‘Escritura digital’

La mano de una mujer y la historia de la comunicación

Hay pocas cosas que me produzcan un escalofrío semejante al de contemplar las representaciones del arte paleolítico. Son, claro, las formas iniciales de la comunicación humana, o al menos de sus precedentes. De hecho, según las últimas noticias aparecidas en los últimos meses, la datación de las primeras evidencias encontradas se retrotrae a los Neandertales. Puede que eso cause sorpresa general porque no se tratara, propiamente hablando, de homínidos, pero, ¿cómo podría asombrarnos cuando sus enterramientos estaban llenos de flores y detalles ornamentales, cuando se evidencia que practicaban inhumaciones rituales y se adornaban para el tránsito a la vida en que creyeran? Mejor todavía: ¿cómo puede chocarnos que la fecha de inicio de esas primeras manifestaciones de comunicación se retrotraiga al medio millón de años?

Ignacio Martínez Mendizábal, profesor de la Universidad de Alcalá, basándose en las evidencias de Atapuerca, demostró hace unos pocos años, que nuestros ancestros eran capaces de hablar hace 500.000 años, y si el lenguaje existía, debía existir, de manera concomitante, la expresión simbólica de las creencias. Es cierto que no hemos encontrado esos testimonios y que se sigue sosteniendo, en general, que es en la cueva de Chauvet donde pueden encontrarse los testimonios más antiguos de arte parietal, pero me atrevo a apostar que eso es más bien debido a nuestra incapacidad de encontrar esos antecedentes -por su deterioro o desaparición, por su inaccesibilidad-.

Entre las últimas sorpresas que nos depara la prehistoria, está la del género de sus artistas, de los primeros comunicadores; comunicadoras, debería decir: los trazos de dedos encontrados en la cueva de Rouffignac, en la Dordogne, parece que atestiguan que los ensayos fueron practicados por niñas, por adolescentes, por mujeres. Su talla y su morfología así lo parecen delatar. Rafael Reig glosa ese mismo hoy en un artículo emocionante en el Diario Kafka bajo el título (que le he robado parcialmente) “La mano de una mujer“.

Quizás nunca sepamos qué significaron aquellos primeros trazos, aunque los estudios sobre totemismo nos hayan dado hace ya mucho tiempo las pistas para interpretarlo: el primer impulso de todas las sociedades humanas, incluso las primitivas, fue el de darse una forma de organización. La totémica suponía que los seres humanos se organizaban identificándose con animales o plantas de manera que consegúian hacer pasar las diferencias de origen social por diferencias de origen natural, hacer pasar la pura contingencia social por determinismo natural, convertir la arbitrariedad cultural en esencia de las cosas. . Así las cosas, quizás buena parte de las representaciones puedan ser proyecciones de esas creencias totémicas asociadas, filiación e identificación con sus trasuntos animales. O quizás no, quién sabe.

Quizás ese finger fluting del que hablan los especialistas, ese trazo digital dejado sobre la arcilla de las paredes de las cuevas francesas sea el antecedente más antiguo que hasta ahora conozcamos de los primeros balbuceos de la historia de la comunicación.

En este blog, después de seis años y el inicio de una nueva temporada, seguiré intentando trazar la apasionante y dilatada historia del último medio millón de años (que es mi verdadero y más profundo interés), la que va de los trazos digitales como expresión humana incipiente, a los medios y redes digitales que nos abren una nueva dimensión de la comunicación. La historia, transformación y mutación, en definitiva, de las formas de comunicación.

Bienvenidos al 2013.

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Hacia un manifiesto sobre el libro electrónico

Ahora que la FIL (Feria del Libro de Guadalajara) ha abierto sus puertas y que el eje de la edición iberoamericana pasa por México, resulta más que interesante echar un vistazo al documento recientemente publicado por la CERLALC, Hacia un manifiesto sobre el libro electrónico, título algo engañoso porque no restringe sus implicaciones a la adopción de unos u otros soportes de lectura, sino al cambio fundamental que representa para la creación, difusión y uso de los contenidos antaño analógicos los nuevos medios digitales.

