‘Editores’

Los secretos (a voces) de la edición

Nadie que lea el imprescidible La cara oculta de la edición, de Martine Prosper (secretaria general del principal sindicato de la edición francesa, el CFDT Livre-Édition), que tenga algunos años de experiencia en el sector y que la costumbre, la inercia o el cinismo no le hayan adormecido por completo, podrá dejar de reconocerse en lo que enuncia y evidencia: la precariedad estructural del sector; la desprotección y la desconsideración progresivas de quienes trabajan en su creación, producción, venta y distribución; la inseguridad acrecentada de las condiciones salariales y laborales de buena parte de los profesionales que se ven obligados a aceptar una situación de puros menestrales; la inexistente conciencia y voluntad gremial, menos aún intergremial, en momentos donde es más necesaria que nunca; la contradicción que esa situación representa respecto a la supuesta naturaleza de un oficio que defiende los valores universales del humanismo.

Y esto se manifiesta desde Francia, un país que no tiene parangón, en cuanto a condiciones laborales en el sector editorial, con el nuestro: existe un convenio colectivo propio del sector; un Sindicato Nacional de la Edición que se encarga, entre otras cosas, de definir escalas salariales, perfiles de puestos de trabajo y tramos de formación continua para todos los profesionales del sector; una entidad de gestión de los derechos de autor, la Société Française des Intérêts des Auteurs de l’écrit, que se encarga, entre otras cosas, de destinar la mitad del dinero recaudado a la dotación del plan de pensiones complementarios de los autores y, la otra mitad, directamente a los autores y editores representados; una modalidad de préstamo de pago instaurado en las Bibliotecas públicas que corre a cuenta del erario estatal y que revierte en beneficio de los autores. Aun con todo, y salvando esas enormes diferencias de conciencia y representatividad, el fenómeno de la concentración empresarial, de la fragilidad de las condiciones laborales, de la proletarización de buena parte de los oficios pertenecientes a la cadena de valor tradicional del libro, son una evidencia incontestable.

Esas son las bambalinas oscuras de la edición, siempre revestida de un halo simbólico de sublimidad cultural que a duras penas se corresponde con la realidad laboral del sector. Entre nosotros, atomizados, disgregados, desunidos, apenas resulta plausible pensar en iniciativas colectivas de ninguna índole, menos aún de tinte sindical o reivindicativo. El carácter nanoindustrial de la mayor parte del tejido empresarial (micropymes en economía de guerra), el tamaño desproporcionado de los grandes grupos (dentro de los que apenas existe otra política empresarial que no sea la del paternalismo condescendiente que tan bien dibuja Martine Prosper), sumado a la situación de transición de los modelos empresariales en este mundo digital, hace poco factible cualquier iniciativa que agrupe a los distintos gremios.

Y, sin embargo, como señala Prosper, esa imposibilidad es ahora más necesaria, históricamente, que nunca. Vale la pena citar con cierta extensión: “si los editores se decidieran a poenr en práctica sus grandes discursos humanistas, en el ámbito social podrían abrirse numerosas vías. Fijar tarifas mínimas para los teletrabajadores, correctores y demás [...]; incluir como anexo en la negociación colectiva un código de buenas prácticas para los becarios y otro para los autónomos [...]; negociar medidas concretas en favor de los salarios y el desarrollo profesional [...]; definir las prioridades de formación relativas a lo digital [...]; dar prueba de transparencia en las cuentas de las empresas [...]; dar amplia cabida al diálogo social”. Pero sobre todo, y en esto quisiera hacer especial hincapié, “de cara a los desafíos de su propio futuro: la evolución del mercado del libro, electrónico y en papel, va a requerir nuevas competencias y cambiar los oficios de la edición”. De ahí que “la formación vaya a ser sin duda alguna el gran desafío de los próximos años en el mundo editorial, y con ella el factor humano. Personal competente, motivado, respetado [...]“.

Esos son, al menos algunos de ellos, los secretos, a voces, de la edición.

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Nanoindustrias culturales

De acuerdo con los datos aportados recentísimamente por la Panorámica de la edición  española 2010, publicada por el extinto Ministerio de Cultura, el 98.3% de las empresas editoriales españolas era de carácter privado, el 89.3% de las cuales produjo menos de 10 libros a lo largo del año reseñado. Desde el año 2000 el censo editorial, por otra parte, no registra irrupción de ninguna empresa que cupiera denominar de gran agente (productor de entre 1000 a 10000 títulos anuales). Este tejido empresarial compuesto primordialmente de Pymes y Micropymes, por otra parte, es lo habitual de todos los sectores empresariales españoles, nada fuera de lo común. La polarización de esa estructura empresarial editorial es, sin embargo, grande: 19 editoriales privadas superan la cota de 700 libros al año mientras que 1617 agentes producen menos de 4 títulos y otros 1066 producen menos de 10, es decir: 2683 agentes de entre los censados (3473 en total), son pequeños agentes con una actividad muchas veces residual y apurada, no por eso menos necesaria.

