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Encuentro europeo de editores vs. Libre Graphics Future Tools

Que la Casa del Lector de Madrid haya organizado un Encuentro de Editores europeos, donde se puedan compartir zozobras, reflexionar sobre la identidad perdida e indagar sobre la incierta senda del futuro digital, es una extraordinaria noticia, una magnífica iniciativa. De hecho, el panel de participantes, la selección de personalidades y expertos de algunos de los sellos más importantes del siglo XX editorial europeo, exceden con creces en interés a los cada vez más caducos Encuentros de Editores de la Magdalena. Son estrictamente necesarios foros de reflexión transnacionales donde se aborden las incertidumbres comunes, y este es un buen ejemplo.

La cuestión es, sin embargo, que cuando un encuentro de esta ambición se conforma, de nuevo, con iniciarse mediante una reivindicación de las certezas más conocidas y confortantes, mediante una invocación al carácter insustituible de la profesión, mediante lo que Pierre Bourdieu denominaba una “teodicea de la propia condición” -como si los editores y su papel de intermediarios culturales fuera intemporal y perpetuo-, entonces estamos sustituyendo la verdadera reflexión crítica por una simple letanía que pretende sobresaltarnos con el conocido “o nosotros o el caos”. Y es que, efectivamente, muchos de los editores presentes sienten y perciben el entorno contemporáneo en el que viven como una amenaza caótica, incomprensible y  desdeñable, caricaturizándo el espacio de la web y de las personas que en él colaboran y participan como una forma de anarquía y confusión ingobernable y de todo punto insignificante.

Es posible que, hasta cierto punto, muchos editores hayan comenzado a entender que en el orden de la producción editorial, ya no existe otra cosa que los flujos de trabajo digitales,  y que deberán sustituir todas sus herramientas y competencias tradicionales por las que se derivan de su uso y aplicación. Pero cuando se adentran en las profundidades inasequibles de la web, trastabillan y se aferran a las certezas de la intermediación tradicional. Claro que es cierto, como reivindicaban mis admirados Jaume Vallcorba y Henriyk Wozniakowski, que el editor fue el intermediario por antonomasia entre la gran cultura y el público a lo largo de 150 años, que su influencia durante los siglos XIX y XX en el desarrollo de la cultura y la política europeas fue sencillamente esencial, pero es posible que las reglas del juego hayan cambiado y que esa función intermediadora ejercida casi por completo de manera exclusiva, nunca más sea así. Entenderlo, aceptarlo y hacerse las preguntas pertinentes -como ha intentado Wozniakowski en su intervención-, es parte del camino incierto que los editores, los libreros y los autores (todos aquellos que conformaban el campo editorial tradicional), deberían recorrer. Conformarse con el confortante ronroneo de los compañeros, sin embargo, no lleva a otro sitio que al mismo punto de partida.

A una distancia relativamente pequeña del primer enclave, se encuentra el lugar donde se está celebrando, simultáneamente, el Libre Graphics Meeting 2013, Future Tools, un encuentro internacional, promovido por la Unión Europea, donde una comunidad verdaderamente universal de jóvenes desarrolladores están planteándose, también, cómo será el futuro de la edición, pero de una manera mucho más atrevida, creativa, retadora, compartida, con el desparpajo propio de quien no siente el peso de la tradición como un lastre o una reliquia, sino como un promontorio sobre el que alzarse. Una mera lectura a los temas e intervenciones del evento convencerán a cualquiera que ame y entienda esta profesión y su devenir.

Y el problema es que esos dos eventos, simultáneos en el tiempo, se ignoran mutuamente, desaprovechan las extraordinarias sinergías que podrían generarse en su encuento. Y yo espero que dos espacios tan singulares y necesarios como la Casa del Lector y el Medialab Prado de Madrid, acaben encontrándose y entendiéndose. Por el bien de todos.

Pd. Nota de hoy, 12 de abril: Manuel Gil publica en su Facebook: “Ayer estuve en la primera jornada del Encuentro Europeo de Editores que organiza LA CASA DEL LECTOR. El módulo de ponencias sobre “Transición digital” me parecio espectacular. Importantes editoriales europeas mostraron sus esfuerzos en la transición de lo “analógico” a lo “digital”. Brillantes ponencias que me imagino colgarán en la web. Y una organización impecable”. Conviene contrastar mi visión, parcial y quizás apresurada, con la que ofrece Manuel.

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Necesitamos nuevas preguntas (o el Principio de Shirky)

“Las instituciones”, dice el famoso principio de Shirky (de Clay Shirky), “tratarán de preservar el problema para el que ellas son las solución”. O dicho de otra manera: las instituciones tratarán de perseverar en el problema que conocen y entienden porque es el único para el que imaginan soluciones.