“En el corto y medio plazo”, dice su puntno sexto, “las formas tradicionales de producción y circulacón de libros, seguirán predominando en la región”, certeza geopolítica, atenta a la realidad social de los países iberoamericanos que, sin embargo, no obvia lo fundamental, no lo disimula ni lo esconde: “Los cambios en curso, que han generado una tendencia creciente hacia la desintermediación en el sector, representan sustanciales mutaciones en los roles de algunos de los actores tradicionales”, se dice clara e inapelablemente en su punto undécimo. “Tienen que diseñarse, en consecuencia, acciones dirigidas a apoyar la reconversión gradual de las actividades económicas relacionadas con la producción y circulación de contenidos editoriales –editores, agentes literarios, distribuidoras y librerías–, así como la promoción del emprendimiento empresarial en la producción, distribución y circulación de contenidos culturales”. Nada evitará, tal como observa la CERLALC, que la desintermediación suceda, porque Internet no sabe de antiguas cadenas de valor. Quedarán en pie, en todo caso, aquellos agentes que sepan encontrar el valor que pueden añadir a la nueva cadena de valor digital.

No en vano, mientras desentraño el texto promovido por el Centro regional para el fomento del libro en América Latina y el Caribe, se discuten en el Foro Internacional de Editores y Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas Otra Mirada que se celebra en Guadalajara, muchos de los asuntos que este texto analiza: el tipo de recursos digitales con que contamos para la comunicación y distribución de los contenidos; las inevitables mejoras en la coordinación y formación de los agentes de la cadena del libro; la construcción y creación de plataformas propias, para la difusión y promoción de los valores educativos y culturales de cada país; la necesaria habilitación de infraestructuras (redes, conectividad, tarifas, equipos) para que todo eso pueda llegar a ser una realidad, etc. Quizás sea este programa, en comparación con los últimos años, el más acorde con las preocupaciones y necesidades del sector.

El texto de CERLALC dice a este respecto, expresamente: “El mayor reto ante la intensidad de la globalización, en el ámbito de la producción y circulación de contenidos, es crear plataformas a través de las cuales se haga realidad la presencia y circulación de los contenidos culturales y científicos producidos en la región”. Sin una masa crítica suficiente y compartida de contenidos propios, gestionada de manera colegiada e independiente, será difícil plantarle cara a otros agentes digitalmente poderosos. Todo ello, dice el texto, desatará un cambio sin precedentes que afectará a la manera en que nos informamos, a la forma en que leemos y escribimos, a los modelos pedagógicos que imperan en las escuelas, a las competencias de alumnos y profesores, y deberán ser tanto las autoridades públicas como los agentes privados quienes promuevan este cambio, con planes de cambio e implantación progresivos. En sus propios términos: “Las nuevas formas de leer y escribir plantean la
necesidad de cambios sustanciales en los modelos pedagógicos. Esto implica acciones en el sector educativo frente a las necesidades de infraestructura física, recursos financieros, diseños curriculares y formación de agentes”.

No son pocos, por tanto, los retos que la CERLALC plantea en su Manifiesto sobre el libro electrónico y que se están dirimiendo estos días en la FIL de Guadalajara. Deberíamos sentarnos a la misma mesa de un espacio de edición iberoamericano.

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Tecnología y educación: la era de los polialfabetismos y la participación

No soy nativo digital. Lo confieso. Nací antes de que las tecnologías que ahora manejo se inventaran y, en consecuencia, en cualquiera de mis reflexiones prepondera un tipo de narratividad, la vinculada al libro, por encima de cualquier otra, incluida la digital. Eso puede que muchos de mis juicios y puntos de vista estén lastrados, de partida, por ese apego insoslayable a un tipo de soportes, de exposición, de racionalidad, que no tiene por qué corresponderse con la lógica de lo digital, con la manera de hacer, ver y comprender de los nativos digitales. Quizás no se trata de pensar la tecnología sino de pensar con la tecnología. He terminado hace poco de leer un libro que me ha costado conseguir (la paradoja de la importanción de libros entre España e Iberoamérica y de sellos transnacionales que no traen aquí lo mejor que producen en otros países): Nativos digitales. Dieta cognitiva, inteligencia colectiva, y arquitecturas de la participación.