Si nos fijamos en los parámetros de “inactividad y cese de actividades” podremos comprobar que en el censo 1035 agentes no declararon actividad alguna y que, en todo caso, “el abandono de la actividad”, cito textualmente, “fue muy superior a a las nuevas incorporaciones”. La editoriales que de hecho cesaron su actividad fueron un 84% de editoriales privadas, 82,1% de las cuales procedían del grupo de los pequeños y atribulados agentes editoriales.

No hace falta insistir demasiado, a la vista de los datos apuntados, que la amenaza de la parálisis y el cese de actividades afecta, sobre todo, a los pequeños, a los microempresarios culturales, que suman, siempre según los datos del Ministerio, cerca del 70% del tejido editorial español (frente al 11,4% de medianos y al 3.3% de grandes).


Ver Recortes en servicios bibliotecarios en un mapa más grande

Mientras esta hemorragia sucede, la nueva Secretaría de Estado de Cultura ha anunciado, entre otras medidas, la supresión de las compras públicas para las bibliotecas de titularidad estatal a pequeños editores pertenecientes, entre otras asociaciones, a ARCE. Decenas de pequeños editores dejarán de publicar porque el único sostén de la tripleta tradicional que quedaba en pie (publicidad, suscripciones  y venta directa, compra pública), ha desaparecido. El movimiento bibliotecario de No al préstamo de pago en bibliotecas ha generado, entre tanto, un mapa interactivo en el que ir dejando registro de “los puntos geográficos afectados por la política de recortes en los servicios bibliotecarios públicos: cierres, disminución de presupuestos, despidos de personal, subcontratación, restricción de horarios, suspensión de actividades”.

La nueva Secretaría de Estado de Cultura, mientras tanto, ha suprimido la antigua Dirección General del Libro para enmarcarla dentro de una Dirección General de Industrias Culturales separada de bibliotecas y archivos. Berlanga, el mítico director de cine, decía siempre que su disciplina debería estasr enmarcada dentro del Ministerio de Industria, porque era, evidentemente, una actividad empresarial que requería de cuantiosas inversiones. No me espeluzna ni me asusta, por eso, que los editores quieran ser grandes industriales, pero no parece que los datos respalden demasiado esa aspiración. Y tampoco parece que la supresión de las compras públicas (5 millones de euros frente a los 5.168 millones de euros concedidos a la industria del automóvil, como delata Manuel Gil en Sin subvenciones no hay paraíso) sea muy conveniente si de lo que se trata es de intentar fortalecer un sector enfrentado a mil problemas estructurales irresueltos. En todo caso cabría discutir, claro, el objeto de esas ayudas mediante compra pública ligadas a distintos parámetros e indicadores, entre ellos los de la calidad del producto y contenido propuesto; su regularidad; el impacto generado; el grado de consolidación de la empresa y la posible creación de empleo cualificado y estable, etc.

Si nos encuadramos en industrias culturales es legítimo demandar ayudas públicas, como tantos otros sectores sobrados de músculo financiero. De no recibir ninguna y padecer en silencio los recortes, seremos, en todo caso, nanoindustrias culturales.

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Lucía y las navidades

Hace unas pocas horas he podido leer que Lucía Etxebarría va a dejar de escribir en protesta por las descargas ilegales de sus obras. Voy a ahorrarme el chiste que luego todo se malinterpreta. Lo destacado del anuncio, a mi juicio, no es tanto que las descargas ilegales sean punibles, algo de lo que no me cabe la menor duda. Quien no desee expresamente que sus contenidos circulen masivamente sin su consentimiento, posee la legimitidad para protestar y exigir las compensaciones que se deriven de su violación; lo destacado es, creo yo, hasta qué punto ese asunto obnubila nuestro juicio y se convierte en el tema monográfico de discusión en la industria editorial.

Existen problemas estructurales y de fondo mucho más graves -como señala Manuel Gil en “La dieta carpanta“- que exigen de la voluntad de coordinación de todos los afectados, que exigen imaginación y altura de miras, que exigen asunción de nuevos riesgos y apertura de nuevos mercados, que exigen nuevas formas de relacionarse con los públicos, y nada de eso se está haciendo fundamentadamente.  Mientras nos enredamos en un hecho que merece la atención que se le debe -amplificado por el ruido de unos y de otros-, pasan inadvertidos movimientos de profundidad:

