‘Edición independiente’

Necesitamos nuevas preguntas (o el Principio de Shirky)

“Las instituciones”, dice el famoso principio de Shirky (de Clay Shirky), “tratarán de preservar el problema para el que ellas son las solución”. O dicho de otra manera: las instituciones tratarán de perseverar en el problema que conocen y entienden porque es el único para el que imaginan soluciones.

De ese principio -tal como se observaba en el Publishers Weekly de hace un par de años-, se derivan colorarios interesantes:

  • Los libreros parecen mucho más preocupados por detener el avance de internet y de su poder extraordinario de desintermediación comercial que de preocuparse por saber cuál es el papel que podrían jugar en la nueva red de valor que Internet promueve. La pregunta no es, por tanto, ¿de qué manera podemos conformar un grupo de presión para detener el avance de Internet, de las empresas que operan en ella o de las transacciones comerciales que facilita sino, más bien, cuál es valor que, como libreros, podríamos añadir a esa nueva configuración de valor que la red origina?
  • Los editores, sobre todo de contenidos científicos, profesionales y educativos, se preguntan de qué forma podría hacerse más rápido, más barato y mejor lo que vienen haciendo extraordinariamente bien desde hace décadas, es decir, crear contenidos científicos, profesionales o educativos empaquetados en volúmenes más o menos extensos. Presos de su propia evidencia y rehenes de sus éxitos, no aciertan a reconocer que vivimos en un nuevo entorno de contenidos y conocimientos extraordinariamente abundantes y gratuitos, donde todas las personas -particularmente los nativos digitales, los jóvenes-, pueden indagar, encontrar, valorar, utilizar y crear nuevos contenidos adecuados a sus intereses particulares. La pregunta, por tanto, no es de qué manera puedo evitar que todo esto suceda, de qué forma puedo ignorar lo que está ocurriendo a mi alrededor apelando a la magnífica y singular calidad de mis contenidos. La pregunta, más bien, debería plantearse de qué manera puedo construir, distribuir y comercializar contenidos adecuados a las necesidades e intereses de mis potenciales usuarios, en formas, formatos y maneras por completo distintas a las anteriores, capaces de agregar un valor realmente singular a lo que cualquier usuario podría encontrar ya en la web.

En agosto de 2012 la agencia Reuters informaba del enorme negocio en torno a la educación que avistaban los sellos educativos norteamericanos, siempre y cuando, claro, se preservara el problema, es decir, siempre y cuando la cuestión siguiera girando en torno a los libros de texto y a las pruebas estandarizadas: “Big publishers such as Pearson, McGraw-Hill and Houghton Mifflin Harcourt have made hundreds of millions of dollars selling public school districts textbooks and standardized tests”, decía la noticia.

  • Los editores de revistas científicas a penas saben cómo gestionar el vuelco que internet supone para sus negocios: la primavera académica comenzó alrededor de 1980, cuando Tim Berners Lee propuso su modelo de comunicación hipertextual entre la comunidad de físicos de altas energías. Los frutos de aquel descubrimiento han tardado incluso más de lo previsto, porque desde aquella fecha los científicos recuperaban el control pleno sobre los medios y los modos de producción, circulación, comunicación y certificación de los contenidos que ellos mismos creaban. Lo demás es cuento y ganas de perder el tiempo: pronto se vio que la la edición científica era la locomotora digital de la revolución en curso, que las revisas y cabeceras que iban ganando independencia respecto a las sujeciones editoriales era cada vez mayor. Hoy en día, la relación de revistas del DOAJ alcanza casi las 7500 revistas, y el incremento de las cabeceras que publican en abierto bajo algún regimen de licencia Creative Commons o similares, ha crecido exponencialmente, tal como puede leerse en The Development of Open Access Journal Publishing from 1993 to 2009. La pregunta, en consecuencia, no puede ser ya cómo mantener los boyantes beneficios derivados de la gestión previa a la era de Internet. En todo caso, la pregunta se parecería más a ¿qué clase de servicios podemos proporcionar a la comunidad científica que sigan justificando nuestra presencia?
  • Los editores de revistas culturales -algo extensivo también, quizás, a la prensa en general- no pisan ya el suelo que les sustentaba: los suscriptores dejaron de abonar sus cuotas; los puntos de venta dedicados desaparecieron; los kioskos de prensa se superpoblaron y se hicieron económicamente prohibitivos; la publicidad desapareció; la compra pública para las redes de bibliotecas es un lejano recuerdo del pasado. Por si fuera poco, la red proporciona toda clase de alternativas culturales de calidad, en muchos casos, equiparable. La pregunta no debería ser sólo, en consecuencia, de qué forma podemos seguir haciendo sin tribulaciones ni sobresaltos lo que hemos venido haciendo hasta ahora. La pregunta se parecería, más bien, a de qué manera puedo construir comunidades de lectores afines, de qué forma puedo tejer redes de afinidad, colaboración y lealtad, de qué manera debo transformar mi publicación digitalmente.
  • Los distribuidores, por terminar de repartir las interrogaciones, sólo puede hacerse una pregunta plausible: ¿qué puede hacer un distribuidor de objetos físicos en un mundo de bienes intangibles?