De ese principio -tal como se observaba en el Publishers Weekly de hace un par de años-, se derivan colorarios interesantes:

  • Los libreros parecen mucho más preocupados por detener el avance de internet y de su poder extraordinario de desintermediación comercial que de preocuparse por saber cuál es el papel que podrían jugar en la nueva red de valor que Internet promueve. La pregunta no es, por tanto, ¿de qué manera podemos conformar un grupo de presión para detener el avance de Internet, de las empresas que operan en ella o de las transacciones comerciales que facilita sino, más bien, cuál es valor que, como libreros, podríamos añadir a esa nueva configuración de valor que la red origina?
  • Los editores, sobre todo de contenidos científicos, profesionales y educativos, se preguntan de qué forma podría hacerse más rápido, más barato y mejor lo que vienen haciendo extraordinariamente bien desde hace décadas, es decir, crear contenidos científicos, profesionales o educativos empaquetados en volúmenes más o menos extensos. Presos de su propia evidencia y rehenes de sus éxitos, no aciertan a reconocer que vivimos en un nuevo entorno de contenidos y conocimientos extraordinariamente abundantes y gratuitos, donde todas las personas -particularmente los nativos digitales, los jóvenes-, pueden indagar, encontrar, valorar, utilizar y crear nuevos contenidos adecuados a sus intereses particulares. La pregunta, por tanto, no es de qué manera puedo evitar que todo esto suceda, de qué forma puedo ignorar lo que está ocurriendo a mi alrededor apelando a la magnífica y singular calidad de mis contenidos. La pregunta, más bien, debería plantearse de qué manera puedo construir, distribuir y comercializar contenidos adecuados a las necesidades e intereses de mis potenciales usuarios, en formas, formatos y maneras por completo distintas a las anteriores, capaces de agregar un valor realmente singular a lo que cualquier usuario podría encontrar ya en la web.

En agosto de 2012 la agencia Reuters informaba del enorme negocio en torno a la educación que avistaban los sellos educativos norteamericanos, siempre y cuando, claro, se preservara el problema, es decir, siempre y cuando la cuestión siguiera girando en torno a los libros de texto y a las pruebas estandarizadas: “Big publishers such as Pearson, McGraw-Hill and Houghton Mifflin Harcourt have made hundreds of millions of dollars selling public school districts textbooks and standardized tests”, decía la noticia.

  • Los editores de revistas científicas a penas saben cómo gestionar el vuelco que internet supone para sus negocios: la primavera académica comenzó alrededor de 1980, cuando Tim Berners Lee propuso su modelo de comunicación hipertextual entre la comunidad de físicos de altas energías. Los frutos de aquel descubrimiento han tardado incluso más de lo previsto, porque desde aquella fecha los científicos recuperaban el control pleno sobre los medios y los modos de producción, circulación, comunicación y certificación de los contenidos que ellos mismos creaban. Lo demás es cuento y ganas de perder el tiempo: pronto se vio que la la edición científica era la locomotora digital de la revolución en curso, que las revisas y cabeceras que iban ganando independencia respecto a las sujeciones editoriales era cada vez mayor. Hoy en día, la relación de revistas del DOAJ alcanza casi las 7500 revistas, y el incremento de las cabeceras que publican en abierto bajo algún regimen de licencia Creative Commons o similares, ha crecido exponencialmente, tal como puede leerse en The Development of Open Access Journal Publishing from 1993 to 2009. La pregunta, en consecuencia, no puede ser ya cómo mantener los boyantes beneficios derivados de la gestión previa a la era de Internet. En todo caso, la pregunta se parecería más a ¿qué clase de servicios podemos proporcionar a la comunidad científica que sigan justificando nuestra presencia?
  • Los editores de revistas culturales -algo extensivo también, quizás, a la prensa en general- no pisan ya el suelo que les sustentaba: los suscriptores dejaron de abonar sus cuotas; los puntos de venta dedicados desaparecieron; los kioskos de prensa se superpoblaron y se hicieron económicamente prohibitivos; la publicidad desapareció; la compra pública para las redes de bibliotecas es un lejano recuerdo del pasado. Por si fuera poco, la red proporciona toda clase de alternativas culturales de calidad, en muchos casos, equiparable. La pregunta no debería ser sólo, en consecuencia, de qué forma podemos seguir haciendo sin tribulaciones ni sobresaltos lo que hemos venido haciendo hasta ahora. La pregunta se parecería, más bien, a de qué manera puedo construir comunidades de lectores afines, de qué forma puedo tejer redes de afinidad, colaboración y lealtad, de qué manera debo transformar mi publicación digitalmente.
  • Los distribuidores, por terminar de repartir las interrogaciones, sólo puede hacerse una pregunta plausible: ¿qué puede hacer un distribuidor de objetos físicos en un mundo de bienes intangibles?

Se atribuye a Mario Benedetti la formulación de una máxima que es, al menos, tan lúcida como la de Shirky: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Y es que el único camino para encontrar respuestas verosímiles es plantear nuevas preguntas sin guarecerse en los viejos y queridos problemas.

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El llamamiento de los 451

Hubo un tiempo -quizás tras la Guerra Mundial, en los años 50 del siglo XX, cuando fue necesario reconstruir moral, intelectual y éticamente la sociedad- en que los editores jugaron un papel fundamental. La lectura de las conversaciones de Giulio Einaudi con Severino Cesari son por eso, siempre, un reencuentro con la lucidez de un intelectual que creía en la labor pedagógica y formativa de los textos que editaba, en su función propiamente cívica y política. Einaudi podía permitirse una definición de la edición ajustada a sus tiempos, donde la “Edición sí” era la edición propositiva, intelectualmente arriesgada y políticamente comprometida, y la “Edición no” aquella otra cuyos únicos visos eran comerciales. Eran los tiempos en los que la prensa, la televisión y, en menor medida, la edición, asumieron la condición de formadores del espíritu de una época. Intermediarios cualificados, mediadores competentes, gozaban del crédito que la sociedad de la comunicación de masas les proporcionaba.