La principal virtud del libro, entre otras muchas que lo adornan, está de la hacernos reflexionar a los nativos de la tinta y el papel sobre la inconviencia de pensar un fenómeno digital nuevo con las anteojeras analógicas precedentes, sobre la impropiedad de pensar la creación, transmisión y uso del conocimiento en un ecosistema digital de la información con las antiparras de los mecanismos y tecnologías de la comunicación unilateral tradicionales. Tengo mis dudas, mis pegas razonables, mis disensiones basadas en la pertinencia de mantener dentro de la necesaria polialfabetización contemporánea una atención prioritaria a la alfabetización tradicional (como recomiendan Maryanne Wolf o Stanislas Dehaenne), pero, qué duda cabe: necesitamos pensar con la tecnología, no sobre la tecnología; necesitamos generar prácticas tecnoeducativas para el aula, no reflexiones teóricas sobre tecnología y educación, algo que el propio Piscitelli -atrevido maestro de lo digital-, ha llevado a cabo recientemente en el Proyecto Facebook.

No diré que lo comprime y sintetiza todo, pero en el párrafo siguiente se encuentra, sin duda, la profunda clave de la polémica y  la posible disensión: “estamos en las antípodas de la linealidad del libro. Y frente a esta constatación podemso llorar de pena -como hacen sus viudos, las Academias de Letras, los organizadores de las Ferias del Libro, los editores monsergas, los educadores del canon- o alegrarnos por la invitación a la reinvención del sentido y la creación de renovados formatos, soportes , y opciones de intelegibilidad -tal como refulgen en la red,en exposiciones interactivas, en la estética experimental, en el Zemos 98, en DLD 2009 y en TED 2009, dos exhibiciones únicas en el mundo, en cuanto a sintonizar con los nativos digitales se trata”.

Vale la pena, para no empeñar su propio discurso, echar un vistazo a una de sus últimas intervenciones, conferencia cuyo título recoge perfectamente su visión de la transición radical que vivimos: “De las pedagogías de la enunciación a las de la participación”, donde la colaboración, la cooperación, la agregación sucesiva de las inteligencias de los participantes, pone en solfa el modelo de comunicación tradicional del conocimiento.

Ese es, también, el objetivo que persigue el video elaborado por los alumnos del departamento de “Innovation in Mass Communications” de la Kansas State Universtiy, uno de los lugares más activos en los últimos tiempos en la implementación y experimentación con tecnologías digitales en el aula. Los propios alumnos, autores de la puesta en escena, rodaje y montaje finales, parodían los métodos de comunicación tradicionales, el sopor que la transmisión tradicional origina, abogando por una modalidad más participativa e inclusiva de práctica docente.

¿Seremos capaces de crear entornos de aprendizaje capaces de conjugar la experiencia profunda de la lectura tradicional con las exigencias de entornos multimediales participativos, dirigidos por profesores mediadores, problematizadores, maestros seductores de la comunicación, tal como quiere Piscitelli? No soy nativo digital, lo reconozco, pero como antropólogo que soy de formación, intento comprenderlos.

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Comprender a los usuarios de los libros electrónicos

El tratado sobre el libro electrónico publicado por el Ministerio de Cultura, encargado al Observatorio de la Lectura y el Libro, al que aludía en una entrada previa, es, como mínimo, decepcionante. Ni una sola referencia a la experiencia de los usuarios, a su verdadera penetración en bibliotecas, escuelas o universidades, a los modelos de negocio plausibles y viables, al trabajo pionero de préstamo en bibliotecas, a los problemas resolubles que la tecnología plantea pero que todavía ocasionan una experiencia lectora deficiente… Tan lejos, qué le vamos a hacer, de lo que ha publicado recientemente el JISC National E-books Observatory Project en Inglaterra: los Report on users surveys, deep log analysis, print sales and focus groups el Report from first phase of e-textbooks business models, y unas cuantas joyas adicionales, todas bien informadas y empíricamente contrastadas; y qué diferencia, debo decirlo, con el planteamiento y el alcance del proyecto Territorio Ebook que sobre una muestra representativa de usuarios pretende observar su comportamiento lector en distintos ámbitos -escuela, universidad y biblioteca-, para colegir las conclusiones que sea y dinamizar en consecuencia la práctica de la lectura en los nuevos soportes.