Se atribuye a Mario Benedetti la formulación de una máxima que es, al menos, tan lúcida como la de Shirky: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Y es que el único camino para encontrar respuestas verosímiles es plantear nuevas preguntas sin guarecerse en los viejos y queridos problemas.

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El llamamiento de los 451

Hubo un tiempo -quizás tras la Guerra Mundial, en los años 50 del siglo XX, cuando fue necesario reconstruir moral, intelectual y éticamente la sociedad- en que los editores jugaron un papel fundamental. La lectura de las conversaciones de Giulio Einaudi con Severino Cesari son por eso, siempre, un reencuentro con la lucidez de un intelectual que creía en la labor pedagógica y formativa de los textos que editaba, en su función propiamente cívica y política. Einaudi podía permitirse una definición de la edición ajustada a sus tiempos, donde la “Edición sí” era la edición propositiva, intelectualmente arriesgada y políticamente comprometida, y la “Edición no” aquella otra cuyos únicos visos eran comerciales. Eran los tiempos en los que la prensa, la televisión y, en menor medida, la edición, asumieron la condición de formadores del espíritu de una época. Intermediarios cualificados, mediadores competentes, gozaban del crédito que la sociedad de la comunicación de masas les proporcionaba.

No hace falta saber mucho de la red para darse cuenta de que ese lugar central que los editores y el resto de los agentes de la comunicación de masas ocuparon, no es ya el mismo. La proliferación de herramientas de creación, producción, comunicación, distribución, venta, comercialización y compartición que encontramos en la red han provocado su desplazamiento hacia la periferia del ecosistema de la comunicación. Y esa conciencia, más o menos implícita, más o menos explícita, es lo que ha provocado ese sentimiento de crísis -justificada y generalizada- del sector.

Es en este contexto en el que yo entiendo “El llamamiento de los 451“, ese llamamiento que evoca a Bradbury, recogido tanto en el periódico Diagonal como en la irremplazable revista Texturas, en el que se aboga “Por la constitución de un grupo de acción y de reflexión en torno a los oficios del libro”.

Nos hemos empezado a reunir desde hace un tiempo para debatir colectivamente sobre la situación actual y futura del libro y de sus oficios. Atrapados como estamos en una organización social que separa las actividades, partiendo de una sensación común –basada en diversas experiencias– de que se está produciendo una degradación acelerada de las formas de leer, producir, compartir y vender libros, consideramos que, a día de hoy, la cuestión no se limita exclusivamente al sector, por lo que buscamos soluciones colectivas a una situación social que nos negamos a aceptar.

La principal virtud de ese texto de partida y del que le sigue, “Querella de los modernos… Respuesta a las críticas y desarollo del argumentario del Llamamiento a los 451” (traducido, también, por Gabriela Torregosa para el último número de Texturas), es la conciencia de la necesidad de una acción colectiva, de la gestión colectiva de un espacio de reflexión compartido. Salir de esta crisis, si es que existe alguna salida o si es que se trata siquiera de salir, no vendrá de la mano de esfuerzos individuales, sino de empeños colaborativos. En el texto que podemos leer en ese alegato se arremete contra el orbe total: contra la proliferación de los títulos deleznables que invaden las mesas de novedades; contra el imperio de los grandes grupos editoriales que desestabilizan el ecosistema editorial; contra la desaparición de los oficios del libro; contra la degradación de las profesiones asociadas tradicionalmente a la producción editorial; contra Internet y el mito de la liberación digital; contra -sobre todo, y aquí radica uno de sus puntos principales- la pérdida de la representatividad política y social de los agentes vinculados a los oficios del libro:

Si consideramos que trabajar con libros tiene una dimensión política, entonces tenemos que poder hacernos preguntas como: ¿qué papel social juega el libro?