No hace falta saber mucho de la red para darse cuenta de que ese lugar central que los editores y el resto de los agentes de la comunicación de masas ocuparon, no es ya el mismo. La proliferación de herramientas de creación, producción, comunicación, distribución, venta, comercialización y compartición que encontramos en la red han provocado su desplazamiento hacia la periferia del ecosistema de la comunicación. Y esa conciencia, más o menos implícita, más o menos explícita, es lo que ha provocado ese sentimiento de crísis -justificada y generalizada- del sector.

Es en este contexto en el que yo entiendo “El llamamiento de los 451“, ese llamamiento que evoca a Bradbury, recogido tanto en el periódico Diagonal como en la irremplazable revista Texturas, en el que se aboga “Por la constitución de un grupo de acción y de reflexión en torno a los oficios del libro”.

Nos hemos empezado a reunir desde hace un tiempo para debatir colectivamente sobre la situación actual y futura del libro y de sus oficios. Atrapados como estamos en una organización social que separa las actividades, partiendo de una sensación común –basada en diversas experiencias– de que se está produciendo una degradación acelerada de las formas de leer, producir, compartir y vender libros, consideramos que, a día de hoy, la cuestión no se limita exclusivamente al sector, por lo que buscamos soluciones colectivas a una situación social que nos negamos a aceptar.

La principal virtud de ese texto de partida y del que le sigue, “Querella de los modernos… Respuesta a las críticas y desarollo del argumentario del Llamamiento a los 451” (traducido, también, por Gabriela Torregosa para el último número de Texturas), es la conciencia de la necesidad de una acción colectiva, de la gestión colectiva de un espacio de reflexión compartido. Salir de esta crisis, si es que existe alguna salida o si es que se trata siquiera de salir, no vendrá de la mano de esfuerzos individuales, sino de empeños colaborativos. En el texto que podemos leer en ese alegato se arremete contra el orbe total: contra la proliferación de los títulos deleznables que invaden las mesas de novedades; contra el imperio de los grandes grupos editoriales que desestabilizan el ecosistema editorial; contra la desaparición de los oficios del libro; contra la degradación de las profesiones asociadas tradicionalmente a la producción editorial; contra Internet y el mito de la liberación digital; contra -sobre todo, y aquí radica uno de sus puntos principales- la pérdida de la representatividad política y social de los agentes vinculados a los oficios del libro:

Si consideramos que trabajar con libros tiene una dimensión política, entonces tenemos que poder hacernos preguntas como: ¿qué papel social juega el libro?

Discutimos sobre la irrelevancia de nuestras ventas; sobre la desaparición de las librerías y otros puntos de venta; sobre la insignificancia de los oficios asociados al libro y el éxodo de los lectores, pero, ¿no será todo ello consecuencia de su instrascendencia política, de su trivialidad social, de su arrumbamiento a los márgenes del universo de la comunicación?

No tengo respuestas. Sólo sugerencias bibliográficas, cartográficas: Einuadi, como queda dicho; Pierre Bourdieu, que discutió durante mucho tiempo sobre la progresiva banalización y conservadurismo de la edición francesa (I) y de la edición en general (II); Thierry Discepolo y su “Traición de los editores“, que llegará dentro de poco, afortunadamente, a nuestras (despobladas) librerías.

¿Seremos capaces de hacer nuestro propio llamamiento, de reclamar un lugar bajo el fulgurante sol digital?

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El principio de Arquímedes del sector editorial

Dicen Manuel Gil y Jorge Portland en “Antinomias y disquisiciones sobre el mercado digital”, un artículo publicado en el último número de Texturas que debería ser de obligada lectura para cualquiera que quisiera comprender lo que está sucediendo en el sector editorial y para cualquiera que quisiera plantear una estrategia de supervivencia coherente:

El mercado parece avanzar hacia un estrechamiento descomunal: en la medida en que se cumpla lo que denominamos “principio de Arquímides del sector editorial”, es decir, en la medida en que el conteido digital sustituya al papel, el etrechamiento del volumen del mercado será un hecho que cuestinoará la viabilidad del conjunto de la edición. En 20 años la sustitución del soporte será casi completa. Esta decisión la tomarán los lectores, no la industria: el libro en papel será un artículo de lujo, y las tres cuartas partes de las editoriales que hoy conocemos desaparecerán, probablemente sustituidas por nanoindustrias culturales de tipo low cost. El libro”, continuan, “avanzará hacia una sustitución paulatina en sus formatos, y esto parece hoy inevitable. Se vislumbra ya un mercado oligopólico muy peligroso; la lucha por la cuota de mercado es feroz y la tendencia que se vislumbra es la de una brutal concentración, peligrosa se mire como se mire