Territorio ebook

Pero a lo que voy: en el resumen ejecutivo del proyecto de investigación sobre el comportamiento de los usuarios de libros electrónicos, el JISC adelanta las siguientes conclusiones:

  1. la lectura que se practica sobre los libros electrónicos es, fundamentalmente, extractiva, fragmentaria, informativa. No suelen leerse textos extensos, profundos o complejos, si bien existe un grupo de early adopters, de superusuarios avanzados que conforman la avanzadilla de la campana de Gauss, que demandan títulos de todo tipo y practican cualquier clase de lectura sobre los nuevos soportes;
  2. Las interfaces de los libros electrónicos y las plataformas de distribución de contenidos digitales tienen que ganar mucho todavía desde el punto de vista del diseño, centrándose, sobre todo, en la experiencia del usuario;
  3. Aún así, también es verdad que el 65% del personal académico y de los estudiantes afirman utilizar el libro electrónico como apoyo informativo al trabajo y al estudio;
  4. Existe una importante variación por grupos de edad,  sexo y ámbitos temáticos -más en economía y empresariales que en ingeniería, por ejemplo-, que requieren de un estudio de campo más pormenorizado;
  5. La proliferación de plataformas digitales, experiencias de navegación, artilugios y modelos de negocio o licencia, desorienta a los lectores. Parecen clamar por plataformas unificadas y universales de acceso a los contenidos, con modelos claros de precios y estructuras de navegación similares (aviso para navegantes editoriales desorientados, sin duda);
  6. Lo más llamativo de todo, sin duda: la venta de contenidos digitales no ha hecho disminuir la venta de los mismos contenidos en papel, no parece existir una relación negativa sino, al contrario, de refuerzo mutuo;
  7. Aún así, las editoriales -por la disminución progresiva de sus ventas analógicas-, tendrán que concebir nuevos modelos de negocio cuanto antes;
  8. Las librerías públicas y universitarias parecen jugar un papel decisivo en la introducción, promoción y comunicación de los libros electrónicos. Debemos utilizarlas más. Para determinados tipos de contenidos que se prestan estacionalmente y que constituyen un cuello de botella difícil de desatascar, el préstamo electrónico es un recurso esencial.

Estadística lectura JISC

Es cierto, sin lugar a dudas, que cada día leeremos más en soportes digitales, qué duda cabe. Sin embargo, tal como nos muestran los estudios de campo, los seres humanos son tozudos lectores de soportes analógicos para determinados propósitos, para diferentes textualidades. Lectura de cazadores y lectura de pescadores, como conté hace  ya dos años, refrendada por los estudios actuales: “La denominación no es mía sino que se la debo a Márius Serra. Él, acertadamente, utilizando una bella metáfora, hablaba de lectores cazadores y lectores pescadores, intentando diferenciar entre la lectura sincopada y fragmentaria a la que la red nos aboca, reflejando ese carácter forzosamente parcial y troceado de toda búsqueda que se produzca en la red, y la lectura serena, continua, recogida, de quien espera pacientemente a que el botín o el trofeo surja de entre las aguas, o de entre las últimas páginas de un libro en papel”.

Comprender a los usuarios de los libros electrónicos es el reto fundamental para saber cuáles serán los futuros del libro y de la lectura.

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Nadie acabará con los libros

El último fin de semana Manuel Rodríguez Rivero señalaba en el suplemento Babelia que Jason Epstein, en el reciente artículo aparecido en el New York Review of Books, “Publishing: the Revolutionary Future“, había dejado dicho que la actual resistencia de los editores al imparable futuro digital surge “del comprensible temor a su propia obsolescencia y a la complejidad de la transformación digital que les espera, y en la que buena parte de su tradicional infraestructura y, quizás también ellos mismos, serán redundantes”. Siendo eso cierto y sin que quepa réplica alguna, conviene añadir algún comentario adicional para comprender el mensaje completo de Epstein, para entender que si bien el futuro digital es inequívoco e irrevocable, conviene realizar ciertas matizaciones relacionadas con la pervivencia de los libros tradicionales y con las fórmulas creativas pretendidamente periclitadas. Ese mensaje, en todo caso, no es nuevo, porque ya estaba contenido casi en su integridad en la conferencia que impartió en el penúltimo TOC New York.

Epstein añade, en alusión a la nueva personalidad del editor, redimida y reinventada gracias a las tecnologías digitales: “los editores pueden realizar la promoción de un fondo prácticamente ilimitado de libros sin inventarios físicos, sin gastos de distribución o copias físicas invendidas y devueltas a crédito. Los usuarios pagarán anticipadamente el producto que compren. Eso significa que incluso las herramientas automatizadas que Amazon proporciona para facilitar los envíos serán superadas por los inventarios electrónicos. Esto sucedía hace ahora veinticinco años. Hoy la digitalización está sustituyendo a la edición física más de lo que hubiera podido imaginar”. Este mensaje no solamente alude a los editores, que quede claro: compromete a los distribuidores y, cómo no, a los libreros, presos de sus certezas tradicionales y de un inmovilismo casi atávico. En todo caso, no conviene olvidar que Jason Epstein es el creador de la celebérrima Expresso Book Machine, una máquina de impresión digital (que no está todavía a la venta en Europa por problemas en sus licencias de comercialización) pensada para que el librero se convierta en impresor, a la antigua usanza cervantina.