Discutimos sobre la irrelevancia de nuestras ventas; sobre la desaparición de las librerías y otros puntos de venta; sobre la insignificancia de los oficios asociados al libro y el éxodo de los lectores, pero, ¿no será todo ello consecuencia de su instrascendencia política, de su trivialidad social, de su arrumbamiento a los márgenes del universo de la comunicación?

No tengo respuestas. Sólo sugerencias bibliográficas, cartográficas: Einuadi, como queda dicho; Pierre Bourdieu, que discutió durante mucho tiempo sobre la progresiva banalización y conservadurismo de la edición francesa (I) y de la edición en general (II); Thierry Discepolo y su “Traición de los editores“, que llegará dentro de poco, afortunadamente, a nuestras (despobladas) librerías.

¿Seremos capaces de hacer nuestro propio llamamiento, de reclamar un lugar bajo el fulgurante sol digital?

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El principio de Arquímedes del sector editorial

Dicen Manuel Gil y Jorge Portland en “Antinomias y disquisiciones sobre el mercado digital”, un artículo publicado en el último número de Texturas que debería ser de obligada lectura para cualquiera que quisiera comprender lo que está sucediendo en el sector editorial y para cualquiera que quisiera plantear una estrategia de supervivencia coherente:

El mercado parece avanzar hacia un estrechamiento descomunal: en la medida en que se cumpla lo que denominamos “principio de Arquímides del sector editorial”, es decir, en la medida en que el conteido digital sustituya al papel, el etrechamiento del volumen del mercado será un hecho que cuestinoará la viabilidad del conjunto de la edición. En 20 años la sustitución del soporte será casi completa. Esta decisión la tomarán los lectores, no la industria: el libro en papel será un artículo de lujo, y las tres cuartas partes de las editoriales que hoy conocemos desaparecerán, probablemente sustituidas por nanoindustrias culturales de tipo low cost. El libro”, continuan, “avanzará hacia una sustitución paulatina en sus formatos, y esto parece hoy inevitable. Se vislumbra ya un mercado oligopólico muy peligroso; la lucha por la cuota de mercado es feroz y la tendencia que se vislumbra es la de una brutal concentración, peligrosa se mire como se mire

No desvelaré toda la trama del argumento ni quién o quiénes son los asesinos, pero dejénme darles algunas pistas: una tendencia cada vez más acusada a la concentración de la venta en unas pocas plataformas digitales, grandes operadores multinacionales que acabarán potencialmente con otros canales alternativos de ventas; editores que prefieren utilizar esos canales ofreciendo descuentos ventajosos antes que plantear alianzas intersectoriales; plataformas de distribución digital, formadas inicialmente por grandes grupos editoriales nacionales, cuya gestión parece ahuyentar más que atraer a los pequeños y medianos editores, a aquellos que deberían aportar suficiente masa crítica a una plataforma única, capaz de convertirse en alternativa real; desunión de los gremios, desafección de las profesiones que antes conformaban una cadena de valor integrada, desbandada generalizada para recluirse en las pocas certezas que van quedando; falta y falseamiento de datos esenciales, que solamente se proporcionan a posteriori, cuando el análisis ya no tiene casi valor, o que se proporcionan en tiempo, pero sin desagregación alguna, sin análisis ni matizaciones; ocultamiento de la información más esencial para los editores en la era digital por parte de las plataformas en las que comercializan sus contenidos (datos del tráfico, de las compras y los perfiles, de las preferencias y los gustos, de las afinidades y las correspondencias); ausencia completa, en fin, de una cultura colaborativa y abierta capaz de comprender que este cambio no se vive ni se resuelve a solas.

Hoy que ha terminado el Liber, nuestra Feria profesional, no imagino mejor ejercicio para la vuelta que leer este texto, discutirlo, para intentar asumir y desarrollar alguna de las soluciones que apunta. De otra forma, el principio de Arquímides funcionará, como en la física, inexorablemente.