No desvelaré toda la trama del argumento ni quién o quiénes son los asesinos, pero dejénme darles algunas pistas: una tendencia cada vez más acusada a la concentración de la venta en unas pocas plataformas digitales, grandes operadores multinacionales que acabarán potencialmente con otros canales alternativos de ventas; editores que prefieren utilizar esos canales ofreciendo descuentos ventajosos antes que plantear alianzas intersectoriales; plataformas de distribución digital, formadas inicialmente por grandes grupos editoriales nacionales, cuya gestión parece ahuyentar más que atraer a los pequeños y medianos editores, a aquellos que deberían aportar suficiente masa crítica a una plataforma única, capaz de convertirse en alternativa real; desunión de los gremios, desafección de las profesiones que antes conformaban una cadena de valor integrada, desbandada generalizada para recluirse en las pocas certezas que van quedando; falta y falseamiento de datos esenciales, que solamente se proporcionan a posteriori, cuando el análisis ya no tiene casi valor, o que se proporcionan en tiempo, pero sin desagregación alguna, sin análisis ni matizaciones; ocultamiento de la información más esencial para los editores en la era digital por parte de las plataformas en las que comercializan sus contenidos (datos del tráfico, de las compras y los perfiles, de las preferencias y los gustos, de las afinidades y las correspondencias); ausencia completa, en fin, de una cultura colaborativa y abierta capaz de comprender que este cambio no se vive ni se resuelve a solas.

Hoy que ha terminado el Liber, nuestra Feria profesional, no imagino mejor ejercicio para la vuelta que leer este texto, discutirlo, para intentar asumir y desarrollar alguna de las soluciones que apunta. De otra forma, el principio de Arquímides funcionará, como en la física, inexorablemente.

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Educación, reforma y tecnología

Los países que poseen sistemas educativos en los que se discrimina tempranamente a sus alumnos funcionan de maravilla. ¿Cómo podría ser de otra forma? Si a los once años, como ocurre en el sistema educativo alemán tradicional, se segrega a los niños en tres cursos diferentes, en tres tipos de escuelas, en función de cualidades y competencias aparentemente desiguales, “objetivamente” contrastadas mediante exámenes concebidos para medir esa desigualdas, ¿qué otra cosa podríamos esperar que la constatación y la verificación de la desigualdad? Pierre Bourdieu denominaba a esa manera política de segregar de acuerdo a diferencias figuradas, “la ideología del don”, porque no hay nada mejor que achacar a discrepancias naturales lo que son puras divergencias sociales. El propia Instituto Max Planck de Educación, situado en Berlín, lleva años advirtiendo de que los resultados escolares están fuertemente influenciados por los orígenes sociales de los alumnos, por el capital cultural y económico que heredan, y que lo que son diferencias de orden aparentemente natural no son sino diferencias de origen social que deben atajarse dentro del propio sistema.

En las últimas semanas, sin embargo, se han levantado en Alemania voces cualificadas contra un sistema escolar que incapacita objetivamente a los jóvenes: la primera cadena nacional emitió un programa con el título “¿Aprender hace tontos? El escándalo de la escuela”, donde fue entrevistado uno de los especialistas más cualificados del páis, Gerald Hüther, que defiende una verdad evidente: todos los niños y niñas son, de una u otra forma, superdotados. Poseen inteligencias y competencias incomparables, y el papel de la escuela no es dilapidar ese capital tempranamente, en aras de un cursus escolar clasista y compartimentado, sino potenciar individualmente sus capacidades específicas hasta llevarlas a su máxima expresión (es cierto, por decir todo, que el reconocimiento social de los estudios profesionales y el respaldo incondicional de las empresas, hace que esa vía se viva como una alternativa legítima).

La OCDE ha recomendado hace poco que los sistemas democráticos deben promover sistemas educativos inclusivos, donde no segregue a los jóvenes prematuramente. Al contrario: tal como se practica en el sistema educativo finlandés, de lo que se trata es que los profesores encuentren el tiempo y la forma (allí, recortando el horario lectivo tradicional en un 25%) de atender individualizadamente a los alumnos que presentente síntomas de desafección. Una intervención rápida e inmediata, en su entorno familia y en su entorno escolar, garantiza la recuperación y el progreso. No sabemos todavía si los entornos de aprendizaje del futuro prescindirán por completo de aquello que una vez conocimos por aulas, aunque los suecos parece que lo tienen ya bastante claro. Sabemos, en todo caso, varias cosas que deberían servir para remodelar nuestro envejecido y añejo sistema educativo, esa institución exhausta de la que habla con tanto conocimiento Marino Fernández Enguita:

  1. sabemos que la discriminación temprana es injusta y supone una dilapidación de recursos humanos, de conocimientos necesarios: “una selección tan temprana”, escribe Fernández Enguita en otro sitio, “era injusta, pues sobraba evidencia de que condenaba a los alumnos de familias en desventaja; ineficaz, pues privaba a la sociedad de una reserva de talento, e ineficiente, pues seleccionaba mal, cerrando el paso a niños capaces pero pobres y viceversa”;
  2. sabemos que el incremento de horas de clase y de la ratio profesor/alumno es contraproducente: el camino es el inverso, una descarga del número de horas de pura docencia en beneficio de la atención personalizada;
  3. sabemos que las tecnologías son necesarias no como un aditamento, sino como parte fundamental de las competencias del siglo XXI que los alumnos deben adquirir;
  4. sabemos que los libros de texto son necesarios pero no suficientes, marcos globales donde encontrar condensados conocimientos necesarios que deben complementarse con investigaciones, indagaciones y exploraciones que utilicen todos los recursos que la red ofrece. Sabemos, en consecuencia, que el futuro de las editoriales pasará, en gran medida, por ser capaces de adaptarse a ese cambio proporcionando contenidos y  materiales adecuados para ese nuevo tipo de entorno;
  5. sabemos, en suma, que el futuro de las instituciones en la era digital será distinto…

Necesitamos una educación más inclusiva; necesitamos la tecnología integrada plenamente en las aulas y, sobre todo, en los currícula; necesitamos unas editoriales que comprendan que buena parte de su trabajo y su  negocio provendrá no tanto de fabricar botellas, sino de ocuparse de los nuevos vinos (las nuevas pedagogías, los nuevos servicios educativos que se deriven de las nuevas configuraciones).

Necesitamos una reforma, aunque quizás no era esta.

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El libro, un pasado magnífico, un oscuro futuro

En la cadena de valor tradicional del libro, todo estaba más o menos claro, cada agente ocupaga su lugar, los márgenes se repartían según un acuerdo no escrito y el dinero necesario para financiar las nuevas tiradas que abastecían las librerías que vendían los libros, fluía con relativa abundancia y naturalidad. España nunca fue un país donde se leyera o comprara mucho, pero esa escases estructural de lectores se combatía con la compra de bibliotecas públicas, la venta en América y alguna acción editorial complementaria cuando el grupo poseía sellos de distinta naturaleza. Ese fue, quizás, el pasado magnífico que nunca volverá.

A día de hoy, las cosas han cambiado, profundamente: la cadena de valor tradicional carece por completo de sentido en el ecosistema digital. No todos los agentes aportan el supuesto valor que agregaban antes al producto que elaborábamos y vendíamos. Distribuidores y libreros son, sin duda, los más afectados, aunque no lo estén menos los editores, que han perdido el añorado monopolio de la intermediación hacia el conocimiento y buscan cuáles son las causas de su supuesta crisis cuando, en realidad, deberían mirar mejor en casa. Los pocos e improbables lectores de antaño leen todavía menos, compran la mitad de lo que compraban; las bibliotecas carecen de presupuestos y recortan el dinero destinado a la adquisición de novedades; los libreros solamente admiten depósitos y cortan con ello el flujo de financiación que antes servía para sostener el sistema, cavando, de paso, su propia tumba; los editores se echan en brazos de las grandes plataformas de comercialización digital, aunque sea a cambio de perder márgenes, aunque sea al precio de perder el control sobre lo que editan y aunque sea a costa de perder la alianza tradicional con quienes siguen siendo su canal de comercialización principal, las librerías.

Poco más arriba, poco más abajo, los datos que se barajan sobre la venta de libros electrónicos a través de los canales establecidos, dejan poco lugar a dudas sobre quién imperará en ese mercado: Amazon, la empresa dominante,  38%; Apple, 20%; FNAC, 11%; Casa del Libro, 10%;  El Corte Inglés, 6%. Es decir: el 85% del mercado digital está en manos de grandes operadores cuyo objetivo, obviamente, no será compartir esa cuota. Google, a todo esto, no ha hecho todavía acto de presencia, o si lo ha hecho, no ha arañado ni un punto del mercado.

En este desolador y oscuro panorama, tan alejado de esplendores y magnificiencias, los gremios profesionales se encierran en burbujas herméticas, creyendo que allá estarán protegidos, u ocultan los temas de discusión principales bajo el manto de la trilogía del miedo: piratería, regulación normativa y propiedad intelectual. La arquitectura del gobierno de esas empresas de la nueva cadena de valor, siguie siendo románica, cuando la realidad exige formas de cooperación transversales basadas en la lógica del beneficio mutuo.

Daniel Innerarity lo decía hace pocos días en un artículo titulado “La exposición universal“: ” hay que aprender toda una nueva gramática del poder para la que sirve de poco la obstinada defensa de lo propio o la despreocupación por lo ajeno. Todo lo que podía valer para el antiguo juego del poder, ahora ya no es más que pura gesticulación. El instrumento fundamental para sobrevivir en la superexposición es la cooperación, la atención a lo común. La intemperie, en el mundo actual, es la soledad, por muy soberana que se imagine”.

Esta afirmación es hoy perfectamente trasladable a nuestro ámbito profesional. Como augura Manuel Gil, en la estela de Inneratity, “el libro esta inmerso en una crisis estructural de grandes proporciones y con sus imperativos sistémicos haciendo agua. Quizá debamos avanzar hacia un decrecimiento controlado y una puesta en valor de un procomún del sector. No valen soluciones individuales, de esta salimos juntos o no salimos. Lo fundamental ahora mismo es diseñar escenarios, buscar consensos, abrirse a ideas nuevas y buscar liderazgos”.