En ningún caso argumenta Epstein, y esto sí conviene resaltarlo para completar el sentido y la intención del artículo, que los libros en papel vayan a desaparecer, muy al contrario: “los libros electrónicos”, añade escuetamente después de explayarse en párrafos previos, “serán un factor significativo en este futuro incierto, pero los libros impresos y encuadernados actuales continuarán siendo el repositorio irremplazable de nuestra sabiduría colectiva”. En realidad, de lo que Epstein habla es de gestión digital integral de la cadena de valor del libro, algo que comprende y excede al mismo tiempo el concepto de digitalización, más estrecho y ceñido a un procedimiento concreto. Su opinión parece venir avalada por la de otro gigante con libro recién aparecido, Umberto Eco: en Nadie acabará con los libros, un conjunto de entrevistas realizadas por Jean-Claude Carrière, asegura: “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizás evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”.

Pero Epstein arremete contra otras de las convenciones políticamente correctas de los últimos tiempos, casi tan extendidas como la de la desaparición de los libros en papel. Me refiero a la convención tan defendida por el ala del digitalismo colaborativo de que las modalidades de creación discursivas y literarias tradicionales desaparecerán: nada, dice el editor norteamericano, hará que un mashup colaborativo sustituya por acumulación y casualidad el trabajo de Dickens o de Melville. Y en contra de lo que en el mismo Babelia del sábado pasado sostuviera José Antonio Millán, en “La Biblia, al aparato“, en la que sostenía que “una forma novedosa de “leer” los cómics del pasado o imaginar las obras del futuro” será aquella en que se combinen “en dispositivos portátiles, imágenes, texto, movimientos, sonido, interactividades…”, Epstein responde: “aunque los bloger anticipen una diversidad de proyectos comunales y de nuevos tipos de expresión, la forma literaria ha sido marcadamente conservadora a través de su larga historia mientras que el acto de la lectura aborrece esa clase de distracciones que los elementos de la web intensifican -acompañamiento musical, animaciones, comentarios críticos y otros metadatos-, componentes que algunos profetas de la era digital prevén como márgenes rentables para los proveedores de contenidos”.

Nadie acabará con los libros, parecen decir los dos grandes expertos, Eco y Epstein, y es posible que esté haciéndome mayor, porque cada vez estoy más de acuerdo con ellos.

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Cómo fabricar un libro electrónico útil

Quizás el título resulte excesivo, pero siento un cierto desasosiego por los obstinados modelos de tecnologías propietarias que las grandes compañías insisten en imponernos. Existe, afortunadamente, la tendencia contraria: la de crear lenguajes y tecnologías abiertos que nos permitan intercambiar información y contenidos con facilidad, de unos soportes a otros, sin cortapisas ni predios digitales.

A través de Silvia Senz llego al I Free Tablet, una respuesta del grupo de investigación EATCO de la Universidad de Córdoba a las propuestsa multinacionales de Apple basado en un sistema operativo libre, SIeSTA, adaptación de la distribución Debian de Linux, que incorpora, además, paquetes educativos y ofimáticos bajo licencias de libre uso y distribución. Nada que ver, afortunadamente, con los cortijos digitales.

El problema de la tercera generación de libros electrónicos que abandera el I Pad no es ya, solamente, que quieran convertirse en proveedores únicos de contenidos y soportes sino que, además, no incorporan las herramientas que los usuarios de un netbook utilizarían con toda normalidad: El Universal de México las enumera:

Video chat. La mayoría de las Netbooks, incluso las más sencillas, cuentan con webcams que permiten realizar una llamada de videochat a través de Skype u algún programa similar. El iPad no. Un cámara web en la tablet de Apple la convertiría en un dispositivo de comunicación único y una real competencia para los smartphones.