  • la implantación de las grandes cadenas de librerías virtuales, atractoras de gran parte de la demanda y capaces de encadenar a sus lectores por la amplitud de la oferta, la gestión de los precios y los formatos propietarios;
  • la venta a precio de baratija de los dispositivos digitales de lectura, como estrategia básica para cautivar a los lectores que no volverán a salir de ese entorno y dejarán de comprar, en consecuencia, en otros puntos y canales;
  • la incomprensión general ante lo que es un cambio de modelo productivo profundo, que implica que seamos capaces de gestionar digitalmente una cadena de valor que es necesario reconstruir;
  • la caída previsible y brutal de la demanda en un mercado ya de por sí hipertrofiado;
  • las prácticas proteccionistas de ciertos países iberoamericanos, que nos devuelven la moneda usada de un intercambio históricamente desigual;
  • la incapacidad de la industria para reaccionar coordinadamente con los mismos instrumentos y armas que las grandes operadoras virtuales;
  • la persistencia de estructuras asociativas verticalizadas e incomunicadas, con escaso espíritu de colaboración;
  • la confianza excesiva en subvenciones y compras públicas para sostener un modelo de negocio previsiblemente agotado;
  • la ineficiencia de la educación en general para formar lectores, para elevar la competencia lectora y, potencialmente, la demanda posterior, correlación que puede constatarse, aunque sea ya un tópico, en los países del centro y el norte de Europa;
  • la incapacidad para crear lectores (para hacer que un verdadero Observatorio de la lectura elevara al ejecutivo políticas sostenidas en el tiempo de generación de hábitos lectores consistentes);
  • la incapacidad para comprender el cambio de hábitos de consumo cultural y las nuevas prácticas digitales de los nativos digitales, para entender que los mercados son genéricamente conversaciones y que eso entraña implicar a los lectores, de múltiples maneras, en el sostenimiento del proyecto editorial;
  • el empeño cegato de muchos medios de comunicación especializados -que van cayendo, como le ha sucedido a Revista de Libros ayer mismo- que no aciertan ya a quién dirigirse y establecen canónes de lectura y compra totalmente arbitrarios.

Lucía Extebarría puede que tenga razón, que parte de la responsabilidad de lo que sucede es que las descargas mermen la venta, que el IVA sea ligeramente alto (en un libro con un precio medio de 14 €, el IVA para el papel sería de 0.56 € y para el electrónico de 2.52 €, con un PVP final que diferiría en 1.96 €, algo que no parece excesivamente disuasorio), y que la vida sea muy complicada.

Feliz año para Lucía, que descansará y nos dejará descansar; a los 140.000 visitantes únicos de este blog durante el 2011 (reales, sin manipulaciones de ningún tipo, ni contabilización de arañas), y al resto de mis improbables lectores.

Hoy oscurece; mañana amanecerá (no parece mal eslogan para el próximo año).

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¿Por qué seguir publicando en una editorial?

Esta pregunta es no ya sólo legítima, sino perentoria, apremiante. En la lógica tradicional del campo editorial nacido en el siglo XIX y llegado hasta los albores del XXI, la cadena de generadores de valor estaba más o menos clara y bien trabada: el editor jugaba el papel de difusor selectivo estableciendo una complicidad intelectual básica con el autor que le confíaba la transmisión y reproducción de su obra. Esta relación circular de mutua consagración, de acreditación recíproca -la editorial adquiere prestigio al publicar a un autor reconocido o a un valor en ciernes y el autor adquiere renombre publicando en un sello asentado-, está en trance de cuestionamiento y, en gran medida, desaparición. La pregunta inicial puede formularse de varias maneras:

  1. hay quienes siguen pensando que solamente cabe difundir algo mediante el uso de los canales tradicionales: la semana pasada, de manera casual, en La Casa del Libro de Madrid, dos jóvenes profesoras pretendían convencer a uno de los libreros de la tercera planta, con sus originales en la mano, de que les hicieran un espacio para vender sus copias artesanas. No sé si me causó más congoja que ternura;
  2. hay quienes siguen considerando que publicar a través de un sello reconocido atraerá fama y dinero. Lo primero, si la empresa utiliza su artillería mediática, es posible que se alcance hasta cierto punto; lo segundo es, en la gran mayoría de los casos, imposible: si un autor llegara a vender 3000 unidades de un libro (lo que es mucho, muy por encima de la media, tanto literaria como de pensamiento) con un precio de tapa medio de 15 €, significaría que de haber negociado un 10% de derechos sobre el PVP recibiría 4500 €, compensación que no está nada mal, pero que equivale a dos salarios mensuales de un trabajador medio. Si tenemos en cuenta que un libro puede tardar de dos a tres años en escribirse y que los autores tienen por costumbre merendar todos los días, la recompensa no habrá pasado de unos 120 € al mes. Eso, claro, si no ha tenido que pagar por publicar, costumbre muy extendida que practican con absoluta impunidad sellos editoriales bien implantados cuyo nombre no revelaré. Se me olvidaba: puede sumar 100 o 200 € anuales de su entidad de gestión respectiva;
  3. hay quienes quizás no conozcan que cuentan con innumerables posibilidades digitales para convertirse en difusor autónomo de sus propios contenidos (Scribd); en comerciales de su propia obra a través del uso de plataformas POD (Lulu, Publicatuslibros, etc.); en donadores de su conocimiento mediante el uso de platormas de comunicación en abierto (DOAJ, Public Library of  Science); en colaboradores de proyectos de producción masiva de contenidos digitales (Wikipedia); en autores sin tasa ni medida que publican en sus blogs o bitácoras al ritmo de sus necesidades.

