowledge has always been a public good in a theoretical sense. Open Access makes it a public good in practice”. Favorecer la circulación irrestricta del conocimiento financiado con dinero público para mejorar el acceso, acelerar la innovación y convertir a este atribulado mundo en algo mejor.

En plena campaña electoral norteamericana, la famosa revista (y plataforma de conocimiento abierto) PLOS, promueve una campaña que lleva por eslogan: Tell the White House to Expand Open Access to Federally Funded Research, dile a la Casa Blanca que expanda el acceso abierto a las investigaciones financiadas con fondos federales, y parece que los candidatos no están haciendo oídos sordos.

En el Reino Unido, durante todo este verano pasado (ya, tan lejos), The Guardian se hizo eco, extensivamente, de las conclusiones del Finch Report -que recomienda encarecidamente la promoción del libre acceso al conocimiento producido en sus Universidades y centros de Investigación-, y llegó a la conclusión de que se trata de una oportunidad de oro inaplazable.

No hace falta que insista demasiado, de nuevo, en la iniciativa del CNRS francés, la construcción del sitio Open Edition, que aglutina ya a 365 cabeceras científicas de libre acceso y 504 blogs científicos de alto nivel.

Aires de apertura que, por ahora, no terminan de soplar por aquí.

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