Soporte de Flash. Aunque Steve Jobs llamó al iPad “la mejor experiencia web que jamás hayas tenido”, existe un gran vacío en este gadget: uno que está en todo internet. Las aplicaciones y el contenido web basados en el software Flash se encuentran en gran medida en muchos sitios webs, y el iPad no tiene la posibilidad de correrlo. Aunque las Netbook pueden ser lentas cuando se trata de reproducir video web, cualquier animación en este software es visible.

Programación. Es cierto que el grueso de los usuarios no son programadores o algo que se le parezca, pero la mayoría de las Netbooks trabajan ya con sistema operativo Windows 7 que puede ser utilizado para la programación o para hacer modificaciones. Para todos los hackers, hacer esto en el iPad será todo un reto.

Bajar fotos desde una cámara digital. La falta de puertos USB en la iPad significa que no se pueden conectar cámaras digitales o algún otro dispositivo periférico, lo que se convierte en un lastre si es que la iPad está pensada como un dispositivo que puede reemplazar a una computadora portátil para los bloggers. Las Netbooks cuentan con al menos dos puertos USB estándar.

Capacidad de 64 GB. La mayoría esperaba más capacidad de memoria en el iPad. Incluso la Netbook más básica tiene por lo menos un disco duro de 160 GB.

Los juegos de Facebook. Sin el antes mencionado soporte de Flash, los juegos de navegadores son imposibles de correr en la iPad. Aquellos que esperaban pasar horas jugando el popular Farmville en su nueva tablet tendrán que esperar a que surja una aplicación para ello o de plano volver a su Netbook.

Cambio de batería. Sí, la iPad es muy delgada y minimalista, atractiva y vistosa, pero su batería es fija, mientras que la Netbook no sólo permite el cambio de baterías, sino que puede ser mejorada por alguna que vaya de tres a seis celdas o más.

Software en CDs. Con la conexión USB de un simple DVD/CD-ROM externo, cualquier software basado en disco compacto puede ser instalado en una Netbook. Éstas también pueden instalar archivos vía memorias USB o cualquier otro dispositivo que se conecte al aparato. La iPad no fue diseñada para tener la flexibilidad de adherir software, a excepción del adquirido a través de la tienda Apple.

Teclear sobre tu regazo. Sí, la iPad tiene un teclado virtual e incluso un puerto externo que convierte a la tablet en una cuasi Netbook, pero éste no puede ser usado mientras estás sentado en la banca de un parque o un autobús. Incluso en las demostraciones que ha hecho Apple parece que el teclado virtual no es del todo cómodo, al menos no tanto como colocar la Netbook en tu regazo, acomodándola a manera que la pantalla y el teclado creen el perfecto ángulo para escribir sin importar donde estés.

Mejoras. Las Netbooks pueden mejorar su memoria RAM e incluso sus discos duros. La iPad es un dispositivo inalterable, así que no hay vuelta atrás una vez que hayas escogido 16, 32 o 64 GB.

Mag+ (video prototype footage only) from Bonnier on Vimeo.

Ocurre, sobre todo, que para que un libro electrónico cumpla con las expectativas que promete, debe fomentar cosas que sus interfaces y sus sistemas operativos no hacen: acceder de manera inmediata a los contenidos digitalizados; disponer de verdaderas conexiones wifi y 3G; poder seguir los enlaces que un texto incluye mediante tecnologías abiertas como CrossRef, de manera que podamos creernos eso del conocimiento en red; cortar, agregar, enmendar o enviar un texto cualquiera mediante el simple movimiento de un dedo, para hacer efectivo el principio de la creación comunitaria; concebir una puesta en página, una composición de página, que no imite desventuradamente la puesta en página original de un texto en papel; generar sus propios paratextos o sus propios dispositivos textuales, al igual que tuvieron que inventarlos en su momento los creadores del códice… Bonnier, una empresa sueca compuesta por diseñadores, ha ido mucho más allá que Apple en la concepción de un dispositivo que cumpla progresivamente con esas expectativas.

Ayer, en el CITA de Peñaranda de Bracamonte, se reunió por primera vez, dentro del proyecto Territorio Ebook, el grupo de expertos Ebook Universidad, que pretende, entre otras muchas cosas, conocer el grado de penetración y aceptación de los nuevos dispositivos en los hábitos de lectura de poblaciones bien diferenciadas; reflexionar sobre las textualidades y los soportes, para crear nuevos libros electrónicos adecuados a los requerimientos de la lectura científica; trabajar en el desarrollo de la especificación EPub, el único lenguaje abierto y universal que permitirá la lectura de cualquier contenido en cualquier soporte; proponer recomendaciones para una plena alfabetización digital en el ámbito de la educación superior, sin excluir otros ámbitos escolares, y para la integración sin fisuras de los dispositivos de lectura en el aula; explorar los cambios cognitivos y perceptivos que se suceden en la lectura en dispositivos digitales, por si de ahí se derivaran consecuencias que recomendaran otra forma de escribir, componer o comunicar los contenidos.