Si no hay dinero, y es casi más sencillo conseguirlo mediante estrategias de crowdfunding; si la fama no parece que provenga de la edición, y es más sencillo alcanzarla en el entorno de una red social que va dispensando su reconocimiento y su aprecio a medida que la colaboración crece (Twitter, Facebook, etc.); y si existen múltiples canales alternativos para gestionar de forma autónoma los contenidos que uno ha producido, ¿por qué seguir publicando, entonces, en una editorial? Más que las torticeras y retorcidas reflexiones sobre la piratería, quizás conviniera reflexionar seria y detenidamente sobre esta pregunta. De hecho, los editores alemanes dieron las suyas hace unas pocas semanas:

Es cierto, pero ninguna de esas cuatro competencias es hoy exclusiva ni absoluta, más bien al contrario, cada vez más extendida y  relativa. Creo, por eso, que hay que ir algo más allá,  practicar lo que me gusta denominar “método del ave Fenix”: reducir todo a cenizas para ver qué es lo que queda. ¿Y qué es lo que queda? En todo caso, la facultad acreditadora de un sello editorial, el prestigio que pueda transferir al autor que publique en su sello, la reputación que pueda alcanzar ligando su nombre y el de su trabajo al de la empresa que lo publica, algo que reposa sobre la construcción de un criterio exquisito de filtrado y selección por parte del editor, sobre la conformación de una oferta coherente y bien trabada, un catálogo bien ligado, sobre la capacidad de presentir las respuestas a las preguntas que la sociedad se plantee. Si eso ocurre, todavía vale la pena y cobra todo su sentido publicar en una editorial. Así lo pienso y practico yo; así lo piensa y lo practica, incluso, quienes piensan que Gutenberg solamente abrió un paréntesis.

Pero cuidado: ni siquiera eso es ya territorio exclusivo de los sellos establecidos: la posibilidad de combinar algortimos matemáticos con recomendaciones personalizadas derivadados del etiquetado colectivo (ontologías, taxonomías como las que se practican en Delicious, Mendeley, Twitter con sus hashtags#, por ejemplo) genera procesos de recomendación personalizados altamente pertinentes que prescinden de los canales y medios tradicionales de edición y publicación. De hecho, el uso de esos entornos de recomendación personalizados hacen descender el uso aleatorio de los buscadores y se convierte, en algunos casos, en fenómenos editoriales como el de Zite, que cumple el sueño de generar la revista personalizada de la que llevamos décadas hablando o como el de Flipboard, que hace realidad la ilusión de que las conversaciones se conviertan en publicaciones.

No es sencillo responder a esta pregunta, pero sospecho que en su respuesta está la clave del futuro de las editoriales.

 

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Desembarcos

La acción de desembarcar, según la RAE, en una de sus posibles acepciones, es “llegar a un lugar, ambiente cultural, organización política o empresa con la intención de iniciar o desarrollar una actividad”. También tiene una dimensión o un envés más bélico: “operación militar que realiza en tierra la dotación de un buque o de una escuadra, o las tropas que llevan”. Y yo creo que la llegada a España -tantas veces anunciada- de Amazon, Google Books o Editions, en convivencia más o menos guerrera con Itunes o IBookStore, tiene tanto de lo primero como de lo segundo.

Hay una serie de hechos incontrovertibles: las librerías virtuales proporcionan un magnífico servicio personalizado mediante algoritmos de compra refinados, capaces de distinguir los gustos o afinidades del comprador mediante el uso de etiquetas y metainformación que depuran y agrupan por categorías los productos que visualiza, siempre dispuestas a realizar descuentos sustanciales sobre el precio inicial por la compra de productos análogos, a rebajar los costes de envío y envolver las mercancias en papel de regalo, a compartir con el comprador potencial la opinión de aquellos que ya leyeron los textos adquiridos, a proporcionar opciones de soporte y formato diversas, a poner a disposición del potencial lector un fondo editorial inasumible para una superficie física tradicional. Estando así las cosas, es difícil rebatir la excelencia de los servicios que estos operadores proporcionan, aderezados, por si fuera poco, por el señuelo de la accesibilidad ubicua y permanente (que no estrictamente propiedad) a los contenidos adquiridos.

