‘Ferias del libro’

Hacia un manifiesto sobre el libro electrónico

Ahora que la FIL (Feria del Libro de Guadalajara) ha abierto sus puertas y que el eje de la edición iberoamericana pasa por México, resulta más que interesante echar un vistazo al documento recientemente publicado por la CERLALC, Hacia un manifiesto sobre el libro electrónico, título algo engañoso porque no restringe sus implicaciones a la adopción de unos u otros soportes de lectura, sino al cambio fundamental que representa para la creación, difusión y uso de los contenidos antaño analógicos los nuevos medios digitales.

“En el corto y medio plazo”, dice su puntno sexto, “las formas tradicionales de producción y circulacón de libros, seguirán predominando en la región”, certeza geopolítica, atenta a la realidad social de los países iberoamericanos que, sin embargo, no obvia lo fundamental, no lo disimula ni lo esconde: “Los cambios en curso, que han generado una tendencia creciente hacia la desintermediación en el sector, representan sustanciales mutaciones en los roles de algunos de los actores tradicionales”, se dice clara e inapelablemente en su punto undécimo. “Tienen que diseñarse, en consecuencia, acciones dirigidas a apoyar la reconversión gradual de las actividades económicas relacionadas con la producción y circulación de contenidos editoriales –editores, agentes literarios, distribuidoras y librerías–, así como la promoción del emprendimiento empresarial en la producción, distribución y circulación de contenidos culturales”. Nada evitará, tal como observa la CERLALC, que la desintermediación suceda, porque Internet no sabe de antiguas cadenas de valor. Quedarán en pie, en todo caso, aquellos agentes que sepan encontrar el valor que pueden añadir a la nueva cadena de valor digital.

No en vano, mientras desentraño el texto promovido por el Centro regional para el fomento del libro en América Latina y el Caribe, se discuten en el Foro Internacional de Editores y Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas Otra Mirada que se celebra en Guadalajara, muchos de los asuntos que este texto analiza: el tipo de recursos digitales con que contamos para la comunicación y distribución de los contenidos; las inevitables mejoras en la coordinación y formación de los agentes de la cadena del libro; la construcción y creación de plataformas propias, para la difusión y promoción de los valores educativos y culturales de cada país; la necesaria habilitación de infraestructuras (redes, conectividad, tarifas, equipos) para que todo eso pueda llegar a ser una realidad, etc. Quizás sea este programa, en comparación con los últimos años, el más acorde con las preocupaciones y necesidades del sector.

El texto de CERLALC dice a este respecto, expresamente: “El mayor reto ante la intensidad de la globalización, en el ámbito de la producción y circulación de contenidos, es crear plataformas a través de las cuales se haga realidad la presencia y circulación de los contenidos culturales y científicos producidos en la región”. Sin una masa crítica suficiente y compartida de contenidos propios, gestionada de manera colegiada e independiente, será difícil plantarle cara a otros agentes digitalmente poderosos. Todo ello, dice el texto, desatará un cambio sin precedentes que afectará a la manera en que nos informamos, a la forma en que leemos y escribimos, a los modelos pedagógicos que imperan en las escuelas, a las competencias de alumnos y profesores, y deberán ser tanto las autoridades públicas como los agentes privados quienes promuevan este cambio, con planes de cambio e implantación progresivos. En sus propios términos: “Las nuevas formas de leer y escribir plantean la
necesidad de cambios sustanciales en los modelos pedagógicos. Esto implica acciones en el sector educativo frente a las necesidades de infraestructura física, recursos financieros, diseños curriculares y formación de agentes”.

No son pocos, por tanto, los retos que la CERLALC plantea en su Manifiesto sobre el libro electrónico y que se están dirimiendo estos días en la FIL de Guadalajara. Deberíamos sentarnos a la misma mesa de un espacio de edición iberoamericano.