El cambio en ese sentido es inevitable. Habrá, como en todo momento de cambio, quien se ría de ello; habrá quien, tras reírse, intente combatirlo; habrá quien, cuando resulte obvio que no cabe refutarlo, lo acepte como indiscutible.

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La tengo pequeña (la editorial)

Cuando leo lo que Antón Castro ha escrito para la primera revista publicada por la FLIC (Feria del Libro independiente de Cantabria), no puedo sino reconocerme: “A mí me emocionan los libros. Me interesan los autores y sus vidas, y el rico anecdotario que hay detrás de una obra. Y me fascinan los  editores: esa  gente que ama su oficio, el poder de la palabra, el objeto tan polisémico y tan primordial que es el libro, quizá uno de  los productos más hermosos y sugerentes y totalizadores que ha  concebido la humanidad. Me fascina esa gente que arriesga su vida, su dinero, su hipoteca y hasta sus  amores para cumplir  sueños. El libro electrónico ya está aquí, e imagino que se impondrá, pero el  papel seguirá por ahí, cerca de nuestra mesilla, como otro arrebato sensual de una noche proclive al delirio y al placer”.

La edición independiente siempre se ha caracterizado por una paradoja insostenible: su fortaleza radica, precisamente, en su marginalidad, en la posibilidad de concitar el interés de un pequeño grupo de personas cuyas afinidades electivas justifiquen y sostengan (financieramente, sobre todo) su existencia. La edición independiente ha sido aquella cuya producción estaba volcada hacia el futuro, hacia el retorno diferido y hacia el long-seller; cuyo ciclo de producción y posible rédito estaba basado en ciclos de larga duración; cuya capacidad de resiliencia estaba basada en aceptar y comprender el riesgo inherente a las inversiones culturales; cuya defensa y promoción de la vanguardia artística, el experimentalismo y las nuevas tendencias era numantina, rasgo que las diferencia clara y naturalmente de los catálogos comerciales de las editoriales basadas en el ciclo corto, el dinero rápido y la satisfacción de los gustos ya realizados;  cuya vocación pedagógica y política las hacía propositivas más que subalternas de una moda o una tendencia; cuya esencia era, por decirlo en dos palabras,  la edición de vanguardia.

Y, aunque todo eso siga siendo esencialmente cierto, y aunque ferias como la organizada estos días atrás en Santander (FLIC) quieran reclamar su presencia y su relevancia en una realidad cultural y editorial depauperada (ignorada, además, por las asociaciones gremiales), existen hoy más interrogantes si cabe que antaño:

  1. las editoriales independientes no son ya la única puerta hacia la cultura experimental y alternativa, hacia la vanguardia;
  2. la red genera manifestaciones independientes que carecen del soporte editorial tradicional;
  3. aunque la red prometía (todavía lo hace) la posibilidad de alcanzar a un grupo pequeño pero suficiente de posibles lectores asociándolos en una comunidad dispuesta a sostener un proyecto editorial independiente, eso dista mucho de haberse convertido en realidad. Lo cierto es que seguimos esperando a que la teoría de la larga cola se cumpla;
  4. al contrario, la proliferación de plataformas e iniciativas de comercialización digital independiente, parecen haber fracasado, incapaces de alcanzar una masa crítica suficiente de lectores, interesados y compradores;
  5. se va haciendo progresivamente cierta la necesidad de trabajar colectivamente en la construcción de plataformas globales capaces de atraer la atención de un público lector suficiente;
  6. los lectores  regulares (esos que leen en el metro en el trayecto de casa al trabajo y viceversa), hace ya tiempo que han decidido que el soporte primordial de lectura será el electrónico. La transición es acuciante;
  7. el problema, aunque me ponga terco con este asunto, no es tanto económico, de disponibilidad de recursos para la adquisición de libros: el problema crónico sigue siendo que no somos capaces de formar lectores, que nuestro país sigue siendo un país de no lectores contumaces, y que mientras no dispongamos de un verdadero plan nacional estratégico de promoción de la lectura (que incluya a la formación infantil, primaria, secundaria, bachillerato y universidad), no llegaremos a nada;
  8. que la fortaleza de los pequeños -como la de los grandes, por otra parte-, pasa en buena medida por coaligarse y asociarse para procurarse mejores y más baratos servicios, que pueden compartir y explotar conjuntamente;
  9. que sostener financieramente hoy una aventura editorial es prácticamente imposible y comporta sacrificios económicos insostenibles para la mayoría: las ventas decrecen, las devoluciones aumentan, los canales están colapsados, la comercialización en Internet no despega y la gente no lee (aturdida, además, ante una proliferación inconmensurable de la oferta);
  10. que tenerla pequeña (la editorial), hoy no es ya sinónimo inmediato de calidad o de distinción: muchos medianos y grandes sellos editoriales ofrecen catálogos extraordinarios, de una riqueza inimitable.

Ser editor independiente es hoy, si cabe, más difícil y arriesgado que nunca; quizás, también, más necesario e imprescindible.