Un primer paso en un camino aún muy largo que recorreremos todos juntos.

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De la duración en la era digital

Hablemos de metadatos (seguro que mi asesor de márketing y comunicación estaría en desacuerdo con este inicio. Es posible que me hubiera recomendado comenzar una nueva entrada utilizando aquella famosa fórmula de Elena Ochoa, “Hablemos de sexo”, pero yo soy así). Hablemos de metadatos, insisto: en la primera década del siglo XXI, por ponerle una fecha arbitraria, gran parte del trabajo, el esfuerzo y el dinero de bibliotecarios y archiveros, además de ingenieros informáticos, ha ido a parar a la nebulosa disciplina de la generación de metadatos. Proyectos como METS (no el equipo de baloncesto de New York sino el Metadata Enconding & Transmission Standards) o como Dublin Core, ponen de manifiesto una aberración subyacente: la de la desatinada caducidad de los datos digitales; la de la imposibilidad de recuperarlos retroactivamente, bien porque fueron escritos en lenguajes ininteligibles, bien porque la duración de los soportes no sobrepasa los 10 años, bien porque las compañías que desarrollan los programas de software que interpretan la información binaria se ocupan deliberadamente de hacerlos incompatibles y mutuamente ininteligibles; la de la computación en la nube, el cloud computing, que dispone nuestros datos en una nebulosa inalcanzable e irrecuperable, administrada con tecnologías propietarias, al albur de los ataques de la piratería y el espionaje.

Las cosas no mejoran en absoluto con el advenimiento del mágico IPad: nuestra música, nuestras imágenes y nuestros textos están en nuestros soportes pero no lo están del todo, porque debemos administrarlos y gestionarlos a través de plataformas propietarias traduciéndolos a lenguajes cerrados e incompatibles.

Todo esto puede parecer una mera rabieta, pero no lo es: en el año 2001 la Office of Scientific and Technical Information del Departamento de Energía de los Estados Unidos encargó a Los Alamos National Laboratory que investigara un asunto preocupante: ¿de qué manera podría y debería preservarse de manera duradera e inteligible información sensible sin que estuviera sometida a los avatares de la información digital, a sus incompatibilidades deliberadas, a la precariedad física  de los soportes magnéticos? ¿qué clase de técnica de escritura y de soporte serían los más apropiados para asegurar la transmisión de la información, su inteligebilidad y su interpretación? ¿acaso un programa de metadatos, como sugiere METS y DublinCore, para que seamos teóricamente capaces en un futuro lejano de interpretar aquello que fue escrito en un lenguaje binario y no directamente legible por los seres humanos?

Pues no: los expertos del laboratorio de Los Alamos encontraron una solución a caballo entre la historia antigua y la modernidad: la HD-Rosseta, una técnica de inscripción mediante un haz de iones o de electrones litográfico sobre un soporte duradero, bien planchas de níquel u otros metales perdurables. No en vano la tecnología utilizada se bautizó con el nombre de un célebre precedente de prolongada duración: Rosseta. 1000 años al menos de conservación y permanencia asegurados frente a los 500 del papel sin componentes ácidos y frente a los 10 de los frágiles y evanescentes soportes digitales. Un sólo inconveniente: las gafas para leer las inscripciones deberían tener forma de microscopio electrónico.  El artículo que hoy puede leerse y que fue el resultado de esas indagaciones lleva por título “Is there room for durable analog information storage in a digital world?“, y en sus conclusiones destacaba una obviedad que entre tanta nube digital suele pasar desapercibida: “hay espacio para el almacenamiento duradero en soportes analógicos en un mundo digital porque existe la necesidad de preservar la información seleccionada independientemente de la tecnología y el tiempo”.

A día de hoy, tal como ponen de relieve las discusiones que pueden encontrarse en distintos foros de la web, la piedra y el IPad andan a la par en cuanto a ventajas potenciales, aunque después de leer las conclusiones de los científicos norteamericanos, estoy por afirmar que me quedo con la primera.