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Finlandés para principiantes

Me lo imagino. Hay quien dirá que los modelos no son trasladables, que no son equiparables, que un pequeño país de 5,5 millones de habitantes apenas puede compararse con una realidad plurinacional y plurilingüística con competencias educativas traspasadas; hay quién sostendrá, utiilzando manoseados y arcaicos argumentos del determinismo geográfico decimonónico, que en España hace tanto calor que nos sudan mucho las manos y el papel se deteriora, razón por la cual leemos menos (o a la inversa, que el frío invita, por alguna razón desconocida, a la lectura, y no a otras cosas igualmente plancenteras); hay quien defenderá que cada uno debe descubrir su propio camino respetando sus tradiciones históricas y culturales (no dicen, claro, que cada tres o cuatro años desandamos el camino y emprendemos uno nuevo con una reforma que nos deja más desconcertados y errantes que anteriormente).

Mientras tanto, la industria editorial Finlandesa no hace sino crecer (lo mismo que su sistema educativo), mientras que nosotros no hacemos otra cosa que decrecer y menguar (en edición y, claro, en educación). No me parece que la relación sea forzada y encuentro, al contrario, un mutuo apoyo: según Publishing Perspectives, en “Finlandia, la lectura constituye un superpoder“, la lectura, junto a la escritura, sigue siendo considera socialmente como un valor fundamental, y al menos el 75% de la población adquiere libros con regularidad, algo que ha propiciado un incremento sostenido de su industria a lo largo de los años hasta llegar al lugar donde se encuentran (con una industria que, adicionalmente, exporta cada vez más derechos).

Según las estadísticas que proporciona la Finish Publisher’s Association, los incrementos en los dos últimos años no han sido espectaculares (+2.4, +0.4), pero no han drececido e, incluso, han superado el bache que sufrieron en el año 2009. La consideración de la lectura como un bien especialmente valioso, el aprecio de los finlandeses por su tradición escrita y la insistencia de su extraordinario sistema educativo en la formación de inteligencias críticas autónomas (mediante hábitos de indagación, investigación y reflexión que requieren de la consulta de múltiples fuentes de información, entre ellas el libro), favorecen el sostenimiento de su industria editorial.

A propósito: ¿nadie ha sacado por aquí la conclusión de que parte de la extrema debilidad estructural de la industria editorial depende del desapego de una población que nunca ha sido (mayoritariamente) lectora ni compradora? ¿No tendrá que ver eso con sistemas educativos sucesivos que apenas prestan atención a formas de alfabetización consistentes, transversales y duraderas que favorezcan el trato con el libro y con las diversas dimensiones digitales de los contenidos multimedia?

En el año 2010 la consulta McKensey publicó un influyente estudio internacional titulado How the Worlds Best Performing School Systems Come Out on Top. Una de sus conclusiones más sorprendentes fue que un sistema escolar puede alcanzar muchos mejores resultados, alcanzado niveles de excelencia en lectura y escritura (como en el gráfico de Minas Gerais, en Brasil), en seis años.

¿No cabría ser un poco finlandés y planificar un verdadero y decidido Plan nacional de fomento de la lectura, a seis años, promovido desde Educación y desde las Federación Gremios de editores y libreros siguiendo las recomendaciones que han funcionado en varios países del mundo?

Finlandés para principiantes…

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El principio de Arquímedes del sector editorial

Dicen Manuel Gil y Jorge Portland en “Antinomias y disquisiciones sobre el mercado digital”, un artículo publicado en el último número de Texturas que debería ser de obligada lectura para cualquiera que quisiera comprender lo que está sucediendo en el sector editorial y para cualquiera que quisiera plantear una estrategia de supervivencia coherente:

El mercado parece avanzar hacia un estrechamiento descomunal: en la medida en que se cumpla lo que denominamos “principio de Arquímides del sector editorial”, es decir, en la medida en que el conteido digital sustituya al papel, el etrechamiento del volumen del mercado será un hecho que cuestinoará la viabilidad del conjunto de la edición. En 20 años la sustitución del soporte será casi completa. Esta decisión la tomarán los lectores, no la industria: el libro en papel será un artículo de lujo, y las tres cuartas partes de las editoriales que hoy conocemos desaparecerán, probablemente sustituidas por nanoindustrias culturales de tipo low cost. El libro”, continuan, “avanzará hacia una sustitución paulatina en sus formatos, y esto parece hoy inevitable. Se vislumbra ya un mercado oligopólico muy peligroso; la lucha por la cuota de mercado es feroz y la tendencia que se vislumbra es la de una brutal concentración, peligrosa se mire como se mire