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Intemperies editoriales

En el último número de la (imprescindible) revista Texturas, una mansa lluvia digital empapa por completo nuestro ya anegado (por no decir ahogado) ecosistema editorial. Un paraguas intenta protegernos de esa aparente inclemencia, pero su consistencia analógica se desvanece en un sinfín de píxeles, integrándose irreversiblemente en el aguacero digital. Nada hay que pueda escapar ya a la transformación electrónica, nada hay que quede ya de la cadena de valor analógica.

Manuel Gil lo lleva advirtiendo en varias de sus últimas entradas, pero seguimos sin darnos por aludidos, como si esconder la cabeza bajo tierra nos librara del chaparrón: durante la segunda mitad del siglo XX y el primer decenio del actual, los editores enviaban sus novedades a las librerías, percibían el abono que les permitía financiar sus gastos corrientes y la edición de sus novedades subsiguientes, recibían las devoluciones al tiempo que realizaban nuevas y simultáneas implantaciones, y así se realimentaba un ciclo pernicioso de financiación que ha llegado hasta hoy. Los libreros, sin embargo, hastiados de novedades, incapaces de gestionarlas e irritados por haberse convertido en financiadores de esa maquinaria editorial refleja, han decidido no abonar muchas de las implantaciones masivas que los sellos editoriales (sobre todo los medios y grandes), realizaban hasta ahora. Eso significa que el flujo de financiación se ha acabado (el de los bancos y el descuento de las letras había cesado hace ya mucho), que nadie podría seguir ya trabajando en la suposición de que una implantación excesiva sirva para sostener el catálogo, aunque tratándose de una crísis sistémica de la cadena de valor, los libreros serán, seguramente, los peor parados, porque sin editoriales y sin libros su papel apenas resulta ya justificado ni necesario.

Si, además, como sostiene con gran acierto Arantxa Mellado, en el mencionado número de Texturas, en el artículo “La evolución de las especies (editoriales)”, las tecnologías digitales están favoreciendo modos de desintermediación inusitados que generarán nuevos tipos de autores más allá del literato tutelado, que sepan valerse de los recursos y tecnologías que la web les da para crear, distribuir y llegar a sus públicos potenciales valiéndose o no de los servicios que les proporcionen los editores, nos encontramos ante lo que lo irreversible: “la cadena de valor del libro”, dice Mellado, “se está transmutando en una red de valor; va a dejar de ser lineal para transformarse en reticular, con nuevos agentes, nuevos oficios, nuevos canales de distribución, nuevos canales de venta, nuevos lectores, nuevos consumidores y nuevos productos editoriales enlazados entre sí formando las ramificaciones que conforman la Red”.

Si a eso sumamos que el sistema de producción y de financiación editorial no podrá seguir basándose en las tiradas masivas e indiferenciadas en offset, porque ya no paga nadie por ello (ni lectores ni libreros), solamente queda asumir que la tecnología digital es -como se titula uno de los artículos de Texturas- un factor de liberación y emancipación antes que una amenaza.

La lluvia de código de Matrix nos ha empapado, nadie está a resguardo, todos nos encontramos a la intemperie. No estaría de más que los Gremios dedicaran algo de tiempo a pensar, en profundidad, sobre esta irreversible transformación y las maneras más cabales y colectivas de abordarla.

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La edición es un ocupación de caballeros

En noviembre del año 1921, después de varios descalabros editoriales y de unas ventas raquíticas, Kurt Wolff, editor de Frank Kafka, se dirige a él así en una misiva en la que trata de evitar la equiparación entre calidad literaria y éxito comercial:

Ninguno de los autores con los que tenemos relación nos acomete tan raramente con deseos y preguntas como usted, y con ningún otro tenemos la sensación de que el destino de sus libros publicados le resulte tan indiferente como a usted [...] Le puedo asegurar de corazón que tan sólo en el caso de dos o tres escritores a los que represento y publico, mantengo una relación tan intensa y sincera con sus logros como la que mantengo con usted. No debe usted valorar la calidad de su trabajo por el éxito externo de sus libros. Usted y nosotros sabemos, que las cosas mejores y más valiosas no son las que alcanzan un eco inmediato, sino las que lo encuentran posteriormente. Y nosotros mantenemos la convicción de que existirá un número creciente de lectores alemanes que tendrán la receptividad suficiente que sus libros merecen.

Cualquier autor hubiera querido para sí un editor semejante, que antepusiera la calidad del texto escrito, de la ambición de la obra literaria, al éxito comercial o al número de ejemplares vendidos. Claro que cualquier editor hubiera querido para sí, también, a un autor imperecedero como Kafka. En todo caso, publicar sin criterio mercantil, al menos sin que su preponderancia determinase el juicio crítico sobre el valor intrínseco de la obra, parece una reliquia intelectual propia de quienes podían permitirse valorar y sopesar las cosas con tiempo y distancia, algo que muchas veces proporciona el dinero (que no es otra cosa que el instrumento que sirve para poner coto a la necesidad).