Pero si esa es la dimensión amable del inicio o desarrollo de una actividad empresarial, la parte belicosa o al menos conflictiva no debería escapársele a nadie:

  1. Amazon es una enorme Wall-Mart digital que busca una integración vertical perfecta que cierrea cal y canto el círculo de la experiencia de la compra: su enorme masa crítica de contenidos le permite vender un soporte digital propio a través del que se compran y se leen los contenidos que se hayan adquirido, algo que puede resultar innegablemente bueno para Amazon y para el comprador, pero no necesariamente para los editores, sometidos a condiciones de descuento cuestionables. Además de eso, Amazon se ha convertido en editor, valiéndose para ello de las opiniones de los lectores sobre los libros vendidos, un editor de best-sellers, si se quiere, pero editor al fin y al cabo;
  2. Google Books es un gran agujero negro cuya enorme fuerza gravitatoria hará colapsar al sistema librero tradicional: si la puerta de entrada a la web es Google y cualquier persona que busque un autor, un título o un tema acabará, preferencialmente, en las páginas de Google Books, que le ofrecerán, además de la posibilidad de descargar el libro encontrado un nuevo soporte propio (el Iriver Story HD) para que la interconexión sea perfecta, nos encontramos con un ecosistema cerrado que hará guiños durante un tiempo a la red de librerías tradicionales hasta que los usuarios acaben prescindiendo por completo de ellas;
  3. Apple es el espejo en el que todos los agentes concurrentes se miran, lo que cada uno de ellos quisiera ser, en usabilidad y belleza de los dispositivos, en integración de sus plataformas comerciales y sus soportes. Millones de IPads vendidos en los últimos meses avalan que la estrategia de aislamiento y cerrazón sigue siendo sostenible, aunque algunos creamos que el juego de los formatos propietarios y los entornos cerrados es pan para hoy y hambre para el futuro. De todas formas, decenas de millones de lectores no comparten mi opinión, y alguno está equivocado.

En estas condiciones, a penas es creíble que el desembarco de los grandes agentes pueda comportar convivencia pacífica, porque en el nuevo ecosistema digital sobran agentes intermediarios, distribuidores, libreros e, incluso, editores. A no ser, claro, que se atrevan a encarar el problema, desarrollen e implanten medidas tecnológicas propias, y sepan utilizar a su favor lo que de irreversible tiene este cambio. Además, claro, de fomentar el trabajo transversal y cooperativo, transparente y abierto, entre todos los agentes de la cadena de valor tradicional, sin cuyo concurso no hay nada que hacer. Esta y no otra es la verdad más o menos oculta presentida y debatida por los profesionales del libro, y no lo que pudo leerse, en general, en el reportaje del fin de semana dedicado a tal asunto: Revolución. El destino del libro.

He dicho (no está mal para tratarse de la tercera entrada de la temporada).

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Celebración de la profesión editorial

Hoy el cuerpo me pide reivindicar la profesión, qué le vamos hacer, aunque no sea el día internacional de protección al editor. Sé, me consta y lo practico, que las tecnologías nos permiten convertirnos a todos, potencialmente, en editores, y que el concepto mismo de edición pasa a ser algo más asequible y cercano a las actividades cotidianas de cualquiera que tenga algo que transmitir y comunicar, tal como enfatiza Craig Mod en su teoría sobre Post-artifact books and publishing, y que eso entraña en buena medida una reversión de los canales tradicionales de intermediación. Es cierto, no cabe la menor duda: los blogs son un sitio que pretende retar a un sistema de comunicación científica obsoleto, y quienes lo practicamos jugamos -como David y Goliath digitales- a derrocar en un día muy lejano a esa práctica editorial.

Nacen multitud de sitios con propuestas alternativas, al margen de los canales establecidos, retando los mecanismos de autoridad y legitimación, y eso está bien y debe fomentarse. Aún así, la paradoja que hoy me tiene atrapado es que esa proliferación no reduce el valor de las publicaciones con propuestas consistentes y aún complejas, aquellas que no renuncian a enunciar e intentar explicar la realidad en más de 140 caracteres. Die Zeit, un semanario que sale los jueves en Alemania, ha doblado su número de lectores y atraído a jóvenes universitarios como nuevos lectores, manteniendo la misma propuesta de seriedad y densidad de pensamiento. Su director lo comentaba a finales del 2010, y añadía: “en los últimos años hemos hecho mucho para dañar la imagen del papel, al que, en el fondo, debemos todo”. Me uno al aserto, aunque me tengan hoy por reaccionario.

Jaume Vallcorba recuerda también esas declaraciones en su discurso de recepción del  “Homenaje al mérito editorial” recibido en la Feria de Guadalajara el pasado noviembre y que publica el último e indispensable Texturas: “lo contaba con justa satisfacción su director, Giovanni Di Lorenzo, no h ace mucho, subrayando que no se habían sometido a las modas; vemos, por otra parte, cómo surgen cada día nuevas editoriales con propuestas interesantes y a veces arriesgadas…”, un texto que hoy puede tener cierto regusto añejo y retrógrado, pero que aún así me da que pensar…

“Por eso hoy”, puede leerse en el texto de Leopoldo Alas-Clarín que abre ese mismo número, “más que nunca también, hace labor meritísima el que se consagra a la policía literaria, y señala lo bueno y lo malo, y procura descrédito para lo que no merece ser leído”.