No desvelaré toda la trama del argumento ni quién o quiénes son los asesinos, pero dejénme darles algunas pistas: una tendencia cada vez más acusada a la concentración de la venta en unas pocas plataformas digitales, grandes operadores multinacionales que acabarán potencialmente con otros canales alternativos de ventas; editores que prefieren utilizar esos canales ofreciendo descuentos ventajosos antes que plantear alianzas intersectoriales; plataformas de distribución digital, formadas inicialmente por grandes grupos editoriales nacionales, cuya gestión parece ahuyentar más que atraer a los pequeños y medianos editores, a aquellos que deberían aportar suficiente masa crítica a una plataforma única, capaz de convertirse en alternativa real; desunión de los gremios, desafección de las profesiones que antes conformaban una cadena de valor integrada, desbandada generalizada para recluirse en las pocas certezas que van quedando; falta y falseamiento de datos esenciales, que solamente se proporcionan a posteriori, cuando el análisis ya no tiene casi valor, o que se proporcionan en tiempo, pero sin desagregación alguna, sin análisis ni matizaciones; ocultamiento de la información más esencial para los editores en la era digital por parte de las plataformas en las que comercializan sus contenidos (datos del tráfico, de las compras y los perfiles, de las preferencias y los gustos, de las afinidades y las correspondencias); ausencia completa, en fin, de una cultura colaborativa y abierta capaz de comprender que este cambio no se vive ni se resuelve a solas.

Hoy que ha terminado el Liber, nuestra Feria profesional, no imagino mejor ejercicio para la vuelta que leer este texto, discutirlo, para intentar asumir y desarrollar alguna de las soluciones que apunta. De otra forma, el principio de Arquímides funcionará, como en la física, inexorablemente.

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La tengo pequeña (la editorial)

Cuando leo lo que Antón Castro ha escrito para la primera revista publicada por la FLIC (Feria del Libro independiente de Cantabria), no puedo sino reconocerme: “A mí me emocionan los libros. Me interesan los autores y sus vidas, y el rico anecdotario que hay detrás de una obra. Y me fascinan los  editores: esa  gente que ama su oficio, el poder de la palabra, el objeto tan polisémico y tan primordial que es el libro, quizá uno de  los productos más hermosos y sugerentes y totalizadores que ha  concebido la humanidad. Me fascina esa gente que arriesga su vida, su dinero, su hipoteca y hasta sus  amores para cumplir  sueños. El libro electrónico ya está aquí, e imagino que se impondrá, pero el  papel seguirá por ahí, cerca de nuestra mesilla, como otro arrebato sensual de una noche proclive al delirio y al placer”.

La edición independiente siempre se ha caracterizado por una paradoja insostenible: su fortaleza radica, precisamente, en su marginalidad, en la posibilidad de concitar el interés de un pequeño grupo de personas cuyas afinidades electivas justifiquen y sostengan (financieramente, sobre todo) su existencia. La edición independiente ha sido aquella cuya producción estaba volcada hacia el futuro, hacia el retorno diferido y hacia el long-seller; cuyo ciclo de producción y posible rédito estaba basado en ciclos de larga duración; cuya capacidad de resiliencia estaba basada en aceptar y comprender el riesgo inherente a las inversiones culturales; cuya defensa y promoción de la vanguardia artística, el experimentalismo y las nuevas tendencias era numantina, rasgo que las diferencia clara y naturalmente de los catálogos comerciales de las editoriales basadas en el ciclo corto, el dinero rápido y la satisfacción de los gustos ya realizados;  cuya vocación pedagógica y política las hacía propositivas más que subalternas de una moda o una tendencia; cuya esencia era, por decirlo en dos palabras,  la edición de vanguardia.