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Donde dije digo…de la ficción y la lectura digitales

Quienes tengan la paciencia y la presencia de ánimo para seguirme, sabrán que soy carne de contradicción. Es lo bueno de tener un blog. Que uno puede contradecirse a uno mismo en público sin el menor rubor. Para ser justo conmigo mismo, sin embargo, quizás no debería hablar tanto de refutación como de agregación de ideas complementarias. Me explico: esta misma semana, en una entrada previa, hablaba de la lectura como un acto solitario (que lo es, aunque podamos dialogar con los muertos, como hablaba Quevedo, o por mucho que cualquier texto no sea otra cosa que una puntada en el tejido infinito de la literatura). Pues bien, eso no me detiene a la hora de reconocer iniciativas experimentales interesantes que invitan a todo lo contrario, a comprender la literatura como un ejercicio de anotación progresivo y colectivo, un proceso de agregación de significados continuo y cooperativo que agrega capas sucesivas y reinterpreta el texto original.

Fictional stimulus es un profecto de If:books que invita a practicar una lectura en línea cooperativa, una reinterpretación hecha con los comentarios que los lectores van agregando al original.

Hace apenas unos días los BETT Awards 2010, concedidos en Inglaterra a los mejores productos de tecnología educativa, premiaron en el apartado de “herramientas para el aprendizaje y la enseñanza”, precisamente, a una herramienta de lectura colaborativa y en línea denominada Bitesize desarrollada por la BBC Learning. Permite buscar conceptos, resaltarlos, realizar comentarios que se agregan y colorean el texto, marcar el desarrollo argumental con etiquetas que definan su contenido e intercambiar todo con la comunidad que participa del festín literario.

BBC

También el omnisciente Google incorpora a su suite, dentro de Google Docs, la posibilidad de la construcción coordinada de un sólo documento en el que pueden revertirse los cambios, seguir su traza y las manos que han intervenido sucesivamente.

Todo en el ámbito digital apunta a una era de lectura y escritura digital cooperativa, qué duda cabe, con múltiples y reconocibles ventajas en determinados ámbitos que requieren la sabiduría colectiva para iluminar el significado de un texto, para construirlo o reconstruirlo. Seguramente, sin embargo -y persito obstinadamente en ello-, la lectura profunda sea siempre un ejercicio individual, silencioso y reflexivo, que sabe poco de cooperaciones y cooperativas.

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Inscribir, comunicar, borrar: cultura escrita y ciencia en el siglo XXI

Tomo parcialmente prestado el título de la entrada de hoy del imprescindible libro de Roger Chartier Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura, de la no menos imprescindible Katz Editores. En su introducción, cito con holgura, dice Chartier: “el escrito tuvo la misión de conjurar la ansiedad de la pérdida. En un mundo donde las escrituras podían ser borradas, donde los libros estaban siempre amenazados por la destrucción, la tarea no era fácil”. La escritura y el libro inicialmente, por tanto, como registro estable de la memoria frente a las amenazas de disolución. Pero Chartier resalta la paradoja sucesiva: “su éxito no dejaba de crear otro peligro, el de un proliferación textual incontrolable, el de un discurso sin orden ni límites”. Hoy, gracias o por mediación de las tecnologías de anotación y comentario colectivo, regresamos a ese momento histórico en el que la estabilidad de lo escrito es desplazada por el dinamismo de la obra en curso.


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El futuro imperecedero de la literatura

En el artículo de Jason Epstein que mencionaba como de obligada lectura y examen en la última de las entradas, además de referirse a cambios de modelos de negocio con un acierto y una precisión difícilmente equiparables, alude a una cuestión que me parece especialmente relevante: la de la pervivencia del autor y de la obra literaria en tiempos de aparente mudanza creativa y de proliferación de las obras colaborativas en red e, incluso, de desprestigio de la posibilidad misma de creación individual, concebida cada obra como el entrecruzamiento inevitable de múltiples influencias, sincrónicas y diacrónicas. Epstein, de manera rotunda, sin que le tiemble el pulso, asegura: “mi convicción fundamental, sin embargo, es que la ficción y no ficción distinguidas -lo que los herederos de Faulkner, Nabokov o Mailer creen-, continuará siendo escrita por individuos especializados luchando sobre sus escritorios, en profunda reclusión, y no por comunidades vinculadas de interés”.


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