Quizás la resolución de esa aparente contradicción que me tiene hoy algo angustiado deba ser precisamente esa: celebremos la diversidad de los textos en la red, la riqueza potencial que supone disponer de acceso a nuevos contenidos de cualquier naturaleza, pero no renunciemos al rigor, la intermediación cualificada y el criterio experto, el esfuerzo que entraña saber separar el trigo editorial de la paja digital.

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El inevitable camino eléctrico de la edición cultural

Hoy, si no estoy mal informado, se ha celebrado la Asamblea anual de un pequeño grupo de editores culturales, los que están asociados en ARCE, los que todavía siguen apostando -en general- por un tipo de edición que propicia la media distancia, aquella que se sitúa entre la inmediatez de la noticia periodística, a menudo desinformada y presa del mito del valor de la inmediatez, y el largo recorrido que los libros favorecen, ese que genera a su alrededor un espacio de reflexión y silencio que otros artefactos no son capaces de crear. Ese valor de la reflexión cualificada y del disfrute literario en la media distancia es, seguramente, una de sus características principales. También lo es que atesoran entre sus páginas -si uno tiene la paciencia de leer la relación de cabeceras que la componen y que, históricamente, la constituyeron- un patrimonio cultural, artístico e intelectual incomparable, una nómina de autores que representan la vanguardia del pensamiento y la creación nacional e internacional.

De esos rescoldos, viven, sin embargo, muchas de ellas, pero las mutaciones actuales del ecosistema informativo han arrumbado a muchas de esas célebres cabeceras a un exilio interno del que seguramente no salgan bien paradas -y lo digo con cierto conocimiento de lo que aseguro-. La asignatura largamente pendiente -no exclusivamente de los editores culturales, pero hoy me centraré en ellos-, es la de la digitalización, no la de la mera conversión facsimilar de sus originales en papel en documentos digitalizados, sino la de comprenderse como generadores y comunicadores de contenidos que deben gestionar digitalmente una nueva cadena de valor. Su supervivencia pasa, en buena medida, por generar comunidades de interés afines que se sientan verdaderamente ligadas a un proyecto, una idea, una afición, y la capacidad de adhesión que la red pueda tener para eso, no es desdeñable, por mucho que los lazos que muchas veces se tiendan sean flácidos y laxos. La National Book Foundation de los Estados Unidos ha concedido hoy -casi al mismo tiempo que se celebraba la asamblea de nuestros editores- su premio anual “Innovations in Reading“, entre otros, a una revista literaria electrónica, Electric Literature, que mantiene como convicción principal “to use new media and innovative distribution to return the short story to a place of prominence in popular culture”.

Haciendo del desparpajo en su diseño y en su publicidad un guiño irónico a sus posibles lectores, valiéndose de todos los formatos y canales asequibles a cualquier editor contemporáneo para llegar a ese lector de nouvelle o relato corto que es el de la media distancia (lo que incluye el papel, sin duda alguna, además de tabletas digitales, teléfonos o cuaquier otro soporte), construyendo Apps específicas en las que consiguen aglutinar ofertas y servicios fácilmente, a través de dispositivos digitales móviles, que congregan a una gran comunidad de posibles interesados -más de 150000 en Twitter, qué envidia-, y utilizando las competencias tradicionales del editor como selector y garante de la calidad de lo que se ofrece -según han atestiguado y rubricado los medios de comunicación norteamericanos más importantes-, han llegado donde están.

El camino de la edición cultural será inevitablemente eléctrico o no será…

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Libros que no acaban

No hay casi ningún libro que se contente con los límites de sus páginas. Casi todos tienden a desbordarse, a rebosar de significado. Unos más que otros, claro. Este es un lugar común en la literatura desde los años 60 del siglo XX al menos: “La literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un sólo libro no lo es. El libro no es un ente incomunicado: es una relación, un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída”, dice uno de los comentarios más citados de Jorge Luis Borges.

Quizás sea esa la suposición sobre la que se basa el desarrollo del sitio web dedicado a La izquierda reaccionaria, un viejo libro de Horacio Vázquez-Rial que rejuvenece digitalmente gracias a que sus editores se preocupan, seriamente, por interpretar editorialmente ese rebosamiento de significado, esa abundancia de sentidos e incitaciones que un libro a veces no puede contener. Y no es sólo, simplemente, añadir materiales como señuelo, como reclamo comercial, como extra por los euros que hubieran podido pagarse por una versión en otro formato. Se trata de explorar, cabalmente, los meandros y vericuetos que una indagación deja insinuados en el papel y pueden seguir rastreándose en el vasto espacio de lo digital.