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La tengo pequeña (la editorial)

Cuando leo lo que Antón Castro ha escrito para la primera revista publicada por la FLIC (Feria del Libro independiente de Cantabria), no puedo sino reconocerme: “A mí me emocionan los libros. Me interesan los autores y sus vidas, y el rico anecdotario que hay detrás de una obra. Y me fascinan los  editores: esa  gente que ama su oficio, el poder de la palabra, el objeto tan polisémico y tan primordial que es el libro, quizá uno de  los productos más hermosos y sugerentes y totalizadores que ha  concebido la humanidad. Me fascina esa gente que arriesga su vida, su dinero, su hipoteca y hasta sus  amores para cumplir  sueños. El libro electrónico ya está aquí, e imagino que se impondrá, pero el  papel seguirá por ahí, cerca de nuestra mesilla, como otro arrebato sensual de una noche proclive al delirio y al placer”.

La edición independiente siempre se ha caracterizado por una paradoja insostenible: su fortaleza radica, precisamente, en su marginalidad, en la posibilidad de concitar el interés de un pequeño grupo de personas cuyas afinidades electivas justifiquen y sostengan (financieramente, sobre todo) su existencia. La edición independiente ha sido aquella cuya producción estaba volcada hacia el futuro, hacia el retorno diferido y hacia el long-seller; cuyo ciclo de producción y posible rédito estaba basado en ciclos de larga duración; cuya capacidad de resiliencia estaba basada en aceptar y comprender el riesgo inherente a las inversiones culturales; cuya defensa y promoción de la vanguardia artística, el experimentalismo y las nuevas tendencias era numantina, rasgo que las diferencia clara y naturalmente de los catálogos comerciales de las editoriales basadas en el ciclo corto, el dinero rápido y la satisfacción de los gustos ya realizados;  cuya vocación pedagógica y política las hacía propositivas más que subalternas de una moda o una tendencia; cuya esencia era, por decirlo en dos palabras,  la edición de vanguardia.

Y, aunque todo eso siga siendo esencialmente cierto, y aunque ferias como la organizada estos días atrás en Santander (FLIC) quieran reclamar su presencia y su relevancia en una realidad cultural y editorial depauperada (ignorada, además, por las asociaciones gremiales), existen hoy más interrogantes si cabe que antaño:

  1. las editoriales independientes no son ya la única puerta hacia la cultura experimental y alternativa, hacia la vanguardia;
  2. la red genera manifestaciones independientes que carecen del soporte editorial tradicional;
  3. aunque la red prometía (todavía lo hace) la posibilidad de alcanzar a un grupo pequeño pero suficiente de posibles lectores asociándolos en una comunidad dispuesta a sostener un proyecto editorial independiente, eso dista mucho de haberse convertido en realidad. Lo cierto es que seguimos esperando a que la teoría de la larga cola se cumpla;
  4. al contrario, la proliferación de plataformas e iniciativas de comercialización digital independiente, parecen haber fracasado, incapaces de alcanzar una masa crítica suficiente de lectores, interesados y compradores;
  5. se va haciendo progresivamente cierta la necesidad de trabajar colectivamente en la construcción de plataformas globales capaces de atraer la atención de un público lector suficiente;
  6. los lectores  regulares (esos que leen en el metro en el trayecto de casa al trabajo y viceversa), hace ya tiempo que han decidido que el soporte primordial de lectura será el electrónico. La transición es acuciante;
  7. el problema, aunque me ponga terco con este asunto, no es tanto económico, de disponibilidad de recursos para la adquisición de libros: el problema crónico sigue siendo que no somos capaces de formar lectores, que nuestro país sigue siendo un país de no lectores contumaces, y que mientras no dispongamos de un verdadero plan nacional estratégico de promoción de la lectura (que incluya a la formación infantil, primaria, secundaria, bachillerato y universidad), no llegaremos a nada;
  8. que la fortaleza de los pequeños -como la de los grandes, por otra parte-, pasa en buena medida por coaligarse y asociarse para procurarse mejores y más baratos servicios, que pueden compartir y explotar conjuntamente;
  9. que sostener financieramente hoy una aventura editorial es prácticamente imposible y comporta sacrificios económicos insostenibles para la mayoría: las ventas decrecen, las devoluciones aumentan, los canales están colapsados, la comercialización en Internet no despega y la gente no lee (aturdida, además, ante una proliferación inconmensurable de la oferta);
  10. que tenerla pequeña (la editorial), hoy no es ya sinónimo inmediato de calidad o de distinción: muchos medianos y grandes sellos editoriales ofrecen catálogos extraordinarios, de una riqueza inimitable.

Ser editor independiente es hoy, si cabe, más difícil y arriesgado que nunca; quizás, también, más necesario e imprescindible.

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