Y, aunque todo eso siga siendo esencialmente cierto, y aunque ferias como la organizada estos días atrás en Santander (FLIC) quieran reclamar su presencia y su relevancia en una realidad cultural y editorial depauperada (ignorada, además, por las asociaciones gremiales), existen hoy más interrogantes si cabe que antaño:

  1. las editoriales independientes no son ya la única puerta hacia la cultura experimental y alternativa, hacia la vanguardia;
  2. la red genera manifestaciones independientes que carecen del soporte editorial tradicional;
  3. aunque la red prometía (todavía lo hace) la posibilidad de alcanzar a un grupo pequeño pero suficiente de posibles lectores asociándolos en una comunidad dispuesta a sostener un proyecto editorial independiente, eso dista mucho de haberse convertido en realidad. Lo cierto es que seguimos esperando a que la teoría de la larga cola se cumpla;
  4. al contrario, la proliferación de plataformas e iniciativas de comercialización digital independiente, parecen haber fracasado, incapaces de alcanzar una masa crítica suficiente de lectores, interesados y compradores;
  5. se va haciendo progresivamente cierta la necesidad de trabajar colectivamente en la construcción de plataformas globales capaces de atraer la atención de un público lector suficiente;
  6. los lectores  regulares (esos que leen en el metro en el trayecto de casa al trabajo y viceversa), hace ya tiempo que han decidido que el soporte primordial de lectura será el electrónico. La transición es acuciante;
  7. el problema, aunque me ponga terco con este asunto, no es tanto económico, de disponibilidad de recursos para la adquisición de libros: el problema crónico sigue siendo que no somos capaces de formar lectores, que nuestro país sigue siendo un país de no lectores contumaces, y que mientras no dispongamos de un verdadero plan nacional estratégico de promoción de la lectura (que incluya a la formación infantil, primaria, secundaria, bachillerato y universidad), no llegaremos a nada;
  8. que la fortaleza de los pequeños -como la de los grandes, por otra parte-, pasa en buena medida por coaligarse y asociarse para procurarse mejores y más baratos servicios, que pueden compartir y explotar conjuntamente;
  9. que sostener financieramente hoy una aventura editorial es prácticamente imposible y comporta sacrificios económicos insostenibles para la mayoría: las ventas decrecen, las devoluciones aumentan, los canales están colapsados, la comercialización en Internet no despega y la gente no lee (aturdida, además, ante una proliferación inconmensurable de la oferta);
  10. que tenerla pequeña (la editorial), hoy no es ya sinónimo inmediato de calidad o de distinción: muchos medianos y grandes sellos editoriales ofrecen catálogos extraordinarios, de una riqueza inimitable.

Ser editor independiente es hoy, si cabe, más difícil y arriesgado que nunca; quizás, también, más necesario e imprescindible.

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Ideas para una Feria

Soy de los que siempre ha pensado -quizás de forma errónea y excesivamente elitista-, que la Feria del Libro de Madrid era una feria para los que no leían habitualmente, una fiesta popular que tomaba los libros como excusa para transitar un parque en primavera, una celebración laíca y bulliciosa de las letras. Quienes estamos poseídos por el furor de la compra, apenas encontramos nada que no hayamos buscado ya a lo largo del año. Los reclamos y los engatusamientos comerciales son, más bien, para quienes deciden acercarse a los libros al menos una vez al año, quienes quieren poner cara a los autores de los premios literarios que han adquirido, seducidos por su aparente fama y resplandor.

A la Feria del libro de Madrid, por tanto, no cabe pedirle mucho más de lo que da. Su misma estructura -donde prolifera la repetición de librerías generalistas y distribuidores de los mismos libros que venden las librerías- revela que no está proyectada para profesionales o para lectores asiduos y regulares, que pueden buscar la especialización o la novedad, y en su virtud lleva su pecado: su oferta cultural en torno al libro y la literatura no consigue atraer la atención del público visitante, precisamente, quizás, porque no es el público al que esa oferta pueda interesar; los libros más vendidos no son los del fondo de armario de las editoriales, sino las más rabiosas novedades respaldadas por la comparecencia del autor; las casetas más visitadas no son las de los editores independientes de títulos difíciles y periféricos, sino los sellos de divulgación y mercado masivo.