Algo así ocurre, también, con Poor economics: a radical rethinking of the way to fight global poverty, una obra llamada a transformar el mundo, dicho simple y llanamente, sin rodeos: un trabajo, por tanto, de una magnificiencia que sus datos, sus ejemplos, los casos sobre los que están basados sus ejemplos, las buenas prácticas que puedan derivarse de las enseñanzas que propague, su apertura a un posible coedición ciudadana en forma de wiki donde se vayan sumando las evidencias, testimonios, cartografías, iniciativas, a las que la obra pueda dar lugar, abre una nueva etapa en la forma de comprender, también, la edición. La del libro que nunca acaba, la de la edición fluida. El ejemplo de Macrowikinomics, de Don Tapscott, es tan bueno como el anteriorr.

“… un texto”, decía Roland Barthes, “no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura”. Aquel texto se titulaba, premonitoriamente, La muerte del autor, y aunque los fans de Harry Potter no pretendan en ningún caso liquidar a su autora original, también es cierto que sin teorizarlo ni saberlo juegan a lo que Barthes anticipó cuarenta años antes, a tejer un inabarcable texto de citas al pie de una obra inicial. Eso ocurre en sitios -por citar uno sólo- como FictionAlley, donde centenares de insurrectos fans pretenden prolongar las fantasías de su héroe cabalístico, en un ejemplo claro de lo que la fanfiction comporta y de lo que un libro inacabable puede significar.

Es posible que mucha literatura ni necesite ni desee ser prolongada, porque de lo que se trata es, precisamente, de conformarse con lo que el autor quiso y propuso; es posible también que, editorialmente, algunos sellos corran el riesgo de ganar en visibilidad por título lo que pierden de coherencia y presencia como sello; es posible que el esfuerzo que comporte prolongar las avenidas abiertas por un libro no esté al alcance de nadie, menos aún de los limitados recursos de los editores, más allá del alcance de lectores que suelen ser solamente merodeadores. Sí, todo eso es verdad, pero también lo es que vale la pena correr el riesgo de explorar las vías abiertas por los libros que no acaban.

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Amazon como editor

Tengo algunos amigos editores que realizan un escrutinio pormenorizado de las opiniones que los lectores vierten en las páginas de libros de Amazon para encontrar pequeños o grandes tesoros que rescatar. Claro que, si ellos lo hacen, porque se dan cuenta del valor y alcance que el juicio de los lectores puede tener sobre el desarrollo de su catálogo, no habría razón alguna para pensar que Amazon mismo no pudiera hacerlo. Dicho y hecho, Amazon ha decidido entresacar de las opiniones de sus clientes, diseminadas en sus varias webs internacionales, aquellos títulos que, potencialmente, pudieran ser traducidos al inglés con más garantía de éxito.Amazon se convierte así en editor sobre seguro.

AmazonCrossing es el debut editorial del gigante distribuidor y, en esta nueva vertiente de su trabajo, anuncia cómo serán las nuevas cadenas del valor del libro y de qué manera se reconfigurarán los lugares que cada uno de ellos venía ocupando, algo que no deja de recordar, claro, a los libreros-editores del siglo XVII. Aun cuando quepa la posibilidad teórica, tal como ellos mismos anuncian, de que los libros editados por Amazon puedan ser comercializados en puntos de venta tradicionales, ¿quién iría a otra tienda a comprar lo que el distribuidor está en condiciones de poner en la puerta de tu casa, tal como reflejaba hace ya algún tiempo la portada de la revista The New Yorker? Y, aunque ahora se limiten a comprar derechos para el mercado norteamericano, ¿existe algún impedimento o cortapisa para que trasladen su experiencia a cualquier de sus tiendas virtuales en los distintos idiomas en que operan, incluido el español?

En uno de los temas e hilos de discusión abierto hace a penas dos horas, What books should be translated into English?, los usuarios debaten sobre la conveniencia de transferir a su lengua unos u otros autores, dando indicios evidentes de sus gustos y tendencias. Es seguramente a esto a lo que se refería Riccardo Cavallero, Director General de Libros del Grupo Mondadori, cuando decía en una entrevista titulada “El poder pasa del editor al lector“: “Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería”. Claro, no sólo lo entendemos, sino que se lo fabricamos, vendemos y distribuimos, como meros intermediadores que atienden una demanda proclamada, explícita. Una cosa es escuchar y dialogar, ser un giroscopio que percibe el espíritu de los tiempos y obra editorialmente en consecuencia (valiéndose de las redes sociales y de los espacios de conversación que abre),  y otra muy distinta editar al dictado y al pie de la letra.

Sea como fuere, nada será ya igual a como fue. Amazon como editor desbroza parte de ese nuevo camino.

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¿Dónde estás, Einaudi?