Nombres como los de Virginia y Leonardo Wolff en The Hoghart Press; Gaston Gallimard; Max Perkins, director literario de Scribner; Bennett Cerf, fundador de Random House; Allen Lane, fundador de Penguin; Siegfried Unseld, dueño y fundador de Suhrkamp; Carlo Ferltrinelli o, en España, Carlos Barral y José Martínez, son el ejemplo de una pléayade de editores del siglo XX que comprendieron el oficio como una ocupación de caballeros en la que el editor preservaba la carrera de su autor anteponiendo el valor literario al crédito mercantil; en la que los libros buscaban hacerse su público porque partían de convicciones y presupuestos intelectuales compartidos por un grupo de lectores cualificados; en la que los libros ocupan un lugar todavía preponderante en el ecosistema de la información y el conocimiento.

Todo esto y muchas otras cosas nos contó el miércoles pasado Sergio Vila-San Juan en una deliciosa conferencia en el ciclo del Trincentenario de la Biblioteca Nacional.

Frederic Warburg, editor de George Orwell, lo dejó escrito en una suerte de memorias con inusual claridad: la edición es una ocupación de caballeros. Ahora sólo nos falta saber si todavía necesitaremos editores y caballeros en el siglo XXI, qué quedará de ellos en el ecosistema de la información del siglo XXI, qué papel les será reservado en un ambiente en el que ya no podrán ejercer en exclusividad esa intermediación ilustrada. ¿De qué manera y forma convivirán con la democratización de la creatividad, de su difusión y de su publicación? ¿De qué manera, en fin, cohabitarán con la democratización y mundanización de la edición?

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Los secretos (a voces) de la edición

Nadie que lea el imprescidible La cara oculta de la edición, de Martine Prosper (secretaria general del principal sindicato de la edición francesa, el CFDT Livre-Édition), que tenga algunos años de experiencia en el sector y que la costumbre, la inercia o el cinismo no le hayan adormecido por completo, podrá dejar de reconocerse en lo que enuncia y evidencia: la precariedad estructural del sector; la desprotección y la desconsideración progresivas de quienes trabajan en su creación, producción, venta y distribución; la inseguridad acrecentada de las condiciones salariales y laborales de buena parte de los profesionales que se ven obligados a aceptar una situación de puros menestrales; la inexistente conciencia y voluntad gremial, menos aún intergremial, en momentos donde es más necesaria que nunca; la contradicción que esa situación representa respecto a la supuesta naturaleza de un oficio que defiende los valores universales del humanismo.

Y esto se manifiesta desde Francia, un país que no tiene parangón, en cuanto a condiciones laborales en el sector editorial, con el nuestro: existe un convenio colectivo propio del sector; un Sindicato Nacional de la Edición que se encarga, entre otras cosas, de definir escalas salariales, perfiles de puestos de trabajo y tramos de formación continua para todos los profesionales del sector; una entidad de gestión de los derechos de autor, la Société Française des Intérêts des Auteurs de l’écrit, que se encarga, entre otras cosas, de destinar la mitad del dinero recaudado a la dotación del plan de pensiones complementarios de los autores y, la otra mitad, directamente a los autores y editores representados; una modalidad de préstamo de pago instaurado en las Bibliotecas públicas que corre a cuenta del erario estatal y que revierte en beneficio de los autores. Aun con todo, y salvando esas enormes diferencias de conciencia y representatividad, el fenómeno de la concentración empresarial, de la fragilidad de las condiciones laborales, de la proletarización de buena parte de los oficios pertenecientes a la cadena de valor tradicional del libro, son una evidencia incontestable.

Esas son las bambalinas oscuras de la edición, siempre revestida de un halo simbólico de sublimidad cultural que a duras penas se corresponde con la realidad laboral del sector. Entre nosotros, atomizados, disgregados, desunidos, apenas resulta plausible pensar en iniciativas colectivas de ninguna índole, menos aún de tinte sindical o reivindicativo. El carácter nanoindustrial de la mayor parte del tejido empresarial (micropymes en economía de guerra), el tamaño desproporcionado de los grandes grupos (dentro de los que apenas existe otra política empresarial que no sea la del paternalismo condescendiente que tan bien dibuja Martine Prosper), sumado a la situación de transición de los modelos empresariales en este mundo digital, hace poco factible cualquier iniciativa que agrupe a los distintos gremios.

Y, sin embargo, como señala Prosper, esa imposibilidad es ahora más necesaria, históricamente, que nunca. Vale la pena citar con cierta extensión: “si los editores se decidieran a poenr en práctica sus grandes discursos humanistas, en el ámbito social podrían abrirse numerosas vías. Fijar tarifas mínimas para los teletrabajadores, correctores y demás [...]; incluir como anexo en la negociación colectiva un código de buenas prácticas para los becarios y otro para los autónomos [...]; negociar medidas concretas en favor de los salarios y el desarrollo profesional [...]; definir las prioridades de formación relativas a lo digital [...]; dar prueba de transparencia en las cuentas de las empresas [...]; dar amplia cabida al diálogo social”. Pero sobre todo, y en esto quisiera hacer especial hincapié, “de cara a los desafíos de su propio futuro: la evolución del mercado del libro, electrónico y en papel, va a requerir nuevas competencias y cambiar los oficios de la edición”. De ahí que “la formación vaya a ser sin duda alguna el gran desafío de los próximos años en el mundo editorial, y con ella el factor humano. Personal competente, motivado, respetado [...]“.

Esos son, al menos algunos de ellos, los secretos, a voces, de la edición.

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