Quizás, por eso, haya que hacer de necesidad virtud. Pensar en un nuevo tipo de Feria, como sostenía Wiston Manrique, quizás sea necesario. La progresiva deserción de patrocinadores; la dificultad de financiar el evento ante los recortes de las subvenciones públicas; las barreras de entrada a veces insalvables para los pequeños editores independientes; el miedo a dar cabida y visiblidad a lo inexcusable, los soportes electrónicos y la oferta digital; el desinterés popular respecto a la oferta cultural específica; la presencia de grandes librerías virtuales en red que se llevan, de momento, el negocio del libro digital, no el del físico; el decrecimiento progresivo de las ventas en tiempos de crisis, cifra que no crecería, en todo caso, de celebrarse la Feria en recintos restringidos; la incomodidad alternativa de calores saharianos y aguaceros amazónicos, son todos hechos incontrovertibles de los que habrá que sacar el mejor de los partidos.

Siendo eso así, y sin voluntad de originalidad, quizás quepa pensar en medidas como las que siguen:

  1. Preservar el carácter popular de la Feria. El contacto con los libros es tonificante y necesario;
  2. Conservar el lugar en el que se celebra: buscar un acomodo cerrado más propicio, fuera del centro de Madrid, acabaría con su carácter multitudinario. Las incomodidades físicas y climatológicas son el precio que es necesario pagar por encontrarse con un público masivo e indiferenciado;
  3. Restringir el número de expositores dando preponderancia a las editoriales y librerías especializadas que pueden aportar algo diferencial a un público con el que no pueden encontrarse habitualmente. Abrirlo, sin embargo, a otras experiencias relacionadas con la creación y las letras: agencias, cursos de creación literaria, vendedores de soportes digitales, etc.
  4. Extender la Feria a todos los rincones de la ciudad: la Feria del Libro de Leipzig, una de las más veteranas del mundo, convierte a la ciudad, durante algunos días, en un espacio de lectura extendida, distribuida, popular, donde los eventos pueden encontrarse en todos sus rincones. Leipzig liest, Leipzig lee, podría convertirse, fácilmente, en Madrid lee.
  5. Colaborar a lo largo de todo el año con bibliotecas públicas y escolares, con colegios y con institutos, con universidades, para que todas las actividades de preparación converjan en los días de la Feria, para que se convierta en el lugar de encuentro por excelencia de los futuros lectores. Concebir la Feria, sobre todo, como un lugar de promoción de la lectura que no se circunscribe al evento comercial puntual, sino que extiende su alcance y sus actividades, a lo largo de todo el año, a los colegios, institutos y universidades de la Comunidad.
  6. Convocar un premio nacional de creación literaria para jóvenes que se fallaría y adjudicadría en la misma feria después de haberse trabajado a lo largo de todo el año. Promover, también, premios en otras modalidades de creación transmedia y digital. Hacer coincidir, adicionalmente, la entrega de un Premio literario de alcance nacional con la celebración de la Feria.
  7. Generar debate, no solamente en torno al libro y a la literatura, sino alrededor de los múltiples asuntos de los que los libros tratan: economía, política, sociedad, con la presencia de políticos y protagonistas de primera fila.
  8. Recabar el dinero público que tal acción de la promoción de la lectura necesita y merece, y convencer a los patrocinadores privados de que la inversión en cultura y educación es la única estríctamente rentable en tiempos de crisis (y de bonanza).
  9. Trabajar con los medios de comunicación, mano a mano, para que perciban la Feria como el gran acontecimiento cívico y cultural que pretende ser.
  10. Vale, no me olvido: acondicionar las casetas…. (y ya que nos ponemos a arreglar, hacer una web de la Feria del Libro en serio, no esa versión obsoleta de Web 1.0.).

Son, solamente, ideas para una feria….

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