Giulio Einaudi, uno de los grandes editores de la postguerra en Italia y uno de los grandes, simplemente, de la historia de la edición, tenía un criterio muy simple para distinguir entre lo que era edición cultural -artística, política y socialmente comprometida- y lo que no lo era. El lo llamaba, simplemente, la “edición sí” y la “edición no”, la edición propositiva que intenta adelantarse a su tiempo aportando a sus posibles lectores contenidos, autores y tendencias que marcarán el paso del futuro, o la edición que se repliega sobre sus más cercanas evidencias comerciales para intentar satisfacer el gusto del momento, despreocupada de su dimensión intelectual. Una no puede existir sin la otra, porque nada cobra existencia si no es definiéndose y connotándose contra lo que puede ser su contrario. Einaudi era muy estricto, al menos así se manifiesta en sus famosas Conversaciones con Severino Cesari (afortunadamente rescatadas por Trama), a la hora de juzgar la pertinencia de la edición comercial, dimensión del libro que menospreciaba. “El esfuerzo del escritor, y de la edición cultural, es adelantarse a los tiempos”, decía, presentir “cuáles serán las tendencias subterráneas que estallarán mañana”, tejer una complicidad estructural sólida con los movimientos de vanguardia del tiempo que le toca vivir.

Einaudi, el sello editorial, forma hoy parte del primer conglomerado editorial del mundo, Mondadori (que es, a su vez, parte de Random House que es, a su vez, parte del Grupo Bertelsmann). Los avatares contemporáneos de los antiguos sellos editoriales culturales -que tantas veces han contado Jason Epstein y André Schiffrin-, llevaron el sello de Einaudi a formar parte de la escuadra de marcas del gran grupo de comunicación. Riccardo Cavallero, Director General de Libros del Grupo Mondadori, decía este fin de semana en una entrevista titulada “El poder pasa del editor al lector“: “Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería” y, también, “el digital supone un gran impacto porque el poder pasa del editor al lector [...] Los editores tenía el poder de decidir lo que se leía en un país. Esto conllevaba que los editores malentendieran su actividad, que la hayan confundido con la de impresor y distribuidor, olvidándose de la de editor”.

Es posible que si Einaudi viviera reconociera en esas afirmaciones meras corroboraciones de lo que la edición comercial pretende: seguir mercenariamente el gusto del momento para darle lo que quiere, algo perfectamente legítimo que ocupa su lugar bien ubicado dentro del espacio editorial: edición volcada sobre la dimensión más mercantil del libro, más supeditada a los gustos y tendencias imperantes. No es que Einaudi despreciara la dimensión comercial del libro -se pasa páginas enteras discutiendo con Cesari sobre canales, librerías, subscripciones, venta puerta a puerta- ni la interlocución con sus lectores o la conversación reposada con sus mentores y consejeros. Muy al contrario: pero una cosa es preocuparse por encontrar el canal más adecuado para llegar a quien demanda un contenido, poniéndolo al alcance de sus manos en los formatos y a los precios que demande; generar comunidades de afinidades electivas basadas en la charla y la reflexión,  y otra muy distinta cifrar en esa dimensión mercantil la esencia y naturaleza de la edición sometiéndose a lo que Karl Kraus llamaba despectivamente el “gusto del día”.

Al final de su entrevista con Cesari Einaudi decía, en una premonición que resuena en el presente (y cito con generosidad): “la última tarea de la edición cultural para los próximos veinte años me parece que es la recuperación de la felicidad [...] ¿Dónde se ha refugiado la felicidad de hacer las cosas? ¿En las editoriales pequeñas, entonces, donde se matan a trabajar? Quizás las editoriales de cierta dimensión corren el riesgo de burocratizar el trabajo. Añado que la tendencia de una empresa que produce cultura a volverse burocrática, a hacer demasiada “literatura empresarial”, derrochando tiempo y papel, se conjuga con el riesgo de destruir el bien más precioso, el sentido y la práctica del trabajo colectivo. Y si esta tendencia predominara al cabo, llevaría a cualquier empresa a convertirse en una empresa sin una de sus cualidades, sin una característica específica y única”, tal como hace tiempo que viene sucediendo con algunos grandes sellos editoriales y como, según todo apunta, seguirá sucediendo.

Claro que en el nuevo ecosistema de la información los editores no serán los únicos intermediarios cualificados, en algunas ocasiones ni siquiera los más acreditados, pero la distinción entre edición cultural y comercial sigue siendo tan vigente como hace ahora exactamente veinte años, más aún incluso cuando la sobreabundancia de la información disponible dispara la necesidad de mediaciones cualificadora. “Geistige Zuckerbäcker liefern kandierte Lesefrüchte”, escribió Karl Kraus a propósito de los buenos editores de textos selectos, que viene a ser, a falta de mejor traducción “Los confiteros espirituales proporcionan lecturas confitadas”.

¿Dónde estás, Einaudi?

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